sábado, 2 de mayo de 2015

686. Domingo V de Pascua B – La espiritualidad del Cenáculo




Homilía en el domingo V de Pascua 2015
Sobre Jn 14,1-12

Observación oportuna:
Como podrá observar quien lea o escuche esta grabación (y lo advertimos en la misma
grabación), hay un error al seccionar como Evangelio del Domingo V de Pascua, año B,
el texto de Juan 14,1-12, que corresponde al año A.

Texto evangélico:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.
Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice: «Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo

Hermanos:
1. Los tres domingos últimos de la cincuentena pascual – a saber, los domingos V, VI y VII – están dedicados al Cenáculo, a las conversaciones que tiene Jesús con sus discípulos después de la Cena, que concluyen con la solemne oración sacerdotal del Señor antes de entrar en su Pasión. Esa majestuosa y confiada oración de Jesús es como la consagración de su santa Muerte y Resurrección; con palabras especializadas de la liturgia podríamos llamarla la “Epíclesis de la Pasión y Resurrección del Señor, del Misterio pascual”.
Juntando el estilo de las conversaciones de Jesús en la Cena, podríamos hablar de “la espiritualidad del Cenáculo”.
¿Qué es lo que esto significa? Que con los apóstoles toda la Iglesia ha entrado en el Cenáculo y escucha a su Señor que habla. Jesús se dirige a nosotros. En realidad, si se han escrito estos capítulos divinos, no es tanto como un recuerdo de lo que Jesús dijo, sino como un testimonio de lo que Jesús está diciendo a nosotros, que somos su Iglesia, la comunidad santa reunida en torno a su persona, ahora presente en la Eucaristía, celebrando el culto dominical.

2. Esta espiritualidad del Cenáculo tiene un protagonista. No es Jesús; mucho menos nosotros; es el Padre. Jesús se va al Padre y tiene unas palabras últimas que decirnos. Estas palabras finales son acerca de la vida que él va a vivir con el Padre y con nosotros. Se marcha, pero se va a quedar de una manera diferente y más eficaz.
Jesús nos va a enseñar cómo hay una inmanencia entre él y el Padre, entre el Padre y él; y esta fusión inmanente de vida entre el Padre y él va ser la corriente de vida que se establece entre él y nosotros. Todo esto es sublime y, al mismo tiempo, muy sencillo.
Además nos encontramos con una característica sorprendente: que lo que dice Jesús – que es la más alta mística que pueda pensarse – no lo dice para una élite de discípulos, sino para el discípulo como tal, para mí, por ejemplo. Yo estoy llamado a esa comunión de vida con Jesús, Hijo de Dios que marcha al Padre.
Muy en resumen, esto es “la espiritualidad del Cenáculo”, que habría que perfilar y enriquecer en puntos particulares; por ejemplo, cuál es la función que atribuye Jesús al Espíritu en la Iglesia, que inicia su camino. y en el corazón de los discípulos.

3. Señor, muéstranos al Padre y nos basta, le dice Felipe. Jesús responde con una palabra de revelación: Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.
Esta es la inmanencia de que hablo: Jesús vive en el Padre, el Padre vive en Jesús. La religión cristiana tiene este punto particular que no lo tiene ninguna otra: que Dios está en un hombre, porque este hombre es Dios. “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. Es el msiterio de la Encarnación que resplandece, más que en Belén, en la pascua del Señor.
Así pues, nuestro Dios es Jesús. Desde otra perspectiva a este Dios a quien adoramos podemos llamarle nuestro hermano.

4. Este Jesús Dios nuestro se marcha, y nos dice: Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.
En este modo de hablar, la confianza llega a límites que no conoce la experiencia humana. “Os llevaré conmigo”, dice la traducción. El texto original del Evangelio parece sugerir algo más íntimo y entrañable, más amoroso: Os llevaré hacia mí, junto a mí, como insinuando un abrazo tiernísimo que nos va a dar Jesús en su vuelta.
Si tomamos estas palabras en serio, como hay que tomarlas, se  nos hace muy difícil, imposible más bien, a quienes creemos en Jesús y hemos puesto nuestra vida en él, introducir un lenguaje de temor, el lenguaje del infierno. Jesús dice que se adelanta para prepararnos lugar; creámosle de corazón. Y ordenemos toda nuestra vida de acuerdo a esta seguridad. Jesús ya me ha preparado y me ha reservado un lugar junto a sí.

5. En este pasaje hay otra frase absoluta que vamos a tratar de explicar: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre.
En estas frases hay dos cosas que hemos de distinguir:
Primera, que los creyentes en Jesús haremos las mismas obras que sj realizó en este mundo. El campo de las maravillas de Dios queda abierto para nosotros; lo que Jesús hizo lo podemos hacer nosotros. Él expulsó demonios, él realizó milagros. Esos dones se los ha dado a al Iglesia.
Segunda: y aún mayores, porque yo me voy al Padre. La obra mayor que comenzó a hacer la Iglesia, ya desde el principio, y que Jesús no pudo hacer fue la conversión del mundo. Jesús actuó en un área reducidísima de kilómetros cuadrados. Inmediatamente la Iglesia después de él, salió al mundo entero. Bien es verdad que, como dijo Juan Pablo II en la encíclica “Redemptoris misio”, la misión de la Iglesia de cara al mundo entero está en sus comienzos. Lo cual nos ha de animar totalmente a entregar nuestra vida a la misión.

6. Hermanos, concluimos, y concluimos tendiendo nuestros ojos a Jesús que vive en el Padre.
Señor Jesús, tú estás junto al Padre y nos aguardas; tú nos has preparado y reservados lugar: tú, que eres nuestro hermano, eres nuestro Dios en la tierra y en el cielo. Nos juntamos a ti, porque en ti hemos encontrado la acogida del Padre, su amor y su ternura eterna. Amén.

Guadalajara, sábado 2 de mayo de 2015.

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