jueves, 14 de mayo de 2015

690. Día del Maestro - Teología



Canción para el Maestro de Sagrada Página

En México se festeja el Día del Maestro (15 de mayo, la primera vez que se celebró fue el 15 de mayo de 1918), grata iniciativa, que invita a hermosear la vida con la gratitud, y a entender el sentido de la existencia con esa sabiduría que el maestro ha de transmitir al discípulo. Este, a su vez, en el gran río de la humanidad, podrá ser un día Sabio, y siendo Sabio podrá ser Maestro para las generaciones que siguen.
Dando mi sencilla aportación en un Centro Teológico (Centro Superior Salesiano, Tlaquepaque, Jalisco), la figura del Maestro para mí se condensa en el Maestro en Sagrada Teología, Maestro en Sacra Página. Es este el magisterio que profeso.
Me impresionó profundamente un día este comienzo del Prólogo que Ulrich Wiclkens, obispo luterano y exegeta, puso a su comentario a Romanos (original 1978, traducción 1989. Decía literalmente: “Dos días antes de su muerte, Martín Lutero escribió en un trozo de papel: Que nadie crea haber gustado suficientemente la sagrada Escritura si no ha dirigido las iglesias durante cien años juntamente con los profetas. Por eso es gigantesco el milagro 1. de Juan Bautista, 2. de Cristo, 3. de los apóstoles. No te aventures en esta eneida divina; solo limítate a adorar sus huellas profundamente inclinado. Nosotros somos mendigos. Esto es la verdad”.
Y continuaba el erudito comentarista de Romanos: “Un respeto de este tipo (“pronus”) puede parecer hoy pasado de moda. Mas yo debo confesar honestamente que experimento con creciente persistencia algo similar desde que, en mi estudio, la Carta a los romanos me ha atraído a su órbita” (U. Wilckens, Carta a los Romanos, vol. I, Salamanca, Sígueme, 1989. p. 9).
Algo de esto significa ser maestro en Teología, Maestro en Sagradas Letras. El maestro quiere dar razón de lo que le sobrepasa, que es la Fe. Por tanto, el maestro, en coherencia interna con su proyecto, tiene que comenzar rindiéndose en adoración; tiene que continuar rendido en adoración; y culminará – si acaso esta tarea un día se puede culminar – postrado en la misma humildad y adoración. El Maestro de la Divina Revelación antes que un técnico, antes que un agudísimo indagador, es sencillamente un santo.
De ninguna manera se piense que la praxis personal de la fe del Teólogo, de la fidelidad a los votos que acaso un día pronunció ante la faz de la Iglesia…, sea un dato externo a la Teología que indaga como expresión de la fidelidad de todo el pueblo santo de Dios.
¿Quién es, pues, un Maestro? Un Maestro no es un Profeta. Ambos necesarios en la Iglesia. Pero en cuanto a coherencia de vida – el Profeta con su Profecía, el Teólogo con su Teología – los caminos sí son paralelos, para que la credibilidad brille en la Iglesia. Es mi parecer; y en este caso, es con humildad (quisiera, al menos) mi poema y canción.
Discretamente lo decía el documento de la vocación del Teólogo en la Iglesia: “Puesto que el objeto de la teología es la Verdad, el Dios vivo y su designio de salvación revelado en Jesucristo, el teólogo está llamado a intensificar su vida de fe y a unir siempre la investigación científica y la oración” (Donum veritatis sobre la vocación eclesial del teólogo, 24 marzo 1990, n. 8).
Ser Teólogo es una vocación radiante en la Iglesia, si el empeño se lleva adelante en humildad – no importa el anonimato – y, en todo caso, bien lejos del oleaje de la opinión periodística.

1. ¡Maestro…!: ¡si eres vidente
del resplandor de la fe!,
te felicito y admiro
y te animo a tu quehacer.

2. Es vida la profecía
y la doctrina también;
si una de ellas se apagara
la fe va a palidecer.

3. ¡Qué hermoso poder servir
como una balanza fiel
para la justa medida,
sin faltar, sin exceder!

4. La Iglesia te necesita,
Maestro del buen saber,
si al brocal de quien es Único
viniste el agua a beber.

5. Si tu ciencia se trasvasa
en amor y sencillez,
Maestro de sacra cátedra,
recibe mi parabién.

6. Maestro de testimonio,
cual Jesús de Nazaret,
sé verdad resurrección
sin torcerte ni ceder.

7. Maestro, voz de la esposa,
que conoce voz y piel,
lejos de la vanidad,
irrádiale solo a Él.

8. Sumérgete en la Escritura,
que fluye desde el Edén;
la fonte que mana y corre
sea tu fonte a placer.

9. Para hacer Teología
hay que volver a nacer;
así Jesús lo insinuaba
a un maestro de Israel.

10. El aire nuevo, el Espíritu,
que no deja de mecer,
termina la creación,
de tu espíritu al vaivén.

11.  Sin ese soplo divino
no te pongas a leer;
sin lágrimas amorosas
no pretendas comprender.

12. Ser Teólogo es ser santo,
la Verdad hermana al Bien;
si la Verdad te traspasa
la hiel se convierte en miel.

13.  ¡Gracias, Jesús, luz de luz,
del alba y atardecer,
tú eres la llama encendida,
yo la cera que va a arder! Amén.

Guadalajara, Jal. 14 mayo 2015

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