viernes, 30 de octubre de 2015

740. Todos los Santos 2015 – Pascua de Jesús con todos los Santos

Homilía en la Solemnidad de Todos los Santos
Apocalipsis 7 --- 1 Jn 3,1-3--- Mt 5,1-12


Texto evangélico:
Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

“Bienaventurados los pobres en espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados  los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros, cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, que de la misma manera trataron a los profetas anteriores a vosotros”.

Hermanos:
1. El fiel cristiano que participa hoy en la Eucaristía  de esta solemnidad d e Todos los Santos y escucha atentamente las tres lecturas de esta solemnidad, puede exclamar sorprendido: ¡Estamos en Pascua! Efectivamente, los domingos de Pascua, a diferencia de los demás, al proclamar las tres lecturas no se lee como primera lectura el Antiguo Testamento. En Pascua ni en los días festivos ni en los días laborales se lee el Antiguo Testamento, para significar que con Cristo todo lo antiguo se ha cumplido y hemos llegado a la plenitud.
Pues hoy, como en los domingos pascuales, hemos comenzado por el final, por la plenitud que el universo y los salvados han alcanzado en Cristo.
Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente: ¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! (Ap 7,9-10).

2. Hoy celebramos, pues, hermanos el anticipo de esta fiesta universal,  la fiesta del cielo, que tiene un protagonista: Jesucristo. Él es el vencedor. La victoria es de nuestro Dios y del Cordero.
Sería un pensamiento demasiado estrecho, y casi diríamos pueril, el pensar: En el calendario hay muchos santos, pero como tantísimos más podrían ser canonizados y no lo han sido, hoy queremos juntar a todos. No es eso la fiesta de todos los santos.
A decir verdad, hermanos – y espero me comprendan el lenguaje – en el cielo no hay “santos”, como no hay judíos, ni cristianos, ni musulmanes, ni miembros de las religiones milenarias de oriente ni de las religiones tradicionales de África y pueblos ocultos… Lo teólogos dicen que la Iglesia cumple una función transitoria y está al servicio del Reino de Dios. La Iglesia habrá desaparecido y será el Reino de Dios, único y universal.
El cielo es la familia de Dios y todos los habitantes del cielo, todos, son los hijos de Dios. Los ángeles serán nuestros hermanos.

3. En cierta ocasión le pusieron a Jesús los saduceos un problema de casuística matrimonial, el caso de una mujer que había tenido siete maridos sucesivos, hermanos entre sí, porque cada uno de ellos iba muriendo y el siguiente se casaba con la viuda para dar descendencia a su hermano. Al final, en la resurrección (en la que ellos no creían) ¿de cuál de los siete será la mujer, porque de cada uno de ellos fue legítima mujer? Jesús les dijo: Qué equivocados estáis… No entendéis la palabra y el poder de Dios. En el cielo no se casarán hombres ni mujeres; será otra cosa, el mundo nuevo que nadie puede imaginar.
No podemos hablar del cielo como hablamos de las cosas de la tierra. Allí nuestro corazón se abrirá a lo infinito. San Juan nos ha dicho: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando él se manifieste – se está refiriendo a Jesús, Hijo de Dios – seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

4. Hermanos, esta gran esperanza, este final de nuestra historia, que es final de gracia, de triunfo y de amor, es lo que hoy estamos celebrando. Estamos celebrando a Cristo, corona de todos los santos, a Cristo, que es nuestra victoria.
Todos los días celebramos en la Misa la fiesta de Todos los Santos y lo expresamos de una manera vibrante y jubilosa, al cantar en “Sanctus” que es el canto más importante de la misa. La Introducción al Misal de la Iglesia,  cuando explica las parte de la celebración de la Misa, dice: “Aclamación: [Sanctus] con la cual toda la asamblea, uniéndose a los coros celestiales, canta el Santo. Esta aclamación, que es parte de la misma Plegaria Eucarística, es proclamada por todo el pueblo juntamente con el sacerdote” (Ordenación del Misal Romano, 79b). En ese momento los que estamos en esta pequeña iglesia de este rincón desconocido de la tierra, nos unimos a la asamblea celestial, y, juntos los coros celestiales y nosotros, cantamos la gloria de Dios y el triunfo de Jesucristo.

5. El cielo es nuestro destino y el camino es Jesús. Por eso en este día se lee el sublime Evangelio de las Bienaventuranzas. ¿Qué son las Bienaventuranzas? No son otra cosa que la vida de Jesús puesta en estas magníficas felicitaciones. Jesús fue el Siervo de Dios, anunciado en las santas Escrituras, el pobre de Dios, el que tuvo hambre y sed de la justicia de Dios, el puro de corazón, el perseguido, el que puso su vida al servicio de la reconciliación y la paz. Jesús, al presentar su programa, no hizo otra cosa que retratarse a sí mismo.
En los proyectos humanos, en la política, una cosa son los personajes y otra su bellísimo programa. En Jesús no ocurre eso: persona y programa son exactamente igual.
Así pues, hermanos, las Bienaventuranzas son felicitaciones llenas de admiración que salen del corazón de Jesús al ver la obra que Dios está haciendo en la tierra, y que solo Dios puede hacer: darnos un corazón pobre, puro y misericordioso… ¡Qué dicha la vuestra que sois pobres hasta el corazón pobres en el espíritu! ¡Qué dicha la vuestra, que tenéis el corazón traspasado de misericordia, porque alcanzaréis misericordia…! Y así en cada una de las Bienaventuranzas.

6. Hermanos, alabemos a Cristo, como lo alabamos cuando todos juntos esa bello himno de la antigüedad cristiana, que es el Gloria:
Tú solo eres Santo, tú solo Señor, tú solo Altísimo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre. Amén.


Guadalajara, viernes, 30 octubre 2015

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