martes, 8 de diciembre de 2015

750. 8 diciembre 2015: Misericordia – Reconciliación

Meditación

He leído, como se lee una carta de amor, la bula Misericordiae vultus, con la cual se ha abierto hoy, 8 de diciembre de 2015, el Año Santo de la Misericordia, hasta la fiesta de Cristo Rey del año que viene (20 noviembre 2016). He leído también la homilía del Papa. La misa la ha celebrado en la Plaza de San Pedro – hacía frío de diciembre – y luego de la Misa ha abierto la Puerta Santa. La ha cruzado en signo de penitencia y de gracia. Detrás de él el Papa emérito, venerado Papa Benedicto XVI.
Muchas horas después en esta otra ribera del planeta yo he celebrado la Eucaristía, cargado de sentimientos y emociones, y con el alma blanda de lágrimas interiores, por las vivencias que todo esto incluía. Las quiero compartir con quienes conmigo e infinidad de hermanos en la fe anhelamos vivir en la onda de Jesús, y en ese “sentire cum Ecclesiae” que te dilata el corazón de gozo y esperanza.
Lo más hermoso que se me ha quedado en la lectura de los 25 números de las bula Misericordiae vultus (fechada el 11 de abril, Vigilia del II Domingo de Pascua o Domingo de la Divina Misericordia) es un “no sé qué queda balbuciendo…”: Que Dios es misericordia. Lo cual no es teología especulativa, ni tampoco teología pastoral…; lo cual es “mysterium fidei” y abandono. Lo cual es lágrimas de gozo y amor.
Recuerdos…, recuerdos… Las personas mayores somos propensas a recordar. El recuerdo es un misterioso sacramento de la vida. Lo que se recuerda se hace ahí presente y como que va emitiendo un emanación de vida. 
Recuerdo que estaba en la Plaza de San Pedro, en Roma, el día que se abrió el Concilio, 11 de octubre de 1962 (entonces fiesta de la Maternidad de María), iniciando los estudios de Sagrada Escritura. Recuerdo cómo iba leyendo las crónicas, recuerdo los documentos que iban saliendo. Recuerdo aquel espectáculo divino del abrazo del Patriarca Atenágoras de Contsantinopla y del Papa Pablo VI (5 enero 1964), en Jerusalén. Era en la sede del patriarcado latino, pero al día siguiente (6 de enero, Epifanía del Señor) el Papa beato Pablo VI le devolvió la visita al Patriarca Venerable Atenágoras en el patriarcado ortodoxo. ¡Qué emoción tuvieron que sentir! ¡Con qué ternura se dieron el beso de paz en las dos mejillas!
Dicen que los periodistas preguntaron al  Patriarca Atenágoras a qué había venido a Jerusalén  y que él respondió:
- "Para decir 'Buenos días' a mi querido hermano el Papa. Hace quinientos años que no nos hablábamos!"
Recuerdo sobre todo – al leer la bula y celebrar la Eucaristía -  lo que pasó en el día víspera de la terminación del Concilio, en el histórico 7 de diciembre de 1965:  en Roma el Papa Pablo VI y en Constantinopla Su Santidad Atenágoras se levantaron mutuamente la excomunión que el año 1054 se habían lanzado mutuamente las dos Iglesias, en tiempos del patriarca Miguel Cerulario.
Después de aquel abrazo ha sido posible escribir este canon: “Los ministros católicos administran lícitamente los sacramentos de la Penitencia, Eucaristía y Unción de los enfermos a los miembros de las Iglesias Orientales que no están en comunión plena con la Iglesia católica, si lo piden espontáneamente y están bien dispuestos” (Canon 844,3).
Yo quisiera que un día – es un sueño dorado de amor – que la Iglesia católica diera un decreto dogmático-litúrgico: Todos los santos de la Iglesia ortodoxa pueden ser venerados como tales por la Iglesia católica y, correspondientemente, en cuanto está de nuestra parte todos los santos de la Iglesia católica pueden ser venerados por la Iglesia ortodoxa (o Iglesias Orientales).
La unión y la unidad de la Iglesia Católica y las Iglesias Orientales es la primera, primerísima, necesidad de la Iglesia de Cristo, de quienes creemos en Jesús, Hijo de Dios, Salvador.
Desde joven fui educado en este ecumenismo nuevo que cristalizó en el Concilio. Repasando mis notas, he aquí lo que escribí el día de la Conversión de san Pablo, cuando culminaba el Octavario por la Unidad de los cristianos, en aquel año en que iba a iniciar el Concilio: “Solo de la humildad y del arrepentimiento puede venir nuestra unión. No podemos juntarnos, si antes no nos arrepentimos de nuestros pecados… La unión de los cristianos solo la puede hacer Jesús, porque es una obra sobrenatural; y lo primero que hemos de pedir a Jesús es que nos perdone.
Solo se puede llegar a la unión a través de la caridad. La Iglesia y las Iglesias han dado, pues, el primer paso para la unión. La unión completa será en al profesión de unas mismas verdades. Y esta unión vendrá, porque los que se aman, se entienden. Al amarnos en Jesús, nos entenderemos, y al amarnos Jesús nos revelará lo que él ha oído a su Padre” (Fribourg, 25 enero 1962).
Hoy es la Inmaculada Concepción. Y de mis lecturas de entonces puedo recuperar con sumo agrado lo que en mís e iba sedimentando (De Lubac, Méditation sur l’Église). Paul Claudel encontró a la Iglesia en la Virgen María, al canto del Magnificat en Navidad. Y escribía el 7 de diciembre de 1931 a André Gide: “La Sainte Vierge Marie, pour moi c’est la même chose que la Sainte Église, et je n’ai jamis appris à distinguer l’une de l’autre”: La Santa Virgen María , para mí, es lo mismo que la Santa Iglesia, y nunca he sabido distinguir una de la otra” (l’Église des Conciles, la formidable Theotokos).

* * *
En esta órbita de pensamientos vuelvo sobre pensamientos del papa en la homilía de hoy:
“La fiesta de la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor Dios. Él no es sólo quien perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo. Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva. El inicio de la historia del pecado en el Jardín del Edén se resuelve en el proyecto de un amor que salva. Las palabras del Génesis llevan a la experiencia cotidiana que descubrimos en nuestra existencia personal. Siempre existe la tentación de la desobediencia, que se expresa en el deseo de organizar nuestra vida independientemente de la voluntad de Dios. Es esta la enemistad que insidia continuamente la vida de los hombres para oponerlos al diseño de Dios.
Y, sin embargo, la historia del pecado solamente se puede comprender a la luz del amor que perdona. El pecado sólo se comprende bajo esta luz. Si todo quedase relegado al pecado, seríamos los más desesperados entre las criaturas, mientras que la promesa de la victoria del amor de Cristo integra todo en la misericordia del Padre. La palabra de Dios que hemos escuchado no deja lugar a dudas a este propósito. La Virgen Inmaculada es ante nosotros testigo privilegiada de esta promesa y de su cumplimiento.
Este Año Extraordinario es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. ¡Es Él quien nos busca! ¡Él quien sale a nuestro encuentro! Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. Cuánta ofensa se le hace a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de anteponer que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum 12, 24) Sí, es precisamente así. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en todo caso, el juicio de Dios será siempre a la luz de su misericordia. Atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, nos hace sentir partícipes de este misterio de amor, de ternura. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo”.
La Madre del Señor interceda por nosotros y nos lleve hasta su Hijo amado.

Guadalajara, Jal., 8 diciembre 2015

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;