miércoles, 18 de marzo de 2015

661. Cinco Pláticas cuaresmales - 3



3. San Juan:
Encuentro: Permanecer en Jesús

Según el programa y el objetivo que nos hemos marcado queremos ver – hoy desde los escritos de san Juan – qué significa el encuentro con Jesús, mi encuentro personal con él.


La Comunidad – o las Comunidades – del Discípulo amado
para entrar en el Evangelio de Juan

El Evangelio de san Juan es diferente de los otros; Jesús habla allí de distinta manera. Basta leer unas páginas y advertimos este fenómeno. San Juan es distinto.
Y esto se debe a al infinita riqueza que encierra Jesús en su corazón.  Por eso, a lo mejor habrá que comenzar leyendo las líneas finales de la obra para situarse correctamente en el principio. Dice esta conclusión: “Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir” (Jn 21,25).
Este versículo del punto final es consolador. Nos está diciendo varias cosas:
Que la figura de Jesús es más grande que todos los libros, sean cuales sean. Jesús es persona; un libro es un libro.
Nos está diciendo que el autor, conscientemente ha hecho una selección y una reducción. Podría haber escrito más; pero le basta con esas páginas.
De alguna manera nos está diciendo que comprendamos su estilo. Ha sido libre para darnos su semblanza de Jesús, que ciertamente no es la de una persona en particular, sino la de unas comunidades, de donde ha brotado el Evangelio y a las que sin decirlo va dirigido. Son las llamadas “Comunidades de Juan”, comunidades del Discípulo Amado.
Un lector culto del Evangelio observa y puede llegar pronto a esta conclusión: Sí, el mismo Jesús el que actúa y habla, pero el Jesús celeste, el Jesús de hoy, el Jesús de mi experiencia, el que definitivamente a mí me interesa (también el Jesús de Pablo) le está prestando su lenguaje y sus discursos al Jesús de la historia. En suma, el Jesús de la historia me está hablando hoy a mí, desde el cielo, desde la inmanencia que él tiene en mi propio corazón.
4) Y acaso también este versículo final del Cuarto Evangelio me esté diciendo que yo puedo escribir, desde mi experiencia, esto es, desde mi comunión con Jesús, si no un Evangelio (cosa reservada a los inmediatos transmisores de la tradición evangélico, sí un libro sobre Jesús. Deseo bellísimo de un cristiano que, por misión, se ha dedicado a las santas Escrituras.


San Juan reposa sobre el pecho del Señor

1. He aquí una escena que marca un estilo de relación con Jesús.
La escena que describe Juan en el trascurso de la Última Cena es de una intimidad única. ¿Cómo podemos hablar nosotros de la vida afectiva de Jesús?
Jesús ha recibido afecto y ha dado afecto.
Que ha recibido afecto lo muestran, de una manera muy singular, esa escenas de unción – de la cabeza o los pies – que testifican los cuatro Evangelios. Cada uno de ellos tiene una escena de unción, si bien en circunstancias distintas y pro personas distintas. Jesús se ha dejado ungir los pies, acariciar los pies, besar los pies, secar los pies con los cabellos de una mujer conocida como pecadora, al punto de que este atrevimiento ha producido escándalo en el fariseo anfitrión de aquel banquete, según refiere Lucas.
Jesús ha abrazado a los niños. En este punto san Marcos es especialmente expresivo.
Jesús ha mirado con cariño, es decir, con unos ojos llenos de ternura al pretendiente que le ha preguntado qué tenía que hacer para alcanzar la vida eterna.
Jesús se ha dejado besar por Judas, lo que hace suponer que no era la primera vez que recibía tal saludo de paz, y bien se puede suponer que él procedía del mismo modo.
Todos estos gestos de afecto humano, nos invitan a pensar que la intimidad espiritual que Jesús ha de establecer con los suyos ha de ser una amistad profundamente humana, desinhibida, sabrosa en la intimidad.
El gesto de lo que ocurre en la Cena es especial entre todos, lo último que en vibración de intimidad puede llegar un hombre con otro hombre. El “discípulo amado” (que este es el nombre de Juan y no otro en el Cuarto Evangelio) esta cobijado en el “seno” (kólpos) de Jesús, exactamente “recostado en el seno de Jesús” (Jn 13,23); y de ahí ha colocado su cabeza en el “pecho” de Jesús (stethos), “sobre el pecho de Jesús” (13,25; expresión que se repite en 21,20). Se ha tomado una libertad que, muy probablemente, a otro apóstol no se le habría permitido. Con esta intimidad quiere arrancar a Jesús un secreto, el secreto de la traición. Lo ha hecho a indicación de Pedro, que, por así decir, representa al jerarca en la Iglesia, en tanto que Juan es el amante. Lo divino de la escena, si bien triste y trágico, es que Jesús accede a tal intimidad y descubre al “discípulo amado” el secreto.


El discípulo pasa a ser amigo

A partir de la Cena – toda la Iglesia ha entrado en el Cenáculo – es decir a partir de la hora que se inaugura con la entrega de Jesús al Padre mediante su muerte y resurrección, Jesús invita a cambiar las relaciones establecidas con él y con su Padre.
Dice Jesús: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15).
Hay un lenguaje de cortesía y de relaciones humanas, lenguaje que corresponde a las categorías que los provocan. Decir “siervo”, decir “discípulo” es marcar un rango determinado. Y ciertamente que Jesús es el Señor y el Maestro, como lo ha expresado en la enseñanza que sigue al lavatorio de los pies: “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy” (Jn 13,13) Pero en este pasaje Jesús quiere romper esos desniveles, y nos sitúa – a los apóstoles y a nosotros, que somos sus discípulos, los “suyos” – en el rango igualitario de “amigos”. Con esta palabra se rompen las distancias, caen las reservas. El amigo al amigo le abre el corazón. Y Jesús llega a decir, en este lenguaje singular del Cuarto Evangelio, que todo lo que él ha oído a su Padre, lo ha dado a conocer a los amigos.
La amistad de alguna manera nivela en la comunicación del conocimiento; pero, ante todo, es una alianza de amor: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).
Este tipo de relación es el que Jesús establece y el que nos va a dar la pauta en la vida cristiana


El tono de la vida cristiana: confidencia, intimidad

El tono de la vida cristiana es el tono de las confidencias y diálogos de la Cena, una vez que, de noche, sale Judas. El tono es anchura, libertad, confidencia, intimidad, seguridad…, todo ello garantizado por el mismo Señor y luego por la presencia del Espíritu Santo, que él va a enviar.
La Cena son los diálogos trinitarios en la tierra. “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).
Jesús tiene el corazón transido de su Padre y transpira confianza.
Les habla, incluso, de alegría que va a ser el sello de una comunidad que ha visto a Jesús resucitado: “… pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie quitará vuestra alegría” (Jn 16,22).
Si uno saliera de este clima íntimo y fraterno de serenidad y alegría, no estaría en los verdaderos parámetros de la vida cristiana. Ni el pecado, ni la lucha y la tribulación pueden ser la última palabra del cristiano.

La consigna de Jesús es: Permaneced en mí

Comienza a abrirse el camino de la más pura mística de Juan: comunión e inmanencia.
El símbolo – la alegoría – de la vid y los sarmientos es el símbolo de la unión fecunda de los discípulos con el Señor en todo momento de la historia.
“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid,
así también vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos;
el que permanece en mí y yo en él,
ese da fruto abundante,
porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,4.5).
Por la secuencia de las frases se aprecia que permanecer tiene dos matices en su empleo:
- significa, ante todo, “no desligarse”, no separarse, pues el separarse es cortar la savia de la vida;
- significa, además, “estar de continuo”, que es el sentido más habitual.
Permanecer (menein) es una verbo que aparece de continuo tan en el Evangelio de Juan como en sus cartas, hecho notable, si se compara con las veces que recurre en el resto del Nuevo Testamento. “Permanecer” en san Juan es el equivalente en san Pablo a la expresión “en Cristo Jesús”.


Comunión, inmanencia, posesión

La mística de san Juan, que se abre a todo cristiano:
- es la mística de la interioridad. Lo que era la alianza en los libros de la Biblia, alianza o vinculación recíproca (Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo) se convierte en san Juan en una vinculación íntima y recíproca de Jesús con el discípulo
- que tiene su modelo en la vinculación recíproca que tienen el Padre con el Hijo. La relación del Padre y el Hijo se convierte en el modelo d vida del Hijo con nosotros: “En verdad, en verdad os digo: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará cosas mayores que esta, para vuestro asombro” (Jn 5,19-20).
La vida fluye del Padre, que es toda la fluye del Padre, y del Padre pasa al Hijo; del hijo este fluir de vida pasa a nosotros. Desde Jesús se establecer la verdadera comunión trinitaria.
Siendo una vida plenaria, abarca también el futuro. El paso de la muerte a la vida es un paso que se ha dado ya, y esto de modo definitivo. Esta forma de concebir la salvación en el futuro como un paso que ya se ha dado es la “escatología realizada”: lo que ha de ser un día ya es, porque nuestra unión con Jesús traspasa todas las barreras. Y esto ocurre también a la inversa: “El que cree en él no será juzgado; el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del unigénito de Dios” (Jn 3,18).

Si nos introducimos por la primera carta de san juan, donde no habla Jesús, sino el apóstol, el pensamiento avanza por el mismo cauce de comunión, de inmanencia. Permanecer en Jesús es estar en la vida de Dios.
Se llega incluso a una concepción rotunda del ser cristiano que por la vida que bulle en él se hace impecable. Es la lógica de la inmanencia. Dice Juan en esta carta: “Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios” (1Jn 3,9).
Una intelección puramente material de estas frases nos llevaría a la herejía. A san Juan hay que entenderlo por san Juan (antiguo principio que ya lo formulaba Juan de Maldonado) y en la unidad de su pensamiento todo trasparece claro, con la evidencia de la realidad mística.


Mi encuentro con Jesús desde esta perspectiva

¿Adónde nos conduce toda esta elucubración?
Digamos primero que es una elucubración de amor. Son pensamientos nacidos del amor que tornan al amor, pues la raíz de toda la teología juanea es el amor gratuito de Dios que por su Hijo ha venido al mundo.
Digamos también que estos planteamientos están destinados a convertirse en psicología viva en la conciencia del creyente. Esta doctrina queda “psicologizada” en este versículo:
“No hay temo en el amor,
sino que el amor perfecto expulsa el temor,
porque el temor tiene que ver con el castigo;
quien teme no ha llegado a la perfección en el amor” (Jn 4,18).

En suma, en el esquema de la vida cristiana del apóstol san Juan, el discípulo amado, la vida de fe del creyente le introduce en el mar de la serenidad, del gozo, del amor.

Guadalajara, miércoles, 18 marzo 2015.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;