martes, 19 de mayo de 2015

693. El Espíritu aleteaba



El Espíritu aleteaba

1. El primer versículo de la Biblia habla de Dios creador de todo. El segundo habla del Espíritu que aleteaba sobre la creación incipiente. Sin el Espíritu no hay creación.
Y cuando va a terminar la Biblia, el Espíritu, que ahora es el Espíritu de Jesús vuelve a hablar con un inmenso grito. “El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!” (Ap 22,17). ¿A quién claman? A Jesús, evidentemente: “Amén. ¡Ven. Señor Jesús! La gracia del Señor Jesús esté con vosotros” (Ap 22,20-21, FIN de la Biblia).

2. ¿Quién es, pues, el Espíritu? Mirando, pues, a toda la Biblia, dejándome llevar – según espero – por el mismo Espíritu – lo diré sencillamente:
El Espíritu es la ultimidad de Dios.
El Espíritu es la intimidad de Dios, la inmanencia de Dios.
El Espíritu es la exhaustividad de Dios.
El Espíritu es aquel por el que Dios es Dios: el Padre es el Padre, el Hijo es el hijo, y él mismo, el Espíritu, es el Espíritu.

3. No es el remate de Dios, porque Dios no necesita ningún  complemento.
El Espíritu es la incognoscibilidad de Dios.
El Espíritu es, en consecuencia,  la pura revelación de Dios.
El Espíritu es el ocultamiento de Dios para que Dios aparezca.
Si Dios es Dios, dándose en Dios, el Espíritu es el don de Dios.
Traducido de otra forma: El Espíritu es el amor de Dios.
El Espíritu es la ternura de Dios.
El Espíritu es los siete dones de Dios (Is 11,2 ampliado), siete multiplicado infinitamente, siete por siete por siete...
El Espíritu es…, por ejemplo, el Camino de Dios, la Potencia de Dios, la Acción de Dios en el universo mundo y en la historia.
Es la Presencia de Dios; por ello, es el sacramento de esa divina Presencia.
Es el Dios inmanente volcado; por tanto – lo decíamos – es la ternura de Dios.

4. Pero ¿dónde están estas cosas en la Biblia? En la mera lectura, que sin este anhélito y expansión, no podríamos comenzar a leer sus páginas.
De una forma muy concreta diremos:
El Espíritu es el Espíritu de Jesús.
El Espíritu es el Espíritu de la Trinidad que a mí se me ha donado.
El Espíritu es el Espíritu y el alma de la Iglesia, para que permanezca sabia, misericordiosa e intacta.
* * *
5. Lo más arduo para la fa es personalizar el Espíritu. Ahora bien, si el Espíritu no es persona no es nada; si el Espíritu no es historia; si el Espíritu no llega a mí, se desvanece.
El Hijo tiene rostro porque es hombre, y su rostro de hombre se lo ponemos a la divinidad. Y así dialogamos con Jesús, Hijo de Dios.
El Padre tiene rostro, porque el Padre será siempre el Padre de Jesús; el rostro de Jesús revierte en el Padre. Y, por ello, también dialogamos con el Padre, nos abandonamos en brazos del Padre.
Pero… ¿el Espíritu? ¿Qué rostro le pondremos al Espíritu? Pues sin rostro no entra en comunicación con nosotros.
Si hablamos con el Espíritu ¿será una persona fingida que mi imaginación proyecta para tener un imaginario interlocutor?

6. El Espíritu me está pidiendo la teología del silencio para aspirar a Dios como perfume y dejarme embriagar por él. Y navegar, sí, con estremecimiento, con adoración, lo mismo por el fondo del mar (maravillas que nadie ha visto) que  por los espacios que solo Dios posee.
El Espíritu estalla en el piído de un pájaro, en el color extasiante de una flor, en el pétalo que mi mano soñadora quiere tocar, recordando… y aspirando a un divino futuro.
Pero percibo que el Espíritu, si es Espíritu del cosmos, es, por encima de todo, Espíritu de Jesús, y, por ello, Espíritu de las personas, en su dolor y en su gozo.
Siento que el Espíritu es el fondo mismo de la Escritura y el Espíritu es el fondo más bello de las personas. El Espíritu es lo incógnito, lo más bello, el secreto siempre por descubrir. El Espíritu es el encuentro con todas las personas, siempre por develar. El Espíritu late en mi total ignorancia, y se asoma en el anhelo del amor. Hay un “anhelo adámico” que me lleva al Cantar de los Cantares, adorando. Ese es el Espíritu. Porque el Espíritu es la Hermosura de Dios, la Poesía de Dios, el Abrazo de Dios, el Ósculo de Dios.
Y al mismo tiempo es la Humildad de Dios, el Tiempo de Dios, el Hoy de Dios, el camino de Dios en mí, no sé si ya breve, no sé si todavía un tanto larguecito.

***
7. Pero ¿qué estoy diciendo en alas de la ilusión ingénita que bulle en el ser?
Vuelvo a la teología racional más sensata. La esencia más pura de la Teología en el Antiguo Testamento es Dios revelándose como Alianza (Walter Eichrodt). En esa presencia y alianza – que da todo, que purifica todo y que pide todo – se establece mi Dios, el Dios de Jesús. (Maravillosa la Teología del Antiguo Testamento expuesta por W. Eichrodt, + 1978,  primero en 1933-39; luego en 1957).
En esa alianza, soporte de toda la revelación bíblica, está Jesús. Sin él no hay alianza en el Antiguo Testamento; sin él, en el fondo, es ininteligible el Antiguo Testamento .
La revelación de Dios – se llame Padre, se llame Hijo, se llame Espíritu – es Jesús, es en Jesús, viene de él, pasa por él, concluye en él.
Al final…, ahora y de cara a la eternidad… ¿quién es el Espíritu? El que me da Jesús,
En suma, en la quietud del ser, cuando las aguas se han remansado, cuando el aire de la tarde trae la brisa del cielo, cuando las aves vespertinas me traen palabras sin letras de la otra ribera…, o cuando mis dedos van picando y deletreando sobre la computadora al tic-tac del corazón…, cuando mi yo y el de Jesús caminan al unísono - ¡oh Misericordia! – ese es el confín del Espíritu  que me personaliza.
En la paz y en la calma, en la dulce espera, en la humildad sencilla, así sea.

Guadalajara, Jal., martes de la VII semana de pascua, 19 mayo 2015.

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