jueves, 18 de febrero de 2016

780. Domingo II Cuaresma C – Transfigurado desde el corazón

Homilía para el domingo II de Cuaresma, ciclo C
Lc 9,28b-36


Texto evangélico:
28 Unos ocho días después de estas palabras, tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. 29 Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. 30 De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, 31 que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. 32 Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. 33 Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía lo que decía. 34 Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. 35 Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». 36 Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Hermanos:
 1. Ya hemos comenzado a avanzar por la Cuaresma. Después del Miércoles de Ceniza, que es como un toque de trompeta que nos convoca al arrepentimiento, a la penitencia, vienen las seis etapas del Camino Cuaresmal, que nos llevan hasta la Pascua: seis domingos, seis semanas, la última de ellas la Semana Santa, para pasar a la Pascua del Señor, más importante que la Cuaresma, y más larga, que se compone de siete semanas. Las siete semanas pascuales terminan en Pentecostés.
Cuaresma bajo el signo de que este año celebramos el Año de la Misericordia, para gustar de ese amor de Dios, que es para nosotros amor de compasión y de ternura.
Lo más importante de Cuaresma – decíamos el domingo pasado – es estar con Dios; más importante meditar, contemplar a Dios, que hacer penitencia corporal.

2. Todos los años el primer domingo de Cuaresma es la escena de Jesús en el desierto. Todos los años, en el segundo domingo de Cuaresma es la Transfiguración. El contraste habla de por sí. Jesús va al desierto para estar con el Padre. El fruto de la Cuaresma será la Transfiguración, que ocurrirá en la Pascua. Un cristiano que sale renovado y nuevo en la Pascua. San Lucas, que se ha complacido a lo largo del Evangelio en destacar la oración de Jesús, nos da la razón explícita de por qué en este momento crucial de su vida Jesús sube a la montaña. Nos ha dicho para presentar la escena: “tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar”.
La oración era la respiración de su vida; en esta circunstancia no es solo la respiración, sino que es también la necesidad, para él y sus discípulos, lo mismo que un día los va a elegir para acompañarle en la oración aquella noche de Getsemaní.

3. Jesús no fue al monte – que la tradición ha identificado como Monte Tabor, por ser una montaña alta y de recuerdos sagrados en el Antiguo Testamento – …no fue a transfigurarse, para ser visto por sus discípulos, que esto habría sido una representación y en el fondo, una especie de mentira. Fue sencillamente a orar, y Dios lo transfiguró. Dios, el Padre, permitió que saliera del corazón de Cristo lo que llevaba dentro: la gloria de Dios, la santidad de Dios. San Lucas nos lo ha dicho así: Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.
San Lucas, como también los otros evangelistas, nos ha hecho ver otra cosa que Jesús llevaba dentro: De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, 31 que, apareciendo con gloria.  Pero también san Lucas nos ha dicho de qué conversaban: hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. Hablaban del “éxodo” de Jesús (es la palabra exacta que usa el evangelista), de su Pascua, que iba a cumplirse en Jerusalén; no tenemos por qué suprimirla o sustituir esta palabra por otra.
De manera que en la Transfiguración se ve por fuera lo que ya existía por dentro.
Hermanos, ¿qué pasaría si en nuestra oración hubiera una transfiguración – una “metamorfosis”, que es la palabra griega que usan los Evangelios -  y apareciera fuera lo que está pasando dentro? ¿Se vería nuestro rostro iluminado por la gloria de Dios que nos envuelve? ¿Se verían los personajes celestiales con los que estamos conversando? ¿Se vería acaso la Madre del Señor que nos guarda bajo su manto?
Todo cristiano, por dentro, desde que ha recibido la vestidura bautismal, es un transfigurado por el resplandor de la gloria de Dios.

4. Escribiendo y hablando desde México, yo quisiera en esta homilía evocar esa visita de gracia que acabamos de tener con el paso del Santo Padre, el papa Francisco, del 12 al 17 de febrero, en medio de nosotros. Por estos medios maravillosos de la técnica, si acaso no hemos podido asistir a alguno de los actos programados (yo estuve en Morelia en aquella inmensa congregación en el estadio de seminaristas, sacerdotes, religiosos y religiosas) hemos podido seguirle en la televisión, e incluso copiar sus discursos en nuestros ordenadores.
Empalmando con el Evangelio de hoy, escuchen hermanos, qué decía el Papa al presidente de la nación, en sus primera palabras, que en realidad eran (según el protocolo), un discurso institucional.
“Hoy vengo como misionero de misericordia y paz pero también como hijo que quiere rendir homenaje a su madre, la Virgen de Guadalupe, y dejarse mirar por ella”. Al final de este breve discurso de Jefe de Estado repetía lo mismo en el Palacio Nacional de una país, oficialmente laico: “Y me pongo bajo la mirada de María, la Virgen de Guadalupe -le pido que me mire- para que, por su intercesión, el Padre misericordioso nos conceda que estas jornadas y el futuro de esta tierra sean una oportunidad de encuentro, de comunión y de paz”.

5. Y vean lo que pasó, hermanoz. Aquella tarde del día primero, el Papa quiso estar a solas con la Virgen, y así se puso en el programa. Después de la Misa al pueblo fiel en la basílica de Guadalupe, el Papa se fue delante del cuadro de la Virgen, para estar. Un compañero, que concelebró en medio de tantos sacerdotes que concelebraron y llevaron la Comunión por la Basílica y la Plaza, me decía: 28 minutos ha estado el Papa rezando ante la Virgen.
Aquella misma mañana había hablado a los Obispos. Meditando sobre este mirar al Señor, a la Virgen, y dejarse mirar por ellos, les decía: “En las miradas de ustedes, el Pueblo mexicano tiene el derecho de encontrar las huellas de quienes «han visto al Señor» (cf. Jn 20,25), de quienes han estado con Dios. Esto es lo esencial. No pierdan, entonces, tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías. No se dejen arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias. Introduzcan a sus sacerdotes en esta esa comprensión del sagrado ministerio…”
Y un poquito más bajo en este discurso repetía: “Si nuestra mirada no testimonia haber visto a Jesús, entonces las palabras que recordamos de Él resultan solamente figuras retóricas vacías”.
Las homilías del Papa han sido todas muy sencillas. Aparentemente las puede hacer cualquier párroco, pero se sentía que era la palabra humilde de alguien que en la oración ha visto al Señor.

6. Concluyamos, hermanos, levantando los ojos a Jesús en el monte de la Transfiguración.
Jesús, si tú necesitabas retirarte y estar con el Padre, nosotros igual. Enséñanos a hacer pausas en la vida y orar, como tú orabas: mirando al Padre y abriéndole nuestro corazón. Amén.


Guadalajara, Jalisco, jueves 18 febrero 2016

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Jesucristo se transfigura. Jesucristo cambia de forma. María Magdalena no le reconoce cuando se aparece bajo la forma de jardinero. Los discípulos de Emaús tampoco le reconocen en su compañero de camino, o cuando se encuentran en aquella sala, o a la orilla del lago.
El Maestro nos muestra gráficamente su verdadera identidad divina y humana, y no solamente humana. Nos dice que aparte de lo que físicamente se ve, lo perceptible, es decir, lo humano, se esconde otra parte que no se ve, que no es visible, es decir, lo divino. Ambas identidades cohabitan en Jesucristo de forma admirable desde su nacimiento. Jesucristo elige el momento de su transfiguración cuando el decaimiento del ánimo de los discípulos llega al máximo, cuando Jesucristo les asegura su muerte violenta y su resurrección. La transfiguración, hecho en sí mismo glorioso, aparece enmarcado en la perspectiva de la muerte y resurrección de Jesús. Y los apóstoles necesitaban lo primero para afrontar lo segundo.
El lugar seleccionado por Jesucristo es también muy simbólico. Es un monte alto. El lugar elevado es siempre el lugar privilegiado de la revelación de Dios. El evangelista no nos da el nombre de ese monte, que evidentemente conoce. Sin embargo se comprueba que el monte más cercano a Cesárea de Filipo es el monte Hermón. ¿Y por qué no dan su nombre los evangelistas?. Porque Jesucristo ha rechazado el mote Sión, en Judea, que había sido escogido por Dios como lugar privilegiado de su presencia en medio del pueblo. Esta omisión evitaría posibles roces con los judíos, pues el Hermón había sido lugar de culto a un dios al que se le invocaba, y siguió invocando al menos hasta el siglo IV. Y entonces no solamente es la Galilea de las naciones, sino hasta una lugar semejante el que Jesucristo elige para su transfiguración.
Saludos. Juan José.

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