viernes, 27 de marzo de 2015

667. Domingo de Ramos con el Evangelio de san Marcos



Entrada de Jesús en Jerusalén Mc 11,1-10, y
Pasión de Jesucristo según san Marcos Mc 14,1-15,47


Texto evangélico de la entrada de Jesús en Jerusalén
Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta pro qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”. Fueron y encontraron el pollino en la calle, atado a una puerta; y soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron: “¿Qué hacéis desatando el pollino?” Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.
Llevaron el pollino, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Hosanna!, bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en las alturas!”
Jesús entró en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce.


Hermanos:
1. Comienza la Semana Santa con la liturgia del domingo de Ramos. Comienza la Pasión del Señor.
La celebración cristiana de hoy tiene dos partes: la primera es la entrada de Jesús en Jerusalén, que se conmemora con la procesión de Ramos o con una entrada solemne en la iglesia para celebrar la Eucaristía; la segunda es la misa, en la Pasión del Señor. Y en esta misa se lee el relato de la Pasión, variando cada año: San Mateo, San Marcos, San Lucas, reservando para leer en Viernes Santo todos los años la Pasión de Jesús según San Juan.
No es un día propicio para hacer sermones ni amplias homilías. Basta con unas sencillas indicaciones que nos sitúen en el corazón del misterio. Desde esta plataforma desde donde semanalmente proclamamos la palabra del Señor, vamos a hacer unas sencillas consideraciones tratando de desentrañar los textos evangélicos que hoy se leen y proclaman en todas nuestras iglesias, este año siguiendo el Evangelio de Marcos.
Lo principal en Semana Santa es vivir los ritos sagrados establecidos en los distintos momentos y tratar de penetrar su contenido a través de la lecturas sagradas, de las solemnes oraciones de estos días y de los cantos propios de la liturgia, cantos adecuados de estos días, que no suenan en la iglesia en el resto del año.

2. Evoquemos, pues, la entrada de Jesús en Jerusalén. La primera sorpresa que transmite el Evangelio es que Jesús mismo suscita este gesto simbólico que, sin duda, está en relación con los profetas. Efectivamente, al punto viene a nuestro pensamiento el pasaje de Zacarías. San Mateo lo recordará expresamente en este lugar, cuando nos diga: “Esto ocurrió para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollíno, hijo de acémila” (Mt 21,4-5).
El Papa Benedicto XVI escribió en su ancianidad un amplio libro de Jesús de Nazaret. Titulado simplemente “Jesús de Nazaret”, que expone lo que en su conocimiento teológico, espiritual y personal, representa la persona de Jesús en su vida, desde la infancia hasta su pontificado. Es delicioso el capítulo que dedica a la entrada de Jesús en Jerusalén. Allí nos dice como cosa erudita, que sirve para la exégesis: “Jesús reivindica el derecho del rey a requisar medios de transporte, un derecho conocido en toda la antigüedad- El hecho de que se trate de un animal sobre el que nadie ha montado todavía remite también a un derecho real” (Jesús de Nazaret, vol. II: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Planeta / Encuentro, 2011, p.14).
Ese borriquillo está atado. Y con ello se evoca la profecía de Jacob sobre Judá (Gen 49.10s). Continúa el Papa: “Por lo tanto el borrico atado hace referencia al que tiene que venir, al cual los pueblos deben obediencia” (ibídem).

3. Jesús entra en su pueblo como su rey, y nosotros, que celebramos estos acontecimientos, lo recibimos como rey. Quizás sin quererlo comenzamos a desfigurar la efigie de nuestro verdadero rey. Y eso lo hacemos desde que ponemos a Jesús una corona y un cetro. El Misal de México tiene en esta páginas unas antiguas letrillas, que pienso serán del tiempo de los cristeros: “Mexicanos, un Padre tenemos / que nos dio de la patria la unión, / a ese Padre gozosos cantemos / empuñando con fe su pendón”.
El poder que Jesús ostenta al apropiarse el texto de Zacarías es un poder muy singular al margen de cualquier nacionalismo, incluso nacionalismo espiritual. Por citar de nuevo al Papa Benedicto XVI: “Jesús no se apoya en la violencia, no emprende una insurrección militar contra Roma. Su poder es de carácter diferente: reside en la pobreza de Dios, en la paz de Dios, que él considera el único poder salvador” (p. 15).

4. La segunda parte de la liturgia de hoy estará centrada en la lectura de la Pasión, al presente según el texto de San Marcos.
Este evangelista tiene una fuerza del todo singular cuando nos ha mostrado la oración de Jesús en el Huerto. Jesús en el Huerto está deshecho. Dice el texto sagrado que “empezó a  sentir espanto y angustia” (14,33), dos palabras terribles que no parecen estar de acuerdo con la primera línea del Evangelio, que dice: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo Hijo de Dios”. El Hijo de Dios ahora tiembla de espanto ante lo que le viene encima. “Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad” (v. 34).
Entonces Jesús, Hijo de Dios, y hombre débil, como el más débil, se agarra  Dios, y ora y vuelve a orar con las mismas palabras. Los discípulos las han oído perfectamente y nos las han transmitido: “Decía: ¡Abbá!, Padre: tú lo puedes todo. Aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (v. 36). Aquí está la humanidad y la divinidad de la Pasión de Jesús, que los cristianos han meditado a lo largo de todos los siglos.

5. Pasada la escena del Huerto después de aquel altercado y del prendimiento, Jesús entra de lleno en lo que va a ser la obra de su amor: su entrega incondicional en manos de los hombres.
Veremos a Jesús en manos de los judíos, en manos de los romanos y en el Calvario. Una sola palabra para cada uno de estos momentos.
Ante el Sanedrín: “¿Eres tú el Mesías, el hijo del bendito? Jesús contestó: “Yo soy. Y veréis al hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo
Este es el Jesús verdadero de nuestra fe.
Ante Pilato: “¿Eres tú el rey de los judío? Él respondió. Tú lo dices
Y en la Cruz, este Jesús del amor y del silencio, tiene una sola palabra: “Dios mío, dios mío, ¿por qué me has abandonado?... Y después de un breve momento, Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Y el centurión dijo: “Verdaderamente este hombree era Hijo de Dios”.

8. Hermanos:
Esta es nuestra fe, esta es nuestra fuerza, esta es nuestra esperanza.
Señor Jesucristo, queremos vivir contigo esta Semana Santa, contigo que nos llevas al Padre, contigo que eres nuestro perdón y nuestra paz. Que el vivir estos santos misterios nos lleven hasta la gloria de la resurrección. Amén.

Guadalajara, viernes de Dolores, 27 marzo 2015.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

1. Estamos en la Semana Santa. En la semana en que Jesús sufrió la pasión que había profetizado a sus incrédulos discípulos. Los hechos que se suceden no admiten otra aclaración que la que proporciona la atenta lectura de los textos evangélicos.
2. Jesús entra en Jerusalén montado sobre un humilde animal de transporte, al igual que tiempo atrás lo hiciera Salomón cuando fue entronizado como rey. La gente extiende sus mantos por el suelo al paso de Jesús, como antes lo hiciera en la entronización de Jehú como rey.
3. Nada de esto escapa a la atenta visión de los circundantes cuando Jesús entra en Jerusalén montando un humilde animal de carga, y sobre todo al juicio crítico de los líderes religiosos de Israel. El simbolismo es muy claro.
4. Jesús entra en Jerusalén como rey, y es plenamente consciente de su contenido bíblico. La gente lo aclama. Es el día del triunfo, pero también sabe que entra en una ciudad donde le espera la humillación, el derramamiento de su sangre en medio de una muerte horrible. Y lo tiene presente en todo momento, incluso en esos momentos de triunfo. El hecho de su pasión siempre lo tuvo presente, y aunque lo calló en muchas ocasiones, en otras, en una explosión de desahogo, lo manifestó claramente a sus discípulos.
5. Sabe que sufrirá la flagelación, pero no la flagelación bíblica, sino la que Roma imponía a los extranjeros y a los esclavos. Sabe que sufrirá una muerte violenta, pero no la que dicta la ley bíblica, sino la que Roma imponía a los extranjeros y a los esclavos. Eso le ocasiona pavor y angustia. Sabe que le esperan unos momentos pavorosos, en que será literalmente triturado con látigos hasta que no quede de él forma humana. EUSEBIO NOS CUENTA QUE LOS MÁRTIRES DE ESMIRNA (año 155 D. C), SUFRIERON LA FLAGELACIÓN ROMANA, Y FUE TAN BRUTAL QUE LAS VENAS, LOS TENDONES, LOS MÚSCULOS, Y HASTA LOS INTESTINOS, QUEDARON A LA VISTA. A esta pena fue condenado Jesús.
6. Finalmente es crucificado. Sujetado de cuatro llagas a un madero para esperar la muerte en medio de tormentos y agonías. Todo por nosotros y para nosotros. Todo para poner nuestra salvación al alcance de nosotros. ¡Aprovechemos pues su sacrificio, su entrega amorosa, total!. Así sea.

Anónimo dijo...

Le felicito, fray Rufino, por sus hermosos versos.
Como acertadamente habrá intuido, soy autor de la publicación anterior. Disculpe que no haya realizado el esperado saludo final.
Saludos.
Juan José.

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