miércoles, 3 de junio de 2015

699. El amor contemplativo - A una joven que va buscando



La Trinidad, evocación de la vida contemplativa

Un Domingo, al fresco de la mañana
El domingo pasado, Domingo de la Trinidad, al fresco de la mañana iba rumbo al autobús encaminado a celebrar la Eucaristía en un monasterio de monjas contemplativas, primera de las tres misas de la jornada. En días de mucho calor, como ha sido el mayo veraniego en esta ciudad, la brisa matinal mientras vas caminando por la calle desierta para tomar el transporte, te llega a los ojos y al rostro como un fresco celestial. Dios está en esa brisa que baña el corazón, el cuerpo recién bañado; te pone al alma en armonía, y sientes que brotan bellos pensamientos con los cuales tú eres tú.
Hoy es Domingo de la Trinidad y ya escribí en el blog una homilía: “La Santísima Trinidad, ternura de la fe”… Es verdad: la Trinidad es Historia antes que misterio, la Trinidad es ternura antes que deslumbramiento, la Trinidad es intimidad y comunión antes que procesiones y relaciones “ad intra”… ¡Cuánto tendríamos – o tendría – que cambiar los resortes de nuestra teología, sabiendo siempre que detrás de fórmulas abstractas se esconde una enorme pasión de pastores y concilios!
Hoy es la Trinidad, domingo escogido para decir una palabra en torno a la vida contemplativa de varones y mujeres. El eslogan de este año, que es el V Centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús (Alba de Tormes1515), es una frase muy querida de la Santa: Solo Dios basta.
Domingo de la Trinidad… En Guadalajara, Jalisco, hay dos monasterios de Clarisas Capuchinas, que profesan la Regla de Santa Clara, uno de ellos puerta con puerta con nuestra casa, hijo del primero, que está en el Centro (calle Contreras – Medellín). En México – dicho sea de paso – las capuchinas han florecido, con mucho, más que las otras congregaciones contemplativas. Son algo más de 70 monasterios. Sorprendente florecer, pues los capuchinos nos afincamos en México hace pocos decenios, mientras que ella vinieron de Toledo hace 350 años (los estamos celebrando). Bien es cierto que la crisis va mermando despiadadamente el número de ingreso, y en consecuencia, el número de novicias, el número de jóvenes profesas o junioras.
Vengamos al tema, a esos bellos pensamientos que iban naciendo en la fuente del corazón.

* * *
Sobre el amor, esencia y cima
de todas las vocaciones

1. La esencia de la vida es el amor. La oración es la respiración del amor (Constituciones capuchinas); añadamos: El ministerio de la predicación, el servicio a los pobres… es la respiración del amor. La vida, donde sea y como sea, es – es decir, debe ser – la respiración del amor.

2. Puesto tal fundamento, digamos con tono humilde y firme, que el amor para que sea amor ha de realizarse en tres vivencias:
- El amor es gratuito, no es una transacción; no es “te amo para que me ames”, sino “te amo”.
- El amor es total: “del amor del todo, con todo el corazón, con toda el alma, con todas mis fuerzas”. No es un amor al 75 % ni un amor al 90 %; es un amor, por hablar con este lenguaje tan desajustado, al 100 por 100.
- El amor es para siempre; no “mientras dure”, sino “todos los días de la vida”. Por eso teológicamente es un figura endeble eso de la “profesión temporal”…, que, jurídicamente, es una profesión de prueba...

3. Pero todavía hay un fundamento más fundamental: El amor se inicia cuando uno se siente amado; mientras tanto, no. A quien le corresponde la iniciativa, a quien le toca dar el flechazo es a él.
- ¿Qué tengo que hacer para enamorarme de Jesús?, me dijo hace… cien años una joven después de una clase de Biblia.
Y yo le respondí, sin pensarlo, con un fulgor de repente:
- Lo que hace falta es que él se enamore de ti.
Claro que el diálogo podía haber continuado:
- Pero ¡si él estaba enamorado de mí, y yo no lo sabía…!
- This is the question. Pues sí, este es el asunto.
Lo dice la Biblia con palabras divinas y humanas: ¡él nos amó primero! “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10).

4. Por lo tanto la fe es un “encuentro”. ¿Qué es creer? Creer es haberse encontrado con Jesucristo, porque él nos salió al encuentro. La fe es la vivencia de este encuentro.
Y ¿qué es la vocación? Es lo mismo que la fe: la vocación es un encuentro. La vocación arranca de ese momento feliz en que yo vi que Jesús vino a mi encuentro.
Lo que precede, radicalmente no cuenta para la autenticidad de este encuentro, si yo lo había buscado o si había vivido en el olvido, incluso en la negación… Dios no me llama por mis méritos precedentes, sino que Dios me llama por su propio beneplácito.

5. Caminando por esta vía, diremos que el amor gratuito, total y para siempre se puede realizar exactamente igual en la llamada vida activa como en la vida contemplativa (también en el matrimonio, como vocación bautismal).
Si este discurso va bien tejido, entonces ¿qué es lo que distingue de modo concreto y específico la vida contemplativa de la vida activa, si en cada una de ellas se puede realizar el amor genuino como amor gratuito, amor total, amor para siempre?
Lo que distingue hay que ponerlo en la llamada, en la voluntad de Cristo para mí, en la realización de ese amor que Jesús ha dispuesto para mí. Con todas las imperfecciones del lenguaje, siempre discutible, podríamos hablar del “amor oblativo”.

Sobre el amor oblativo,
clave del estilo de la “vida contemplativa”

6. La vida contemplativa es un modo de vida cristiana muy especial. Supone una restricción de vida muy especial, restricción en vista de una “concentración” o, quizás, reconcentración; reduzco mi vida a esto, y entre tantas posibilidades expansivas que lleva consigo la vida, escojo unas y dejo las otras…, tan hermosas, tan legítimas, tan plenificadoras.
El monje benedictino, por ejemplo, se centra en esto:
- un lugar (stabilitas loci)
- una comunidad
- tres actividades: el “officium divinum” como pulso de la jornada, la “lectivo divina”, el trabajo sencillo.
Lo ponemos de manera muy simple, porque no ignoramos la proyección social que la Orden benedictina ha tenido en diversos lugars, ámbitos y tiempos. He vivido unos años en Lago de Guadalupe (Cuautitlán Izcalli), donde los Benedictinos tienen el CEL (Centro Escolar de Lago) con unos 2.000 alumnos aproximadamente.

7. Si esto es así, el día de su profesión el monje, la monja,
- hace oblación de innumerables posibilidades de vida,
- y se consagra a desaparecer ante Dios y por Dios en la sencillez y el anonimato. Nadie va a la vida monástica, (ni a la vida religiosa apostólica tampoco) con el secreto deseo de llegar a ser un día obispo, si bien la Santa Sede haya escogido, en el curso de la historia, a tantísimo monjes como obispos.

8. La restricción más importante en principio van a ser las múltiples posibilidades del ejercicio de la palabra y de la caridad.
Son restricciones que afectan a la realización del propio ser y a la realización de la misma misión de la Iglesia. Un colegio…, un hospital…, una orfanato… ¿no son servicios de primera necesidad para encarnar el Evangelio? A fe, que sí; lo son…
La vida lleva muchas restricciones voluntarias, personales unas, comunitarias otras… Nos sorprendió el Papa Francisco en una entrevista reciente, cuando nos contaba con sencillez que en la noche de la Virgen del Carmen de 1990, hizo esta promesa a la Virgen del Carmen: No ver TV. Pero… ¿se puede vivir en este mundo sin ver TV? Parece que sí; fue una opción de vida personal.

9. La monja contemplativa, en la que ahora estoy pensando, en esta mañana oreada de la Trinidad, la capuchina adonde voy a celebrar la santa Misa y a la que voy a dirigir una palabra, hizo un día esta opción: Jesús será mi esposo, y todo el día se lo voy a consagrar a él; simplificaré toda actividad. Pensaré en él, siempre en él, porque estoy enamorada y esto reunifica mi vida, “estoy enferma de amor”, dice el Cantar de los cantares. Lo demás, realmente, es irradiación y periferia. Esto asume toda mi actividad.
Viviré en silencio para pensar más pacíficamente en él (Cisterciense), trabajaré en la soledad de la celda, más bien que en grupo, para pensar más armónicamente en él (Carmelitas).
Con esta reconcentración nace un dinamismo de vida distinto. Hace falta un psiquismo firme y armonizado para asumir de por vida esta monotonía del amor.

10. La condensación de la vida en el amor, fluye con una primera expresión: el amor a mis hermanas, Nos lo dijo Santiago: Si no amas a tu ehrmano a quien ves, ¿cómo vas a amar a ds, a quien no ves? El amor concentrado en ds nos abre expansivamente al amor entre mis hermanas y hermanos. Y de modo smejante nos abre a todo cuanto tenga vida.
En este sentido nos percatamos muy pronto, al leer el Concilio, que el vigor de una comunidad contemplativa estriba en tres puntos:
- Una liturgia preciosamente cultivada día a día.
- Una caridad exquisita entre hermanas, adivinando por instinto lo que a mi hermana le agrada y le hace crecer.
- Una formación permanente que nso mantenga en el hoy de la Iglesia.

11. Pero yo me debo a mis hermanos y al mundo entero…
Efectivamente, mi querida hermana clarisa capuchina. Para eso hace falta que esta vida moderada, reconcentrada, hacia adentro, vaya generando en ti un nuevo humanismo:
- que siendo monja te sientas, por así decir, más mujer
- que siendo monja te sientas más humana, más comprensiva, más indulgente, más enternecida, más amorosa, más adolorida; que esos sordos disparos que tanto suenan en México con millares de muertos sean disparos en tu corazón.

12. Y entonces habrás comprendido que el amor oblativo
- es, primero, un amor íntimo a Jesús esposo, dulce esposo crucificado (Amor meus crucifixus est),
- y un amor a todo el cuerpo doliente de Jesús, que son todos los sufrientes de la tierra.
Comprenderás, por un secreto que solo Jesús lo puede enseñar que el dolor de tu vida, con todas sus incidencias, a veces aparentemente absurdas, no te deshumaniza sin o que te incorpora a las llagas de Jesús, tu esposo, las llagas de la humanidad.

Sobre los avatares del amor

12. El amor lleva dentro los avatares mismos de la vida. Peligro mortal del amor es la rutina del amor. La rutina puede ser el cáncer del amor.
Si una comunidad cayera en la rutina dejaría de ser comunidad contemplativa, aunque sus observancias comunitarias se mantengan las mismas, incluso la sonrisa cuando nos visitan.
Si un sacerdote ha caído en la rutina al celebrar la santa Eucaristía se nota… No es el celebrar más aprisa o más despacio, sino otra cosa: si al pronunciar ora o no ora; si al pronunciar está convencido de lo que lee o no está convencido.
La rutina es el polvo que cae día a día y que, al final, ha penetrado por dentro, y les va quitando a las cosas y al ambiente su prez y hermosura. Esa sería la rutina de una comunidad que se dijera ser contemplativa y hubiera perdido el alma de la contemplación.
Lo dirán los detalles de la liturgia (háblenme del cirio pascual, por ejemplo… ¿no será el del año pasado…, cambiado el último número?; háblenme de los himnos, de las antífonas, del curso de la Escritura)
Lo dirá de una manera brillantísima el cómo hacemos nuestros capítulos locales, que es el pulso de la salud comunitaria.
Lo dirá nuestro comportamiento en la mesa: palabras y silencios, toques delicados para festejar a esta y a todas las hermanas.
Lo dirá la alegría o el apagamiento de los rostros.
Lo dirá la pulcritud de la casa.
Lo dirá la inventiva de las hermanas – de las jóvenes – para generar vida de pequeños detalles, porque hoy es… ¿qué Santo es hoy? Hoy es San Queremos.
El amor, que fue brillo chispeante de juventud, se puede amortiguar hasta ir desapareciendo, se puede, incluso, corromper.
Y, a la inversa, el amor es delicioso en el rostro arrugado de esta nonagenaria, que con sus ojillos azules, te dice: “Más enamorada que el primer día”. (Lo digo así porque lo he visto)

13. No por ser pura consagrada deja una de ser pura mujer, anhelante mujer a los 25 y a los 45 años. Nada de avergonzarse, sino hablarlo con plena transparencia y grande nobleza. Nada hay más femenino en la mujer que el anhelo del hombre; nada hay más masculino en el hombre que el anhelo de la mujer.
Ese anhelo de unión y de caricias, que es entrega generosa del ser, no es nada grosero. Es llamada del ser, que Dios, Padre Creador, no lo hizo frígido, sino suavemente amoroso y ardiente.
Te deseo, hermana capuchina contemplativa, que tu vida sea un bello poema de amor a Jesús, amor de plena mujer. Lo demás. Él lo hará según su voluntad.


Buenaventura, uno que ha sabido amar como un serafín,
escribe a un amigo íntimo sobre la intimidad con Dios

Ayer, 2 de junio era para los capuchinos, la memoria de un santo capuchino de Sicilia, hermano laico, S. Félix de Nicosia (1715-1787). Nació – ya lo vemos – hace 400 años. Había siempre beato (1888), pero hace diez años Benedicto XVI lo hizo santo (2005). Para el oficio divino tomaron un texto de san Buenaventura, un texto deleitoso sobre lo que vamos diciendo.
Está escrito en lenguaje medieval (véase en las Obras de san Buenaventura publicadas por La BAC, vol. IV: Teología mística. Madrid 1947).

“Fray Buenaventura a su amado en Cristo Fray N., hermano suyo en el Señor, que, habiéndose despojado del hombre viejo, desea vivir para Cristo y morir al mundo.
1. Cuando estuve contigo, amado hermano mío en el Señor, me suplicaste, con mucha instancia, que en adelante te visitara con alguna que otra cartita de exhortación espiritual. No ignoro, hermano, que con esa tu petición has amontonado carbones ardientes sobre mi cabeza. Con todo, porque con tus afectuosas instancias y tus humildes súplicas venciste la dureza de mi soberbia, de manera que incluso te prometí acceder a tus deseos — aunque sería preferible que fuera yo quien recibiera tus exhortaciones, y no tú las mías —, con todo, digo, ya que tus piadosas instancias me obligaron en esto a portarme como un mentecato, haré todo lo posible por complacer tus ruegos del mejor modo que pudiere, aunque nada especial podré escribirte sino solo algunos pensamientos sencillos y desaliñados que recogía para mi uso particular, y que tú bien conoces en su mayor parte.
Dirigiéndome, pues, ante todo, a tu caridad, ¡oh carísimo!, como sea que, según nos enseña la experiencia cierta, nadie puede servir a Dios con perfección si no procura de todas veras apartarse del mundo, es necesario que, si queremos seguir al Señor, nuestro Salvador, obedezcamos la voz del profeta, rompiendo las ataduras de iniquidad y deshaciendo los haces opresores, a fin de que, desligados de toda cosa terrena, sigamos libremente las huellas del Redentor, ya que, como dice el Apóstol, el que se alistó en la milicia de Dios, no debe embarazarse en negocios del siglo.

2. No permitamos, pues, que nuestro corazón ande solícito por ninguna cosa creada, sino sólo en la medida en que pueda ser llevado al amor y caridad divinos; porque si variedad infinita de las cosas perecederas, si el espíritu se detiene en ellas más de lo debido, no solo turba la dulce quietud del espíritu sosegado, distrayendo la mente, sino que, además, la suprime, engendrando en el alma imaginaciones turbulentas que la importunan, fatigan y oprimen. Dejemos, por lo tanto, la pesada carga de los afectos terrenos, y, aligerados de su peso, corramos hacia Aquel que nos invita, en quien se halla la refección abundante de nuestras almas y la paz soberana que sobrepuja a todo sentido.

3. Venid a mí, dice, todos los que andáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. ¡Oh Señor!, ¿de quién necesitas? ¿Por qué nos llamas? ¿Qué hay de común entre Ti y \ nosotros? ¡Oh palabras verdaderamente misericordiosas! Venid a mí, dice, que yo os aliviaré. ¡Oh admirable condescendencia, oh caridad inefable! ¿Quién ha hecho jamás tales maravillas? ¿Quién ha oído jamás o visto tales cosas? He aquí que invita a sus enemigos, anima a los culpables, atrae a los ingratos.
Venid a mí todos, dice, y aprended de mí; tomad sobre vosotros mi yugo, y hallaréis descanso para vuestras almas. ¡Oh palabras dulcísimas, palabras suavísimas, palabras divinas, más penetrantes que una espada de dos filos, que se hienden en lo más íntimo del alma y la llenan de infinita dulzura, que llegan hasta la división del alma y del espíritu! — Despiértate, ¡oh alma cristiana!, ante la maravilla de tanta bondad, al contacto de semejante dulzura, a la fragancia de tanta suavidad. Verdaderamente, el que permanece insensible está enfermo, ha perdido el juicio, se aproxima a la muerte. Inflámate, te ruego, ¡oh alma mía!; dilátate, embriágate de dulzura en la misericordia de tu Dios, en la mansedumbre de tu Dios, en el amor de tu Esposo; que el ardor de tu amado te inflame, que su amor te dilate, que su suavidad te embriague y que ya nadie te prohíba entrar, poseerlo, gustarlo.

4. ¿Qué más buscamos, qué más esperamos, qué más deseamos? En El solo poseemos todos los bienes. Pero, ¡ay!, ¡cuán miserable es nuestra ceguera, cuán profunda nuestra miseria, cuán detestable nuestra locura! Se nos llama al descanso, y buscamos el trabajo; se nos invita al consuelo, y vamos tras el dolor; se nos promete el gozo, y apetecemos la tristeza. Miserable es nuestra flaqueza y miserabilísima nuestra perversidad. Nos hemos vuelto insensibles y casi inferiores a los ídolos, pues que tenemos ojos y no vemos, oídos y no oímos, razón y no discurrimos, tomando lo amargo por lo dulce y lo dulce por amargo.

5. ¡Oh Dios!, ¿quién nos corregirá de tanto desvarío? ¿Quién podrá satisfacer tamaña ofensa? Nada bueno, por cierto, hay en nosotros si no viene de tu mano. Tú solo puedes, en efecto, corregirnos, tú solo puedes satisfacer por nuestras culpas, tú solo, que conoces nuestra hechura; tú que eres nuestra salud y nuestra redención y obras esta mudanza en sólo aquellos que, reconociéndose en el fondo de su miseria, esperan de ti sólo ser de ella levantados.

6. Levantemos, pues, a Dios los ojos de nuestra alma, y consideremos el abismo en que yacemos postrados, porque el que ignora su propia caída no tiene medio de levantarse; y del fondo del abismo clamemos al Señor con fuerza, para que Él nos alargue su mano misericordiosa, que jamás podrá encogerse para salvamos. No perdamos, te lo ruego, una esperanza que con tanta largueza será recompensada. Lleguémonos confiadamente al trono de su gracia, alcanzando el fin de nuestra fe, que es la salvación de nuestras almas. No dudemos. Ya la vida nos llama, la salud nos espera, la tribulación nos empuja a entrar. ¿Qué hacemos? ¿Por qué somos tan perezosos? ¿Por qué nos retardamos?
Apresurémonos a entrar en aquel reposo de la bienaventuranza eterna, donde hay cosas tan grandes que no pueden sondearse y maravillas que no pueden contarse. Te lo ruego, que el recuerdo de Jerusalén ocupe nuestro corazón; suspiremos por nuestra patria, caminemos hacia arriba, hacia nuestra madre; internémonos en la consideración de las obras del Señor, y contemplemos a nuestro dulce Rey que reina sobre ellas, y que nuestros corazones se derriten en la muchedumbre de sus misericordias, dando nuestra ingratitud, no ha retirado de nosotros la benignidad de su misericordia y ha despertado en nuestro corazón el deseo de correr por el camino de sus mandamientos, camino que nadie puede correr sin antes desearlo. No menospreciemos este beneficio, sino reputémosle por muy grande, cuando el más eximio de los Profetas lo codiciaba, diciendo: Ardió mi alma en deseos de amar tu justísima ley en todo tiempo. Pero, como nuestra tibieza, nuestro descuido y nuestras negligencias acaban muchas veces por relajar este deseo, determiné anotar en esta carta de exhortación algunos memoriales en los cuales se ponen de relieve las cosas que hay que evitar y las que hay que obrar, para que, meditándolos con cariño todos los días y poniéndolos en práctica con nuevo vigor, adelantemos infatigables en virtudes y gracias y crezcamos en el amor divino hasta que llegue el ‘perfecto deseo de los collados eternos. Van a continuación ocho memoriales generales, y luego siguen los especiales.

Guadalajara, miércoles, 3 de junio de 2015.

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