viernes, 2 de octubre de 2015

731. Matrimonio y Sínodo: Lo que Dios ha unido ¿puede Dios desunirlo?



Ante el Sínodo de Obispos sobre la Familia

Situación

El próximo domingo (4 de octubre, para la Familia Franciscana, Solemnidad de San Francisco) se abren las puertas del Sínodo de Obispos, sesión ordinaria cuyo tema, la Familia, había sido iniciado el año pasado en sesión extraordinaria. Se entra en Sínodo cuando la hoguera está en llama viva, al menos en los foros periodísticos interesados y en la polémica generada en lo ancho de la Iglesia Católica.
El ojo del huracán en loe medios periodísticos es un punto particular dentro de la temática de estudio y diálogo que se ofrece, que de por sí es muy variada: ¿Comunión a los divorciados que han contraído nuevo matrimonio, sí o no?
La familia es el núcleo de la sociedad, el núcleo de la Iglesia. Salvar la familia, hoy azotada por muchos vientos y temporales, es el bien supremo de la humanidad, la cual puede definirse simplemente como “la familia humana”.
Entrando directamente en el foro del debate, veríamos otros, temas a cuestionar con referencia a la doctrina tradicional (si así podemos usar las palabras, que en tiempo de polémica las palabras arden como hierros rusientes): doctrina de la “Humanae vitae” con respecto a la concepción, asunción de los matrimonios (otra vez la palabra…) o uniones de homosexuales…, de acuerdo a la modernidad campante y a la realidad sonante del derecho civil de tantas sociedades, cada vez más numerosos.

Algunas convicciones antes de entrar en discusiones

1. Mi opinión como siervo del Señor, digno de llevar el Evangelio de Dios. Sobre el asunto de la comunión a divorciados la discusión se ha enardecido con documentos y firmas. El estudioso no los podrá ignorar…, pero el cristiano pensante, sea estudioso o no lo sea, puede opinar, sin orgullo y con serenidad y fortaleza, “a se” (desde sí mismo), sin que ello signifique que yo, obrando de este modo, desprecio a alguien, con una sutil autosuficiencia.
No es así; en mi caso no es así, doy fe. Soy alérgico a firmar declaraciones conjuntas, siempre lo he sido.
El creyente puede orar con emoción, al celebrar la Eucaristía: "nos haces dignos de servirte en tu presencia". Y el llamado al ministerio, como Pablo puede decir con humildad: "Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio" (1Tim 1,12). Este ministerio es el Evangelio que Dios ha puesto en mis manos, como "ministro del Evangelio" (cf. Ef 3,7).

2. La fidelidad garantía de la verdad. La verdad de la Iglesia en el inexhausto misterio de la fe no es una verdad “académica” (aunque la Academia pueda trabajarla como objeto de estudio), sino una verdad “salvífica”, la cual queda iluminada por la acción del Espíritu en la comunión de los hermanos. Las verdades de Dios son de un género tan particular que en tanto se perciben en cuanto se viven. Sería improcedente pedir su opinión sobre el celibato sacerdotal a quien no ha gustado el sabor de la castidad. En el asunto del matrimonio, los “casados en el Señor” que están viviendo fieles a su compromiso tienen la primera palabra para compartir en la Iglesia. No habrá que desoír a otros; pero no todas las opiniones tienen el mismo peso y valor. La Iglesia no discierne por estadísticas, sino por la luminosidad interna de las verdades vividas.

3. Sobre la opinión del sacerdote célibe. Se objeta que el sacerdote no conoce el día al día del matrimonio, porque no lo ha vivido. Es una consideración que tiene más de falacia que de verdad. El sacerdote, ante todo, no es un “soltero”, al que la vida le ha obligado a esta situación, sino un “célibe” libre por el reino de los cielos, que acepta su condición sexual por gracia y la vive en oblación, no por gusto de sus instintos. En este sentido tiene una palabra que comunicar en la Iglesia.
Ocurre, además, que humana y espiritualmente es el confidente cualificado de manifestaciones de los cónyuges que ellos mismos nos las tienen entre sí. Y precisamente por esto su aportación, prestada con humildad, es del todo singular.


Dificultades y sorpresas dentro del Nuevo Testamento

Quien ha avanzado con sencillez y humildad en el estudio de la Escritura percibe con claridad que la filología y las ciencias bíblicas son necesarias para entender la palabra de Dios, pero estas ciencias humanas, por sí solas, son insuficientes para captar el núcleo mismo de las palabras como Palabra de Dios.
Un ejemplo: las palabras de la Eucaristía. Por el análisis filológico de las palabras de la santa Cena no podríamos nosotros llegar a evidenciar la verdad de la presencia real (sacramental) de Cristo en la Eucaristía. Esta verdad no es una verdad “empírica”, al alcance de la “empireia” (experiencia) o de la gramática; transciende toda comprobación cósmica, intramundana, y la aceptamos, en oblación y entrega, por la fe y solo por la fe. Sin fe no hay Eucaristía, sin fe no hay Resurrección. Pues igualmente sin fe no hay matrimonio, no hay inteligencia de matrimonio.
Un ejemplo llamativo de la dificultad que presenta el matrimonio lo hallamos en este dicho de Jesús según el Evangelio de Mateo, la Comunidad de Mateo, dicho de Jesús que lleva un inciso puesto en boca de Jesús: “Ahora os digo yo, que si una repudia a su mujer – no hablo de uniones ilegítimas (nisi ob fornicationem, dice escuetamente la versión latina del griego) – y se casa con otra, comete adulterio” (Mt 19,9).
Según Mateo, Jesús pone una excepción al “status” del matrimonio, que es la “porneia”. Conviene leer el pasaje completo, verdadero catecismo del matrimonio cristiano que arranca de Jesús.

Un texto fundamental, que arranca de Jesús: Mt 19,3-12

El matrimonio según Jesús, de acuerdo al texto de Mt 19,3-12
“Se acercaron a Jesús unos fariseos, y le preguntaron para ponerlo a prueba:
- ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo.
Él les respondió:
- ¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a sus padre y a su madre, y serán los dos una sola carne?” De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Ellos insistieron:
- ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?
Él les contestó:
- Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no era así. Ahora os digo yo, que si una repudia a su mujer – no hablo de uniones ilegítimas  – y se casa con otra, comete adulterio.
Los discípulos el replicaron:
- Si esta es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.
Pero él les dijo;
- No todos entienden esto, sino aquellos que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vienten de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes  se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda”.

1. Jesús distingue tres momentos en la realidad del matrimonio:
- Al principio: al principio no era así
- En tiempo de Moisés: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres.
- A partir de ahora: Obviamente el matrimonio de Jesús no es una continuación del matrimonio de Moisés, sino una innovación que introduce un algo “absoluto”

2. Jesús ha rechazado el planteamiento de los fariseos – que es: se puede despedir a la mujer, pero discutimos el monto de la causa, si ha de ser una situación extrema a una cosa menor – y reivindica el matrimonio original, que excede al matrimonio de Moisés. El matrimonio “bíblico” lo explica Jesús como una condescendencia interina, en atención a la dureza de vuestro corazón, en el fondo, debilidad, impotencia, fragilidad… del ser humano.
En el proyecto de Jesús
- no cuadra la poligamia
- no cuadra la provisionalidad.

Se ha dicho en un conocido manifiesto: “En la Palestina del siglo I, las palabras de Jesús afectaban directamente al marido que traiciona y abandona a su mujer porque otra le gusta más, o por motivos de este tipo: son primariamente una defensa de la mujer. Ahí sí que resulta inapelable la frase del Maestro: "lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre".
Es una interpretación exegética, no más. Las palabras de Jesús llevan dentro un “quid” de absoluto y de nuevo que no queda satisfecho con esta interpretación restrictiva. Hay una clara superación de Evangelio respecto a la Ley.


El matrimonio “evangélico” de Jesús

El matrimonio cristiano o matrimonio evangélico, el matrimonio que corresponde a la Ley nueva del Señor, a la perfección de la Nueva y eterna Alianza lo concebimos así:

- Es una realidad nueva descubierta en la fe de Jesucristo,
- sustentada no en las fuerzas humanas sino en el poder de la gracia,
- que establece una comunión de vida
- previamente conocida
- y libremente aceptada
- en la mutua oblatividad del amor
- bajo el signo de Jesús para siempre.

Si faltara uno de estos elementos, el matrimonio no sería un “matrimonio en el Señor”, no sería un matrimonio cristiano, no sería un matrimonio válido ante la Iglesia que interpreta el sentir del Señor.

De acuerdo a esta imagen, es obvio que los esposos cristianos, al celebrar semanalmente el misterio pascual de Cristo se alimentan del cuerpo y de la sangre del Señor. Eucaristía y Matrimonio son dos realidades correlativas, pues en ambas se trata de un sacramento de amor.
Estamos describiendo un matrimonio en sus esencias puras y verdaderas. ¿Es una realidad mística? Sin ninguna duda, como realidad mística es el bautismo, que inocula en nosotros la vida nueva para caminar en el Señor.
Cuando hablamos de comunión de divorciados sí o no, es muy fácil que estemos escamoteando el verdadero planteamiento, que es el de matrimonio cristiano sí o no.
Surge, pues, un problema radical:
- cuándo existe un matrimonio cristiano
- y cuándo puede deshacerse un matrimonio cristiano.
En principio y al parecer, todo matrimonio que se hace según el “ritual” de la liturgia es, de por sí, un matrimonio verdadero, por tanto válido. Se supone que los contrayentes, si son bautizados, aunque no sean practicantes, por la fe implícita, aceptan que el matrimonio de Jesús – nuestro matrimonio – es para siempre, y que, con este conocimiento, el hecho de casarnos, aunque no sepamos decirlo con palabras bonitas, está proclamando el amor oblativo mutuo.
¿Es esto así…? ¿Ocurre así…?
No es evidente, ni mucho menos en una sociedad altamente paganizada, que oficialmente se ha desligado de la transcendencia. El cumplimiento del rito no garantiza sin más la verdad del rito, y la esencia del sacramento – que requiere ciertamente un rito visible – no está en la materialidad externa del rito, sino en la verdad misma de lo que allí se encierra. (Como es bien conocido, si uno dijo con sus labios “quiero”, pero ahora jura que su corazón no decía “quiero” sino “no quiero”, está mostrando cómo su matrimonio, pese a todas las apariencias, no fue matrimonio).


Cuál es la “porneia” que exime de “Lo que Dios ha unido”

El matrimonio es una “alianza” dentro de la “Alianza”.
El pueblo rompía de continuo aquella Alianza, y Dios perdonaba de continuo. Es el mensaje reiterativo de los profetas, comenzando por los dos primeros, Amós y Oseas. Dios perdona y su proyecto no queda frustrado. Cuando Dios definitivamente hace un desposorio con su esposa infiel, adúltera (Osea 2), Dios, con su infinito poder de amor, “virginiza” a la mujer adúltera y la recibe como virgen, y se casa con ella para siempre. Dios lo puede hacer.
El matrimonio cristiano puede ser profanado por el adulterio, que es la ruptura total del proyecto y compromiso santificado ante Dios. En ese caso el hombre ha roto lo que Dios había unido. El ser humano (hombre o mujer) ha dado la espalda al proyecto de Dios. Dios permanece fiel y llama a la unión de esa ruptura, a la reconciliación, a recomponer de raíz el matrimonio roto, porque – dice el Señor – Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre.
San Pablo quería salvar, como intérprete de la voluntad del Señor, hasta el matrimonio contraído, antes del conocimiento de Cristo, en el paganismo: “… A los otros les digo yo, no el Señor: Si un hermano tiene una mujer no creyente y ella está de acuerdo en vivir con él, que no repudie al marido. [Y a la inversa] Y si una mujer tiene un marido no creyente, y él está de acuerdo a vivir con ella, que no repudie al marido, pues el marido no creyente se santifica por  la mujer, y la mujer no creyente se santifica por el hermano. […] Ahora bien, si el no creyente quiere divorciarse; en estos casos, el hermano la hermana no están esclavizados, pues Dios os ha llamado en paz” (1Cor 7,10-15).
Es muy importante la acotación que hace san Pablo: les digo yo, no el Señor.
San Pablo entiende que en el intrincado asunto del matrimonio no todo quedó dicho por  el Señor. Él, que ha sido hecho ministro confiable del Evangelio, se cree autorizado para interpretar el sentir del Señor.
Esta norma continúa vigente en la Iglesia. La Iglesia afronta las situaciones nuevas, interpretando, dentro de tantas dificultades, la voluntad del Señor.
Lo que se va planteando en torno a la comunión de divorciados vueltos a casar se va llevando (a mi sencillo entender) más por el estilo de la “casuística” que por la radicalización última de los principios, que es de donde hay que comenzar y en donde hay que acabar.
Nuestros hermanos ortodoxos permiten la disolución del matrimonio por la comisión del adulterio, unido (entiendo) a la falta de conversión y reconciliación. Sería una interpretación de la “porneia”, que ha quedado ahí dentro de Mateo (Mt 19,9). Como un caso que no iría en contradicción con la palabra absoluta del Señor: Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Efectivamente, Dios no lo ha desunido.
En tal hipótesis volveríamos a la frase paulina: les digo yo, no el Señor.
Es un sencillo sentir, en plan de búsqueda humilde y compartida (de ninguna manera un dictado apodíctico), en aras de la santidad única del matrimonio y de la libertad para la que Cristo nos ha convocado (Gal 5,1).
Tengo como la persuasión…, acaso la intuición, de que la Iglesia tiene una zona siempre por explorar en el matrimonio, como custodio que es ella e intérprete de la Palabra del Señor, no alcanzada por la normativa del Código.
En obediencia.

Guadalajara, Jal., 2 octubre 2015

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado P. Rufino:
El tema que usted desarrolla es uno de los más candentes y espinosos por su eterna actualidad.
El matrimonio cristiano es, por definición, la unión, basada en el amor mutuo, de un hombre y una mujer, mayores de edad, para una convivencia en común de por vida. Sin embargo la realidad es muy diferente, a causa de la compleja, y hasta problemática, existencia humana.
Al matrimonio se la ha comparado con la vida de un lujoso barco, cuyo comienzo empieza con una pomposa botadura, con las mejores intenciones de que navegue por todos los mares y de que sea capaz de resistir todos los temporales, hasta que la vejez y el exigente deterioro que impone el tiempo pongan fin a sus singladuras…
Qué duda cabe de que todas las botaduras de los barcos van seguidas de las mejores intenciones. Pero la realidad es que algunos barcos se hunden por distintas causas. Nadie quiere que se hunda su barco, pero a veces se hunde, y ese hundimiento se lleva por delante muchos trabajos y muchas ilusiones.
Al matrimonio le sucede algo parecido. Los inicios siempre comienzan con pompa y alegría. Los contrayentes están radiantes, felices. La familia e invitados, siguiendo la costumbre ancestral, les lanzan flores y arroz… pero llega un día, que nadie quiere, en que todo acaba, y aquel remanso de paz y felicidad se convierte en un infierno en la tierra… que a veces termina en tragedia a causa del fallecimiento de alguno de los contrayentes.
¿Se puede separar lo que Dios ha unido?. En principio no. **LO QUE DIOS HA UNIDO, QUE NO LO SEPARE EL HOMBRE**. Sin embargo el sucesor de san Pedro tiene la potestad de “atar y desatar”, por lo que puede “invalidar” el acto que, en principio, se juzga que se realizó sin los requisitos que lo validarían.
Los textos nos muestran una frase de Jesús que admite un estudio aparte. En latín dice: nisi ob fornicationem. Y en griego dice: εκτός του ότι είναι για την πορνεία. En español sería: salvo en caso de fornicación. ¿Acaso el matrimonio tiene alguna "salvedad?. “Doctores tiene…..”.
Saludos. Juan José.






Publicar un comentario en la entrada

 
;