viernes, 8 de enero de 2016

765. Domingo del Bautismo del Señor 2016


Homilía en el Bautismo del Señor, ciclo C
Lc 3,15-16.22-23



Texto evangélico

15 Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, 16 Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
 21 Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, 22 bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».


Hermanos:
1. El misterio del ciclo navideño termina con este domingo que sigue a la Epifanía y que es el domingo del bautismo del Señor. El pasaje que acabamos de leer y de escuchar es de una belleza deslumbrante. Juan dice que él bautiza con un bautismo de preparación, bautismo de agua. Pero anuncia que hay otro bautismo, que es el que trae el más fuerte, aquel de quien no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Ese bautismo no será de agua, sino de Espíritu Santo y de fuego.
Uno se pregunta, buscando en los misterios divinos: ¿Por qué puede Jesús bautizar con Espíritu Santo y con fuego? Y la respuesta se impone: porque él mismo ha sido bautizado con Espíritu Santo y con fuego.
El bautismo que Jesús recibe es el bautismo pleno de la Trinidad. Jesús es bautizado con el Espíritu de Dios, es bautizado con el fuego de Dios, el fuego que arde en el misterio del ser divino.

2. Esta interpretación mística del bautismo de Jesús no es, en modo alguno, una evasión del misterio que tenemos delante. Bien al contrario, es un humilde intento de fondear en algo que nunca comprenderemos. Se pregunta el cristiano por qué Jesús fue al bautismo, que radicalmente es un signo de purificación, signo penitencial para decir, con humildad, que el hombre siente la mancha y el peso del pecado, que todo lo anterior queda atrás, y comienza una vida nueva en obediencia y fidelidad a Dios. Es una visión correcta.
En esta perspectiva Jesús va al bautismo, solidario de la causa de Adán. “Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él” (2Cor 5,21).
Uniendo, pues, el pecado del hombre con el bautismo de Jesús estamos en el recto camino. La misma Sagrada Escritura nos da esta pista de interpretación.
De aquí deducimos que el bautismo de Jesús fue el más verdadero de todos, porque nadie bajó tan hondo al abismo del pecado como bajó Jesús. “Todos errábamos como ovejas, | cada uno siguiendo su camino; | y el Señor cargó sobre él | todos nuestros crímenes” (Is 53,6).

3. Sin quitar nada al realismo y a la dureza de esta interpretación bíblica del bautismo de Jesús, podemos decir que es en sí misma incompleta. No mira más que a una parte de la realidad total. Porque la plenitud del bautismo está significando la plenitud de la invasión de Dios en él. Jesús en el Jordán es bautizado con Espíritu Santo y con fuego; y él quiere desbordar este bautismo divino sobre toda su comunidad que lo sigue, desea desbordarlo y realizarlo en mí. Así, pues, el bautismo de Jesús está anunciando la totalidad del Bautismo que por gracia me ha sido dado:
- Bautismo de purificación y perdón de los pecados, por de pronto, Bautismo que arranca de la cruz doliente de nuestro Salvador.
- Pero, sobre todo y por encima de todo, Bautismo que es la irrupción plenaria de la vida de Dios en mí. En mi bautismo se me da el Espíritu Santo y con fuego.

4. Y en este segundo aspecto, sobre todo, está la hermosura del bautismo de Jesús. La vida de Jesús de cara al mundo, al que se inicia en el bautismo, va a ser una vida totalmente de Dios, una vida totalmente de fuego.
Todas las palabras de Jesús proceden del Espíritu Santo, porque son espíritu y vida. Todas las palabras de Jesús llevan el fuego santificador de Dios.

5. El bautismo se nos presenta como la transformación divina de Jesús.
Él entra en oración y el Espíritu desciende sobre él. Se oye la voz del Padre que declara su amor divino al Hijo. Y todo ello de una forma física, corporal, para que el mundo lo sepa. Jesús es el milagro del Padre por encima de cualquier otro milagro. San Lucas lo ha expresado así:
y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».

7. Para entender, pues, el bautismo de Jesús, hay que mirar simultáneamente a Cristo en el Jordán y a Cristo Resucitado.
Nos encontramos ante los primeros monumentos de la teología cristiana. Si preguntamos a un cristiano iluminado “¿Quién es Jesús?”, nos puede responder: es el bautizado en el Espíritu Santo y en el fuego de Dios. De ningún otro se puede decir en sentido inmediato y literal lo que aquí está diciendo el Evangelio acerca de Jesús.
De ahí dimana la consecuencia que revierte sobre el cristiano. “¿Quién es un cristiano?”. Aquel que ha participado el bautismo de Jesús, habiendo sido él mismo bautizado con Espíritu Santo y con fuego.
Esto, hermanos, ocurre en el momento en que las aguas bautismales caen sobre nuestras cabezas. No hace falta un nuevo bautismo, como a veces se cree, para ser bautizado en el Espíritu Santo. Todo cristiano, como hijo de Dios, ha sido bautizado con Espíritu Santo y con fuego.

8. Realidades, hermanos, a las que no se puede acceder sino por la oración y por el toque mismo de Dios. Jesús bautizado entra en oración, saboreando y contemplando lo que acaba de acontecer en él. Él era Hijo de Dios por el Espíritu Santo. Sin Espíritu santo no hay filiación divina.

9. Oremos al Padre diciéndole a Jesús: Señor Jesús, ábrenos, por piedad, las puertas de la oración, para entrar contigo en el Espíritu y haz que nuestra vida quede calcinada y hermoseada por el fuego de tu amor. Amén.

Puebla, Pue, viernes, 8 enero 2016. 

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy estimado P. Rufino:
Debo admitir sin equívocos mi grata sorpresa al leer el brillante artículo insertado por usted en el ejemplar de la revista del MENSAJERO de este mes.
Ruego reciba mi cordial y deferente felicitación.
Saludos.
Juan José.

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