jueves, 28 de enero de 2016

769. Domingo 4 C – Jesús, el que ama a su pueblo, rechazado en Nazaret


Homilía para el domingo 4 del tiempo ordinario, ciclo C Lc 4,21-30



Texto evangélico:
En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». 22 Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». 23 Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». 24 Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. 25 Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; 26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio»
 28 Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos 29 y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. 30 Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Hermanos:
1. Todo el mundo, al tomar el Evangelio en sus manos, al momento puede hallar ciertas aplicaciones personales, según su propia inspiración, que serán útiles y oportunas y le harán mucho bien. Tengamos bien entendido que el Evangelio es un  regalo de Dios para todos sus hijos y que Dios habla a todos como le place, sabios e ignorantes. De  ninguna manera podemos ponerle reglas a Dios.
Sin quitar nada a este principio, también hemos de decir que el estudio y la ciencia ayudan para pasar a la sabiduría y poder entender los textos sagrados con la perspectiva con que fueron escritos. Entonces aparecen luces sorprendentes. Con la gracia de Dios tratemos de acercarnos así.

2. La escena que compone o recoge san Lucas tiene dos partes completamente distintas. La primera la escuchábamos el domingo pasado. Jesús en la sinagoga de su pueblo lee un texto sagrado del libro de Isaías, el comienzo del capítulo 61: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. La gente quedó fascinada, como extasiada al oír la explicación que Jesús daba. Cierto, que nunca habían oído hablar de esta manera. Nunca habían oído que eso se estaba cumpliendo aquí y ahora, que el que hablaba era justamente ese enviado de Dios. Nos muestra el texto sagrado que Jesús se lo estaba atribuyendo a sí mismo: Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor.
De modo que, según el relato de san Lucas, la admiración se cambió en extrañeza; la extrañeza pasó a ser escándalo e indignación; y la indignación se hizo tan recia, como para agredir a Jesús, cogiéndolo de su cuenta y sacándolo fuera del pueblo para tirarlo por un barranco. Pero el Evangelio termina: Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

3. ¿Puede ocurrir todo esto, que es un drama, en una misma mañana, en una sola sesión? Puede ocurrir. Y san Lucas lo cuenta todo seguido, como si fuera una sola acción.
Con todo, no es ninguna extravagancia la opinión de quienes, estudiando los detalles, piensan que el evangelista san Lucas, juntando episodios ciertos en una sola composición, nos ha presentado de esta manera lo que es el conjunto de la vida de Jesús. Una gran oleada de entusiasmo y admiración, y…, al final, un rechazo.

4. Sea lo que sea, estamos en el centro del misterio de Jesús: el más amado, y, al final, también el rechazado por su propio pueblo. Esto es muy grave, demasiado grave, para que Jesús se quede indiferente. Esto fue el problema central de su vida: ver que su pueblo, ahora no hablamos de Nazaret sino de todo el pueblo judío, al que amaba como nadie lo había amado, ahora rechaza la salvación que el Dios de la misericordia le ofrecía. Y que al rechazar esa misericordia, Jesús mismo era rechazado. Realmente esto resultaba trágico.
¿Por qué Jesús no se fue de su Pueblo, de las fronteras de Israel, a predicar a los judíos de la Diáspora? Seguramente que no le habrían matado… No, Jesús no fue misionero a lejanas tierras del Imperio, donde también podía encontrar judíos. Jesús se quedó en su tierra pequeña, a cumplir la misión que Dios, su Padre, le había confiado.
Cuando le aconsejaron: «Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte». No quiso, y dijo: “…no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc 13.31-33).
Jesús aceptó ser profeta de su pueblo y morir a manos de su pueblo.

4. En la sinagoga de la pequeña Nazaret, Jesús se refirió a la historia de dos profetas que todos conocían desde la escuela: la historia de Elías y la historia de Eliseo, enviados los dos fuera de la tierra de Israel. Elías atendió a la viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón; Eliseo curó a un leproso venido de Siria. Dios envió a estos dos profetas a gentes que no eran israelitas. ¿Es que Dios tiene que salir de su pueblo Israel para encontrar almas acogedoras?
Si esto es verdad, ¿qué significa ser pueblo elegido? ¡Qué terrible crítica está haciendo Jesús! Que un pagano, por su docilidad y acogida, puede ser más agradable a Dios que un judío.
En cierta ocasión, cuando Jesús curó al criado de un centurión romano, dijo: “En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe” (Mt 8,10). Aquel centurión romano no había sido criado en la fe de Israel, en la Ley de Moisés; sin embargo: “En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”.

5. La gente de Nazaret se indignó terriblemente por estas palabras de Jesús, tanto que quisieron despeñarlo por el barranco del pueblo… Estamos al principio de la vida de Jesús en la presentación que nos hace san Lucas, pero estamos asistiendo al rechazo de Jesús ante Pilato, cuando prefirieron a Barrabás, un ladrón y homicida, antes que a Jesús.
Pero, repito, Jesús  no se fue de su tierra. Jesús se quedó donde debía estar, y allí entregó su vida por su pueblo.
Grandes lecciones de este Evangelio: la gran lección del amor de Jesús hasta la muerte, y la gran lección del amor del Padre que puede encontrar fuera de Israel una fe que no ha encontrado en su pueblo amado.

6. Señor, si yo hubiera estado en la sinagoga, ¿qué te habría dicho? Con tu gracia, te habría dicho lo que hoy quiero decirte: Tú eres el Siervo de Dios, tú eres mi Salvador, nuestro Salvador. Agárrame junto a ti, y nunca me dejes escapar, porque tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Salvador.

(En la Casa de Oración, Quinta San José, El Salto, Jal.), jueves 28 enero 2016 (Santo Tomás de Aquino).

La marcha invicta

“Pero Jesús se abrió paso entre ellos
y seguía su camino” (Lc 4,30)

Por entre medio de ellos,
tendido el paso y mirada,
por una senda divina
el Nazareno avanzaba.

Como un sepulcro vacío
quedaba atrás la barranca,
no lo mataron, es claro:
no era la hora llegada.

Peregrino sin fatiga
que viene de lontananza,
por los caminos del Génesis
cruzando todas las páginas.

Quedaron ciertas las huellas,
las de sus pobres sandalias,
aunque el roce de la túnica
alguna vez las borrara.

Caminante de la Historia,
que el tiempo rompe y traspasa,
cayado de nuestros pasos
con sol y en noche cerrada.

Al salir de Nazaret
te vi que a mí te acercabas,
esos pasos sin destino
llegaban hasta mi alma.

“Yo soy el que es y era
y el que viene sin tardanza”:
te vi, Jesús, caminar
con una gozosa marcha.

Si no fueras el Viviente,
el que llega y nos levanta,
no serías Evangelio
ni el hoy de toda la gracia.

Salías de Nazaret,
puedes venir a mi casa,
y si te place, mi Dios,
heme aquí…, en tu caminata.

Muy débil mi pecho siento
y las piernas no me aguantan,
como a pequeña ovejuela
llévame cual dulce carga.

Por entre medio de ellos
él como rey caminaba:
¿por qué lo escribió san Lucas
y qué misterio insinuaba?

Guadalajara, tras las primeras vísperas del domingo IV del tiempo ordinario, ciclo C,


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado P. Rufino:
Esta vez creo preciso comenzar por donde usted termina su reflexión. ¿Qué hubiera hecho yo su estuviese presente en aquella escena de la sinagoga de Nazaret?. La respuesta de cualquier cristiano de hoy es inmediata: alabar en todo momento las palabras del Maestro. Es una respuesta fácil....hoy. Pero ¿y en aquel ayer lejano?. ¿Hubiéramos tenido la valentía de salir en defensa de Jesús de Nazaret?.
Dejo esta respuesta para los que quieran responderla en conciencia.
Saludos. Juan José.

Anónimo dijo...

Estimado P. Rufino:
He leído con sumo interés su articulo de la revista de El Mensajero, titulado SALMO CANTADOR DE LA MISERICORDIA.
De su artículo he realizado una leve reflexión, que por ser tal vez un poco extensa para exponerla aquí, se la remito al P. Luís por email.
Se trata del "himno" que cantó Jesús. Parece ser que el “himno” que cantó Jesús después de Ultima Cena fue el HALLEL completo (o salmo de alabanza), según nos indica el evangelista Mateo, que son los salmos del 113 al 118, que se cantan íntegramente los dos primeros días de la Pascua (aparte de en otras festividades judías). No el 138 como se afirma.
Del HALLEL incompleto se cantan sólo algunos versículos del los salmos 115 y 116 en los días siguientes a la Pascua propiamente dicha.
Saludos. Juan José.

Publicar un comentario en la entrada

 
;