jueves, 19 de marzo de 2015

662. Cinco Pláticas cuaresmales - 4



El Evangelio, encuentro con Jesús y suprema guía de vida

Ni san Pablo ni san Juan ni Santiago ni san Pedro al escribir sus cartas nos han narrado la vida de Jesús. La vida de Jesús ha sido narrada únicamente en los cuatro Evangelios. Ninguno de los escritores citados ha narrado escenas de la vida de Jesús, de su Pasión. Ciertamente que hay alusiones, pero de un modo genérico sin precisar detalles. Podemos tomar como texto más claro este de un escrito que lleva el nombre de Pedro, la segunda carta de san Pedro, un texto que se refiere al comportamiento de Jesús en la Pasión. “
Y a lo largo de los siglos los cristianos se han encontrado con Jesús a través de los Evangelios de un modo personal y directo más que por las cartas. Eso mismo nos ocurre también a nosotros. En esta plática cuaresmal vamos a tomar uno de los Evangelios, el Evangelio según san Marcos.
“…También Cristo padeció por vosotros,
dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,
para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fuisteis curados.
Pues andabais errantes como ovejas,
pero ahora os habéis convertido
al pastor y guardián de vuestras almas” (2,21-25).
Este es un pasaje que el gustaba mucho a san Francisco, porque hay una expresión que para él expresaba perfectamente su vida: “seguir las huellas”. San Francisco no quería otra cosa sino seguir las huelas de nuestro Señor Jesucristo; no inició su fraternidad para cumplir una misión u otra, sino pura y simplemente para vivir como Jesús vivió.
Para san Francisco el Evangelio, cualquier frase del Evangelio, sin preferir uno sobre otro, era su pauta de conducta.

El Evangelio es la historia viva del Viviente que vivió entre nosotros

Una historia es un libro informativo que nos cuenta lo que un día pasó; así escribimos nosotros la Vida de los hombres que un día fueron. (Por ejemplo la Vida de Cervantes, fallecido el 22 abril 1616, que está en boga estos días por haberse identificado los restos de su sepultura en el convento de Trinitarias en Madrid. O la vida de san Francisco, modelo de seguimiento de Jesús para los que hemos sido tocados por su espíritu de fraternidad).
Esto no son los Evangelios. Los Evangelios no son el recuerdo “de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo” (como decía Festo ante el rey Agripa según Hech 25,19). El Jesús que fue es contemporáneo a nosotros. Para los creyentes esto es un caso único en la historia. Y no de otra manera se pueden leer los Evangelios.
Los Evangelios, los cuatro Evangelios, son el enlace histórico y sacramental de una comunidad cristiana con Jesús de Nazaret, que vivió y que vive. Si leemos los Evangelios con otra conciencia, no los entendemos, y de alguna podemos decir que los profanamos.
Los Evangelios son simultáneamente una lectura y un sacramento; se leen en comunión con las personas que los protagoniza, que es Jesús de Nazaret.


Primera palabra del Evangelio de Marcos

“Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (1,1). Este versículo inicial viene a ser el título de la obra y nos da el alma de todo lo que va a narrar el evangelista.
Todo el Evangelio, de la primera línea al final, es Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Todas las escenas del Evangelio tiene este protagonista:
- Jesucristo
- Hijo de Dios.
Para empezar no identifica al protagonista como Jesús, sino como Jesucristo., es decir, Jesús Ungido, Jesús Mesías. De las dos palabras en realidad se ha creado una, que no existía, Jesús es, ni más ni menos, que Jesucristo.
Jesucristo, que es en el sentido puro y total, Hijo de Dios.
Grabemos muy fijamente esto en nuestra conciencia de lectores: quien actúa en el Evangelio o quien habla en el Evangelio es el Mesías anunciado por Dios, es el Hijo. Esta es una pauta de lectura necesaria para entrar en el Evangelio; de otra manera nunca lo entenderíamos. Y esto, para nuestro provecho, da una especie de anchura infinita al texto sagrado, porque, si realmente quien allí actúa es el mismo Hijo de Dios, mediante la lectura del texto sagrado yo entre en contacto y comunión con el hijo de Dios y el Padre, de quien él se declara Hijo.

Jesús tiene esta conciencia radical y última de sí mismo: que él es hijo, el Hijo. La palabra “Padre” – palabra correspondiente a Hijo – aparece en san Marcos tan solo 4 veces. He aquí los textos:

8, 38  Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.
11,25 Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que  está en los cielos, os perdone vuestras ofensas.
13,32 Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.
14,36 Y decía: ¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.  

(Nota. En el Evangelio de Mateo la palabra “Padre” aparece 45 veces: de este número 14 veces la expresión mi Padre; 13 veces la expresión vuestro Padre añádase a esta categoría las veces que aparece la expresión tu Padre.
Menos número de veces en el Evangelio de Lucas, mientras que en el Evangelio de Juan la palabra “Padre”, referida a Dios, inunda el texto y el lenguaje: 118 veces, citando de memoria).

El texto más estremecedor es el texto del Huerto de los Olivos, cuando Jesús, en el abandono total y de cara a la muerte, no tiene otra confianza sino llamar a su Dios su “Padre”.

En consecuencia la lectura del Evangelio de Marcos es para nosotros un contagio de la conciencia de Hijo, que es la conciencia que tiene Marcos de Jesús. El que lee el Evangelio de Marcos, acaso entre como lector, pero acabará saliendo como hijo, hijo de Dios, hijo en el hijo.

Primera prueba: Jesús en el bautismo, Jesús en el desierto

Juan el bautista es el que prepara el camino del Señor: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo so bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1,7-8).
Apenas entramos en la vida de Jesús, observamos que el punto de arranque van a ser dos escenas grandiosas: la teofanía del bautismo, y la escena del desierto.
El bautismo de Jesús culmina en esta declaración del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (1,11).
“A continuación el Espíritu lo empujó al desierto” (v. 12); padece al tentación y la vence, “y los ángeles le servían” (v. 13). El servicio de los ángeles no es una ayuda eventual y pasajera que le ofrecen para salir de un apuro. Es al revelación de algo constitutivo las er de Jesús, al ser de los ángeles.
Es un texto que, en vida de Jesús, y en los momentos de mayor abajamiento, anuncia caramente el triunfo pascual: los ángeles son servidores de Jesucristo.

La vida del Hijo en obediencia al Padre

La vida de Jesús, el hijo, en Marcos es muy simple. Esta vida, que en principio podría compendiarse en unos meses, en menos de un año, está trazo con un esquema muy simple:
- Jesús, anunciado por el Bautista, inicia en Galilea.
- Avanza anunciado el Reino de Dios, venciendo el poder de Satanás y mostrando, con acciones concretas el poder maravilloso de ese Reino.
- Recorre diversas partes, cuya trayectoria exacta no podemos fijar.
- Entra en Jerusalén como rey Mesías, en coherencia con todo su sentir de Mesías-Hijo.
- Despliega una actividad culminante en la ciudad santa, donde muere en crzu condenado por las autoridades romanas y judías.
- Ya sepultado da una evidencia de fe de que vive y está en comunión con su Iglesia, y deja a toda la Iglesia en vilo de una presencia que hay que captar por fe.

Dos líneas en el misterio desconcertante de Jesús, el Hijo

Jesús de Marcos de continuo entre dos extremos, al parecer irreconciliable:
- la gloria del Hijo
- la humillación del Hijo.

Jesús, el hijo, lleno de poder. Jesús, al traer el Reino del Padre, entra como vencedor del demonio. El enfrentamiento directo con el demonio es la prueba avasalladora de su victoria y de que el Reino ha llegado. En el modo de redacción de Marcos resplandece muy clara la fuerza de la divinidad que penetra completamente la persona de Jesús.
Pensemos que este Jesús lleno de poder en Marcos es el que Jesús recibimos en nuestro encuentro con él.

Jesús, el Hijo, enemigo radical y tajante de toda apoteosis. Jesús manda con energía, con severidad, que no lo digan, que no lo descubran. A los endemoniados les tapa al boca: ¡Cállate!
Este “secreto mesiánico”, que tanto ha desconvertido a los intérpretes, es coherente y revelador. Responde a la humildad intrínseca de su ser; Jesús quiere dar paso a Dios, solo a Dios. De su parte no hubiera hecho ningún milagro. Es evidente que lo que busca Jesús de Nazaret es la gloria de Dios.
Por eso, la familia que él quiere establecer en la tierra es únicamente la familia de Dios, y el pequeño grupo de sus discípulos son el germen de esa su familia. “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? … Estos son mi madre y mis hermanos. el que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre” (3,33.35).
Jesús ha introducido el orden nuevo y en ese orden él se establece.
Estamos tocando la novedad absoluta del Evangelio que afecta a nuestro ser hasta las raíces: de esa compostura de Jesús nace el hombre nuevo. Esta es la humildad sustancial a al que somos llamados en el encuentro de Jesús.


La Pasión de Jesús compendiada en solo tres palabras

Es particularmente impresionante la descripción que hace san Marcos de la Pasión de Jesús. La Pasión, teóricamente, se despliega en tres ciclos:
- Ciclo del Huerto.
- Ciclo del Juicio: autoridades judías y autoridades romanas.
- Ciclo del Calvario.
Una vez que Jesús es prendido en el Huerto – y se entrega libremente – Jesús, que va a padecer la muerte, entra en el silencio; en silencio se funde con el silencio de Dios, porque Dios en este momento ante el Hijo de su amor calla. Hablará solo tres palabras: esto todo lo que tiene que decir:
- Una ante su pueblo de Israel.
- Una ante la autoridad romana que ejecuta la condena.
- Una ante el Padre.
Ante el Sanedrín, ante el sumo sacerdote. “Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Jesús contestó: Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a al derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo” (Mc 14,61-62).
Ante la autoridad romana. “Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Él respondio: Tú lo dices” (15,2).
Ante el Padre, en la Cruz. “Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí, Eloí, lemá sabactaní (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró” (15,34.37).

Mi encuentro personal con Jesús en el Evangelio de san Marcos

Mi encuentro con Jesús en el Evangelio de san Marcos:

1. Ante todo, es el encuentro con mi filiación divina: ser hijo en el Hijo. Es el encuentro con la vida desde el gozo de la paternidad divina. Dios es Padre y envuelve al mundo con el manto de su amor; más aún, lo traspasa con su amor. Todas las criatuars aprticipan de esta gloriosa libertad e los hijos de Dios.
Descubro en este encuentro que todo el mundo ha nacidod e la bondad paternal de Dios y que yo, junto con todos los seres camino con confianza hacia esa gloria que se me promete y espero.
El descubrimiento del Hijo es el descubrimiento del Padre y del Espíritu. Dios actúa en el mundo, y todo está germinando con la presencia de Dios.

2. Por otra parte, descubro en mi encuentro con Jesús cómo es él en el camino del ser ante Dios. Jesús es la humildad absoluta. Jesús en su vida quiere desaparecer para que triunge solo el resplandor de la gloria de Dios.
El ser humilde tiene que ser connatural a mi ser de hijo. No aspirar a nada, absolutamente a nada, porque todo es intranscendente frente a la gloria de Dios.

3. La gran esperanza de Jesús es el advenimiento de Dios al mundo que ha comenzado ya y que él lo aguarda de una manera esplendente y gloriosa. La fuerza de mi vida, si yo me veo en Jesús y desde Jesús, está en la irrupción de ese Dios infinito que actúa en el mundo. La escatología es mi horizonte. Entonces veré venir al Hijo sobre las nubes del cielo. La grandeza de mi vida, en la victoria del poder adverso del diablo, en el despliegue de los milagros por el Hijo, está en la venida del hijo del hombre.
Con toda la Iglesia puedo exclamar: ¡Maraná thá!

Guadalajara, Jalisco, jueves 19 marzo 2015, Solemnidad de San José


Allí develó uno de sus secretos más guardados. “Yo quiero mucho a San José porque es un hombre fuerte de silencio. En mi escritorio tengo una imagen de San José durmiendo y durmiendo cuida a la Iglesia. Sí, lo puede hacer, lo sabemos”, indicó el Santo Padre. “Cuando tengo un problema, una dificultad escribo un papelito y lo pongo debajo de San José para que lo sueñe. Esto significa para que rece por este problema”, añadió.
 (Religión en libertad, 19 marzo 2015).

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