sábado, 12 de diciembre de 2015

754. Domingo III Adviento C. Alegraos con la alegría que trae Jesús


Homilía para el Domingo III de Adviento, ciclo C
Lc 3,10-18

Texto evangélico:
10 La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?». 11 Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
 12 Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
 «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». 13 Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido».
 14 Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».
 15 Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, 16 Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; 17 en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga». 18 Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.


Hermanos:
1. Cuando antes celebrábamos la misa en latín a este domingo lo llamábamos Domingo Gaudete. ¿Por qué razón? Porque eran las primeras palabras de la Misa: Gaudete in domino semper. Palabras del Introito, que estaban recogidas de la epístola de san Pablo a los Filipenses, que se conserva como lectura de hoy: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4,4-7).
Palabras que dan un programa de vida, que ofrecen la tonalidad de la vida cristiana, palabras que están tocando en el centro del mensaje que quiere infundir el Papa Francisco a la Iglesia, la alegría del Evangelio. Evangelii gaudium, la alegría del Evangelio, que es el título de la exhortación apostólica que hace dos años, el 24 de noviembre de 2013, publicaba el Papa al concluir el Año de la Fe. La alegría de Jesús debe ser consultancial a todo cristiano.

2. Ahora bien, en el día de hoy esta alegría viene de más atrás. Para anunciarla se ha escogido un pasaje muy bello del profeta Sofonías: Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, | regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén (Sof 3,14).
Los estudiosos de la Biblia se acuerdan de este célebre versículo de Sofonías para explicar el anuncio del ángel a María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Es sublime lo que a continuación viene en la invitación del mismo profeta: Aquel día se dirá a Jerusalén: | «¡No temas! ¡Sión, no desfallezcas!». El Señor tu Dios está en medio de ti, | valiente y salvador; | se alegra y goza contigo, | te renueva con su amor; | exulta y se alegra contigo (Sof 3,16-17).
Se trata de una alegría que el Señor ofrece a su pueblo Israel, alegría que está viniendo, porque Dios ha de intervenir en aquellos momentos dolorosos del destierro. Los cristianos, al leer estos pasajes, hemos dicho: La alegría mesiánica.

3. Es verdad, hermanos, la alegría evangélica es la alegría que nos da Jesús, la que anunció al anunciar el reino, la que daba con los signos de salvación que eran sus milagros, la que prometió en la Cena, la que brota, irresistible y pura, en los momentos de más tribulación. Esta es nuestra alegría, que la recibimos con gratitud, y nadie nos la puede quitar. No la debemos malgastar ni vender por otra cosa de valor inferior a ella misma. Esta alegría, hermanos, es una nota propia del Adviento.
Hace ya treinta años, tratando de dar salida a la fe y a los sentimientos que brotan de la liturgia, compusimos himnos para el Adviento, y el himno de este domingo quería explotar con esta alegría mesiánica: Alégrate, Sión entristecida. Y recordábamos los signos de Jesús Mesías, la alegría del mundo nuevo que encarnaban sus milagros.

Mendigo del camino, ciego y solo,
confidente de sombras donde vives,
cierra la mano y abre la mirada,
tuyo es el Sol que viene, mira y ríe.

Sordos y mudos, hombres sin palabras,
marginados por fuerza del convite,
escuchad el rumor del que se acerca,
quede suelta la lengua, bendecidle.

Algo pasa en la tierra, que se siente,
el hombre se alboroza en sus raíces.
¡Vendrá! ¡Ya llega intrépido y hermoso
el Santo de prodigios invencible!

4. Estamos, pues, en este tiempo de promesas, en este tiempo que espiritualmente es una primavera, porque viene el Salvador. Y ya decíamos el domingo pasado que en Adviento Juan el Bautista, el Precursor del Señor, en el Adviento tiene dos domingos, el segundo y el tercero. Hoy escuchamos la predicación concreta de Juan. Y evangelista san Lucas nos da tres escenas, tres instantáneas de esta predicación: a la gente en general, a los recaudadores de impuestos, a los soldados. “El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo  mismo” (Lc 311,). Compartir, que es la teología del amor y de las obras de misericordia.
Ahora bien, la predicación de Juan alcanza sus últimas dimensiones cuando anuncia quién es este Mesías que viene y la purificación total que ha de hacer:
“«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga». Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio” (Lc 3,16-18).

5. Estos es muy serio, hermanos, el anuncio de esa hoguera que no se acaba. En su tonalidad, la predicación de Jesús sonaba diferente; pero Jesús  no echó a un lado eso de “la hoguera que no se apaga”. En el momento de la actuación definitiva, Jesús ha de presentar al Padre un pueblo purificado.
Todo esto ha de suscitar un gran deseo de verdad y sinceridad en nuestros corazones. Ninguna trampa con Dios; por tanto, ninguna trampa con nuestros hermanos. Somos la comunidad de Dios que Dios quiere para su gloria.

6. Señor Jesús, que dijiste que viniste a traer fuego, que ese fuego de amor nos purifique y al abrasarnos, con él, tú abrases la tierra. Que estas Navidades, después de habernos confesado con sinceridad de corazón, te recibamos a ti, Mesías de Dios, con un corazón puro y lleno de alegría. Amén.


Guadalajara, Jalisco, sábado 12 diciembre 2015.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonita homilía, su reflexión sobre la alegría de la esperanza en Jesús que se acerca.
Juan Bautista, desde las orillas desérticas del Jordán, orienta a las gentes que llegan hasta él para pedirle consejo. ¿Qué hacer para ser perfectos?. Si tienes para repartir, reparte. Sea lo que sea. A todas las gentes, sin excepción, les da la norma de oro: repartir. Repartir el exceso en el vestir. Repartir el exceso en el alimento. Aquí se nos da a entrever que había personas que sólo tenían una túnica, cuando lo lógico sería que mínimamente dispusieran de dos para poder en algún momento lavar la que se lleva puesta, y personas que no tenían qué llevarse a la boca. Y repartir al alimento de cada día con aquellos que no pueden ganárselo. La parábola del rico y del pobre Lázaro es el ejemplo. No se da el nombre del rico, pero sí del pobre. Es todo un detalle.
No cobrar más de lo que está estipulado. ¿Cuántas veces hemos escuchado esto?. En todo tiempo y lugar las voces se levantan contra aquellos que, aprovechándose de una determinada coyuntura, siempre temporal y ocasional, circunstancialmente suben por sorpresa los precios de los productos que venden. Lo hacen de forma desorbitada, obteniendo con ello exuberantes ganancias, impensables en poco tiempo.
No extorsionar a nadie. No calumniar a nadie. Contentarse con el sueldo. Aquí se pone delante de nuestros ojos un estamento del funcionariado del imperio romano, con un uso abusivo e intimidatorio de autoridad para la obtención de algún beneficio personal, o con el uso de la información falsa y calumniosa para idéntico fin.
Juan no realizó ningún milagro. Se limitó a predicar, denunciar, exhortar y dirigir la mirada de todos, a los más débiles, como condición imprescindible para recibir al Mesías verdadero. Esos serán signos inequívocos del verdadero Mesías. Por eso la gente deduce la posibilidad de que Juan fuera el Mesías. Pero Juan, honrado y veraz, clarifica la situación y saca a las gentes de su error: él no es el Mesías. Juan vislumbra la inminente llegada del Mesías, y se regocija en ello.
Más tarde Pablo insiste a los filipenses en ese mismo, regocijo al insistirnos que estemos siempre alegres en el Señor. Lo dice con absoluta convicción, a pesar de que cuando escribe esta carta está en la cárcel por el testimonio de Jesús y de su Evangelio. Cargado de cadenas en aquellas insanas y tenebrosas cárceles de la antigüedad, y con esa dolorosa experiencia, Pablo insiste en la alegría como fruto de la esperanza cristiana y no de otra alegría. El comportamiento de los cristianos ha de ser conocido por el mundo, porque hemos sido destinados a ser testigos de Jesús en medio de los hombres.
Saludos. Juan José.

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