viernes, 17 de julio de 2015

716. Domingo XVI B – Jesús, el descaso y la urgencia del anuncio



Homilía para el domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo B.
Mc 6,30-34
Texto evangélico:
Los apóstoles volvieron a  reunirse con Jesús y el contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo. “Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían que no les quedaba tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

Hermanos:
1. He aquí una escena del santo Evangelio verdaderamente deliciosa. Una escena que combina lo humano y lo divino, con un lenguaje sencillo, como escribiría un agradable literato, y al mismo tiempo, una escena en la que se pronuncian unas sentencias teológicas como lo haría un espiritual, un maestro en ciencia sagrada.
Con la gracia de Dios vamos a comentar las distintas partes.

2. Y comenzamos con ese detalle que arranca una sonrisa complaciente de nuestros labios. Porque eran tantos los que iban y venían que no les quedaba tiempo ni para comer.
Esto es verdad, hermanos, y lo pueden certificar tantos, tantísimos hermanos sacerdotes – párrocos, vicarios, y otros que no tienen esos títulos – que, en ocasiones, se sienten cercados de ocupaciones sin poder llegar a todo. Yo también me sumo a esa lista interminable, que, por gracia, estamos viendo ahora que ya ocurría así en tiempos de Jesús: no les quedaba tiempo ni para comer.
Esto me ha hecho recordar la homilía que dirigió el Papa, especialmente a los sacerdotes en Jueves Santo en la misa crismal. Se le ocurrió hablar del cansancio de los sacerdotes, y como contrapartida del descanso de los sacerdotes.
3. Escuchen algo de lo que decía. Hablaba del cansancio de los sacerdotes – cuántas veces pienso en esto, decía – y del descanso, porque hay descansos que son falsos y descansos verdaderos que hemos de aprender a gustar.
“Sucede también que, cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir la tentación de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de Dios. No caigamos en esta tentación. Nuestra fatiga es preciosa a los ojos de Jesús, que nos acoge y nos pone de pie: «Venid a mí cuando estéis cansados y agobiados, que yo os aliviaré» (Mt 11,28). Cuando uno sabe que, muerto de cansancio, puede postrarse en adoración, decir: «Basta por hoy, Señor», y rendirse ante el Padre; uno sabe también que no se hunde sino que se renueva porque, al que ha ungido con óleo de alegría al pueblo fiel de Dios, el Señor también lo unge, «le cambia su ceniza en diadema, sus lágrimas en aceite perfumado de alegría, su abatimiento en cánticos» (Is 61,3).
Tengamos bien presente que una clave de la fecundidad sacerdotal está en el modo como descansamos y en cómo sentimos que el Señor trata nuestro cansancio. ¡Qué difícil es aprender a descansar! En esto se juega nuestra confianza y nuestro recordar que también somos ovejas y necesitamos que el Pastor nos ayude. Pueden ayudarnos algunas preguntas a este respecto.
¿Sé descansar recibiendo el amor, la gratitud y todo el cariño que me da el pueblo fiel de Dios? O, luego del trabajo pastoral, ¿busco descansos más refinados, no los de los pobres sino los que ofrece el mundo del consumo? ¿El Espíritu Santo es verdaderamente para mí «descanso en el trabajo» o sólo aquel que me da trabajo? ¿Sé pedir ayuda a algún sacerdote sabio? ¿Sé descansar de mí mismo, de mi auto-exigencia, de mi auto-complacencia, de mi auto-referencialidad? ¿Sé conversar con Jesús, con el Padre, con la Virgen y San José, con mis santos protectores amigos para reposarme en sus exigencias —que son suaves y ligeras—, en sus complacencias —a ellos les agrada estar en mi compañía—, en sus intereses y referencias —a ellos sólo les interesa la mayor gloria de Dios—? ¿Sé descansar de mis enemigos bajo la protección del Señor? ¿Argumento y maquino yo solo, rumiando una y otra vez mi defensa, o me confío al Espíritu Santo que me enseña lo que tengo que decir en cada ocasión? ¿Me preocupo y me angustio excesivamente o, como Pablo, encuentro descanso diciendo: «Sé en Quién me he confiado» (2 Tm 1,12)?”.
Cuántos pensamientos, cuántos matices en estos dos párrafos que acaba de recoger.
Resulta, pues, que el descanso es una actividad armónica que hay que descubrirla en Dios. El aire, la playa, el monte es ciertamente descanso, y justamente a eso invita el Evangelio, a un lugar tranquilo. Pero no hay, no puede haber un lugar tranquilo, si el corazón está alborotado, y el alma tensa. Para descansar hay que relajarse desde la profundidad del ser.

4. Este Evangelio, que leemos cada tres años, por necesidad cae todos los años en el mes de julio, en la semana XVI del tiempo ordinario (o lo que es lo mismo 18 semanas antes de fin de noviembre), tiempo de vacaciones… para buena parte de la ciudadanía laboral. Y en esta circunstancia festiva la pregunta es esta: Las vacaciones, mis vacaciones, ¿son en verdad vacaciones de mi corazón, de mi espíritu, que se dilata con nuevos horizontes en Dios, con nuevas sinfonías que resuenan en mi interior?

5. Sigamos el Evangelio y veamos cómo aquellas “vacaciones” quedaron estropeadas antes de comenzar.
Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
Este es el conflicto; esto ha deshecho mis planes. También esto lo voy a explicar con palabras del Papa. La semana pasada, y concretamente el 8 de julio, el Papa en el santuario de la Ntra Señora del Quinche les hablaba a los sacerdotes, religiosas, religiosos y seminaristas, y tocaba un punto esencial: el servicio. Decía unas palabras que recordé en la homilía pasada:
“Primero, el servicio. Dios me eligió, me sacó ¿para qué? Para servir. Y el servicio que me es peculiar a mí. No, que tengo mi tiempo, que tengo mis cosas, que tengo esto, que no, que ya cierro el despacho, que esto, que si tendría que ir a bendecir las casas pero… no, estoy cansado o… hoy pasan una telenovela linda por televisión y entonces –para las monjitas–, y entonces: Servicio, servir, servir, y no hacer otra cosa, y servir cuando estamos cansados y servir cuando la gente nos harta”.
Fijémonos bien en estos último: y servir cuando estamos cansados y servir cuando la gente nos harta.
Vacaciones, sí, pero según y cómo. Lo comprendemos.

6. Viene, pues, esta frase inmensa y divina del Evangelio, que habla de la compasión de Jesús, de la ternura de Jesús: vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor.
Se compadeció y ante esto todo hay que volverlo a ordenar. Se acabaron las vacaciones…
Esta compasión, esta ternura, que llega hasta nosotros, nos enseña el camino.
Y Jesús se puso a enseñar sin tiempo, y de aquí vino la multiplicación de los panes.

7. Hagamos una oración, hermanos:
Señor Jesús, enséñanos a descansar, y haznos comprender que el mayor descanso de la vida es gustar el santo Evangelio. Amén.

México, D. F., viernes, 17 julio 2015.

Un poema para este Evangelio:

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;