jueves, 2 de abril de 2015

672. Jueves Santo: meditación a los 55 años de sacerdote



Jueves Santo:
Meditación a los 55 años de sacerdote
 Jocotitlán, un grupo de la comunidad

Hace 55 años, el 2 de abril de 1960, junto con mis compañeros de promoción, en aquel Sábado de Témporas de Cuaresma, recibí la unción sacerdotal de manos de un obispo misionero, expulsado de China, monseñor Gregorio Ignacio Larrañaga (capuchino de Aldaba, Guipúzcoa). Éramos 8 de promoción. Los avatares de la vida han hecho que dos de ellos hayan abandonado su ministerio. Mi recuerdo y mi saludo respetuoso.
He tratado de saciar mi corazón con un texto de la Escritura de la Liturgia de hoy (2 de abril), que coincide ser Jueves Santo, al eco de los Laudes matinales. Y el Señor lo ha saciado, uno de esos momentos en los que la confianza que te inspira el texto bíblico vence todo temor, absolutamente todo.
“Él es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación” (Is 12,2).
El que escribió este texto hace unos XXV siglos no sabía que iba llegar al corazón de esta ignota criatura; el Espíritu Santo, sí. Era el primer regalo del día.
Luego, con las hermanas de este monasterio de clarisas capuchinas sacramentarias, he ido a tomar el desayuno. Han cantado “Las mañanitas”; cada una ha venido con una flor recogida del jardín… ¿Por qué? Ellas lo saben…, pero yo también.

Luego he podido leer las palabras del Papa en la misa crismal, hablando a los sacerdotes cosas muy bellas sobre el cansancio. ¡Qué bien me vienen, porque soy uno de los muchos sacerdotes o “trabajadores de la viña del Señor” (Benedicto XVI en el saludo de su elección) que termina el día literalmente extenuado! Y he leído, como una rociadita de miel, esta pregunta para el examen de conciencia del sacerdote: “¿Sé descansar recibiendo el amor, la gratitud y todo el cariño que me da el pueblo fiel de Dios?” Me han regalado unos corporales y un purificador, y un librito.
Los versos picotean en mi cabeza…
Pero hoy quería decir algo en prosa en honor del ministerio recibido. La computadora me tira…y el tema del sacerdocio, a uno que anda con jóvenes y todavía tiene la gracia de rondar las aulas, de dar clases y de oír las eternas discusiones de un tipo de teología que quiere dinamitar las clásicas convicciones, sustituyéndolas por una nueva lectura de la Biblia, se le antoja como una encrucijada de una audaz teología.
La vida me ha enseñado – y procuro transmitir esto a los jóvenes como inicio de nuestros diálogos – que en el pensamiento todo es cuestionable…, cuando el pensamiento quiere verter el dato “inefable” de la fe; porque la Teología es la racionalización de la Fe. Al hacer Teología, en principio, se puede discutir todo. Claro que también la última novedad que ha sonado en el aula. Parece como si el sacerdocio estorbara ya en la Teología, porque ha sido una amenaza cruel para la pureza de esa Comunidad del Reino en que ha soñado Jesús y que acabó por ser la Iglesia, para nosotros la Iglesia Católica.
Por de pronto, el papado ha embargado la imagen esa Iglesia que Jesús ha descrito tan bellamente en las parábolas…, si es que Jesús pensó en una comunidad que sobreviviese al advenimiento del Reino, dirá el Teólogo…. En todo caso, lo que sí es verdad es que Jesús, el Señor, nos ha dado unas pautas de conducta, de relación mutua, privilegiando a los humildes, sencillos y pobres, alérgico a todo lo que tuviese visos de poder. La Iglesia, desde que se ha sustentado en una jerarquía, ha ejercido poder, y el poder que ejerce hoy el humilde, espontáneo y popular Papa Francisco también es poder, y gran poder. Si uno se deja llevar por el idilio del pensamiento, con los deseos más puros y con la ciencia más documentada, escribiría un nuevo Tratado de Eclesiología, la Eclesiología del Espíritu de Jesús. Y aquí el sacerdocio, empezando por el papado y episcopado, estaría en los rebordes. Porque, como nos dijo san Francisco en la Regla, lo que por encima de todo debemos desear tener es “el Espíritu del Señor y su santa operación, al cual todas las otras cosas deben servir”.
Y la Iglesia es, por su propia esencia, el carisma (o supercarisma) del amor divino, la congregación de los pobres de Yahveh, el redil del Buen Pastor donde cabemos ovejas de todo pelo…, al fin ovejas.
Pero ocurre que quien esto escribe es uno de esos sacerdotes clásicos (cualquier epíteto calificativo me ofende, sea por la derecha, por la izquierda o por el centro) que, si al pensar tiene ciertas llamaradas, al actuar es de los antiguos manuales… Celebro la Eucaristía, como sacerdote, todos los días y trato de que sea con mucha devoción, enervando a veces a quienes han programado su reloj… ¡Qué le vamos a hacer, si no es por mala voluntad, ni tampoco por dar salida a un misticismo que sería ridículo…!
Lo que voy escribiendo no sé si es preámbulo o cuerpo del discurso; en todo caso es testimonio de un corazón pensante, que ama con ternura, y que al pensar quizás es llevado por los arroyos de la ternura que por los perfiles de la razón. De cualquier manera, mentalmente estamos abiertos a lo infinito. Desde aquí hago una síntesis del sacerdocio.

1. El único y eterno sacerdote es Jesús, solo él, y nadie más que él.
2. Fue sacerdote por la fuerza bipolar de dos actitudes de su corazón: la compasión (léase lo mismo “ternura”) y la fidelidad:
- fidelidad en la casa del Señor
- compasión a quienes llama sus “hermanos”, porque es conocedor de toda nuestra extrema debilidad.
3. Obviamente, si alguien es llamado a este sacerdocio de Jesús, tiene que quedar contagiado de la fidelidad de Jesús y de la compasión de Jesús.
4. Si un cristiano no ha sido probado en la fidelidad a Cristo y en la compasión a sus hermanos, no puede ser llamado al sacerdocio.
5. Una vez llamado, el sacerdote ¿quién es? El último de sus hermanos, el servidor de todos, el que carga, si puede, con las debilidades de sus hermanos. El suave yugo del confesionario es un encuentro privilegiado para sentirse pecado con su hermano pecador y descargar la incomprensible misericordia del Señor que, de alguna manera, uno ha atisbado.
6. Una sociología que se salga de estos parámetros para configurar al sacerdote, va errada. ¿Quiere el lector que ahora especifiquemos oficios eventuales que ejerce el sacerdote, como ministro del Evangelio que, con asombro, transmite en su persona y palabra la doctrina de Jesús; que, como oferente, presenta la víctima inmaculada, una vez que con todo el pueblo ha confesado sus pecados; que, como pastor, toma el cayado proyector del rebaño y lo guía y lo defiende…? Todo esto es ser sacerdote, pero siempre con una referencia única: Jesús, solo Jesús, amenazado por todas las variables de nuestra cultura, hoy también.
En suma, el sacerdote es el humilde de la cruz, el amigo silencioso y fiel, el don que nunca se glorió a sí mismo, con mitra o con la sotana raída…, el que fue adornado de una sabiduría celestial para ponerla a la mesa de sus hermanos…, el que no aspiró a ser guía y conductor, sino simple cauce del Espíritu…, el que lloró, el que amó, el que gozó, el que fue reflejo de Jesús, aplaudido o humillado…
Lo demás, que lo vayan pensando los siglos y vayan encontrando las figuras, siempre revisables y discutibles,  a tono con una Iglesia que en el mundo quiere ser la misericordia del Padre.
Jocotitlán (Estado de México), monasterios de hermanas clarisas capuchinas sacramentarias, Jueves Santo 2015

2 comentarios:

Ana Fernanda Sanchez López dijo...

Muchas felicidades Padre Rufino por sus 55 años de sacerdocio, y por tantas palabras y reflexiones que nos hacen sentir cerca de usted, y sobre todo de Nuestro Señor.
Reciba un abrazo con mucho cariño de Vero, Juan Carlos, Marifer y Juan Pablo. Preciosa Sangre de Cristo, Puebla.

Anónimo dijo...

PAZ Y BIEN
Carisimo Fray Rufino en el señor muchoas felcidades, me he encontrado con la foto de las hnas. Sacramentarias que estaban en Sta. Úrsula. por favor puede contactarme con ellas llevo años buscandolas. mi correo es: edithccs@gmail.com . graciaspor su atención. Dios lo bendiga

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