sábado, 7 de noviembre de 2015

741. Domingo XXXII B Jesús y la viuda pobre, imagen de la Iglesia

Homilía en el domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 12,38-44




Texto evangélico:
Y él, instruyéndoles, les decía: “¡Cuidado con los escribas! Les gusta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa.
Estando Jesús sentado enfrente de las arcas para las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero; se acercó una viuda pobre y echó dos monedilla, es decir, un cuadrante.  Llamando a sus discípulos, les dijo: “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Hermanos:

1. Vamos avanzando en la lectura del Evangelio y nos acercamos al final del año litúrgico que se corona con la fiesta de Jesucristo  Rey del universo. El Evangelio de hoy está puesto en los días finales de la vida de Jesús. Después de la entrada de Jesús en Jerusalén hay múltiples escenas que van recogiendo los evangelistas como paradigmas de vida cristiana. Todo esto, diríamos, que pertenece al testamento de Jesús. Así se ha comportado Jesús; así quiere que sea su Iglesia en medio del mundo.
La secuencia de hoy son dos escenas en un dramático contraste. Nos representan dos comportamientos: lo que desagrada a Dios y lo que le agrada; que son, no únicamente dos actitudes de corazón, sino, incluso dos estilos sociales de perfilar la Iglesia en medio del mundo. Uno es el poder, la apariencia, la vanidad, lo que instintivamente agrada al hombre; otro es la imagen de la insignificancia, frente a la cual uno pasa de largo, porque seguramente no lo percibe, o porque a lo mejor no le interesa.
En este representación escueta y profética de Jesús el primer cuadro va unido, de alguna manera, a la institución religiosa, al templo, al mundo de la religión; el segundo, contrariamente, es una humille escena de la vida cotidiana, en la cual descubre Jesús la auténtica revelación del Dios de amor al mundo, a nosotros, hijos de Dios. Veamos, pues, las dos escenas por partes.

2. La primera va dirigida contra los “escribas”. Los escribas eran la élite intelectual de Israel; eran los instruidos en un pueblo de ignorantes. Los instruidos en la Ley de Dios, que era lo sublime, lo más precioso que poseía el pueblo santo de Dios.
Ya ser instruido te da un rango social de poder, cuando la gente que te rodea es gente ignorante y analfabeta.
Pero estos, además, son los instruidos no en cosas humanas – en la medicina o en la arquitectura – sino que son los instruidos y doctores en la Ley de Dios, en la Torá, que han estudiado durante años y cuya lectura frecuentan todos los días. Los escribas tienen una autoridad que les otorga su saber de las cosas de Dios; son ellos precisamente los que, de oficio, están enterados de las cosas de Dios.
Seguramente que tienen una categoría social superior a los sacerdotes, y el pueblo les da un reconocimiento especial porque ninguno como ellos nos pueden enseñar qué es lo que Dios quiere de nosotros, manifestando en los santos libros. Son los Sabios, y el sabio merece respeto y veneración. Unos, quizás la mayor parte, son fariseos; otros, los menos, son de otro partido religiosos. Hay que reconocer que también entre los fariseos había gente muy humilde y sencilla.
Su Sabía tristemente les ha llevado a la vanidad y a utilizar los dones de Dios para ventaja personal en los defectos que denuncia Jesús.

3. Frente a estos Sabios, los Escribas, hay una viuda, que, además de ser viuda, es pobre. Es un género de personas muy representado en la Iglesia a lo largo de toda nuestra historia, una pléyade de gente humilde y silenciosa, que son el humus vital que mantiene la fe.
Esta viuda del Evangelio ha existido siempre. Y hoy recordamos un episodio de ochocientos años antes de Jesús, la viuda de Sarepta, que no era de la tierra de Israel, sino de fuera, del territorio pagano de Sidón, la viuda de la aldea de Sarepta, vieja historia que se cuenta en el libro primero de los Reyes.
El profeta Elías, perseguido, ha llegado a aquellas regiones.
- Tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé.
Y cuando la mujer va a hacerle esta caridad, él le grita:
- Tráeme en tu mano, por favor, un trozo de pan.
La buena mujer le responde:
- Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; solo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos, entraré y prepararé el pan para mí y para mi hijo, lo comeremos y luego moriremos.
Pero ahora viene la tremenda voz del profeta, la voz de Dios todopoderoso que sale a favor de los humildes:
- Porque así dice el Dios de Israel:
La orza de harina no se vaciará,
la alcuza de aceite no se agotará
hasta el día en que el Señor conceda
lluvias sobre la tierra (1Re 17,14).

4. Este es el Dios de Jesús, el Dios que nos da la paz, la seguridad y el futuro. “Así dice el Dios de Israel” ¡Qué serio es esto! Dios habla en favor de los humildes. El que confía en él jamás será defraudado.
En el comentario de Jesús ante lo que sus ojos ven, dice esto: esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir. Todo lo que tenía para vivir; era muy poco, pero era todo. ¿Y mañana? Dios dirá, porque Dios es mi Padre.
Bien podemos pensar que la mujer no se enteró de lo que decía Jesús, de aquella ternura que había levantado en el corazón de Jesús, ni tampoco de la que ahora mismo está levantando en nuestros corazones. Los pobres son así; los pobres no tienen historia que contar, aunque nosotros podamos contar, y ojalá que, al contarla, se deslice una lágrima de nuestros ojos, a honra y bendición de aquella mujer que ha conquistado nuestro corazón.

5. Jesús sabe muy bien cómo actúa Dios, su Padre. Un día les había dicho a sus apóstoles: No toméis nada para el camino: ni alforja, ni dinero. Dios lo sabe y Dios es Padre.
Esta es la imagen de la Iglesia: la viuda pobre que se confía en Dios.
Para ser feliz hay que pertenecer a este pueblo de los sencillos, y si acaso el trabajo y el tesón de nuestros mayores nos han hecho herederos de una situación privilegiada, nuestro corazón no se debe dejar engañar, y hemos de pedir a Jesús pertenecer a ese pueblo de las bienaventuranzas de los pobres, humildes y limpios de corazón.

6. Señor Jesús, te pedimos la gracia de entender a la viuda pobre del Evangelio, que tú has alabado, porque ha dado todo lo que tenía para vivir. Que nosotros también sepamos dar todo lo que tenemos para vivir.


Guadalajara, Jalisco, sábado 7 de noviembre de 2015

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Leemos una hermosa homilía.
OS ASEGURO QUE ESA POBRE VIUDA HA ECHADO EN EL CEPILLO MÁS QUE NADIE.
Esta pequeña historia nos presenta un profundo contraste con la crítica a la falsa piedad de los escribas y fariseos. La pobre viuda con su espíritu de sacrificio y su adoración práctica de Dios avergüenza a la gente de largas oraciones, y de palabras altisonantes.
Para trasladarnos al interior de la escena se ha de aclarar que dentro del recinto del Templo, en el llamado ATRIO DE LAS MUJERES, se encontraba una sala (la cámara del tesoro) en la que había trece cepillos en forma de trompeta invertida. Los recipientes servían para recoger las ofrendas con distintos fines, incluso para las ofrendas libres sin ninguna finalidad concreta. El evangelista nos dice que Jesús estaba sentado, lo cual nos indica que habrían instalado bancos de piedra al pie de los muros.
Los visitantes del Templo no depositaban ellos mismos el dinero en los cepillos, como ocurre entre nosotros, sino que lo entregaban al sacerdote encargado, el cual lo depositaba en el arca correspondiente, según el deseo del donante. Esto explica cómo Jesús pudo advertir la ofrenda de la viuda. La ofrenda de la mujer pertenece a las ofrendas libres. La viuda quería hacer una ofrenda a Dios. Las ofrendas para ayuda de los pobres se depositaban en otro lugar o se recogían en un bote. El gesto significa que se entrega a Dios sin condiciones. Y una persona así también mirará por los pobres y, si es necesario, compartirá con ellos hasta el último bocado. La mujer se entrega a Dios “con todas sus fuerzas”, es decir, con todo lo que posee y tiene. El mensaje del evangelista queda así suficientemente clarificado: quien se entrega sin reservas a Dios lo hará igualmente por sus hermanos, especialmente los más necesitados. Por eso la comunidad cristiana que lee el evangelio de san Marcos entiende que los dos mandamientos principales, de una manera plástica, le son presentados en este relato. El cristiano no puede separar la entrega incondicional a Dios y la entrega sincera a sus hermanos. Es el contraste que ofrece al mundo el verdadero discípulo de Jesús que sabe reconocer y aceptar los bienes de los hombres, pero sabe también ponerlos al servicio de los más pobres.
PAZ Y BIEN.
Saludos. Juan José

Anónimo dijo...

Gracias al autor de la homilía,por su sencillez y emotividad
y también a J,J.por complementarla.

Anónimo dijo...

He tenido el placer de leer el artículo de usted que se publica en el ejemplar de la revista de este mes.
En conjunto es muy bonito, aunque no esté del todo conforme con su título. En efecto, creo que detrás de la muerte no se halla siempre un cementerio, sino el Padre.
Muchos no pudieron tener un entierro digno de tal nombre. A causa de las guerras muchos fueron enterrados, en fosas comunes, en el mismo lugar donde perdieron la vida. Otros desaparecieron para siempre en el fondo de los mares. Y de hecho los cadáveres de millares de mártires cristianos, o lo que quedaba de ellos después de haber sido quemados vivos, o devorados por las bestias salvajes en los espectáculos públicos, fueron arrojados en ignotas fosas comunes, o arrojados en ríos, a fin de hacer desparecer su cuerpo e incluso su memoria.
Hay muchos a los que la palabra muerte les produce una auténtica crisis emocional, bien por el hecho, en sí mismo, de pasar del ser a no ser, o como del terror pánico que les produce el no saber qué hay detrás de esa puerta invisible que se abre e inmediatamente se cierra, o por no saber si pasarán airosos del examen de Dios. Otros, por el contrario, con un talante estoico manifiestan no tener miedo a ese momento, ora por ser creyente, o por no serlo.
PAZ Y BIEN.
Saludos. Juan José.

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