sábado, 1 de agosto de 2015

719 Domingo XVIII B - Jesús, pan de vida inmortal



Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,24-35

Texto evangélico
Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí? Jesús les contestó:
“En verdad, en verdad os digo:
Me buscáis no porque habéis visto signos,
sino porque comisteis pan hasta saciaros.
Trabajad no por el alimento que perece,
sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna,
el que so dará el Hijo del hombre;
pues a este lo ha sellado el Padre Dios”.
Ellos le preguntaron: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios”.
Él les respondió:
“La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado”.
Le replicaron:
“¿Y qué signo haces tú,
Para que veamos y creamos en ti?
¿Cuál es tu obra?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”
Jesús les replicó:
“En verdad, en verdad os digo:
No fue Moisés quien os dio pan del cielo,
sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es el que baja del cielo
y da vida al mundo”.
Entonces le dijeron:
“Señor, danos siempre de este pan”.
Jesús les contestó:
“Yo soy el pan de vida.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

Hermanos
1. El domingo pasado iniciábamos el Evangelio de la multiplicación de los panes según san Juan, en el capítulo 6, un evangelio que nos iba a ocupar cinco domingos continuos, este año del domingo último de julio hasta el domingo penúltimo de agosto.
San Juan es un evangelio muy especial comparado con los otros tres, un Evangelio de meditación y contemplación, que nos transmite las palabras de Jesús en forma de discursos. Y estos discursos fluyen no con una lógica filosófica de premisas y conclusiones. Son discursos de revelación, en los que la fe se nos entrega con soberanas afirmaciones, realzadas con contrastes, y avanzando no en forma lineal, sino circular.
Es una observación de método, necesaria, sin duda en una clase expositiva del sentido del cuarto Evangelio, y que, como conocimiento general, viene bien en los preámbulos de lectura de este Evangelio, que tanta fascinación ha suscitado en la Iglesia.

2. La fe es el encuentro con Jesús. Esta es una verdad clave, latente en todo el texto sagrado de hoy. Una afirmación sumamente sencilla y al mismo tiempo, crítica hasta la raíz, porque a cada uno le remite para preguntarse sobre su caso personal.
Mi fe ¿ha sido el verdadero encuentro con Jesús, un encuentro persona, un tú a tu con Dios, no tanto por vía de conocimiento intelectual, sino por vía de amor, por un conocimiento afectivo y vital, que toma la personas desde las raíces del ser?
En cierta ocasión Benedicto XVI escribió una frase rotunda y penetrante que la ha vuelto a reafirmar, con agrado, el Papa Francisco: No se es cristiano por la adhesión a un sublime ideal ético de la humanidad, sino simplemente por la adhesión a una persona. Jesús tiene un programa, sin duda, un programa que se presenta a la humanidad con una belleza deslumbrante; pero creer no es adherirse a una programa, sino a una persona.
Esta distinción es esencial. Jesús no es el líder de un partido religioso, Jesús es una persona, por la que el creyente se lo juega todo.
El que encuentra a Jesús encuentra la fe; el que no encuentra a Jesús, por muy bautizado que esté y registrado en la Iglesia Católica, no es una creyente, no es un discípulo. Este es el dilema en el que se juega la presencia de la Iglesia Católica en el mundo; este es el ser o no ser de la Iglesia en el mundo.

3. En este pasaje, en particular, hay una confrontación entre Cristianismo y Judaísmo. El Judaísmo, que apela a toda la Tradición bíblica, cuyo exponente supremo es Moisés, no ha encontrado a Jesús.
Jesús acepta de pleno a Moisés, porque no hay ruptura en el plan de Dios, y la revelación desde el principio hasta el final es un plan orgánico y ascendente. Y el drama de la vida de Jesús es el que Israel, su pueblo, el que había nutrido su imagen de Dios, no encontró a Jesús, última oferta de salvación, que Dios, Padre de amor, ofrecía al mundo.
San Pablo, receptor del mensaje de Jesús, formulará estos conceptos con fuertes antítesis. Los judíos buscan signos; los griegos sabiduría, pero nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es lo contrario, que no es el signo portentoso de Dios, sino la debilidad de Dios; que no es la sabiduría de los criterios del mundo, sino lo que aparece como necedad ante el mundo. Y, sin embargo, continúa san Pablo es la verdadera fuerza de Dios, que nos salva; es la última sabiduría de Dios que nos abre el camino de la fe.

4. El Evangelio de Dios concentra estos conceptos en un gran símbolo, que luego se va a convertir en signo sacramental: Jesús es el pan de vida. La sección de hoy culmina con esta soberana declaración de Jesús, el Señor:
“Yo soy el pan de vida.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.
Nos centramos en esta frase para saborearla, y para hallar en ella la verdadera efigie de Jesús, de ese Jesús al que se ha incorporado toda mi persona.

5. La declaración de Jesús es uno de los misteriosos “yo soy” esparcidos en el texto sagrado, y que nos remiten a la esencia misma de Dios revelado a Israel_ Yo soy el camino ya la verdad y la vida, Yo soy la puerta (el que entra por mí podrá entrar y salir con libertad), Yo soy la luz del mundo. El “Yo soy” nos lleva a la identidad última de Jesús. Y nos adentra en el Yo absoluto, que se abre al misterio infinito de su divinidad. Nadie ha podido hablar con ese “Yo” de plenitud y de esperanza.
Yo soy tu salvación, me está diciendo Jesús a través de muchas variantes.

6. Es el pan de vida (o de la vida) por el hecho de su existencia y encarnación; lo será muy específicamente por el sacramento pascual de la Eucaristía.
Yo soy, la palabra suprema que Dios había dicho a Moisés al revelarse en el monte Horeb, Yo soy, la palabra que movilizó a un pueblo esclavo para emprender el camino de la salida y de la libertad.
En el fondo del corazón humano hay dos deseos últimos que se unifican en uno, y de los cuales jamás nadie puede prescindir. La felicidad y a inmortalidad. El ser humano quiere ser feliz – no ´puede menso de querer ser feliz – y eternamente feliz. Jesús es eso.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

7. Concluyamos, hermanos, con unas palabras hechas súplica ardiente:
Señor Jesús, aceptamos tus palabras, que son la respuesta a las preguntas últimas de nuestra vida. Te buscamos no por lo que tú nos das, que nos das todo, te buscamos por ser quien eres, el Hijo amado del Padre, el pan de vida, al felicidad, la inmortalidad. Tú eres el gozo y la gloria de Dios; tú eres el gozo y gloria de mi vida. Amén.

Alfaro (La Rioja, España), sábado 1 de agosto de 2015.

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