sábado, 5 de septiembre de 2015

725. Domingo XXIII B – La santa humanidad. Realidad, fe y sacramento



Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo B,

Mc 7,31-37
Texto del Evangelio
Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando el cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, “ábrete”). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó al trabaja de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con  más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien: hacer oír a los sordos y hablar a los mudos”.


Hermanos:
1. Jesús hizo milagros en el curso de su vida terrestre, que fueron signo de su divinidad, de su compasión, de su misión en medio del mundo. Sus milagros no se han perdido en la historia, como un hecho que pasó y ya no existe. Los recordamos; su recuerdo alcanza nuestro corazón por la fe, y al ponernos en contacto y comunión con la persona de Jesús, el milagro retorna al ámbito de nuestra vida y opera.
Es una observación que vale para todos los milagros de su Señor, para todos los gestos de su santa humanidad que llega hasta mí y me alcanza. La persona de Cristo, por su potencia divina, se actualiza en mí, se hace presencia en mí. Jesús glorioso es contemporáneo a toda la historia humana, y su poder no ni se ha extinguido ni ha disminuido, sino que, bien al contrario, se ha expansionado. Esta es al fuerza espiritual de los sacramentos.

2. Estamos, pues, ante él, que es la fuerza de Dios, la medicina de Dios, la salud de Dios, nuestra vida inmortal.
Le presentan a un enfermo: es sordo y mudo, más exactamente sordo y medio mudo: hablaba con dificultad. La sordera profunda le ponía en esa situación extraña de alguien incomunicado con el mundo, una anomalía que va más allá de una deficiencia orgánica, sino que afecta a su psiquismo íntimo, a su alma, a la estructura de su persona. Estamos ante un enfermo, en un sentido vital, humano y personal.

3. La petición que traen a Jesús es que imponga la mano sobre él. El gesto de la bendición va acompañado de la imposición de las manos o de la mano, una veces tocando directamente la cabeza; otras, acercando la mano a la cabeza; unas veces con el gesto de las dos manos; otra, con una sola mano.
En el caso que nos presenta el Evangelio Jesús no va a hacer una simple imposición de manos. Va a poner en juego las fuerzas de su humanidad santísima para comunicarse con el enfermo y traspasarle su salud divina. San Marcos, que es el evangelista que nos transmite estos detalles, anota siete gestos que los vamos a anotar con cuidado:
- El primero que lo saca del tumulto de la gente.
- El segundo que va a actuar en soledad, el enfermo y él, los dos en comunión y diálogo.
- El tercero, que Jesús metió sus dedos en los oídos el enfermo.
- El cuarto que Jesús mezcló su saliva con la del enfermo. Dice el Evangelio que le tocó la lengua, es decir, con su dedo mojada en su saliva, le tocó la lengua entorpecida para hablar. Este dato es particularmente íntimo y uno se pregunta qué es lo que exactamente quiere decir.
- El quinto, que Jesús levantó sus ojos al cielo, poniéndose en comunicación con el Padre. Otras veces observan los Evangelios este modo de orar de Jesús: levantando los ojos al cielo.
- El sexto que emitió un gemido del fondo de su ser, como también otras veces lo hizo.
- Y el séptimo que pronunció una palabra en su lengua aramea, y a esto el evangelista (que está escribiendo en lengua griega), le da una importancia relevante, porque nos dice cuál fue esa palabra, y cuál es su traducción. “Effetá”, que quiere decir: “Ábrete”.

4. El último detalle es la culminación del milagro. Jesús orante desde la indigencia humana ante el Dios todopoderoso, pronuncia una palabra de imperio que solo la puede pronunciar Dios. Es una palabra que pertenece a la creación de Dios. Palabra de imperio soberano como fue-ron las primeras palabras de Dios en la Biblia. La primera palabra de Dios que aparece en la Biblia es ésta: “Hágase la luz”, y el escrito refiere: Y una luz fue hecha. Cada día de la creación tiene una palabra de Dios, y al golpe de su palabra, van brotando los seres de la nada. Cuando Dios habla la misma nada se pone a sus órdenes para ejecutar lo que Dios dice: la nada se diviniza, y Dios comunica desde su propio interior lo que quiere regalarnos.

5. Esta palabra que Jesús pronuncia es una palabra de Dios, que realiza el misterio que lleva dentro.
Se abrieron sus oídos.
Se desató la lengua.
El psiquismo alterado de aquella persona indigente fue sanado.
Había amanecido una criatura nueva. Estamos ante un hombre restaurado por la fuerza y el amor de Dios. Yo soy persona en plenitud cuando puedo hablar, transmitir mi corazón y mis sentimientos a los demás, y puedo recibir el menaje la comunicación de mis hermanos. La persona y la comunidad renacen cuando se establece esta comunicación recíproca, que es la esencia de la comunión.

6. El episodio al que estamos asistiendo nos ha hecho revivir el primer día de la creación, como dice la Escritura: Y vio Dios que todo era bueno…, que todo era muy bueno… Ese y no otro es el designio de Dios sobre el hombre; ésa es la firma que pone en todo lo que toca, y eso es cierta-mente lo que el Hijo de Dios quiere hacer conmigo: la obra de Dios.
“Y les mandó que nadie se lo contaran”. Es la consigna que da Jesús, porque sus obras, como obras de Dios, las quiere hacer, en lo que está de su parte, en testimonio de amor de Dios y de humildad de su parte. Ninguna gloria para él, todo para el Padre.
El episodio evangélico termina con esa apoteosis que nos remite al día primero de la creación: ¡Todo lo hizo bien!, y, al mismo tiempo, a la esperanza de los tiempos mesiánicos, según Isaías: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

7. Este pasaje evangélico tiene una vivencia especial en la Iglesia, porque la Iglesia ha tomado los signos que Jesús hace para verlos realizados en el bautismo, significando de esta manera que la presencia sacramental de Jesús es un hecho totalmente real de comunicación de Dios conmigo.
Señor Jesús, tú todo lo has hecho bien, y hoy sigues haciéndolo todo bien. Concédenos ver tu presencia en los sacramentos: en el bautismo, en la confirmación, en el matrimonio, en la reconciliación, y sobre todo, en la Eucaristía. Amén.

Desde Alfaro, La Rioja (España), sábado 5 septiembre 2015. 


1 comentarios:

Anónimo dijo...

Marcos está explicando cómo capacitaba Jesús a sus discípulos, al tiempo que les enseña quién es él. Jesús está en territorio gentil. Sale de los territorios de Tiro y a través de Sidón se dirige a Galilea. Tal vez resulte sorprendente darnos cuenta de que Jesús pasó un tercio de su ministerio, de tres años de duración, entre los gentiles. Este hecho ha quedado oculto por causa del énfasis que se ha hecho a su ministerio entre los judíos, pero es evidente que intentaba impartir a sus discípulos un sentido de lo que representaba su ministerio en el mundo de los gentiles, además del ministerio entre los judíos.
San Marcos se asegura de decirnos que esto fue algo que sucedió en la parte llamada Decápolis, es decir, territorio de las diez ciudades griegas que se encuentran en la parte oriental del mar de Galilea, y nos dice que Jesús fue a aquella región de una manera un tanto extraña. En lugar de regresar directamente pasando por Galilea, se fue de Tiro y de Sidón, siguiendo la ruta norte a través de lo que es actualmente Siria y continuó por la parte oriental del mar de Galilea hasta la parte sur de esa región. Muchos eruditos creen que este viaje le llevó ocho meses, por lo que debió de pasar mucho tiempo en las regiones gentiles realizando su ministerio entre personas que no eran judías. Se nos dice además que por el camino va enseñando a sus discípulos lo que quiere que aprendan. Aquí nos encontramos con otro de esos pequeños incidentes que representa el modo en que el Señor recuerda a los doce, y también a nosotros, lo indispensable que es la fe. Es preciso que actuemos con fe en Dios, o lo es lo mismos, con confianza en Dios. Ese es, por así decirlo, el motivo principal por el que sanó a aquel hombre tartamudo.
Si lo pensamos detenidamente, nos daremos cuenta de que el estado en que se encontraba aquel hombre era realmente lamentable. No podía oír y no podía hablar. Por lo tanto, no podía leer y, por eso, estaba aislado de la luz de Dios en las Escrituras. No podía oír un testimonio, no podía hacer ninguna pregunta, estaba viviendo en un mundo silencioso, de completo aislamiento de todos los que le rodeaban, por lo que representa una clase de personas a las que es sumamente difícil alcanzar.
Esto explica lo que hizo nuestro Señor con este hombre. En primer lugar, le llevó a un lado, en privado. A continuación Jesús hizo algunas cosas un tanto extrañas. Metió sus dedos en las orejas de aquel hombre y escupió en sus propios dedos y le tocó la lengua al hombre. Después, mirando en dirección al cielo, suspiró, todo ello antes de decir aquellas maravillosas palabras "ábrete". Le mete los dedos en las orejas, con lo cual le está dando a entender que le va a curar. Se moja los dedos y toca la lengua del hombre para indicar que va a sanar su lengua y que las palabras fluirán de ella con facilidad. Eleva la vista al cielo para indicar que el poder para realizarlo debe venir de Dios y suspira, no tanto como si estuviese exhalando el aire, sino para transmitir al hombre la idea de que es a través del medio invisible del poder de Dios cómo será curado.
Cuando Jesús vio la fe en la mirada de aquel hombre, pronunció la palabra: “Ephrata”, la palabra aramea que sin duda Pedro conservó en dicha lengua al contarle este suceso a Marcos. Eso es asombroso, porque las personas que recuperan el oído después de mucho tiempo de silencio normalmente no pueden hablar, sino que deben aprender cómo hacerlo, pero aquel hombre empezó a hablar en seguida. Esta era la manera cómo nos enseña el Señor, y los discípulos que estaban contemplando lo que sucedía, que la fe es un ingrediente necesario para recibir cualquier cosa de Dios. La fe, el creer en la actividad de un Dios invisible que, a pesar de que no le podemos ver, está dispuesto a actuar en nuestra vida. Por eso fue por lo que Jesús despertó la fe de aquel hombre e hizo que creyese en lo invisible.
Juan José.

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