miércoles, 9 de marzo de 2016

785 III. Misericordiosos como el Padre: Dios es mi Padre


Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador.
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado.
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios.


III. Dios es mi Padre


El centro de nuestra vida: Dios es mi Padre

Padre es la palabra sagrada que ha entregado Jesús a su Iglesia como centro de nuestra fe. La ha entregado para que nosotros la saboreemos en toda nuestra vida. Una palabra de una dulzura infinita, y de un contenido que jamás de los jamases se ha de agotar. Esta es la palabra que queremos contemplar esta tarde. Esta es la palabra con la cual Jesús nos enseñó a leer el Antiguo Testamento como nadie lo había leído.
Para entrar en esta materia tenemos que hacer dos aclaraciones que abren el camino de nuestra reflexión.

1. La primera se refiere al Dios del Antiguo Testamento. ¡Con cuánta frecuencia se dice que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios de la ira y de la venganza, mientras que el Dios del Nuevo Testamento es el Dios del amor! Esto, tal como está dicho, no es cierto. El Dios del Antiguo Testamento es el Dios de Jesús, el Dios de María de Nazaret. Es Dios de amor y de ternura, como lo vamos a ver. Nos hay dos dioses, uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento.
Lo que ocurre es que tuvo que venir Jesús para poner ante nuestros ojos esta evidencia. El Dios del Sinaí es el Dios del amor.

2. La segunda observación es también muy importante: El Dios de los filósofos es diferente del Dios de la fe. Cuál es el Dios de los Filósofos y cuál es el Dios de la fe. Este es un gran tema que se ha agitado tanto en los últimos siglos.
El 24 de junio de 1959 el joven teólogo Josep Ratzinger, que entonces tenía 32 años, pronunció sus lección inaugural en la facultad de Teología en Bonn, donde acababa de ser nombrado profesor, que se publicaría el año siguiente. La conferencia tenía este título: El Dios de la Fe y el Dios de los Filósofos. Y comenzó recordando la célebre frase del filósofo Pascal: Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el Dios de los filósofos y de los sabios. Y explicó en qué circunstancias se escribió esta frase.
Dice: “… una pequeña hoja de pergamino que pocos días después de la muerte de Blaise Pascal se encontró cosida al forro de la casaca del muerto. Esta hoja, llamada «Memorial», da noticia recatada y, a la vez, estremecedora de la vivencia de la transformación que en la noche del 23 al 24 de noviembre de 1654 le ocurrió a este hombre. Comienza, tras una indicación muy cuidadosa del día y de la hora, con las palabras: «Fuego, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el de los filósofos y los sabios». El matemático y filósofo Pascal había experimentado al Dios vivo, al Dios de la fe, y en tal encuentro vivo con el tú de Dios, comprendió, con asombro manifiestamente gozoso y sobresaltado, qué distinta es la irrupción de la realidad de Dios en comparación con lo que la filosofía matemática de un Descartes, por ejemplo, sabía decir sobre Dios. Los Pensées de Pascal hay que entenderlos desde esta vivencia fundamental: en contraposición con la doctrina metafísica de Dios de aquel tiempo, con su Dios puramente teórico, intentan conducir inmediatamente desde la realidad del concreto ser hombre, con su insoluble implicación de grandeza y miseria, hasta el encuentro con el Dios que es la respuesta viva a la abierta pregunta de ese ser hombre; y éste no es ningún otro que el Dios de gracia en Jesucristo, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”.

La oposición no está entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios del Nuevo Testamento, sino entre el Dios viviente (san Francisco hablaba del Dios vivo y verdadero) y el Dios de los pensadores, que no es el Dios que se interesa por mí, que me ama a mí como a las niñas de sus ojos.
Cuando fue Papa escribió una encíclica titulada “Deus caritas es” (Dios es amor), su primera encíclica, bellísima y audaz. Y habló del amor de Dios, que es imposible encontrarlo en los filósofos. Allí decía, a propósito del Dios de Aristóteles, cumbre del pensamiento filosófico:
“Y así se pone de manifiesto el segundo elemento importante: este Dios ama al hombre. La potencia divina a la cual Aristóteles, en la cumbre de la filosofía griega, trató de llegar a través de la reflexión, es ciertamente objeto de deseo y amor por parte de todo ser —como realidad amada, esta divinidad mueve el mundo [Cf. Metafísica, XII, 7] —, pero ella misma no necesita nada y no ama, sólo es amada. El Dios único en el que cree Israel, sin embargo, ama personalmente. Su amor, además, es un amor de predilección: entre todos los pueblos, Él escoge a Israel y lo ama, aunque con el objeto de salvar precisamente de este modo a toda la humanidad. Él ama, y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente agapé.[7]” (Deus caritas est, n. 8).

Reflexionemos bien en esto que dice Aristóteles:
- Dios no necesita el amor de nadie,
- porque si tuviese esta necesidad ya no sería Dios.
En cambio, el Dios que nos va a presentar la Biblia es el Dios que se muere de amor por mí.
El filósofo Pascal experimentó esto en una noche mística. Se encontró con el Dios vivo y verdadero y entonces experimentó que no es igual el Dios de los filósofos y el Dios de la biblia.


Encontrarse con el Dios viviente

Esta anécdota que marcó toda la vida del filósofo Pascal me ha traído al recuerdo aquello que cuenta nuestro hermano el Padre Ignacio Larrañaga, el encuentro con el amor del Padre una noche cuando estaba pensando lo que iba a predicar al día siguiente sobre el Sagrado Corazón de Jesús.
“Era el mes de junio de 1957, en la festividad del Sagrado Corazón de Jesús. Un mes antes de la solemnidad, el Superior de la casa me encomendó el compromiso de predicar ese día en un pequeño pueblo de Navarra. Mi corazón danzó de alegría. No podía haber recibido noticia más halagüeña: hablar sobre el amor de Jesús.
La semana anterior a la festividad, sin embargo, surgieron en torno a mí, y conmigo, algunas desinteligencias en la comunidad. […] Llegadas la fecha y hora señaladas, tomé el autobús en Pamplona y me desplacé a Sangüesa. […] Durante el viaje, mi alma era como un tendido de sol y sombra: por un lado la alegría de participar y actuar en la solemne festividad, y, por otro, las nubes oscuras de los disgustos todavía prendidos de mis horizontes. Aún no había aprendido a ahuyentarlos.
En la tarde del sábado dediqué largas horas al confesionario. Recuerdo que a cada uno de los penitentes les hablaba con pasión y fuego de las entrañas de misericordia y del amor incondicional de Cristo Jesús.
Llegó la noche. Me acosté. No podía dormir: no se disipaban las nubes oscuras de mi alma. Me levanté, me asomé a la ventana para tomar aire y contemplar las estrellas. No recuerdo bien si todavía estaba dando vueltas a mis disgustos o si intenté orar, el hecho es que, repentinamente, algo sucedió. Y aquí llegamos al momento fatal de tener que explicar lo inexplicable.
Han pasado cuarenta años desde aquella noche, pero todos sus detalles están todavía tan vivos y presentes en mi memoria como si hubieran acaecido esta misma noche. Pero estoy convencido de que ni entonces, ni ahora, ni nunca se podrá reducir aquello a palabras exactas. Sólo el lenguaje figurado podría evocar, presentir o vislumbrar algo de lo que allí sucedió. Pido, pues, disculpas por tener que balbucir alguna aproximación con un lenguaje alegórico.
¿Qué fue? Un deslumbramiento. Un deslumbramiento que abarcó e iluminó el universo sin límites de mi alma. Eran vastos océanos plenos de vida y movi
miento. Una inundación de ternura. Una marea irresistible de afecto que arrastra, cautiva, zarandea, y remo de la como lo hacen las corrientes sonoras con las piedras del río.
¿Qué fue? Quizás una sola palabra podría sintetizar "aquello": AMOR. El AMOR que asalta, invade, inunda, envuelve, compenetra, embriaga y enloquece” (La rosa y el fuego).
El P. Ignacio comenzó a llorar y llorar, pero era una llorar de amor y de ternura. A partir de aquella experiencia, que duró entre tres y cinco segundos, todo lo más, cambió definitivamente la vida del Padre Larrañaga: su manera de relacionarse con Dios y su manera de relacionarse con el prójimo, para el cual no sentía otra cosa sino inmensa compasión y ternura.
Esta experiencia, que está en la raíz de todo lo que vino después en el caso singularísimo del Padre Larrañaga, iniciador de los Encuentros de Experiencia de Dios y fundador de los Talleres de Oración y vida, nos lanza una pregunta: ¿Cuál es el Dios que nosotros tenemos en nuestra mente y corazón? ¿Es un Dios convencional, abstracto o es el Dios vivo? Solamente cuando nos encontramos con el Dios vivo, solamente entonces es cuando cambia nuestra vida.
En la Sagrada Escritura tenemos, entre tantas, una página grandiosa que nos estremece y nos aclarar qué pasa cuando uno se encuentra con el Dios vivo. Es el capítulo final del libro de Job, capítulo 42. Job, el hombre más santo, más rico, más feliz que había en la tierra, es probado por Dios y pasa a ser el hombre más desgraciado: sin salud, sin hacienda, sin hijos, abandonado de todos, hasta de su mujer que no le comprende: “Maldice a Dios y muérete”. Vienen los sabios a consolarle; él se rebela contra todos, incluso, en su desesperación se rebela contra Dios, que le está tratando como a enemigo. Al final se le aparece Dios que comienza a preguntarle sobre las maravillas de la creación. Job tiene que callarse porque no sabe nada de nada. Pero ahora, ante Dios, humildemente se rinde.
Y entonces, en esta experiencia concreta de lo sobrenatural, comienza a conocer a Dios:
“Te conocía solo de oídas, | pero ahora te han visto mis ojos;
 por eso, me retracto y me arrepiento, | echado en el polvo y la ceniza” (Job 42,5-6).
Job borra todo lo que ha dicho y ahora comienza la verdadera vida de Job; ahora ha visto a Dios.
Estos ejemplos nos dicen, hermanos cómo el verdadero conocimiento de Dios es la experiencia de Dios.


Punto central del conocimiento de Dios en la Sagrada Escritura

El Dios revelado es el Dios de la Alianza.
Y el Dios de la Alianza es el Dios de la historia de la salvación.
Y yo, por Jesucristo y en la Iglesia, soy el destinatario de esta revelación y de esta historia.
Si comprendemos esto, hemos entendido el sentido de Dios en las santas Escrituras; hemos alcanzado la verdadera sabiduría de Dios.
Tratemos de explicarlo.

Dios de la Alianza

Todo el conocimiento que tenemos de Dios es un conocimiento histórico: Dios se manifiesta obrando y hablando y es un conocimiento en Alianza.

1) La creación es la primera Alianza que Dios hace con el hombre. En el momento mismo en que Dios crea al hombre entra en relación con el hombre, y esta relación es una relación de amor.
- Porque lo ama lo bendice.
- Porque lo ama le coloca en el Paraíso.
- Porque lo ama le da el mando sobre toda la creación.
- Porque lo ama le da un precepto, que es precepto de vida, no de muerte.
- Porque lo ama se comunica a diario con él saliendo a pasear al fresco de la tarde.
- Porque lo ama le manada fuera del paraíso, para que el hombre entienda que la relación con Dios tiene que ser de obediencia y de amor.
En suma, en el momento inicial de la historia, el Dios que aparece es el Dios de la alianza.

2) La segunda alianza es la alianza con Noé (Gen 9), que es la regenración del mundo y la puesta en marcha de la historia bajo la misma soberanía con Dios.

3) Y ahora vienen las alianzas con los Patriarcas, con Abraham, Isaac y Jacob.
- Son todas ellas alianzas.
- y son todas ellas bendiciones y promesas
Dios se muestra como aquel que vive con el hombre y el hombre es aquel que vive con Dios.
Y este estilo de vida, la relación mutua de Dios con el hombre y del hombre con Dios, ha de ser el paradigma de todo lo que ocurra en la tierra.

4) Y de esta forma llegamos a la Alianza de Dios con el pueblo en el Sinaí sellada después de la esclavitud de Egipto. Esta alianza es el centro del Antiguo Testamento y el paradigma de toda la revelación hecha a Israel.

Véase los elementos de esta Alianza:
a)     Dios les da la comunicación, la revelación de su Nombre.
b)    Dios les confirma como pueblo elegido, pueblo de su propiedad.
c)     Dios los saca de la esclavitud de Egipto y les da el don de la libertad, que es el estatuto esencial de este pueblo. Un pueblo amado es intrínsecamente libre.
d)    Dios les da su Ley, que es la entrega de su voluntad, por lo tanto la entrega de su corazón.
e)     Dios les da la promesa definitiva de ser su Dios para siempre.


El don de la Ley (de la Torá)

El don de la Ley es el don de Dios todo entero a su Pueblo. Para el cristiano, que contempla todo el arco de la historia, es el anticipo del donde su propio Hijo.
Para saber lo que es el don de la Ley hay que leer el libro del Deuteronomio, el Libro de la ternura de Dios con su pueblo.
4 1 Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. 2 No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada; observaréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. 3 Vuestros ojos han visto lo que el Señor hizo en Baal Peor: el Señor, tu Dios, exterminó de en medio de ti a todos los que se fueron detrás de Baal Peor. 4 En cambio, vosotros, que os pegasteis al Señor, seguís hoy todos con vida.
5 Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. 6 Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: “Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación”. 7 Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? 8 Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?
     9 Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos

¿Quién es este Dios que vamos descubriendo?
1)    Ciertamente no es el Dios de los idólatras.
2)    No es tampoco el Dios de las grandes culturas del mundo antiguo.
3)    Es el Dios del amor en el cual el hombre halla su plena dignificación.
4)    Es el Dios de la ternura y de las promesas. El Dios que se ha comprometido definitivamente con el destino humano.
5)    Este es el Dios de Jesús, que él lo ha descubierto hasta el fondo.
6)    Este es mi Dios.

La misión de los profetas (esquema)

Los profetas son quienes
1.     Han mantenido viva la memoria siempre actual de la alianza.
2.     Y los que han previsto la culminación de la acción de Dios, prometiendo:
- El Don de la Nueva Alianza (Jer 31).
- El Don del Espíritu, que es la ultimidad de Dios (Ez 36).

Vino Jesús y en él hemos recuperado el Dios de la Alianza que ya inició su revelación.
Y en su propia vida que él, justamente él, era todo Dios y toda Alianza, que nos ha dejado en la Iglesia en el don de su Cuerpo y de su Sangre.


9 de marzo de 2016.

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