viernes, 29 de mayo de 2015 0 comentarios

698. La Santísima Trinidad, ternura de fe



Homilía para el Domingo de la Santísima Trinidad,
ciclo B, sobre Mt 28,16-20
Texto evangélico
Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo”

Hermanos:
1. El domingo que sigue a Pentecostés, que es la coronación y el cierre de la Pascua, es el Domingo dedicado a la Santísima Trinidad. En el ámbito de nuestra geografía espiritual de España habrá muchas ermitas dedicadas a la Trinidad, y hoy tendrán su romería, su misa, su comida, su fiesta, sus bailes regionales…
¿Quién es la Trinidad para un cristiano y qué es lo que hoy celebramos?

2. Como catequesis digamos que la Santísima Trinidad no necesita una festividad aparte. Nuestro Dios es un Dios de amor, que se ha revelado como amor, y de esa exuberancia de amor hemos atisbado el misterio dicho con estas palabras: Santísima Trinidad. Cada vez que celebramos el culto cristiano, como Eucaristía, como Sacramento (Bautismo, Confirmación… y todos los demás), cada vez que celebramos la Liturgia de la Palabra, estanos inmersos en el fondo de ese Dios Uno y Trino, Dios Padre, Dios Hijo Jesucristo, Dios Espíritu Santo. La Santa Misa, por ejemplo, antes del saludo, comienza con estas palabras, haciendo la señal de la Cruz: En el nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo.

3. La Santísima Trinidad es nuestro Dios vivo y verdadero. Es un misterio de comunión y de intimidad. ¡Qué bellas e insondables zona aquellas palabras con las que Pablo instruía a los fieles de Roma! Se trata de la segunda lectura de hoy, insondable, que nos traslada a esa zona inviolable donde está Dios como Padre, como Hijo, como Espíritu Santo. Escuchemos:
“Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abbá, Padre!”. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él”. (Rom 8,14-17).

4. El Dios del Antiguo Testamento, cuanto más lo estudiamos, más aparece como el Dios de la ternura, Dios del amor, Dios de la fidelidad, Dios de las promesas, siempre más grande lo que el hombre puede percibir y esperar. ¡Con qué emoción y estremecimiento han escuchado durante generación y generación nuestros hermanos hebreos y nosotros mismos escuchamos aquellas palabras del Deuteronomio, puestas en labios de Moisés, que han llegado hoy a nosotros! “Pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra, pregunta desde un extremo al otro del cielo, ¿sucedió algo tan grande como esto o se oyó cosa semejante?” (Deut 4,32).
Se refería Moisés a la manifestación de Dios en el Sinaí para firmar una Alianza de amor.

5. Hermanos, el misterio de la Santísima Trinidad no es un enigma filosófico para que en él se estrelle nuestra inteligencia y concluyamos. Esto es una invención desesperada y absurda. Al contrario, es:
En primer lugar, el misterio de la revelación de Dios a lo largo de la historia humana. El misterio de la Trinidad es el misterio de la Historia de Dios.
Y, en segundo lugar, es el misterio que ha entrado en mi corazón por el bautismo, para ser mi propia vida y convivencia. En este sentido al que nos impulsa la fe, es el misterio de la intimidad y la comunión de Dios conmigo.
San Pablo ha escuchado un grito dentro de sí, que surgía de las fibras más personales y verdaderas del ser. Es el grito de Jesús en el Huerto de los Olivos: ¡Abbá, Padre! Los Evangelios nos dicen que Jesús repetía y repetía estas palabras…, las palabras más dulces en la hora de la alegría, las más consoladoras en la hora de la agonía, las más consoladora a la hora de la muerte, afrontando la eternidad.

6. En la última Cena Jesús habló de esta su presencia haciendo morada con el Padre en el corazón del creyente. Estaba hablando del Padre y del Espíritu, y dijo: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). Al meditar estas cosas, una santa, la joven Beata Isabel de la Trinidad, dijo: “He hallado mi cielo en la tierra, porque el cielo es Dios, y Dios está conmigo”.
La fiesta de la Trinidad nos invita a ir a esta morada interior. Esas múltiples sensaciones de cada día que de continuo nos invitan a gustar efímeros placeres – la noticia que llega, el placer de los ojos que nunca se cansan de mirar y mirar y nunca se sacian con lo que ven, el gusto del paladar que busca nuevos sabores… y así sucesivamente todo el mundo sensitivo – al tiempo que brota de nosotros mismos, nos alejan de nuestro centro. Misterio de nuestra vitalidad y dispersión; y nos privamos del tiempo y del ambiente para estar con nosotros mismos y disfrutar de lo más bello que tenemos, que es la presencia de Dios.
En el seno de la Trinidad Dios tiene una palabra sustancial: el Verbo; así hablan los místicos. En el centro misterioso de nosotros mismos también Dios tiene una palabra sustancial que nos está diciendo: Te amo; recibe mi amor infinito y concreto que nunca te va a fallar.
Y el Espíritu que vino al seno de la Virgen María en el momento de la Encarnación, viene hasta mí y me dice: Escucha, yo soy la nueva creación en ti.
Jesús, el Hijo de Dios, nos está hablando de continuo: Un instante de pausa y abramos el Evangelio; Jesús me está hablando a mí.
Esto que acabo de describir es el misterio de la santísima Trinidad, del Dios viviente, que me ha creado, y me ha acompañado hasta este momento.

7. Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, Trinidad a quien adoro y en quien me abandono, de quien nací y a quien vuelvo: Que mi corazón sienta tu presencia para gozar y narrar tus maravillas. Que mi corazón sea “alabanza de gloria” hoy y por todo la eternidad. Amén.

Guadalajara, Jalisco, viernes, 29 mayo 2015.
jueves, 28 de mayo de 2015 0 comentarios

697. Himnos en la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote



Jesucristo,
Único, Sumo y Eterno Sacerdote

Nota introductoria

La Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote se celebra el jueves siguiente a Pentecostés. No es una fiesta del calendario universal de la Iglesia, sino una fiesta que la Santa Sede concede (así lo ha manifestado) a las Iglesias particulares que lo soliciten.
El que fue arzobispo de Valencia Mons. José María Lahiguera es el Fundador de las Oblatas de Cristo Sacerdote junto con la Madre María del Carmen Hidalgo de Caviedes y Gómez. Mons. Lahiguera (cuya causa de canonización está introducida) antes y durante el Concilio trabajó porque esta fiesta la introdujera la Iglesia como fiesta del Calendario universal. “se dirige por escrito a la Comisión Conciliar de Liturgia e, incluso en la intervención que tuvo en el Aula Conciliar del esquema sobre los sacerdotes el 25 de octubre de 1965 –en la que habló de la responsabilidad de los obispos, de la dirección espiritual de los sacerdotes, de los ejercicios espirituales–, llegó a proponer ‘como monumento litúrgico del Concilio la institución de la Fiesta de Cristo Sacerdote’. Esta propuesta fue rubricada por 194 Padres Conciliares, de los cuales cinco eran Cardenales. En principio la propuesta no prosperó, pero como la Instrucción para la aplicación de la Constitución Conciliar sobre la Sagrada Liturgia de 24 de junio de 1970 permitía a las congregaciones religiosas solicitar la aprobación de los textos litúrgicos de su Titular, se elaboraron los textos para la Misa y la Liturgia de las Horas de Cristo Sacerdote, que fueron aprobadas por la Sagrada Congregación para el Culto Divino por rescripto de 21 de diciembre de 1971” (Sitio de Internet Cruzada por Cristo según consulta del día de hoy, 28 mayo 2015).
Para España se solicitó el año 1973. “Por fin el 5 de julio de 1973 la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, después de mucho trabajo, sufrimiento y sobre todo oración suplicante y confiada por parte de Don José María, aprobó la petición a la Santa Sede, que fijó su inserción con fecha 22 de agosto de 1973, fijando su celebración en el jueves siguiente a la solemnidad de Pentecostés” (De la misma fuente).
Es una fiesta recibida igualmente en el Calendario de la Iglesia en México (véase en el Apéndice del volumen III de la Liturgia de las Horas) y en otras parte.
Diré con sencillez que dos de los tres himnos que tiene el Libro de las Horas son de mi autoría. Son himnos escritos en marzo de 1980. Véase las circunstancias, escritas entonces.
Añadamos que la oposición de un sector a esta fiesta es debido (a mi parecer) a que el contenido espiritual del sacerdocio de Cristo está, sin más, incluido en la celebración de la pasión, Muerte y Resurrección del Señor.


Sólo el amor halló tal sacerdocio

“Para la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, que en Navarra se celebraba en las Esclavas de Cristo Sacerdote en Javier. Está firmado en Burlada, a 17 de marzo de 1980. Se lo entregué a mi amigo José María Imízcoz, delegado del clero, y lo leyó en la concelebración que compartimos en Javier en dicha fiesta, después de la comunión.   El himno fue enviado a Mn. Pedro Farnés”.
Nota. Acerca de las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote, hemso de decir que fueron fundadas el año de 1938.
Sobre José María Lahiguera: Su Causa fue introducida en 1992; en 2011 fueron aprobadas las virtudes heroicas. Es, por lo tanto, Venerable.
La Cofundadora Madre María del Carmen Hidalgo: nació en Madrid en 1913; murió en 2001. Su causa fue introducida el 14 de septiembre de 2013. Es, pro tanto la Sierva de Dios.
 
Sólo el amor halló tal sacerdocio:
el vino de la copa ya no es vino,
el pan es hoy la entrega de su cuerpo,
y en su nombre consagran sus ministros.

No quiso recibir aquella unción
que hacía sacerdotes interinos;
no se purificó, no entró en el Templo
con la sangre de extraños sacrificios.

No vistió la esplendente vestidura,
puesto en cruz, sin honor y malherido;
ni dio la bendición con gesto augusto
desde el altar, muriendo entre bandidos.

El rito fue el amor y la obediencia,
la ofrenda fue la Pascua de sí mismo;
viviendo entre nosotros fue Pontífice
y de sus días hizo su servicio.

Gloria a ti, Jesucristo, nuestro Hermano,
que fuiste sacerdote compasivo;
intercede glorioso ante tu Padre,
con quien vives y reinas por los siglos. Amén.


Eres tú nuestro Pontífice

El título que puse dice: Himno de Laudes a Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote, con fecha de la Anunciación del Señor de 1980 en Burlada (Navarra). Fue enviado a Mosén Pedro Farnés. Domingo Cols (organista de la Catedral de Barcelona) le puso música.

Eres tú nuestro Pontífice,
oh Siervo glorificado,
ungido por el Espíritu,
de entre los hombres llamado.

Eres tú nuestro Pontífice,
Hijo de Dios encarnado;
tu corazón es la casa
de todos los desgraciados.

Eres tú nuestro Pontífice;
el culto de los cristianos
tu palabra que acontece
y el Cuerpo santificado.

Eres tú nuestro Pontífice,
el que tendiste la amno
a la mujer rechazada
y al ciego desamparado.

Eres tú nuestro Pontífice;
moría en cruz clavado
y abrías al senda nueva
detrás del velo rasgado.

Eres tú nuestro Pontífice,
hoy junto al Padre sentado;
hoy por la Iglesia intercedes,
nacida de tu costado.

Eres tú nuestro Pontífice;
¡Cristo, te glorificamos!
(Que tu santo rostro encuentre
digno de ti nuestros cantos! Amén.


Tres Himnos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote,
con motivo de mis XXV años de ordenación sacerdotal (2 abril 1960),
escritos en Jerusalén en marzo de 1985


Herido del pecado voy buscando
(Oficio de lectura)

Nota previa. La Conferencia Episcopal Española – y otras Conferencias del Episcopado universal (así la Conferencia Mexicana) – han solicitado una celebración sacerdotal de Cristo en calidad de “fiesta”. Se hace esta celebración en el jueves que sigue a Pentecostés.
Honrar a Cristo Sacerdote con un día señalado puede tener como fruto espiritual para los sacerdotes mayor afianzamiento en la vocación para la que han sido elegidos, y para el pueblo cristiano mayor sensibilización de cara al gran misterio del Sacerdocio de Cristo y del sacerdocio “ministerial” que él ha otorgado a algunos miembros de la Iglesia.

* * *
El sacerdocio es, de algún modo, un hecho universal en las religiones. El hombre busca un mediador que facilite tener propicio a Dios. Esa experiencia honda del ser humano retratan las tres primeras estrofas de este himno. El hombres, consciente del pecado, busca, como sea, un agarradero, un hombre entre los hombres señalado por Dios.
Buscamos a alguien en quien pueda yo descargar la carga de mi culpa, en quien halle paz que nadie me la robe, en quien pueda oír la palabra y oráculo de Dios y ver el semblante del Creador.
¿Adónde he de acudir, si entre los hombres no veo a ese a quien busco? Las tres estrofas posteriores nos muestran a Cristo Sacerdote. La Carta a los Hebreos – solo ella – llama a Cristo Sacerdote y propone una teología sacerdotal. De la Carta a los Hebreos tomamos esa terminología aplicada a Cristo: eterno, compasivo, Hermano.
El sacerdocio de Jesús es para nosotros algo único: tú juntas en tu carne lo que nadie jamás pudo ofrecer al dar sus dones.
En la doxología se habla de la reconciliación del universo y de la sangre de Jesús, términos que no son exclusivos del lenguaje sacerdotal, sino que pertenecen sin más a la comprensión del misterio cristiano (cf. p.e. 2Co 5,19; 1Jn 1,7).

Herido del pecado voy buscando
oráculo y ofrenda y sacerdote;
¿en dónde, Creador, está tu tienda
y a quién has señalado entre los hombres?

Descargue yo la carga de mi culpa
y tenga paz que nadie me la robe,
y pueda percibir tu voz segura
y ver tu amable faz cuando es de noche.

¿A dónde he de acudir, clamando ayuda,
en dónde está el amor, decidme, en dónde?,
¿en dónde está la sangre que me limpie,
el Santo que se apiade de este pobre?

Eterno, compasivo, dulce Hermano,
que vienes a morir y nos socorres,
tú juntas en tu carne lo que nadie
jamás pudo ofrecer al dar sus dones.

¡Oh Cristo, sacerdote y holocausto,
oráculo, verdad de corazones,
oh Cristo vivo, puente de mortales,
oh Dios de Dios, oh Hombre sin reproche!

¡A ti que conciliaste el universo
y en sangre tuya hiciste nuevo el orbe,
a ti sea la gloria eternamente,
a ti, Jesús, amor de los amores! Amén.

Rufino María Grández (letra) – Fidel Aizpurúa (música), capuchinos, Himnario de las Horas. Editorial Regina, Barcelona 1990, pp. 159-162. (Para la música anota el compositor: Cántese de modo tranquilo y lleno, de estilo totalmente hímnico. Los otros dos himnos que siguen (Laudes y Vísperas) pueden ser cantados con la misma melodía.


Pasó el sangriento valle de la muerte
(Laudes)

El sacerdocio de Jesús se consuma en el paso (Pascua) de la muerte al Padre. Este tránsito, esta entrada celeste, es el gozne de la teología de la Carta a los Hebreos. En nuestra contemplación bien podemos unir los datos específicos de una teología sacerdotal con la visión del Jesús pascual, matriz de todo el pensamiento de la Iglesia.
Mirad al Hombre: Ecce Homo! (Jn 19,5). Lo vemos como sacerdote entrando en el santuario celeste, en la presencia del Padre. Pero ¡qué diferencia con los sacerdotes antiguos! (estrofas segunda y tercera).
Jesús va al Padre “a través del velo” (Hb 10,20) y él mismo nos anuncia en qué consiste su sacerdocio (estrofas cuarta y quinta).

Este Jesús que nos habla es Jesús Resucitado, el Jesús de las apariciones. Mirad mis manos llenas, ved mis llagas: “Les mostró las llagas y el costado” (Jn 20,20). Jesús glorioso con su sacerdocio abraza al mundo: Mirad conmigo al mundo que yo abrazo. Los hombres son sus hermanos – “no se avergüenza de llamarles hermanos” (Hb 2,11) – y él se ha entregado sacerdotalmente para reunirlos a todos. Su sacerdocio está ejercido en la Eucaristía: mirad mi bello cuerpo Eucaristía.
En la doxología confesamos a Cristo como trono de la gracia según la expresión de Hb 4,16.

Pasó el sangriento valle de la muerte
y al alba se levanta embellecido;
¡mirad al Hombre, ved al Sacerdote,
de gloria y blanca túnica vestido!

No llevas en tus manos la oblación,
cordero de inmolar en sacrificio;
¿adónde vas, ministro consagrado,
sin víctima mortal para tu oficio?

No llevas el incienso perfumado,
no agitas el turíbulo encendido,
ni en agua de la fuente te has bañado,
según al sacerdote está prescrito.

Al Padre voy, pasando tras el velo,
bañado fui en la cruz de mi martirio;
mirad mis manos llenas, ved mis llagas,
la víctima escogida fui yo mismo.

Mirad conmigo al mundo que yo abrazo,
mirad a mis hermanos reunidos,
mirad mi bello cuerpo Eucaristía
y ved conmigo al Padre complacido.

¡Oh Cristo, Sacerdote a quien miramos,
oh trono de la gracia al que acudimos,
a ti suban las laudes de la Iglesia,
cantando ya tu gloria por los siglos! Amén

Rufino María Grández (letra) – Fidel Aizpurúa (música), capuchinos, Himnario de las Horas. Editorial Regina, Barcelona 1990, pp. 159-162. (Puede cantarse con la mismo melodía que el del Oficio de lectura).


A la hora de la tarde en el Cenáculo
(Vísperas)

Los fieles cristianos han meditado el misterio del sacerdocio de Cristo como misterio del Cenáculo; y la Iglesia nos sigue exhortando en este sentido al dar las orientaciones litúrgicas para la misa vespertina “in Coena Domini” el Jueves Santo.
Ponemos nuestros ojos en tres momentos del Cenáculo:
- El lavatorio de los pies (estrofa segunda).
- La entrega del pan y del vino (estrofa tercera).
- La oración de Jesús (Jn 17), llamada en la exégesis, desde el siglo XVIII, “la oración sacerdotal” (estrofa cuarta).
El lavatorio de los pies, dándoles tu amor en diaconía ¿no es, en el fondo, el misterio de la entrega sacerdotal? El misterio de ese lavatorio de Jesús es inexhausto.
Jesús entrega el pan y el vino con santas palabras y manda hacer el memorial; aparecen los sacerdotes de la Nueva Alianza: sellados de poder para el servicio, ministros sois de amor y Eucaristía.
La oración de Jesús, oración sacerdotal, epíclesis de la Pasión, es el motivo para que hoy de nuevo en la Iglesia (estrofa quinta) reunida esta tarde ruegue conmovida a Jesús, el Buen Pastor, por sus sacerdotes.

A la hora de la tarde en el Cenáculo
de amor augusto fue la despedida;
en esa tu mirada, en tu latido
la historia universal se estremecía.

Bajaste hasta los pies de los discípulos,
donándoles tu amor en diaconía;
así también vosotros, mis amigos,
el uno al otro daos vuestra vida.

Tomad, comed mi cuerpo, pan sabroso,
bebed el rojo vino, sangre mía;
sellados de poder para el servicio,
ministros sois de amor y Eucaristía.

Y luego mi Señor oró a su Padre,
cual Sumo Sacerdote se ofrecía;
por ellos ruego, oh Dios, oh Padre mío:
conságralos a ti por mi agonía.

Aquí, Jesús, tu Iglesia bienamada
en esta tarde ruega conmovida:
bendícelos, protégelos, condúcelos,
oh Buen Pastor que nuestros pasos guías.

¡Oh Cristo, Sacerdote para siempre,
invicto defensor de tu familia,
la Iglesia te confiesa, te da gracias,
y viéndote triunfar se regocija! Amén.

Rufino María Grández (letra) – Fidel Aizpurúa (música), capuchinos, Himnario de las Horas. Editorial Regina, Barcelona 1990, pp. 159-162. (Puede cantarse con la mismo melodía que el del Oficio de lectura).

Nuevo material véase en: mercaba.org / fr. Rufino María Grández / El pan de unos versos / Año Sacerdotal en poesía.

(Guadalajara, Jal. 26 de mayo de 2015, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote).
 
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