viernes, 17 de abril de 2015

682. Domingo III de Pascua B – Jesús nos invita a entrar en el misterio



Homilía en el domingo III de Pascua 2015
Sobre Lc 24,35-48

Texto evangélico:
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.  Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies.  Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado.  Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.

Hermanos:
1. Los tres primeros domingos de Pascua el Evangelio es una escena de las apariciones de Jesús Resucitado; el cuarto es siempre el Domingo del Buen Pastor, y los tres domingos restantes del tiempo pascual son Evangelios tomados de las palabras de Jesús en la cena.

2. El episodio de hoy es la continuación de la escena de los dos discípulos de Emaús, Cleofás y el otro cuyo nombre ignoramos. Cuando reconocieron a Jesús en la fracción del pan, al punto corrieron a Jerusalén. Encontraron a la comunidad reunida en el Cenáculo. Daban gritos de alegría: ¡Era verdad! Jesús había resucitado y se había aparecido a Pedro. Y aquí comienza el Evangelio de hoy, que lo podemos dividir en distintos momentos:
Primero. Jesús entra en el Cenáculo. No acaban de creer por la alegría y Jesús come delante de ellos. Es la experiencia de su santa humanidad.
Segundo. Jesús explica que todo lo sucedido está de acuerdo con las Escrituras de los profetas y con los salmos.
Tercero. Jesús les abre el entendimiento para que comprendan las Escrituras, es decir, les da el don de las Escrituras.
Y cuarto. Jesús les da un mandato, una misión: Seréis mis testigos.

3. ¡Cuántas cosas para reflexionar! Realmente las santas Escrituras, el Evangelio de Jesús, es un pozo sin fondo.
Nos vamos a detener especialmente en la primera parte. Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.
En el Evangelio de san Juan leíamos: les mostró las manos y el costado. No hay que forzar la imaginación para componer la túnica de Jesús Resucitado y ver cómo podía mostrar él la llaga del costado. Se trata de una realidad muy pura, a la que somos invitados a acceder: el creyente es invitado a entrar en los secretos de ese divino corazón.
Aquí, en san Lucas, Jesús les muestra los manos y los pies, y les invita a palpar. Un fantasma no se puede palpar, un cuerpo real sí. Palpar a Jesús es acceder al misterio de su santa humanidad, que sigue siendo tal aun como humanidad glorificada.
Cualquier físico, cualquier persona inteligente dirá que los seres glorificados, pertenecen a otra realidad, que al física no puede alcanzar. Ya nos dijo Jesús, hablando del matrimonio, que en la resurrección no se casarán ellos ni ellas; serán como ángeles de Dios. Es decir, hermanos, entramos en el misterio, y el misterio es la comunión con Dios; más concretamente la comunión con Jesús, nuestro Dios, nuestro Señor, nuestro hermano, nuestro amigo.

4. Aquí las posibilidades se ensanchan sin límite. El misterio es este: Jesús y yo podemos convivir, y vivir en una intimidad real, totalmente real, individualmente real, Jesús y yo.
Hace dos semanas era la Vigilia Pascual y el Evangelio de Marcos nos hablaba de aquellas tres mujeres, María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé, que, al ver la gran piedra corrida, entraron en el sepulcro. El Papa parece como si se hubiera quedado extasiado en esta expresión: “entraron en el sepulcro”; y en su homilía nos compartió sus pensamientos. Entrar en el sepulcro era “entrar en el misterio”. Y decía:
“Efectivamente, para eso estamos aquí: para entrar, para entrar en el misterio que Dios ha realizado con su vigilia de amor.
No se puede vivir la Pascua sin entrar en el misterio. No es un hecho intelectual, no es sólo conocer, leer... Es más, es mucho más.
«Entrar en el misterio» significa capacidad de asombro, de contemplación; capacidad de escuchar el silencio y sentir el susurro de ese hilo de silencio sonoro en el que Dios nos habla (cf. 1 Re 19,12).
Entrar en el misterio nos exige no tener miedo de la realidad: no cerrarse en sí mismos, no huir ante lo que no entendemos, no cerrar los ojos frente a los problemas, no negarlos, no eliminar los interrogantes...
Entrar en el misterio significa ir más allá de las cómodas certezas, más allá de la pereza y la indiferencia que nos frenan, y ponerse en busca de la verdad, la belleza y el amor, buscar un sentido no ya descontado, una respuesta no trivial a las cuestiones que ponen en crisis nuestra fe, nuestra fidelidad y nuestra razón”.
Y continuaba explicando qué hace falta para entrar en el misterio: humildad…
“Para entrar en el misterio hace falta este abajamiento, que es impotencia, vaciamiento  de las propias idolatrías... adoración. Sin adorar no se puede entrar en el misterio”.

5. Nuestro objetivo pascual es este, hermanos: entrar en el misterio; decididamente, entrar en el misterio.
Jesús Resucitado atravesó puertas y muros y entró en medio de nosotros.
De igual modo, nosotros debemos atravesar razonamientos, temores…, montañas que se interponen: entrar en él, por la contemplación, el abandono, el amor. Jesús nos llama.
Y si entramos en él, si hacemos la prueba – Gustad y ved qué bueno es el Señor (Salmo 33) – entonces, de pronto, veremos que hemos entrado en el corazón de nuestros hermanos. Entrar en Jesús Resucitado no es huir del servicio; bien al contrario, el que entra en la humanidad de Jesús, aquí mismo en la Eucaristía, entra en el humilde servicio de sus hermanos, los hombres.

6. Señor Jesús, que me estás diciendo cómo de ninguna manera tú estás ausente de nosotros, dame – te suplico – los ojos limpios del amor para entrar en tu resurrección, y encontrarme allí con mis hermanos los hombres, a quienes entregaste, y sigues entregando, alma, vida y corazón. Amén.

Guadalajara, Jalisco, 17 abril 2015.

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