viernes, 31 de julio de 2015

718. Dos pecadores llamados Francisco: La Indulgencia de la Porciúncula



Yo, pecador, perdonado

 Hace unos días, el viernes 10 de julio pasado, el Papa Francisco, de visita pastoral a Ecuador, Bolivia y Paraguay, en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), tuvo un discurso sorprendente, visitando el “Centro de Rehabilitación Santa Cruz Palmasola”


Papa Francisco: un hombre perdonado

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
No podía dejar Bolivia sin venir a verlos, sin dejar de compartir la fe y la esperanza que nace del amor entregado en la cruz. Gracias por recibirme. Sé que se han preparado y rezado por mí. Muchas gracias. […]

¿Quién está ante ustedes?, podrían preguntarse. Me gustaría responderles la pregunta con una certeza de mi vida, con una certeza que me ha marcado para siempre. El que está ante ustedes es un hombre perdonado. Un hombre que fue y es salvado de sus muchos pecados. Y es así es como me presento. No tengo mucho más para darles u ofrecerles, pero lo que tengo y lo que amo, sí quiero dárselo, sí quiero compartirlo: es Jesús,  Jesucristo, la misericordia del Padre”.

Desde esta plataforma de lanzamiento se entiende perfectamente lo demás: “Él vino a mostrarnos, a hacer visible el amor que Dios tiene por nosotros. Por vos, por vos, por vos, por mí. Un amor activo, real. Un amor que tomó en serio la realidad de los suyos. Un amor que sana, perdona, levanta, cura. Un amor que se acerca y devuelve dignidad. Una dignidad que la podemos perder de muchas maneras y formas. Pero Jesús es un empecinado de esto: dio su vida por esto, para devolvernos la identidad perdida, para revestirnos con toda su fuerza de dignidad”.

Tendríamos que trasladar todo el discurso para apreciar matices. Cuando el amor es verdadero, es humilde; y el amor humilde a nadie humilla. Valga de nuevo este párrafo:
“Porque cuando Jesús entra en la vida, uno no queda detenido en su pasado sino que comienza a mirar el presente de otra manera, con otra esperanza. Uno comienza a mirar con otros ojos su propia persona, su propia realidad. No queda anclado en lo que sucedió, sino que es capaz de llorar y encontrar ahí la fuerza para volver a empezar. Y si en algún momento estamos tristes, estamos mal, bajoneados, los invito a mirar el rostro de Jesús crucificado. En su mirada, todos podemos encontrar espacio.  Todos podemos poner junto a Él nuestras heridas, nuestros dolores, así como también nuestros errores, nuestros pecados, tantas cosas en las que nos podemos haber equivocado.
En las llagas de Jesús encuentran lugar nuestras llagas. Porque todos estamos llagados, de una u otra manera. Y llevar nuestras llagas a las llagas de Jesús. ¿Para qué? Para ser curadas, lavadas, transformadas, resucitadas. El murió por vos, por mí, para darnos su mano y levantarnos. Charlen, charlen con los curas que vienen, charlen. Charlen con los hermanos y las hermanas que vienen, charlen. Charlen con todos los que vienen a hablarles de Jesús. Jesús quiere levantarlos siempre…”.

Y seguía con otros párrafos por el estilo, para terminar:
“Antes de darles la bendición me gustaría que rezáramos un rato en silencio, en silencio cada uno desde su corazón. Cada uno sepa cómo hacerlo...
[silencio]
Por favor, les pido que sigan rezando por mí, porque yo también tengo mis errores y debo hacer penitencia. Muchas gracias.
Y que Dios nuestro Padre mire nuestro corazón, y que Dios nuestro Padre, que nos quiere, nos dé su fuerza, su paciencia, su ternura de Padre, nos bendiga. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y no se olviden de rezar por mí. Gracias”.

Estas palabras, tan límpidas, sencillas y transparentes - ¡tan verdaderas, nada diplomáticas! – nos pueden servir maravillosamente para introducirnos en la Indulgencia de la Porciúncula, asignada al día 2 de agosto.


El Perdón de Asís

La Indulgencia de la Porciúncula o El perdón de Asís alude a un episodio de la vida de san Francisco, presumiblemente ocurrido en verano del año 2016.
El Papa Pablo VI escribía la exhortación apostólica  «Sacrosancta Portiunculae ecclesia» con ocasión del 750º aniversario de la concesión de la INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA (14-VII-1966).
El Papa se expresaba así:
“En estos días en que se celebra el 750º aniversario de la aprobación de aquella indulgencia por parte de Honorio III, la cual, como se cree, fue concedida al mismo San Francisco y que diversos predecesores nuestros confirmaron a lo largo de los siglos, nos es grato dirigirnos a los fieles que, según el uso y costumbre de cuantos nos han precedido, se dirigen a la Porciúncula, resplandeciente por ilustre antigüedad, para reconciliarse de una manera más plena y solícita con el mismo Dios allí donde «aquel que ore con corazón devoto obtendrá lo que pida» (Fray Tomás de Celano, Vida I de San Francisco 106)”.
Una cosa es la veracidad crítica del hecho que lo motivó; otra es la autenticidad canónica de la concesión. La concesión existe, y “según se cree” (Pablo VI) fue concedida al mismísimo Francisco de Asís por el Papa Honorio III. Una indulgencia de perdón universal, equiparada en aquellos tiempos a la indulgencia por la Peregrinación a Roma (sepulcro de los Apóstoles) o a la Peregrinación a los Santos Lugares, máximas indulgencias
Para justificarla en vano acudiremos a las Fuentes Franciscanas en uso. Habrá que ir sencilla y directamente al Manual de Indulgencias, publicado por la Penitenciaría Apostólica (1986) tras la reforma hecha por el Beato Pablo VI, traducida al castellano en edición manual (Coeditores litúrgicos 2004; véase p. 70).

* * *

Qué son las Indulgencia – y en concreto la Indulgencia de un Jubileo – lo explicaba delicadamente el Papa San Juan Pablo II en la bula convocatoria del Jubileo del Año 2000:
“…En segundo lugar, "todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la pena temporal del pecado, con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos.
Por otra parte, la Revelación enseña que el cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. Hay personas que dejan tras de sí como una carga de amor, de sufrimiento aceptado, de pureza y verdad, que llega y sostiene a los demás. Es la realidad de la "vicariedad", sobre la cual se fundamenta todo el misterio de Cristo. Su amor sobreabundante nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (1, 24).
Esta profunda realidad está admirablemente expresada también en un pasaje del Apocalipsis, en el que se describe la Iglesia como la esposa vestida con un sencillo traje de lino blanco, de tela resplandeciente. Y san Juan dice: "El lino son las buenas acciones de los santos" (19, 8). En efecto, en la vida de los santos se teje la tela resplandeciente, que es el vestido de la eternidad.
Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana. Esto es lo que se quiere decir cuando se habla del "tesoro de la Iglesia", que son las obras buenas de los santos. Rezar para obtener la indulgencia significa entrar en esta comunión espiritual y, por tanto, abrirse totalmente a los demás. En efecto, incluso en el ámbito espiritual nadie vive para sí mismo. La saludable preocupación por la salvación de la propia alma se libera del temor y del egoísmo sólo cuando se preocupa también por la salvación del otro. Es la realidad de la comunión de los santos, el misterio de la "realidad vicaria", de la oración como camino de unión con Cristo y con sus santos. Él nos toma consigo para tejer juntos la blanca túnica de la nueva humanidad, la túnica de tela resplandeciente de la Esposa de Cristo” (n. 10 del documento).
Comentamos:
Es hermoso considerar que si mi pecado, por pequeño que sea, es un virus que inficiona  a los demás, mucho más, sin comparación, mi generosidad y virtud perfuma, perfumea, el ambiente de la Iglesia. El Bien siempre vence al Mal. Y en la comunión de los santos, yo puedo favorecerme del bien sin tasa que hay en la Iglesia, por parte de los santificados, unidos al Santo de los Santos. Eso es la Indulgencia: la comunión en el bien de los santos.

* * *
El año 2015 el Papa Honorio en un célebre sermón habló del signo de la Thau, con el cual están signados, según Ezequiel, los elegidos, un signo (que en hebreo se dice Thau, Ez 9,4-6). Como cuando en al salida de Egipto las casas de los Hebreos fueron marcadas con un signo (Ex 12,13) para que el Ángel exterminador pasara de largo.
Recuerda Omer Englebert en su Vida de San Francisco:
“En su discurso de Letrán el año 1215, Inocencio III había señalado con el signo TAU a tres clases de predestinados:
- los que se alistaran en la cruzada;
- aquellos que, impedidos de cruzarse, lucharan contra la herejía;
- finalmente, los pecadores que de veras se empeñaran en reformar su vida. ¿Sugirieron a Francisco aquellas palabras el deseo de reconciliar con Dios el mundo entero, facilitando a los que no podían ir a Oriente, y a los privados de recursos con que ganar indulgencias, otros medios de participar también en la universal redención?” (Recogido en franciscanos.org, La Indulgencia de la Porciúncula).
Bien podemos pensar que el hermano Francisco de Asís, pequeñuelo, fue el primer pecador que quiso favorecerse de aquel perdón universal que solicitaba al Papa por toda la Cristiandad.
El Papa Francisco es un personado; así se siente y no es una frase…
Francisco de Asís, il Poverello, es un perdonado…
¿Y yo…? ¡Feliz aquel que se siente bañado en la Misericordia de Dios, que no hay ni caricia mejor en la vida,  ni título más excelso que pueda cantar el amor de Jesús hacia nosotros…!
La gracia de la Indulgencia de la Porciúncula es eso: la gracia de sentirse abrazado, perdonado gratis por la Misericordia del Padre, manifestada por el Espíritu, en Jesús Crucificado.


Para completar: Qué hacer para obtener La Indulgencia de la Porciúncula, el Perdón de Asís

Tras el Concilio Vaticano II (1962-1965) el Papa Pablo VI reformó la disciplina de las Indulgencias mediante la constitución Indulgentiarum doctrina (1967), y según ella se confió la Penitenciaria Apostólica el Enchiridion Indulgentiarum, que ha tenido de entonces acá diversas revisiones. En la actualidad hay múltiples formas y ocasiones de favorecerse, por la misericordia de Dios, del don de la indulgencia plenaria, con el corazón contrito.
En concreto, en el citado Manual de Indulgencias: Normas, Concesiones y principales oraciones del cristiano (año 2004), leemos:
“65. Visita a al iglesia parroquial.
Se concede Indulgencia Plenaria al fiel cristiano que visite la iglesia parroquial:
- en el día de la fiesta titular;
- el día 2 de agosto en que coincide la indulgencia de la “Porciúncula”.
Una y otra indulgencia podrán ganarse tanto en el día anteriormente designado como otro día que establezca el ordinario en provecho de los fieles.
Gozan de la mismas indulgencias la iglesia catedral, y si la hay, al iglesia concatedral, aunque no sean parroquiales y también las Iglesias parroquiales.
Las mencionadas indulgencias ya están incluidas en la constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, Norma 15; aquí se han tenido en cuenta los deseos hasta ahora manifestado a la Sagrada Penitenciaría.
En esta piadosa visita, de acuerdo con la Norma 16 de la misma  Constitución apostólica se reza la oración del Señor y el símbolo de la fe (Padrenuestro y Credo)”.
En nuestras iglesia franciscanas se obtiene, en estas mismas condiciones la Indulgencia de la Porciúncula o El Perdón de Asís.

(Nota. Dentro de este pequeño Manual encontrará el lector la constitución apostólica de Pablo VI Indulgentiarum doctrina, 1 enero 1967, cuya explicación bíblico y patrística en nota ocupa no menos extensión que el texto expositivo).

Para conmemorar el VIII centenario de este acontecimiento, las familias franciscanas han elaborado un plan espiritual, un camino de cuatro año, que puede verse publicado en:
Familias Franciscanas de Asís: “Itinerario para caminar juntos y crecer en la común vocación y misión franciscana (2015/2018). Carta Ministros: 12 marzo 2015”.
En alabanza de Cristo y de su humilde siervo Francisco. Amén.

Alfaro (La Rioja), 30 de julio de 2015.

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