viernes, 12 de junio de 2015

702. Siete himnos al Sagrado Corazón de Jesús



Corazón de Jesús,
“compendio de toda la religión”

La comprensión de Jesús como Sagrado Corazón de Jesús ha sido una de las cosas más admirable de la fe y de la piedad cristiana estos últimos siglos. Tanto que uno puede concebir que esta imagen, con la carga teológica que lleva, sale de la categoría de devoción (como es una devoción la Virgen del Carmen, o incluso el Inmaculada Corazón de María) para ser un modo de comprensión de la humanidad de Cristo.
El Corazón de Jesús, como totalidad de Cristo, es la inteligencia del misterio de la Encarnación abierta al misterio pascual, en este sentido. Cristo es el punto de confluencia y encuentro del amor descendente de Dios al hombre y del amor ascendente del hombre a Dios, por cuanto que Cristo es la cabeza de la humanidad. Hemos sido amados en él y por él, con él y en él asciende nuestro amor hasta Dios.
“Compendio de toda la religión” han dicho los Papas. Compendio de toda la religión revelada, entendida esta desde la raíz y la corona del amor.
He aquí siete Himnos al Corazón de Jesús, escritos en diversos momentos (y colocados previamente en mercaba.org)

1. Tu amable Corazón

Este himno es una meditación sobre el corazón humano, donde se ha aposentado el corazón de Cristo, Más aún: Dios ha hecho del corazón humano, es decir, de mi corazón, su propio corazón. Sobre este doble gozne gira el himno.
El primero es, pues, lo que expresa el comienzo de la estrofa cuarta:
Lugar de lo posible, corazón, de todo amor vivido y toda guerra.
¿Hemos meditado hondamente en nuestro corazón, en mi cora-zón? Es el lugar de lo posible, de todo lo posible. En mi corazón hay escondido un criminal y un santo.
Pero la misma estrofa, nos da entrada a la revelación: a ti, pobre y sublime, en gracia pura del cielo en carne y sangre el Verbo llega. Justamente en este corazón mío, en lo más mío de mi mismo, se ha encarnado el Hijo de Dios, y éste es Jesús.
Tomamos, pues, la palabra “corazón” en ese sentido totalitario y simple que tiene el corazón en la Sagrada Escritura. El corazón es lo más acendrado del yo.
He aquí la admirable revelación de nuestra fe. Dios tiene cora-zón. Jesús es es corazón de Dios; y Jesús es mi corazón. Adore-mos y amemos.

Tu amable corazón, Jesús humano,
belleza de los cielos y la tierra,
se da en mi corazón, secreto tuyo,
más hondo que el saber de mi conciencia.

Es bello el corazón, por ti creado,
por ti habitado, vida verdadera;
al ritmo del latido cotidiano
mi vida fue contada por tus venas.

Penetro en lo más hondo de mí mismo
y busco en mis dominios mi riqueza;
mi humano corazón que en ti confina
me anuncia que eres tú quien me sustenta.

Lugar de lo posible, corazón,
de todo amor vivido y toda guerra,
a ti, pobre y sublime, en gracia pura
del cielo en carne y sangre el Verbo llega.

Ya puede el corazón, libre y ardiente,
alzar el vuelo en pos de su querencia;
¡oh Cristo, que conoces nuestros pasos,
la historia universal en ti se cierra!

A ti, Padre celeste, Padre santo,
cantamos el amor con voz perfecta;
recibe todo agrado por el Hijo
que ha puesto sus latidos en la Iglesia. Amén


2
Tu Corazón despide fuego

Cada una de las seis estrofas de este himno – cada una de ellas con seis versos – tiene dos partes: los dos primeros versos y los cuatro siguientes.
En cada estrofa se comienza con una exclamación admirativa, que tiene su resumen en dos palabras: ¡tu corazón!
¿Qué será, pues, el Corazón de Jesús? Fuego, sacramento, paraí-so, refugio, Espíritu.
Contemplemos, porque ya la contemplación no tiene límites: contemplación es lo que el Señor pone en nuestro corazón para ver las maravillas de su amor.

Tu Corazón despide fuego,
      tu corazón.
Y un río humano de ternura
desde tu pecho roto llega,
que al hombre dulcemente inunda,
oh Cristo amor, Dios de mis venas.

Tu corazón es sacramento,
      tu corazón.
Y son las siete fuentes vivas,
de ti salidas, las que riegan
la seca tierra de los hijos
y el santo huerto de tu Iglesia.

Tu corazón es paraíso,
      tu corazón.
Al alba pura y a la tarde
en ti la voz del Padre suena;
no busque el hombre otra palabra,
que en ti la tiene, en ti, tan cerca.

Tu corazón es el refugio,
      tu corazón.
El mundo pasa, gira y pasa,
tu corazón tan solo queda,
y a la hora suma del encuentro
tu corazón será mi puerta.

Tu corazón es del Espíritu,
      tu corazón.
¡Oh sangre ardiente de Jesús,
oh Trinidad en nuestra Tierra,
oh Corazón del Padre, oh Cristo,
a ti el amor por siempre sea! Amén.

Jerusalén, 4 de junio de 1985.



3
Sagrado Corazón, Dios palpitante

La palabra nuclear de este himno es la que corona las estrofas: Sagrado Corazón. Es, pues, un himno a Cristo, el Señor, adorado como “Sagrado Corazón”. El Sagrado Corazón es para el cristiano síntesis plenaria de la fe desde la óptica verdadera: el amor. El amor encarnado hace la fe creíble. Esta es la palabra terminativa de Dios, la palabra que explica toda la historia de salvación. Los papas han hablado del Sagrado Corazón como la síntesis de toda la religión cristiana.
Si el amor mueve el sol y las estrellas (Dante), este amor de Dios palpitante es el amor que hace girar el universo, Sagrado Cora-zón.
En el pecho de Cristo ese amor es dádiva del Padre y es abismo del Espíritu de fuego. En este amor está todo Dios: La santa Trinidad aquí se vierte, que no hay nada divino ajeno al Verbo. Al mismo tiempo todo lo humano desemboca ahí: ni pena de los hijos de los hombres que de este corazón se encuentre lejos, Sagrado Corazón.
En el corazón de Cristo queda depositada toda la realidad divina y toda la vivencia humana. Verdaderamente el Corazón de Jesús es el encuentro, el abrazo, el anillo…; es el secreto de la fe. Aquí nos quedamos.

1. Sagrado Corazón, Dios palpitante,
Jesús, primer y eterno pensamiento,
y vida derramada sobre el hombre,
amor que hace girar el universo,
Sagrado Corazón.

2. En ese pecho, dádiva el Padre,
abismo del Espíritu de fuego,
perdón que nos anega dulcemente,
amor, beatitud y dulce cielo,
Sagrado Corazón.

3. El hombre y Dios, eternamente juntos
se estrechan al latir al mismo tiempo;
un mismo corazón cual Dios nos ama,
cual hombre ofrece nuestro ser sufriendo,
Sagrado Corazón.

4. La santa Trinidad aquí se vierte,
que no hay nada divino ajeno al Verbo,
ni pena de los hijos de los hombres
que de este corazón se encuentre lejos,
Sagrado Corazón.

5. Sagrado Corazón, amor invicto,
dulcísimo descanso siempre abierto,
rescate y redención de toda culpa,
herencia de la Iglesia, eterno precio,
Sagrado Corazón.

6. ¡Oh Cristo, que mereces todo amor,
a ti la gratitud y nuestro afecto!,
¡oh Cristo, por tu honor, que es nuestra gloria,
alienta con tu aliento en nuestro pecho!,
Sagrado Corazón. Amén.

RUFINO MARÍA GRÁNDEZ (letra) – FIDEL AIZPURÚA (música), capuchinos, Himnario de las Horas. Editorial Regina, Barcelona 1990. pp. 171-174.


4
Amor de Dios de siempre y para siempre

Este himno (escrito ocasionalmente para un grupo de matrimonios), está hablando del amor, palabra sustituida en la doxología por su equivalente: “corazón”.
El amor es la palabra más bella del diccionario de los humanos y el único futuro de la humanidad. Pues… ¡cuando se considera que ese amor no es mero amor humano., sino el amor descen-dido y depositado en un corazón humano que simultáneamente es divino y es humano…!
¡Con qué razón decimos que el Corazón de Jesús es la síntesis de toda nuestra fe!

Amor de Dios de siempre y para siempre,
amor de Creador a creatura,
amor depositado en carne humana,
amor de Padre, pródigo en ternura.

Amor del Hijo amado que nos ama,
escrito paso a paso en su andadura,
sudado en las aldeas y caminos,
al lado del gimiente y de la viuda.

Amor hecho Evangelio en unos labios
y suave medicina que nos cura,
clemente compañía, firme báculo,
perdón que al perdonar jamás acusa.

Amor de amigo fiel, de amigo bueno,
de hermano y de maestro que asegura,
y férvido profeta que se encrespa
si el hombre fariseo a Dios se oculta.

Amor en donde el mundo nace nuevo
porque es amor que todo amor fecunda,
la fuente de la sangre y del Espíritu,
la copa deliciosa de la uva.

¡Oh corazón de Dios y de los hombres,
fundidos en tu pecho sin ruptura,
de ti, Jesús, por quien nos vino el cielo
de ti hasta el Padre nuestra tierra suba! Amén.

Logroño, Sagrado Corazón 1993.


5
Corazón palpitante del Verbo

La teología del Sagrado Corazón de Jesús, como síntesis de toda la religión cristiana, la expuso el Papa Pío XII en la encíclica Haurietis acquas (1956). El Corazón de Jesús es el encuentro del amor divino descendente, que en él reside, y del amor del Hombre, que en Jesús se recoge y asciende. Desde una cristología clásica expuso cómo en el Corazón de Cristo se concentra el amor.
“... con toda razón, es considerado el corazón del Verbo Encar-nado como signo y principal símbolo del triple amor con que el divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres.
Es, ante todo, símbolo del divino amor que en El es común con el Padre y el Espíritu Santo, y que sólo en El, como Verbo En-carnado, se manifiesta por medio del caduco Y frágil velo del cuerpo humano, ya que en El habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente.
Además, el Corazón de Cristo es símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia, la beatífica y la infusa.
Finalmente, y esto en modo más natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los demás cuerpos humanos”.

Corazón palpitante del Verbo,
de Jesús en el seno del Padre,
sienta yo tus latidos divinos
y mi amor en tu amor se consagre.

Puro amor que de Dios descendía,
todo amor, que no había más grande.
Dios es nuestro, que es Dios en Jesús:
a Dios trino en Jesús adoradle.

Bello amor que hasta Dios ascendía,
holocausto de aroma fragante;
cuanto humano en el hombre es posible
en tu pecho era ofrenda agradable.

Corazón esperanza del mundo,
manantial siempre abierto y manante,
en la Cruz, el perdón derramado
y en el cielo el amor suplicante.

El amor desplegado en amores
todos juntos son vida en su sangre:
¡Amadores sedientos amad,
y volcad la pasión en amarle!

¡Corazón de Jesús, Dios y Hombre,
el encuentro y la paz celestiales,
gloria a ti, nuestra frente inclinada,
te adoramos con todos los ángeles! Amén.

Puebla de los Ángeles, Pue (México), Sagrado Corazón 2009.


6
Tu Corazón rasgado es puerta abierta

El significado más profundo de este culto al amor de Dios sólo se manifiesta cuando se considera más atentamente su contri-bución no sólo al conocimiento sino también, y sobre todo, a la experiencia personal de ese amor en la entrega confiada a su servicio (cf. ib., 62). Obviamente, experiencia y conocimiento no pueden separarse: están íntimamente relacionados. Por lo de-más, conviene destacar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado por la lanza se transforma en silenciosa adoración. La mirada puesta en el costado traspasado del Señor, del que brotan "sangre y agua" (cf. Jn 19, 34), nos ayuda a reconocer la multitud de dones de gracia que de allí proceden (cf. Haurietis aquas, 34 41) y nos abre a todas las demás formas de devoción cristiana que están comprendidas en el culto al Corazón de Jesús.
La fe, entendida como fruto de la experiencia del amor de Dios, es una gracia, un don de Dios. Pero el hombre sólo podrá expe-rimentar la fe como una gracia en la medida en la que la acepta dentro de sí como un don, del que trata de vivir. El culto del amor de Dios, al que la encíclica Haurietis aquas (cf. n. 72) invitaba a los fieles, debe ayudarnos a recordar incesantemente que él cargó con este sufrimiento voluntariamente por nosotros, por mí
(Carta de Benedicto XVI al prepósito general de la Compañía de Jesús en el 50 aniversario de la encíclica Haurietis acquas, Vaticano 15 de mayo de 2006) .

Tu corazón rasgado es puerta abierta
del infinito amor que allí palpita,
adéntrame, Señor, en la experiencia
que abrió la lanza cuando abrió la herida.
La roja y blanca brecha al corazón
amor sobre la muerte nos decía:
ya muerto estabas, pero aún sangrabas
los ríos del amor que no moría.

Nosotros adoramos tu costado,
la patria del amor que allí vivía;
costado de mi Dios, dulzura toda,
de un pobre buscador pura delicia.

Corazón de Jesús, conocimiento,
la casa de mi fe y teología,
hogar del mundo, llave de la historia,
el nuevo Edén de eterna paz y dicha.

Atráeme hacia ti y allá entraré
conságrame a tu carne sin mancilla,
y en esa comunión que tú deseas
permíteme morar ya sin salida.

¡Belleza de Dios trino y amor mío
la esposa amante alcance tu mejilla:
a ti la adoración y la oblación,
a ti el silencio, a ti la melodía! Amén.

Puebla, 18 de junio de 2009


7
El corazón descansa
(Soliloquio de meditación)


Este poema no es, como los anteriores, un Himno para la solemnidad del Corazón de Jesús. Es, más bien, una meditación en un retiro espiritual.
Ya sabemos aquello que escribió en el libro de sus Alabanzas, de sus Confesiones: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (I, 1,1).

El corazón descansa
cuando descansa en Dios,
como flor que a los vientos da su aroma
como niño que al pecho se ha dormido;
Padre Dios, soberano Padre nuestro,
mar de mares y amor inconsumido.

El corazón es libre
cuando lo apresa Dios,
oh Jesús, mi Verdad alada y firme,
que te ciernes, paloma del olivo .
Por encima del mundo, victorioso,
con tu amor entregado a los amigos.

El corazón se lanza
cuando se quema en Dios,
Nazareno escondido y andariego
que predicas un reino amanecido,
defensor de indefensos, dios patente,
sentenciado y amante y dolorido.

El corazón es paz
cuando padece en Dios,
oh paciente Jesús, humilde siervo,
obediente mortal en tu camino,
que descubres mi anhelo y mi tormento,
tú, venido del cielo como Hijo.

Oh corazón creado
para vivir de amor,
rompe el nudo, desata la canción
y derrama tu grito enternecido:
¡Gloria a ti, la pasión de cielo y tierra,
oh Jesús, esperanza de los siglos! Amén.

Estella, 26 septiembre 1997.

Colocado hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús de 2012

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