sábado, 10 de octubre de 2015

734. Domingo XXVIII B – Jesús nos propone el camino de la felicidad en la generosidad



Domingo XXVIII del tiempo ordinario, ciclo B,
Mc 10,17-30

Texto del Evangelio
Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”.
Jesús se lo quedó mirando, lo amó y les dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”.
A estas palabras, el frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!” Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: “¡Hijos, qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar pro el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios” Ellos se espantaron y comentaron: “Entonces ¿quién puede salvarse?” Jesús se les quedó mirando y les dijo: Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”.
Pedro se puso a decirle: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y et hemos seguido”.
Jesús dijo: “En verdad os digo que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más – casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones – y en la edad futura, vida eterna”

Hermanos:
1. Este Evangelio tiene miles y millones de historias en la vida cristiana. El Evangelio no termina de ser Evangelio cuando se lee, sino cuando se cumple. A lo largo de la historia miles y millones han encontrado en estas palabras de Jesús el secreto de su vida: han escuchado la llamada que el hombre rico no escuchó y han seguido a Jesús, siendo felices, - acaso dolorosamente felices, de otra manera, - dejándolo todo y entregando su vida sin condiciones  a la causa de Jesús, que es la causa del hombre.

2. Hace una semana celebrábamos la fiesta de san Francisco precedida en esta capilla de Ntra. Sra. de los Ángeles, donde resido, por el Tránsito de san Francisco. Se trata de una celebración devocional – no es una misa, aunque puede ser un acto litúrgico – evocando cómo murió san Francisco. Nuestros jóvenes hermanos profesos capuchinos leían los textos que recuerdan aquel episodio sagrado, íntimo y lleno de ternura. San Francisco recibió a la muerte cantando, la recibió como un esposo recibe a su esposa, la recibió cantando. Sus hermanos le rodeaban: hubo amor, abrazos y bendiciones. Cuenta san Buenaventura que san Francisco pidió que le dejaran un rato desnudo: así quería presentarse al Señor, diciéndole: Soy un pobrecillo, no puedo ofrecerte otra cosa que la verdad entera de mi ser; todo lo que he recibido, todo, que ha sido infinito, ha sido pura gracia. Dios mío, recíbeme en tu amor y misericordia.
Al evocar esta escena me correspondió hacer una reflexión: cómo fue la muerte de san Francisco, cómo quisiera yo que fuera mi muerte. Así invitaba a los asistentes a pensar sobre cómo quería cada uno de nosotros que fuera nuestro tránsito a Dios. Quisiera yo morir en una sábanas blancas, rodeado de mis seres queridos, pidiendo perdón a todos perdonando a todos. Si soy padre o madre de familia, quisiera morir rodeado de mis hijos y bendiciendo con la señal de la cruz a cada uno de ellos.

3. A veces escuchamos frases como estas: “La mejor muerte que la podido tener; ha muerto sin enterarse”. Y tantas veces hay como una conspiración en la familia para que no se entere de que se está muriendo. Esto, bien pensado, hermanos, es criminal: Tratar de arrancarle a uno la verdad de su vida, cuando la muerte es el supremo acto de entrega y de amor que Dios nos ofrece.
¿Por qué estoy citando este episodio? Lo estoy citando por el Evangelio de hoy. Uno de los modo de elección de la vida que presenta san Ignacio en los Ejercicios Espirituales es este: Representarme yo en el momento de despedida de este mundo: Cómo quisiera yo que haya sido mi vida. ¿Quisiera haber sido rico? Las riquezas, las muchas riquezas, en el momento de la verdad, no dan la felicidad. El poder, a la hora de la verdad, no da la felicidad. El placer, a la hora de la verdad, no da la felicidad.
El servicio, la entrega, el olvido de mí mismo para hacer felices a los demás, eso sí me da la felicidad.

4. Veámoslo directamente en el Evangelio. Aquel hombre rico era un hombre rico y bueno: guardaba los mandamientos de Dios. Y esto es verdad. Hay mucha gente rica que es buena, pero no pasa de ahí.
Con todo, sentía por dentro una inquietud que no sabía exactamente lo que era. Jesús se la expuso de los ojos. Jesús lo amó. Jesús lo llamó. Pero el hombre no se atrevió a dar el paso de la generosidad. Y se fue triste. Aquí hay una tremenda lección de psicología, que a nosotros nos hace pensar. Tendría que haberse marchado contento. Seguiré guardando los mandamientos y disfrutando de mis riquezas, sin complicarme la vida. Parece que este es un pensamiento correcto.
San Marcos nos da un retrato de aquel hombre (ignoramos la edad que tenía) al decir que “frunció el ceño”, ese gesto de sorpresa, de extrañeza, de preocupación que uno hace arrugando la frente y tratando de juntar ceja y ceja. En suma, se fue triste.

5. Y de aquí viene el comentario de Jesús y el diálogo de los discípulos. ¿Dónde está la felicidad? ¿Dónde está mi felicidad?
Hermanos, entiendan bien el Evangelio. No pretenden Jesús establecer dos clases de cristianos: los corrientes y los perfectos, como si dijéramos lo seglares y los religiosos o consagrados; los casados y los que no se han casado. No ese ese el sentido.
Aquí se habla de los que han tenido el valor de la generosidad y de aquellos que, en la ocasión de la generosidad, se han echado atrás.

6. Hay momentos cruciales en el camino de la vida en los que Dios me puede pedir todo. ¿Qué es ese “todo”? Cada uno lo ha de ver en su corazón. Soy libre de darlo o no darlo. Pero Jesús da una promesa rotunda: El día en que tú dejes todo por mí, aunque te persigan y te lleven a la muerte, has de sentir una alegría, una abundancia que nunca la habías probado. El seguimiento de Jesús pide todo, y nunca…, nunca… ha de quedar uno engañado.

7. Señor Jesús, escucho tus palabras y me quedo muy pensativo. Te ruego que llegue a comprenderlas un día y darte todo lo que tú me pidas, con la seguridad de que no he de ser engañado. Amén.

Guadalajara, sábado 10 octubre 2015.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermosa homilía, y rotundo final.
Interesantes e importantes lecciones se nos da en este pasaje evangélico. Algunas de ellas de difícil interpretación en la actualidad. Veamos dos ejemplos.
1.- VENDER TODOS LOS BIENES Y DÁRSELO A LOS POBRES.
El hecho de vender todo supone automáticamente carecer, en poco tiempo, de recursos de subsistencia tanto para sí mismo como para los pobres a los que se asiste. Cuando esos recursos sean repartidos y agotados por sus destinatarios ¿cómo se resolverá la subsistencia de la persona del repartidor y del destinatario del reparto?. En este caso el hecho de vender la propiedad supone lo mismo que matar a un animal que puede prestarnos sus servicios a muchos, para luego, repartiendo sus restos, pueda servir de alimento (temporal) de algunos. Parafraseando al emperador romano Tiberio Julio César, podemos decir que LAS OVEJAS DEBEN SER ESQUILADAS (PARA APROVECHAR SU LANA), NO DESOLLADAS. Matar las ovejas significaría privarnos de subsistencia en un futuro próximo, mientras que si las esquilamos obtendríamos riqueza para repartir.
2.- “EN VERDAD OS DIGO QUE QUIEN DEJE CASA, O HERMANOS O HERMANAS, O PADRE O MADRE, O HIJOS O TIERRAS, POR MÍ Y POR EL EVANGELIO, RECIBIRÁ AHORA, EN ESTE TIEMPO, CIEN VECES MÁS, CASAS Y HERMANOS Y HERMANAS Y MADRES E HIJOS Y TIERRAS CON PERSECUCIONES, Y EN LA EDAD FUTURA, VIDA ETERNA”.
Los religiosos ciertamente abandonan a sus padres, a sus hermanos o hermanas, y hasta sus propiedades. Pero si en nuestros días se abandona el hogar conyugal, y a la prole si la hubiere, automáticamente se cae dentro de una infracción que sociedad en que vivimos castiga con severidad. La circunstancia de despertarse un día y decir a la esposa e hijos “ahí os quedáis que yo me voy porque me siento llamado”, y abandonarlos a su suerte, hoy, en el mundo en que vivimos, está fuera de lugar. Tal vez en la época y lugar en que fueron dichas esas palabras sería aceptable, pero hoy no. No vale decir que no se ayuda a la familia en virtud de una especie de “corbán”, y dejarla abandonada tranquilamente. No vale decir “cualquier cosa con la que te puedas beneficiar de mi: mi propiedad, mi ingreso, mi propia compañía, etcétera, es Corbán, esto es, dedicado a Dios y no te lo puedo dar”. De hecho, según nos dicen los evangelios, la subsistencia de Jesús y de sus discípulos dependía de ciertas personas que puntualmente les socorrían con sus bienes. ¿Qué pasaría si no hubieran tenido ese socorro?.
Saludos.
Juan José.

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