viernes, 22 de enero de 2016

768. Domingo 3 C – Jesús anuncia el amor del Padre en Nazaret

Homilía para el domingo 3 del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 1,1-4; 4,4-21

Texto evangélico:
1 1Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, 2 como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, 3 también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, 4 para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

4 14 Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. 15 Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
16 Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. 17 Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: 18 «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; 19 a proclamar el año de gracia del Señor». 20 Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. 21 Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Hermanos:
1. Concluimos el ciclo de la Navidad con el Evangelio del Bautismo de Jesús, que es el domingo que sigue a la Epifanía (es decir, dos domingos). Después del Bautismo del Señor vino la escena de la Caná de Galilea, según lo explicamos el domingo pasado: una boda en la que no aparece la novia, porque la novia es la comunidad que crea Jesús, la comunidad mesiánica, de la cual Jesús es el Esposo; y hoy el anuncio del Reino en la sinagoga de su propia aldea, Nazaret.
Dos sencillas advertencias para encuadar el Evangelio de hoy. La primera es esta: que es un Evangelio compuesto, a saber, los versículos iniciales, Prólogo y propósito de la obra del escritor san Lucas. Y la segunda, que el Evangelio que hemos leído hoy es incompleto; la segunda parte la leeremos el domingo que viene: el Jesús anunciado es el Jesús discutido y rechazado, y todo ello, en su conjunto, es un presagio de la vida entera de Jesús, el enviado de Dios, el Hijo de Dios, el Señor.
En relación con estos momentos iniciales de la vida de Jesús, conviene recordar para nuestra instrucción y catequesis, que fue el papa San Juan Pablo II el que introdujo en el rosario los llamados “misterios luminosos”. El rosario tradicionalmente se componía de tres secuencias de misterios: Misterios gozosos (la Infancia de Jesús), Misterio dolorosos (la Pasión de Jesús) y Misterios gloriosos (la Resurrección). Los “Misterios luminosos” son los misterios de la vida pública de Jesús, cinco misterios por este orden:
Primer misterio: Jesús bautizado en el Jordán.
Segundo: Jesús revela su gloria en las bodas de Caná de Galilea.
Tercero: Jesús anuncia el Reino.
Cuarto: Jesús es transfigurado.
Quinto: Jesús instituye la Eucaristía.
Vamos, pues, siguiendo esta secuencia: bautismo, bodas de Caná, anuncio del Reino.

2. No tenemos una foto de alguien imaginario que hubiera podido fotografiar a Jesús; no tenemos un cuadro de un pintor que lo hubiera pintado, no poseemos un busto de mármol de un escultor que lo hubiera plasmado, cincelado.
Pero hay otro cincel, la pluma de los evangelistas. Tenemos el retrato espiritual que nos hacen los Evangelios, incomparable frente a cualquiera otra reproducción que solicita afectivamente nuestra piedad.
He aquí el retrato que hace san Lucas. ¿Quién es Jesús? La respuesta de san Lucas es, por de pronto, esta:
- Jesús es el Jesús de las profecías de la consolación de Israel.
- Jesús es el Ungido por el Espíritu Santo
- Jesús es el Jesús de la misericordia con esa cuádruple misión que se le confía, a saber:
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos.
En este primer momento inaugural de la vida de Jesús se están atisbando las Bienaventuranzas, que son el meollo del Evangelio, si ponemos delante la palabra Padre y la palabra Espíritu Santo.
Jesús viene a anunciarnos que somos hijos de Dios, que nos ha sacado de las tinieblas y nos ha llevado al reino de la luz, que nos ha librado de la cautividad de nuestros pecados y nos ha concedido disfrutar de una libertad que nadie nos puede arrebatar, que nos ha sacado de la opresión y nos ha llevado a un terreno ancho como el cielo, donde el amor es el aire de nuestros pulmones.

3. Hermanos, uno de los privilegios que tiene el sacerdote es leer con sus propios ojos y labios el canon de la misa y pronunciarlo piadosa y solemnemente ante toda la asamblea que lo está escuchando y personalizando. Es una experiencia muy especial, porque, con sencillez de corazón, uno quiere entrar en esa órbita. En la Plegaria Eucarística, por ejemplo, se dice: “Y tanto amaste al mundo, Padre santo, que, al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado; anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo. Para cumplir tus designios, él mismo se entregó a la muerte, y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida”.

4. Al tiempo que estamos diciendo cosas tan bellas, al eco de la predicación de Jesús en Nazaret, los cristianos de todo el orbe estamos celebrando el Octavario de reflexión y de oración por la unidad. Este es el dolor más agudo que lleva la Iglesia, clavado hace muchos siglos en su corazón. Ellos y nosotros, nosotros y ellos, creemos en un mismo Jesús, Hijo de Dios y Salvador, y, con todo, no hacemos una misma Iglesia visible. ¿Por qué? Y aquí topamos con el misterio del corazón humano, donde está la raíz recóndita, pecaminosa, de toda desunión.
Si somos sensibles a las cosas del espíritu y somos capaces de bajar al fondo del corazón, creo que todos, en el curso de nuestros, hemos padecido esta experiencia que se fragua en lo profundo: desencuentros que se dan en la vida de mayor o menor importancia, distanciamiento de tal persona que habíamos amado sinceramente y cuyo recuerdo ha quedado como una herida a sanar,  falta de unión en la familia que padecemos o sufrimos al verlo, observando la indiferencia, si no es el alejamiento. Son ejemplos humanos, muy a la mano, muy comunes, que nos introducen en el misterio de la desunión de la Iglesia.
Los diálogos son necesarios, pero no son la clave del problema, porque podríamos estar quinientos años respetándonos y dialogando sin llegar a unirnos, cada uno en su sitio. La unidad de la Iglesia solo la puede hacer Dios, si ve en nosotros la renuncia a toda acusación, la humildad y el arrepentimiento de nuestros pecados, sin mirar a los del vecino, y la oración, la súplica humilde, confiada, perseverante, para que se cumplan los deseos de Dios, no los nuestros.

5. Terminemos, pues, hermanos, con una súplica por la unidad de la Iglesia. Señor Jesús, que anunciaste e amor del Padre en Nazaret, no te canses de anunciarlo entre nosotros, y danos un corazón humilde, sencillo y puro para acogerte. Amén.


Guadalajara, viernes, 22 enero 2016

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Está claro que en el pasaje evangélico de este domingo se “mezclan”, por así decirlo, pasajes del capítulo primero (inicio del evangelio de san Lucas) con el cuarto capítulo del mismo autor. Efectivamente en el capítulo cuarto se relata la escena de la presencia de Jesús en la sinagoga de Nazaret, la población donde se crió.
Jesús, mientras que enseña en la sinagoga, es alabado por sus oyentes. Pero luego, cuando lee el pasaje del profeta Isaías, inmediatamente cambian de parecer, y la admiración se convierte en cólera. ¿Cómo es eso posible?. Jesús se atribuye a sí mismo las palabras del Isaías: EL ESPÍRITU DEL SEÑOR…. ME HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO…. A PROCLAMAR UN AÑO DE GRACIA DEL SEÑOR.
Todos los asistentes en la sinagoga se sabían de memoria ese pasaje de Isaías, y por eso siguen con expectación las palabras de Jesús. Pero rápidamente notan que Jesús se arroga la unción mesiánica, y que omite a sabiendas el final del texto de Isaías: Y EL DÍA DE LA VENGANZA DE NUESTRO DIOS. Estas libertades por parte de Jesús llena de furia a la gente. Todos protestan y se llenan de cólera. Jesús se podría atribuir el mesianismo ante quienes no le conocieran, pues cabría esa duda, pero ante sus propios convecinos es ir demasiado lejos, y hasta peligroso, no sólo para sí mismo, sino para sus familiares y amigos.
Por otro lado, como creyentes, a su pueblo le priva de la venganza de Iahvé contra los goyim, como cita Isaías. Y en lugar de eso ¡Jesús se pone a hablar de la ternura de Dios, no para los judíos, como cabía esperar, sino para con los gentiles: un hombre sirio y una mujer fenicia. Ante esta idea insoportable todos a una intentan matar a Jesús por blasfemo.
En el mesianismo, Jesús no sólo rechaza sentimientos de venganza, sino que, yendo más lejos, promete a los goyim, a los gentiles, compartir la resurrección. No son excluidos los habitantes de Tiro o de Sidón, ni los de Sodoma y Gomorra, de quienes un rabino del año 90 d.C. llegó a afirmar que no resucitarían. Todos estamos llamados ante el mismo tribunal de Dios: SERÁN CONGREGADAS ANTE ÉL TODAS LAS NACIONES, y el hecho de que los gentiles puedan también oír una sentencia absolutoria, y sean acogidos por parte de Dios, ¡llena de estupor al auditorio de Jesús!. Es de hacer notar que en tiempos de Jesús la opinión general era que sólo los descendientes de Abraham se salvarían. San Juan Bautista fue el primero de dejar claro que esa idea era falsa: NO OS CONTENTÉIS CON DECIR “TENEMOS POR PADRE A ABRAHAM”, PORQUE PUEDE DIOS DE ESTAS PIEDRAS DAR HIJOS A ABRAHAM. Jesús sigue esta misma línea, y les hace ver que ser descendiente de Abraham no les salva de la condenación. Más aún, el pueblo israelita será juzgado con mayor rigor, porque fue el primero en recibir la Buena Nueva. En aquel día los goyim se convertirán en acusadores de ellos. Y algo increíble: los descendientes de Abraham serán condenados, y muchos goyim se sentarán a la mesa del Reino de Dios. Hasta Jesús, nadie se ha atrevido a pronunciar esas reflexiones en Israel. Ningún autor apocalíptico, ni siquiera el más virulento, se ha permitido jamás tal enormidad.
Saludos. Juan José.

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