viernes, 15 de mayo de 2015

691. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio



Homilía para el domingo VII de Pascua, ciclo B,
en la Ascensión del Señor, Mc 16,15-20

Texto evangélico
(v. 15. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa…)
Y les dijo: “Id al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará. El que no crea será condenado. A los que crean les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.
Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Hermanos

1. En muchos lugares por razones del calendario laboral civil – así en México, así en España – las Ascensión del Señor no se celebra a los 40 días del domingo de Resurrección, que habría sido el jueves pasado, sino el domingo siguiente, domingo VII de Pascua, una semana antes de Pentecostés.
De modo que poco a poco va perdiendo sentido aquella cantinela que nos enseñaron desde niño:
Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi,
y el día de la Ascensión.
Jueves que la piedad cristiana ha celebrado con muchísima alegría e ilusión, de campanas, de vestido nuevo, de procesiones.

2. Hoy, domingo, es el día de la Ascensión del Señor, y todos los años en la primera lectura tendremos el relato con el que san Lucas describe la Ascensión de Jesús a los cielos, al paso del Evangelio a los Hechos de los Apóstoles.
Jesús desde el momento que expira en la cruz, inicia una vida distinta junto al Padre. Anota san Lucas:
“Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino que aguardaran que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo” (Hch 1,3-5).
En el mismo relato se dice. “Dicho esto, a la vista de ellos, fue levantado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (v. 9).
Con esta aparición Jesús quería manifestar que definitivamente se cerraba un ciclo y empezaba otro.

3. Aquí se impone una reflexión. La vida es una marcha hacia adelante, siempre hacia adelante, no un regreso al pasado. El pasado quedó ya vivido y podrá ser una referencia luminosa y confortante, incluso, una fuerza motriz; pero la vida no es repetir el pasado, un regreso a días hermosos que dejaron hermosas vivencias.
Jesús se va a ausentar, pero a la comunidad que deja en la tierra les promete tres cosas, que definen la nueva tarea:
Primero, su presencia vivificante. Él ha de estar de continuo presente, mas de otra manera. Y no menos presente; al contrario, más presente. Presencia vivificante de Jesús instalada en los ámbitos profundos del ser, que colma nuestra vida.
Segundo. Les promete el Espíritu, que va a ser el horizonte nuevo, la nueva realidad operante en la comunidad creyente. El Espíritu va a ser la vida inagotable de la Iglesia en su nueva etapa hasta la vuelta del Señor.
Y en tercer lugar, les lanza a la misión universal, tarea de la Iglesia, que de una manera tan vibrante y sorprendente aparece hoy en el Evangelio.
Vamos a detenernos en este punto y valorar las diversas palabras que nos llegan de la boca de nuestro Señor.

4. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El sentido de la Iglesia es esto: anunciar el Evangelio. Decimos el Evangelio, no cosa diferente del Evangelio, el Evangelio que es la revelación definitiva de Dios a toda la humanidad. Ese proyecto de amor que no lo puede dar ninguna filosofía humana, ninguna sociología, ninguna terapia humana. Anunciad el Evangelio.
Continúa la sorpresa cuando en el texto de san Marcos, que es el pasaje hoy proclamado, se nos dice que el anuncio se debe dirigir a toda la creación. No es una fantasía: el universo entero tiene que ser evangelizado;  no solamente los seres humanos, sino el cosmos, salido de las manos de Dios. El influjo salvador de la Resurrección de Cristo debe llegar a  todos los seres.
Los domingos, el día en que la Iglesia siempre venera la Resurrección del Señor, hay un salmo que lleva este título: “Toda la creación alaba al Señor”.  “Criaturas del Señor, bendecid al Señor, alabadlo con himnos por los siglos. Ángeles del Señor, bendecid al Señor”. Y ahora iniciamos un viaje por el cielo y la tierra, invitando a todos los seres a alabar al Señor: Aguas del espacio, sol y luna, astros del cielo, lluvia y rocío, vientos todos, fuego y calor, fríos y heladas, rocíos y nevadas…,  montes y cumbres, manantiales, mares y ríos, cetáceos y peces, aves del cielo, fieras y ganados…” Seguramente que este salmo, que es el Cántico de los tres jóvenes en el horno ardiente, según el libro de Daniel, es lo que inspiró a san Francisco su Cántico a las criaturas o Cántico del Hermano Sol.
Quien ha contemplado a Jesús Resucitado, se siente invitado a dirigirse a todas las criaturas e invitarles a alabar y dar gracias al Creador.
De hecho, en la liturgia, en el momento sagrado de la Plegaria eucarística, decimos: “Santo eres, en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus creaturas…” El que está orando está percibiendo que todas las criaturas alaban al Señor.

5. Y en el Evangelio de hoy se nos dice cómo el mundo, santificado por Cristo, va a venir al servicio del Evangelio:
“echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos”.
Esto no se dice a propósito de los predicadores, sino de los creyentes. Es una unidad del mundo que Jesús ha restablecido por su Pascua.
Muchos, muchos milagros hemos visto los confesores en el confesionario. Son el signo evidente de que Cristo está presente en su comunidad.

6. El Evangelio termina con una frase, que nos da inmenso consuelo y fuerza. “Ellos se fueron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”.
Desde el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, él nos acompaña, y nos va a acompañar hasta el final.

7. Jesús resucitado, y sentado a la derecha del Padre, creemos firmemente en tu triunfo y en tu ayuda. Confiamos en que tú vas guiando a la Iglesia en su camino, y que nunca la vas a abandonar. Llena nuestro corazón de confianza, de energía y de esperanza. Amén.

Guadalajara, viernes, 15 mayo 2015.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

"A los que crean les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos".
Ante estos párrafos del evangelista, cualquier creyente, sea religioso o laico, podrá tener la tentación de hacerse preguntas sin encontrar respuesta.
Somos creyentes. Unos más que otros, evidentemente. Pero parece como si nuestra fe no llegase ni de lejos a las cuotas que mínimamente se exigen para que se cumpla que lo que se afirma en el Evangelio de san Marcos. ¿Cierto?.
Los SIGNOS sólo acompañaron a los apóstoles desde el primer instante de sus predicaciones.
Cordiales saludos.
Juan José.

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