lunes, 1 de febrero de 2016

770. Vida consagrada: Profecía, cercanía, esperanza y... poesía

Profecía, cercanía, esperanza

y… poesía


Hace 60 años yo estaba en el noviciado (1955-1956), en el santo Noviciado. Hace 60 años, en la Virgen radiante de agosto, profesé junto con mis compañeros. Éramos ocho para clérigos, y tres para hermanos, distinción que hoy sería ofensa para la Regla de san Francisco, pues todo somos sencillamente “hermanos” y uno profesa sencillamente como hermano, no para clérigo.
Hace 60 años…
Hoy he leído las palabras del Papa Francisco en la audiencia a los consagrados (mujeres y varones) que han acudido a este Congreso Internacional que se celebra en Roma, al concluir mañana el Año de la Vida Consagrada. ¿Eran unos cuatro mil?
De entonces, de aquellos tiempos míos,  acá hemos visto de todo. Una inmensa ternura remueve mi corazón, entrado ya en la ruta que me lleva a los 80 (doce días más que el Papa venido de allí del fin del mundo). Y desde esta otra punta de la geografía (México) yo regreso para ver lo que solo con el corazón, es decir, con la pura intuición se puede ver.
La vida religiosa en la sacudida más fuerte de la historia – con las estadísticas deprimentes que no nos gusta mirar – está donde estuvo y estará, simplificando hasta las puras esencias.

* * *
Me gustaría en esta tarde estar en Roma y ver rostros…, y hablar lo que quizás no pueda hablar, hablar a corazón abierto
- Y tú, hermana mía, ¿por qué te hiciste religiosa?
La respuesta es una, pese a todos los pesares, a todas las miserias que a veces ralentizan nuestro corazón; la respuesta es:
- Porque me enamoré de Jesús.
- Yo también, hermana.
Eso es el todo, eso es el futuro, sin saber cómo va a ir avanzando esta historia, la más fascinante de todas, de los que pro gracia somos discípulos de Jesús.
Me asalta, de pronto, un recuerdo, que lo dejo aquí, para que quede clarito lo que quiero explicar. Una vez una hermana vino a mí no sé a cuenta de qué. Y para darle respuesta a lo que fuera (que no lo sé) le hice un poema de amor, una “décima” poética, que, sin papel delante, quiere sonar así:

Una ranchera guerrera,
de corazón generoso,
quiso buscarse un esposo
que de verdad la quisiera,
ranchero como ella era.
Y cuenta la rancherita
que el mejor vino a la cita.
Yo no sé lo que pasó:
Que Jesús la enamoró,
y ahí van: ¡Jesús y… Lupita!

(Lo de Lupita puede sustituirse por Clarita, Conchita, Pepita, Paquita, Rosita…)

Pues esto es la vida religiosa…, la de antes, la de hoy, la del futuro, la de santa Clara y la de santa Escolástica, la de santa Hildegarda de Bingen…, y la mía, por ejemplo; la tuya hermana querida (te llames Mary Carmen, Sandra o Nancy), si estas letras llegan, por vía de un ángel mensajero, a tu corazón.

* * *
Sin poder presumir de nada, absolutamente de nada, siempre he pensado que la vida religiosa – con todas sus medianías e incoherencias – es un asunto de amor. Y acabo de pronunciar la palabra más bella que se registró en el diccionario humano, que es la llave de toda la hermosura.
La vida religiosa es una simple historia de amor, comenzando desde el principio: Él nos amó primero. Lo nuestro es simplemente una respuesta, un eco a ese amor incorruptible. Él me amó, y en la vida no tengo otra seguridad que su infinito amor.
Amor que, si es del todo hasta llorar (¡ojalá…!) no lo voy a ventilar ante cualquiera.
El corazón se me llena de ternura.
Ignoro el futuro. No importa; seguiremos cantando.
En estas variantes de la historia, que nos hacen temblar y en todo caso sufrir, necesitamos “lucidez”, sí “lucidez” que guíe a la “generosidad”, con la mente despejada para entender que en asuntos de amor solo el generoso es lúcido.
Lucidez para percibir por dónde van los hilos de la historia de la salvación.
Lucidez para leer el periódico y ver en él el alborotado y desconcertado corazón humano.
Lucidez para entrar en el aula universitaria y pasar luego a la capilla. (Universidad sin capilla, o sin la imagen del Sagrado Corazón al subir las escaleras – como en el Bíblico de Roma – no la quiero).
Lucidez para ir del sagrario a los pobres, de los pobres al sagrario.
Lucidez para ir de la biblioteca a la calle y de la calle a la biblioteca.
Lucidez…, lucidez… (¡no te rías!) hasta para saber vestirse, que no es cosa baladí, ni asunto meramente femenino…, y trae muchas consecuencias.

* * *

Un día, al cumplir mis 50 años de novicio y profeso, me puse a escribir versos, y me salió un Poemario del Santo Noviciado. Así titulé aquel librito que era un manojo florido de amores, de amores y recuerdos que son un bálsamo nuevo para seguir adelante, hasta el fin, con la pura misericordia de Dios.
Iba de viaje. La vista se comía el paisaje,  y el olfato, de repente, me abrió el portón del Noviciado de los Capuchinos en Sangüesa  Y recordé que aquel 23 de julio de 1955, antevíspera de Santiago, al abrirse la puerta del convento “olía a Noviciado”. Olía…, olía…  a noviciado. ¿Me quiere acompañar el lector, la lectora? Sois el buen perfume de Cristo, decía san Pablo… La fe y la teología eran la fragancia de Cristo. Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento. Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios… (2Cor 2,14-15).
De pronto, me vino el buen olor, y de mis dedos salieron unos versos, que eran versos de amor. Te lo brindo en este Día bello de la Vida Consagrada.

Olía a Noviciado, yo recuerdo.
y allí, a perderme, invita el sentimiento;
mas debo ser novicio muy sencillo
para gustar tan dulce privilegio.

La mesa de nogal del refectorio
olía muy sabroso a pan muy bueno.
- olía a santidad de limosneros -;
olían los pasillos a silencio.

Olía a capuchino el santo hábito,
de esparto las sandalias, no de cuero...,
y el cordón y mi rosario y caparón...,
y hasta la risa olía a sahumerio.

Olía la pobreza, la obediencia,
la santa castidad de nuestro cuerpo:
oh Cristo, flor de vírgenes y célibes,
tú sabes bien los últimos secretos.

Lunes..., el gran pilón de la colada
sudores deshacía semaneros,
y el agua, nuestra hermana, se sabía
de la Regla capítulos enteros.

A cera y azahar la iglesia olía,
olía la capilla, olía el huerto;
pero el que más olía y perfumaba
era el magnolio aquel del Claustro bello.

Olores, sois ventana del sentido,
y a orar nos enseñáis, si no sabemos....
Y ahora, saturado de fragancias,
sencillamente estoy orando y huelo.

Es el Cantar Divino el que me huele,
lo aspiro en el capítulo primero:
¡Oh Cristo, buen olor de enamorados,
arrástranos tras ti, mi Jardinero!  (13 julio 2006)



Fray Rufino María (Grández) de Alfaro, con Fray Benjamín (Jarque) de Javierregay (ya difunto), en la foto de grupo, única, en el año del santo Noviciado, en Sangüesa, Navarra.

Guadalajara, Jalisco, 1 de febrero de 2016, víspera de la conclusión del Año de la Vida consagrada.

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