lunes, 23 de noviembre de 2015

744. Pido la Misericordia del Señor: Profesión de una novicia

Profesión de una novicia
(Cristo Rey 2015)

Ayer tuve una experiencia singular, algo tan bello como la profesión de una novicia; experiencia de la que fui parte importante, por cuanto que fui el sacerdote celebrante, acompañado de otros tres sacerdotes adictos la comunidad, primer testigo de esta profesión, que, pronunciada en manos de su superiora, la recibía la Iglesia.
He dicho “algo tan bello…” La belleza y la ternura son las alas que envuelven el amor. Belleza, ternura, sencillez…, serenidad, verdad, es lo que flotaba y se respiraba en una profesión de una novicia. Sus dos compañeras de noviciado le habían precedido en dos fechas anteriores de estos meses. Estoy hablando del monasterio de clarisas capuchinas de Jocotitlán, estado de México; capuchinas sacramentarias, porque adoran al Jesús Sacramentado día y noche, y en la fórmula de profesión añaden: "Y además prometo cumplir con la adoración al Santísimo Sacramento”.
Después de pronunciar sus votos por cuatro años (profesión temporal) se le entregan unos signos: el velo (velo negro que sustituye al velo blanco que llevaba), la Regla de santa Clara, las Constituciones de las Clarisas Capuchinas, el Crucifijo y la corona de flores blancas.
Se me quedó grabado dentro del alma la entrega del Crucifijo. Se trata de un crucifijo grande que la religiosa tendrá en su celda toda su vida, para adorarlo, para besarlo, para verter sus lágrimas, el Crucifijo de su oración. ¿Pueden imaginar los lectores esta escena celestial? Una muchacha de 19 años que estrecha a Jesús Crucificado sobre el pecho, cruzadas las dos manos, y entornando ruborosa los ojos para decirle a su esposo cosas que nadie puede escuchar…?
Yo veía estremecido esta escena…; la estética y la espiritualidad se fundían en uno… e inevitablemente yo me acordaba de Santa Teresita, con su crucifijo y sus flores.  
Estamos en el siglo XXI y esto existe y va a existir siempre. Porque he aquí que, siguiendo los pasos del rito, quien atentamente escuchara podría apreciar que la vocación es gracia, pura gracia; que es llamada gratuita, no la opción de un tipo de vida que uno haya escogido por decisión y empeño, que no es una modalidad cultural del catolicismo…; en fin, que la perseverancia es gracia, pura gracia, que el Dios de amor de la Biblia es don y puro don, gracia y nada más que gracia.
- Querida hermana (iniciaba el celebrante después de haberla llamado), ¿qué pides al Señor y a su santa Iglesia?
- La misericordia del Señor y la gracia de servirle más perfectamente en esta fraternidad de clarisas capuchinas.
Cuando yo escuché que pedía ¡la misericordia del Señor!, quedé internamente derrotado.
Pronunciábamos las frases con cierta lentitud sencilla y solemne para dar a cada palabra su peso, su contenido, su gravedad decisiva.
Como celebrante tuve que hacer el Interrogatorio, ya anteriormente respondido en muchas horas de oración, y la Novicia iba respondiendo con dos palabras, purísimas y simples.
- Querida hermana, que has sido consagrada en el Bautismo por el agua y el Espíritu Santo, ¿quieres ahora unirte más estrechamente a Él, siguiendo a Cristo, pobre y crucificado, según el ejemplo de la Madre santa Clara, con el nuevo vínculo de la Profesión religiosa?
- Novicia: Sí, quiero.
- ¿Quieres, para seguir más fielmente a Cristo, guardar castidad por el Reino de los Cielos, abrazar voluntariamente la pobreza y ofrecerle el don de tu obediencia?
- Novicia: Sí, quiero.
- ¿Quieres entregarte totalmente a Dios en soledad y silencio, en oración constante y generosa penitencia, en los trabajos humildes y en las buenas obras, y sobrellevar humildemente las diarias contradicciones, unida con todas tus hermanas, por amor al Reino de los Cielos?
- Novicia: Sí, quiero.
- Que Dios, que ha iniciado esta obra buena en ti la lleve a su pleno cumplimiento para el día de la venida de Jesucristo.
Y todos respondieron: Amén.

* * *

(Pido desde lejos humildemente la venia a la hermana María del Carmen para publicar lo que le dije en la homilía, que acababa de escribir antes del rito. En realidad, no le estaba hablando a ella sola, sino a toda la asamblea. Y pido muy confiadamente a la Virgen del Carmen, “hermosura del Carmelo” – lo recojo de la estampa recordatorio – que haga llegar estas palabras a alguna joven que las está deseando, acaso sin saberlo).


Querida hermana María del Carmen,
queridos hermanos todos:

1. No he podido menos de emocionarme, a punto de las lágrimas, al leer lo que está en este pequeño folleto, en el cual tú has escrito el rito de esta profesión sagrada que vas a hacer para cuatro años, y donde están igualmente los textos de esta Misa de Jesucristo Rey del Universo.
- ¿Qué pides a Dios y a su santa Iglesia?
Y tú has respondido:
- La Misericordia del Señor.
Es decir, te presentas hoy al Señor:
- Aquí estoy, Señor, porque me has llamado.
Te presentas hoy ante Jesús. ¿Qué tienes para ofrecerle?
Y tú puedes decirle:
- Nada, Dios mío. No puedo presumir de nada.
Es verdad, María del Carmen. Le vas a ofrecer al Señor la flor de tu juventud. Le ofreces tus 19 años. Le ofreces algo que quizás el pudor impide expresarlo con la claridad de sus propios términos: le ofreces a Jesús lo más puro de tu intimidad, el anhelo de ser esposa un día, el anhelo de ser madre, que son las cosas más bellas que Dios, nuestro Padre, ha creado.
Permite, hermana, que comparta tus sentimientos, y que en esta altura cimera de mi vida, después de haber cumplido en la Asunción de la Virgen 59 años de profesión en la vida religiosa, pueda yo decir exactamente lo que tú acabas de decir ante esta asamblea:
- Rufino ¿qué pides a Dios y a su santa Iglesia?
- La Misericordia del Señor.
- Después de haber trabajado durante tantos años, y tantas veces hasta la extenuación, ¿qué premio quieres?
- Uno solo: la Misericordia del Señor.

2. Piensa muchas veces, María del Carmen, lo que acabas de pronunciar; piénsalo en este Año de la Misericordia, que va a comenzar el día de la Inmaculada.
Lo importante de la vida no es que nosotros hayamos amado a Dios; lo importante es que Dios nos ha amado, y que nunca va a dejar de amarnos, por mucho que le ofendamos. Por eso, el mayor pecado del hombre es desconfiar de esta misericordia infinita que Dios nos ofrece gratis, sin esperar a mañana, sino que ya hoy mismo.

3. Estos pensamientos los estamos diciendo ante este hermosísimo Crucifijo de esta Capilla y en esta solemnidad que corona el año litúrgico: Jesucristo Rey del universo.
- “¿Con que tú eres rey?”, le dice Pilato.
- “Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.
Está muy claro cuál es el reino de Jesús. Tenemos hermosas catedrales, de las cuales podemos presumir más que de los palacios presidenciales. No, no es ese el reinado de Jesús. El reinado de Jesús es el reinado de los corazones. Y si Jesús reina en nuestros corazones, entonces, sí, nosotros construiremos una sociedad de amor entre hermanos, como Jesús nos lo ha dicho en el Evangelio.
Jesús para reinar no necesita el poder de un ejército. Jesús para reinar no necesita matar a nadie.  Jesús no necesita el poder de la economía, que domina el mundo. Jesús no necesita el poder de la política. Jesús no quiere la mentira y la corrupción para que triunfen sus proyectos. Su reino, que es el que pedía a Dios cuando nos enseñó a rezar el Padrenuestro – venga a nosotros tu Reino –, es, como lo dice el Prefacio de esta fiesta: “Reino de la verdad y de la vida | Reino de la Santidad y de la gracia | Reino de la justicia, del amor y de la paz”.

4. El Señor te ha llamado a vivir este reinado en medio de una sencilla comunidad de capuchinas, al pie del sagrario, bajo la Regla de santa Clara que vas a profesar.
Hermanas capuchinas, al tiempo que María del Carmen, arrodillada ante su Abadesa, pronuncie sus votos religiosos, pronuncien también ustedes su consagración. Ha sido tradicional en la Orden renovar nuestra consagración religiosa – nuestra consagración bautismal – en la fiesta de Cristo Rey; háganlo, pues, todas ustedes, en lo íntimo del corazón pronunciando los mismos votos. Este es el mejor obsequio que le pueden hacer hoy a su querida hermana.
Desde que llegué ayer tarde, he visto cómo se afanan todas por esta fiesta: manteles blancos y flores en las mesas del comedor, lo cual no es lo corriente en un convento de capuchinas, pero la hermana se lo merece; he visto cómo han adornado la capilla, con estas sillas revestidas de blanco, como si fuese un banquete nupcial, anticipo del banquete del cielo. Todo ello significa amor, y yo les felicito.
Pero piensen en lo que ahora les digo: No es ese el obsequio mejor. El obsequio que no tiene precio es que ustedes le ofrezcan lo que estamos diciendo: Mari Carmen, yo renuevo mis votos contigo, cuenta conmigo; somos hermanas. Aunque no se lo digan de palabra, pero ese es el abrazo que luego le darán.
La Abadesa le pondrá una corona de flores blancas, que es una manera de entregarla a Jesucristo. Y aunque no en el rito, se lo está diciendo en el corazón: Mari Carmen, caminemos todas juntas; vas a tener días oscuros, no te desanimes, busca siempre la voluntad de Dios, lo que Dios quiere de ti, no lo que tú u otras personas puedan querer de ti; no te desvíes del camino del amor; cuenta con nosotras, cuenta conmigo. No te sientas nunca sola, abre tu corazón.

5. Así, pues, una joven va a profesar en la Orden capuchina. Es para cuatro años. La Iglesia no permite hacer una profesión para siempre. Sin ser infiel a Dios, puede ocurrir que en determinado momento, que, por razones profundas que no siempre se pueden formular, una joven descubra que, pese a su sinceridad, Dios le estaba llamando por otro camino. Este es el sentido de que la profesión sea temporal y no perpetua. Con todo, al pronunciar los primeros votos, sí que en el corazón hay una intención definitiva.

6. Hay un pensamiento final que quiero expresar ante ustedes. Cuando una mujer, siguiendo una misteriosa voz interior, opta por la vida de clausura, ¿a quién se consagra? Dios la consagra a sí, y ella responde con su entrega. Pero en esta consagración el corazón se abre al mundo entero.
María del Carmen,  no vas a poder salir a dar alimento a niños desnutridos, a atender a ancianitos enfermos…, como uno lo quisiera, al ver tanta miseria. Pero debes pensar: Dentro de mi corazón están los pobres, dentro de mi corazón está el mundo entero, dentro de mi corazón está mi familia, mis papás y hermanos, a quienes tanto amo. El corazón de una consagrada se ensancha con dimensiones universales.

6. Concluyamos mirando a este Crucifijo que nos preside. ¡Qué hermoso es! Detrás de él irradian unos rayos luminosos. Es una explosión de amor, es la Eucaristía.
¡Qué hermoso el rey en la campaña! | Iba vestido de verdad. Es un himno de la liturgia de hoy, que yo compuse hace muchos años (1980). De alguna manera te lo quiero regalar como himno para tu vida.
Y junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre, María.
¡Qué el recuerdo dulcísimo de la Virgen y la ternura de la Madre del Señor te acompañen todos los días de tu vida! Amén.

Jocotitlán, 22 de noviembre de 2015

* * *
Al final de la comida – compartida por comunidad, familiares y amigos – pregunté la hermana recién profesa:
- Mari Carmen, ¿puedes resumir? ¿Qué sientes?
Y me respondió:
- Mucha alegría y gratitud.


Fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Desde un punto insignificante de este planeta deseo enviar humildemente mi enhorabuena a la religiosa que ha profesado en la venerable orden capuchina. Diría aún más. Que ha elegido como primera petición a Dios que la bendiga con su misericordia todos los días de su vida, y en especial en el último hálito de vida. Es el don más grande que todos podemos recibir de Dios.
San Pedro, en una ocasión, le dijo al Señor: “APÁRTATE DEL MÍ, SEÑOR, QUE SOY HOMBRE PECADOR”, y en efecto lo fue hasta el súmmum, pues llegó hasta negarle. Pero alcanzó la misericordia por su arrepentimiento, por llorar su pecado.
Todos pecamos, pues todos somos imperfectos. Pero está en nosotros alcanzar la misericordia si somos misericordiosos con las faltas de los demás. Está en nosotros vivir en ese estado de permanente misericordia con los demás a fin de alcanzar misericordia para nosotros mismos.
Y no dejar de orar a diario, de hablar con Dios a diario, de adorar a Dios en espíritu y en verdad a diario. La oración nos pone en contacto con Dios. La oración nos eleva el corazón sobre la materia, sobre la vida, sobre la propia existencia. La oración aflora de nosotros el ángel que llevamos dentro, y nos pone en contacto con el inmenso corazón misericordioso de Jesucristo. COR AD COR LOQUITUR.
Paz y Bien.
Saludos. Juan José.

Anónimo dijo...

Bienaventurados los que pueden decir como san Pablo:
El tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.
Saludos. Juan José.

Anónimo dijo...

Bienaventurados los que pueden decir como san Pablo:
El tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.
Saludos. Juan José.

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