sábado, 13 de junio de 2015

703. Domingo XI, año B – Jesús, pasión por el reino de Dios



Homilía para el domingo XI del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 4,26-34
(Al final: Poema espiritual Contemplador de trigales)
Texto evangélico:
Y decía: “El reino de Dios se parece a u hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”.
Dijo también: “¿Con qué podremos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra”.
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos lo explicaba todo en privado.

Hermanos:
1. Los domingos que siguen a Pentecostés están ocupados con fiestas importantes: la Trinidad, Corpus Christi. Esto hace que los textos de la serie de los domingos correspondientes sean saltados.
Hoy reanudamos la lectura de san Marcos, que la iniciamos antes de Cuaresma. Estamos en las parábolas de Jesús. Las parábolas son el corazón del Evangelio. ¿En qué sentido? No en el sentido de que nosotros quisiéramos calificar la categoría, la importancia, la valía..., por así decir, de las palabras de Jesús. Nuestras homilías sí pueden ser calificadas: parece que el predicador hoy no ha dormido bien…, o no ha preparado lo bastante…, o acaso, acaso, no ha hecho oración con lo que predica…
En Jesús no podemos aplicar estos baremos: palabras de primera, palabras de segunda, palabras de tercera… Todo lo que sale de sus divinos labios es de un valor infinito.
Decimos que las parábolas son el corazón del Evangelio por lo que san Marcos, de su cuenta, anota como conclusión del pequeño grupo de parábolas que ha reunido: Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos lo explicaba todo en privado.

2. El centro de las parábolas es el reino de Dios; es decir, el centro de la predicación de Jesús, el centro de su vida, lo que explica todos sus pasos y lo que da razón de su muerte.
Él ha muerto por el reino de Dios. Y nosotros podemos hacer de su muerte la gran parábola de su vida entera. La muerte de Jesús ha sido la semilla que ha producido la mayor cosecha de la historia, la muerte de Jesús ha sido el grano de mostaza que ha germinado y que ha producido no un arbusto vistoso que se alza sobre las tapias del huerto, sino ese árbol que ha contemplado el profeta Ezequiel.
“… Yo plantaré una rama tierna (dice el Señor) en la cumbre de un monte elevado, la plantaré en una montaña alta de Israel, echará brotes y dará fruto. Se hará un cedro magnífico. Aves de todas las clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas” (Ez 17,22-23). Lo que acabo de decir, basado en la primera lectura de hoy, viene a ser una alegoría, verdadera en sí; pero vayamos al sentido preciso de las dos parábolas de hoy.

3. La primera parábola es la de la semilla que crece sola. El sembrador la ha echado en el campo. Él vuelve a su casa; ya duerma tranquilo o vele preocupado, piense o no piense, la semilla sola allá en el campo vive, rompe, crece. Lleva consigo la vida, y donde la vida está, la vida sabe nutrirse, fructificar, expandirse.
La semilla lleva la vida. ¿Quién se la ha dado? Dios y solo Dios. ¿Por qué germinan, crecen y fructifican los trigales del campo? Porque Dios los cuida, Dios que les ha puesto la vida en sus entrañas. Es necesario que haya un hombre que transporte la semilla y la lleve al campo, que abra el surco y lo cierre; y es necesario que haga las demás labores. Pero el milagro de la cosecha, ¿quién lo hace? Dios y solo Dios.
Acaso san Pablo pensaba en esta parábola de Jesús, cuando atajó las contiendas que había en Corinto: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo…” (1Co 1,12). Pablo enérgicamente, rotundamente, dice: “Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; de modo que, ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer…” (3,6-7).

4. Jesús quiere que detengamos nuestra atención en esta obra maravillosa para que no nos cansemos de contemplar gozosamente y de dar gracias.  Jesús sembró el reino, Dios, su Padre: él, el Padre Dios, se encargará de hacerlo crecer, porque el reino es una semilla fecunda cuya vitalidad nadie podrá ni detener ni aprisionar.
Jesús habla del reino en su totalidad, pero no traicionaremos el pensamiento de Jesús si con humildad hacemos una aplicación a nuestro caso particular: yo soy una semillita del reino. Dios todopoderoso, mi Padre del cielo, está haciendo su obra en mí – aunque nadie lo sepa, ni yo mismo – y por mi vida sencilla y sincera, Dios está haciendo germinar su reino en medio del  mundo.
Todo esto nos resulta infinitamente consolador, porque se trata nada menos que del triunfo de Dios en el mundo.

5. Y vengamos ahora a la otra parábola, a la del grano de mostaza, que se hace un árbol y las aves del cielo viene a cobijarse en sus ramas. Seguramente que Jesús está pensando en la profecía de Ezequiel.
Al presente el reino que Jesús está trayendo, para el que ha congregado a sus discípulos, es muy poco: las gentes que le siguen con un  entusiasmo voluble. Levanta multitudes, es cierto, pero a la hora de la verdad, muchos se retiran, y en la hora de la Pasión, los que estaban allí en la plaza delante del pretorio del procurador romano, atizados por escribas y fariseos pidieron la libertad del asesino Barrabás y la muerte de Jesús…
El reino nacía muy pequeño y con tantas dificultades, pero Jesús, con una confianza sin límites en el Padre, sabe que ese granito de mostaza, cuidado por Dios, va a ser no un arbusto esbelto, sino un árbol que cubra la tierra.
Aquí entraríamos, hermanos, en un gran tema de la sociología de hoy: las estadísticas. No podemos cerrar los ojos a las estadísticas aplastantes de los grupos religiosos en los que estamos. Para Dios no hay estadísticas, porque Dios no las tiene: una simple persona, yo, por ejemplo, tú (cada uno de nosotros) somos el mundo entero de su corazón.
Las estadísticas nos pueden oprimir y desalentar. Entonces tenemos que acudir al grano de mostaza. Un solo grano, ¡qué pequeño es…, pero qué grande se hace! Y un solo grano – añadimos – no dos, produce el árbol entero.

6. Señor Jesús, que nos has hablado de modo iluminado, y que nos has lanzado al mundo con una esperanza infinita, enséñanos los cálculos de tu corazón, que no van de acuerdo con nuestras estadísticas. Tú eres la esperanza del Padre y nosotros confiamos en ti. Amén.

Guadalajara, Jalisco, 13 junio 2015 (San Antonio de Padua), sábado



Contemplador de trigales
Meditativo para después de la comunión

Nota. Como complemento al Evangelio dominical del tiempo ordinario, el lector encontrará en mercaba.org / El pan de unos versos / El Año litúrgico  / Tiempo ordinario ( Himnos Dominicales unos poemas en torno al Evangelio proclamado, pro lo general relacionado con la Eucaristía. Completamos algunas ausencias.

Contemplador de trigales,
Jesús a Dios contemplaba.
¡Qué envidia…, lo que veía,
que de gozo le llenaba!
Veía el trigo dormido
mientras el Padre velaba;
con tal ternura y cariño
cada plantita cuidaba;
sin cuento cual las estrellas
pero en cada una estaba.
En todas había vida
y la vida germinaba;
era invierno, primavera,
y la vida verdeaba;
las espigas se doraron
porque la siega llegaba.
Jesús está contemplando,
y nadie le perturbaba;
su vidente corazón
de esperanza rebosaba,
porque era el Padre en persona
el que inspiraba y hablaba
Fijo miraba Jesús;
mucho miraba y miraba
y allí aprendió la parábola
que luego nos recitaba…
Semilla que crece sola,
que Dios mismo fecundaba.
¡Aprende, alma mía, aprende
lo que Jesús te enseñaba!

* * *
Y una segunda parábola
mirando al Padre añadía:
la del grano de mostaza,
pequeñito en demasía;
que al final, árbol de Dios,
grande, muy grande se hacía,
(como el profeta Ezequiel
en sus versos precedía)
y a los pájaros del cielo
en sus ramas acogía.

Jesús de mis esperanzas,
causa de toda alegría,
¡oh, cuánto te necesito
como vital energía!
Me persigue el desaliento
como a ti te perseguía,
mas tu confianza en el Padre
nunca jamás se rendía,
y moriste derramando
el alma llena y vacía.
En ti moraba el Espíritu
y la luz resplandecía.
En abandono y amor
el reino de Dios surgía;
era Dios vivo en el mundo,
Pascua y escatología.

Creo en la fuerza del reino
que en ti, Jesús, irrumpía;
Sea mi vida un granito
en silencio y valentía;
dame tu paz y humildad,
tu alma sea la mía,
mi Dios, mi fe y caridad
y mi tránsito en tu día. Amén.

Guadalajara, Jal. 14 junio 2015 (domn XI, ciclo B)
 

1 comentarios:

Anónimo dijo...

En el pasaje evangelio de este domingo san Marcos nos relata unas escenas en las que Jesucristo habla en parábolas para explicar al auditorio a qué se compara el Reino de Dios.
Y así leemos que el evangelista pone en boca de Jesucristo que la semilla de mostaza es la más pequeña de las existentes en la tierra…. lo cual, como se sabe, no es exacto. ¿Quizás san Marcos simplemente se equivocó en esta ocasión, o tal vez se trata de un lapsus del copista?.
Sin embargo vemos que no es el primer lapsus.
Ya en el, capítulo II, el mismo evangelista pone en boca de Jesucristo estas palabras: “¿NUNCA LEÍSTEIS LO QUE HIZO DAVID CUANDO TUVO NECESIDAD Y SINTIÓ HAMBRE, ÉL Y LOS QUE CON ÉL ESTABAN; COMO ENTRÓ EN LA CASA DE DIOS, SIENDO ABIATAR SUMO SACERDOTE, Y COMIÓ LOS PANES DE LA PROPOSICIÓN, DE LOS CUALES NO ES LÍCITO COMER SINO A LOS SACERDOTES, Y AUN DIO A LOS QUE ESTABAN CON ÉL?.
Esta afirmación, como se sabe, tampoco es exacta. David no comió el pan consagrado cuando Abiatar era Sumo Sacerdote, sino cuando Abimelek, el padre de Abiatar, lo era.
Saludos.
Juan José.

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