domingo, 14 de febrero de 2016

776. Al eco de sus palabras (Visita del Papa Francisco a México) – La Casita

La casita

“Les agradezco que me reciban en esta Catedral, «casita», «casita» prolongada pero siempre «sagrada», que pidió la Virgen de Guadalupe, y por las amables palabras de acogida que me han dirigido

La necesidad de familiaridad habita en el corazón de Dios. Nuestra Señora de Guadalupe pide, pues, únicamente una «casita sagrada». Nuestros pueblos latinoamericanos entienden bien el lenguaje diminutivo –una casita sagrada- y de muy buen grado lo usan. Quizá tienen necesidad del diminutivo porque de otra forma se sentirían perdidos. Se adaptaron a sentirse disminuidos y se acostumbraron a vivir en la modestia.
La Iglesia, cuando se congrega en una majestuosa Catedral, no podrá hacer menos que comprenderse como una «casita» en la cual sus hijos pueden sentirse a su propio gusto. Delante de Dios sólo se permanece si se es pequeño, si se es huérfano, si se es mendicante. El protagonista de la historia de salvación es el mendigo.
«Casita» familiar y al mismo tiempo «sagrada», porque la proximidad se llena de la grandeza omnipotente. Somos guardianes de este misterio. Tal vez hemos perdido este sentido de la humilde medida divina, y nos cansamos de ofrecer a los nuestros la «casita» en la cual se sienten íntimos con Dios. Puede darse también que, habiendo descuidado un poco el sentido de su grandeza, se haya perdido parte del temor reverente hacia un tal amor. Donde Dios habita, el hombre no puede acceder sin ser admitido y entra solamente «quitándose las sandalias» (cf. Ex 3, 5) para confesar la propia insuficiencia” (El Papa Francisco a los Obispos en la Catedral de la Ciudad de México, 13 febrero 2016).

Una casita sagrada
son los ojos de María,
y a esta casita me vengo
cuando me voy a la Villa.

En esta casita santa
Dios está cerca, cerquita,
Dios está siempre dispuesto,
y puedo venir ahorita.

Dios es mi Padre, mi Dios,
mi verdadera familia,
mi Creador que me quiere,
con su ternura inifinita.

Puedo ser gran pecador
– no me dejes, Madrecita –,
mas si un día me desvío,
me acogerá mi casita.

De vocación soy pequeño,
gloria que nadie me quita,
y mi historia es muy preciosa,
por pequeña muy bonita.

Quitad de mi corazón
grandezas y vanas cuitas,
que lo mío es lo sencillo
como una flor margarita.

Vengan de nuevo al regazo
de la Virgen de la ermita;
así era el santuario
que pidió la Morenita.

No hay mexicano en el mundo
que no tenga aquí su cita,
la Madre es Madre de todos,
cada quien su comidita.

La casa de Nazaret,
muy limpia, pobre y chiquita,
esa es la Casa de Dios,
la que el Verbo necesita.

Es la Casa de la Iglesia:
¡vengan, a todos invita;
con confianza y reverencia
junto a la Madre bendita.

Nuestra casa es un  hogar
de sencillez y alegría;
los hijos somos hermanos
para servir sin envidia.

La casa tiene una reina
y hay flores en la mesita,
el amor nunca se apaga,
tampoco la lamparita.

Y también mi corazón
es casa en que Dios habita;
¿puedo tener el honor
de tu apreciada visita?

Rufino María Grández,

Misionero de la Misericordia

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