jueves, 11 de febrero de 2016

774. Domingo I de Cuaresma C – Jesús ante Dios, su Padre, con el Espíritu en el desierto


Homilía para el domingo I de Cuaresma, ciclo C
Lc 4,1-13

Texto evangélico:
4 1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando 2 durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo. En todos aquellos días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre. 3 Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». 4 Jesús le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre”». 5 Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo 6 y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. 7 Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». 8 Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». 9 Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, 10 porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”, 11 y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra”». 12 Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». 13 Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

Hermanos:
1. El miércoles pasado iniciamos la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza. El profeta que se lee el Miércoles de Ceniza es el profeta Joel. Joel es una trompeta. Tocad la trompeta en Sión, | proclamad un ayuno santo, | convocad a la asamblea.
El Miércoles de Ceniza es como un toque de trompeta, y este Domingo es la inauguración solemne es la inauguración solemne de este tiempo sagrado que la liturgia se atreve a llamar “venerable sacramento de Cuaresma”. Los sacramentos de la Iglesia son siete, ni uno más ni uno menos: el bautismo, la confirmación, la Eucaristía, la penitencia o confesión, el orden sagrado (diáconos y sacerdotes), el matrimonio, y la unción de los enfermos.
Y, sin embargo, los santos Padres y la Liturgia han utilizado esta expresión para identificar la Cuaresma, “el venerable sacramento cuaresmal”, palabra que es equivalente a “misterio”: celebrar el misterio de la cuaresma. Sacramento es una acción sagrada, con signos visibles, que expresan un contenido espiritual. El tiempo de cuaresma, vivido por toda la Iglesia, es justamente esto. Todos los cristianos nos ponemos de acuerdo para hacer una peregrinación, no a la puerta de nuestra catedral, la Puerta Santa del Jubileo, sino que nuestra peregrinación es hacia la Pascua. Todos oramos juntos, todos celebramos la Eucaristía juntos, todos unánimemente nos dedicamos a hacer obras de caridad, todos hacemos obras de penitencia, entre ellas el ayuno y la abstinencia. Este conjunto de prácticas, de signos compartidos en la Iglesia es lo que llamamos misterio y sacramento.
2. El sentido de la Cuaresma nos lo enseña Jesús, si reflexionamos con atención en el testimonio del Evangelio. ¿Para qué va Jesús al desierto?
No para hacer penitencia, no para vencer las tentaciones del diablo. Ni va al desierto para encontrarse consigo mismo, como nos puede ocurrir a nosotros: que necesitamos estar solos, descansar, dormir, dejar el teléfono, disfrutar de la naturaleza, oír el canto de los pájaros. Hemos escuchado el texto sagrado: Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando  durante cuarenta días por el desierto.
Jesús va al desierto rebosante del Espíritu y conducido por el Espíritu. Cuando uno está lleno de impresiones que le desbordan, necesita que le dejen solo, para saborear, para desmenuzar, para estar a solas con Dios. Jesús va al desierto, ante todo, para estar con Dios, su Padre.
Lo demás hay que entenderlo desde ahí, desde la vida profunda. Para esa vida profunda con Dios se ha establecida la Cuaresma. Para encontrarnos con Dios.
3. Claro que el encuentro con Dios produce el encuentro con uno mismo, como también el encuentro con los hermanos. Y encontrarse uno consigo mismo es encontrarse con toda la realidad de la propia existencia. A lo mejor en este momento nacen las lágrimas.
El año pasado, el Papa, el Miércoles de ceniza nos habló del “don de lágrimas”. Aludiendo a las palabras de la lectura del día, del profeta Joel “Entre el atrio y el altar | lloren los sacerdotes, | servidores del Señor, | y digan: | Ten compasión de tu pueblo, Señor; | no entregues tu heredad al oprobio | ni a las burlas de los pueblos” (Jl 2,17), decía con una voz humilde y muy conmovido:
“El profeta se detiene en particular en las oraciones de los sacerdotes, haciendo observar que debe estar acompañada por lágrimas. Nos hará bien pedir a todos, pero especialmente a nosotros, los sacerdotes, al comienzo de esta Cuaresma, pedir el don de las lágrimas, para hacer así nuestra oración y nuestro camino de conversión siempre más auténticos y sin hipocresía. Nos hará bien hacernos esta pregunta: ¿Lloro? ¿Llora el Papa? ¿Lloran los cardenales? ¿Lloran los obispos? ¿Lloran los consagrados? ¿Lloran los sacerdotes? ¿Está el llanto en nuestras oraciones?”.
Y luego añadió: “Saben, hermanos, que los hipócritas no saben llorar, se han olvidado de cómo se llora, no piden el don de lágrimas”
4. Hermanos: Hay muchos modos de llorar. En un funeral se llora de dolor; en una boda se puede llorar de alegría. Yo puedo llorar de arrepentimiento y dolor por mis pecados, ante mí mismo. Yo puedo llorar de compasión al ver tantas desgracias, como cuando decimos: Esta película me ha hecho llorar. Yo puedo llorar ante el Crucifijo, de ternura y gratitud. Yo puedo llorar ante Jesús Resucitado de felicidad, de alegría.
El don de lágrimas es una de las cosas más preciosas que pide san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales. Él lloró mucho, muchísimo, como lo sabemos por su Diario. De San Francisco sabemos por sus biógrafos que cada vez que recibía la Sagrada Comunión lloraba; sí, lloraba de amor.
5. ¿Para qué fue Jesús al desierto? Lo llevó el Espíritu para estar con Dios, su Padre. ¿Podemos imaginarnos lo que lloró Jesús? ¿Podemos imaginarnos lo que lloró Jesús de gozo y de ternura ante su Padre?
¿Puedo yo imaginarme que acaso Jesús en el desierto lloró por mí, por mis pecados, por mis ingratitudes, porque yo la he ofendido…? ¿Es una imaginación vana? Es la forma, hermanos – una forma – de enlazar mi vida con la suya sobre la base de que yo no soy indiferente para él. Ya san Pablo nos dijo: “Me amó, y se entregó por mí” (Gál 2,20). Yo soy parte cosustantiva de la vida de Jesús.
6. Señor Jesús, acabamos de iniciar la Cuaresma. Aquí, en México, estaremos con el Papa Francisco, que  nos hablará en los lugares escogidos como pastor de la Iglesia universal de lo que él crea más conveniente para este país, y seguramente que nuestras homilías estarán llenas de resonancia de lo que el Papa Francisco nos vaya diciendo.
En este momento, apenas comenzada la santa Cuaresma, te pedimos una gracia: Que nuestra Cuaresma, como los cuarenta días tuyos en el desierto sean, sobre todo, para estar con el Padre Dios y llenarnos de lo que late en su corazón, del amor con que me ama. Cuaresma de oración. Amén.
Guadalajara, jueves, 11 febrero 2016.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

No cabe duda que el llanto es una emoción humana. Se llora por una alegría, y todos lo vemos. Se llora de risa, y todos lo vemos. Se llora por una pena, y todos lo vemos. Y se llora por un grave pecado cometido, como fue el caso del apóstol san Pedro, pero san Pedro lloró en solitario. Esa es la diferencia.
Todos lloramos. Unos más y otros menos. Unos con lágrimas que se ven a simple vista, y otros con amargas lágrimas que no se ven, que no salen al exterior. Tal vez estas últimas sean las peores lágrimas.
Jesucristo lloró visiblemente sobre Jerusalén, y también por la muerte de su gran amigo Lázaro. Los evangelistas nos lo relatan. Jesucristo se emociona como ser humano, lo mismo que cualquier ser humano.
La cuaresma es tiempo de arrepentimiento. Es tiempo de enderezar nuestros caminos. Es tiempo de tener la capacidad espiritual que mirar hacia nuestro interior para juzgarnos a nosotros mismos. Es tiempo de ejercitar nuestra conciencia dormida. Es tiempo, en fin, de pedir misericordia y dar misericordia.
Saludos.
Juan José.

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