lunes, 7 de marzo de 2016

783.- I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador


Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador (30 minutos y 26 segundos)
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado (30 minutos, 46 segundos).
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios.


I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador


Bajo el signo del Año Jubilar de la misericordia

Todo lo que vamos a decir o proclamar en tas Pláticas cuaresmales va a ser bajo el signo del Año de la Misericordia.
Este Año Jubilar se inauguró el año pasado el día de la Inmaculada, 8 de diciembre de 2015. ¿Por qué esta fecha? El Papa escogió esta fecha, porque justamente hace 50 años, el 8 de diciembre de 1965, se concluía el Concilio Vaticano II, el hecho más transcendental que aconteció en la Iglesia en el siglo XX. Día de la Inmaculada, que para los cristianos es un  signo supremo de la misericordia de Dios, como lo explicaremos en algún momento.
Y concluirá en la fiesta de Cristo Rey de este año, que es el domingo 20 de noviembre de 2016.
Este Año Jubilar fue convocado con una bula, que se titula Misericordiae vultus, en castellano, El rostro de la Misericordia. El rostro de la misericordia de Dios es Jesucristo.
Quiero comenzar estas pláticas leyendo los dos primeros números de los 25 que tiene la bula. Es muy conveniente adquirir este folleto para tenerlo no como libro de información y de lectura, sino como libro de meditación.

1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico en misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona[1] revela la misericordia de Dios.

2. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado.


El eslogan de “Misericordiosos como el Padre”

El eslogan de este año dice: Misericordiosos como el Padre. Está representado en ese bellísimo icono que lo podemos ver en estampas, folletos, y aquí en esta iglesia en un cartel de grandes dimensiones junto a la puerta de entrada. Representa a Jesucristo con la oveja perdida cargada en sus hombros. Jesucristo con la túnica blanca es Jesús Resucitado. Tiene las llagas en sus manos y pies. Está en esa actitud vencedora como lo representa la iconografía oriental cuando Jesús rompe las puertas del abismo y entra como jefe de salvación. Ya veis que no lleva una oveja en los hombros, sino que lleva a un  hombre. Este hombre es Adán y en Adán estamos todos nosotros. Hemos sido salvados por Cristo, que es la misericordia del Padre.
Podemos observar dos detalles en el rostro de Cristo y de Adán, uno que se refiere a los ojos y otro a la boca. El rostro de Cristo y el de Adán se han aproximado de tal forma que el artista, en vez de diseñar dos ojos para Cristo y dos para Adán, han puesto entre las dos caras tres: el ojo derecho de Cristo y el ojo izquierdo de Adán son el  mismo. Con esto se quiere significar que el hombre, ya redimido, ve la vida con la misma mirada de Cristo. Ver la vida como la ve Dios sería la meta de nuestra divinización, obra de la misericordia de Dios. A esto quisiéramos llegar en la culminación de nuestras pláticas: ver la vida – los hombres y las cosas – como Dios las ve.
Por otra parte los labios de Cristo y los labios de Adán se han aproximado. El Evangelio de san Juan dice que Jesús Resucitado, en la tarde de aquel día primero de la semana, cuando los apóstoles estaban en el cenáculo, encerrados por miedo a los judíos, se les presentó el Señor, insufló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. El Espíritu era el aliento divino que Dios insufló en el hombre el día de la creación para transmitirle su propia vida y hacerle ser viviente.
El lema del año – Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso – está tomado de la Biblia y es, en concreto, una frase de san Lucas capítulo 6, versículo 32. Este versículo me trae a la mente un recuerdo de mi juventud que les voy a compartir, porque fue muy luminoso y nunca lo he olvidado. Hace cincuenta años y algo más, me encontraba yo en el Instituto Bíblico de Roma (1962-1964) estudiando Sagrada Escritura; invitaron a un célebre profesor benedictino, P. Jacques Dupont, a que nos diera una  conferencia magistral de su especialidad, que era el Sermón de la Montaña. El tema de la conferencia era este: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. San Mateo, en el lugar correspondiente, trae esta frase de Jesús de otro modo. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Era una clase de exégesis, no una meditación, una reflexión, no era en la capilla, sino en el aula magna.
Se trataba de indagar qué dijo realmente Jesús: Sed misericordiosos… o Sed perfectos… Una exégesis simple, que no convence, sería la siguiente: Jesús dijo las dos cosas; una vez dijo Sed perfectos y otra vez dijo Sed misericordioso.
Yo no tengo los apuntes que entonces le tomé; pero recuerdo perfectamente lo que él nos explicó. Con toda probabilidad la frase original de Jesús fue esta: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso, y no: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.
Y la razón principal era esta: En el estilo de la Biblia, comenzando ya en el Antiguo Testamento, no se nos dice que imitemos la perfección de Dios, pero sí la compasión y la misericordia de Dios. El comportamiento de Dios debe ser modelo de nuestro comportamiento, en cuanto que es un modelo bondadoso y compasivo, misericordioso, como cuando se nos da el motivo para guardar el descanso del sábado (Deut 5,12-15)
San Mateo y la comunidad de san Mateo tenían derecho para decir: Pues justamente eso es la perfección de Dios; por tanto, seréis perfectos si sois misericordiosos como el Padre del cielo.


Yo soy pecador: Dos visiones del pecado

Hermanos, cuando decimos “Yo soy pecador”, ¿qué es exactamente lo que queremos decir?
Hay dos visiones del pecado que debemos distinguir: una es la que alcanzamos con nuestra simple observación natural, incluso psicológica. Otra, muy distinta, es la que uno obtiene desde la fe. Veamos una y veamos otra.

Veamos la primera
A poca inteligencia que tengamos, aceptamos sin grandes dificultades: Nadie es perfecto, todos los equivocamos. O todos podemos tener un error. No hay que dramatizar las cosas. No hay que exagerar, porque eso nos puede traer una perniciosa conciencia de culpabilidad, que no lleva a nada.
Las leyes humanas tienen que tener en cuenta este principio, porque, de otro modo, no hay manera de arreglarse.
Yo soy español y desde esta ladera del Atlántico estoy viviendo lo que esta temporada está ocurriendo en España, en que no hay manera de formar gobierno. ¿Podría yo dar esta plática en medio del parlamento? ¿Podría yo ir con el Evangelio y decirles lo que ahora quiero decir a ustedes?
La respuesta que no pocos me darían es esta: Déjate a un lado el Evangelio, porque el Evangelio no está hecho para gobernar un país, porque no puede aparecer la Palabra Dios en nuestras leyes. En México me dirían igual.
Dios como criterio de vida ha sido desterrado de muchas legislaciones.
En esta perspectiva, ¿qué quiere decir “Yo soy pecador”? O poco o nada.
Hay que discurrir de otra manera. Si te he molestado, dispénsamelo y seguimos adelante, que a lo mejor yo tendría que decirte a ti lo propio.
Si tomáramos esta postura. Ya sería mucho, acaso la clave de la solución, pero este humanismo, en sí laudable, no nos da todavía la clave de la revelación evangélica.
Hoy en España hablar del aborto es estar fuera del área de una negociación de gobierno. ¿Podría yo proclamar en el parlamento que el aborto pertenece al género del pecado, y que tenemos clarificar criterios de este tipo de defensa de la vida si nos hemos de sentar en vías de un acuerdo…? Esto puedo decirlo en la iglesia, donde nadie me va a contradecir, pero la política se hace desde otro lado.
Vuelvo, pues, a la pregunta que formulo esta tarde para que esa pregunta se clave en mi corazón: ¿Es verdad que yo soy pecador? Yo, hermanos, no soy pecador, porque…, porque Dios lo ha querido: no he hecho un gran disparate, ni he tenido oportunidad para ello. Desde niño entré en un seminario y en maldades  no he hecho nada fuera de lo corriente.
Si yo pienso así, no puedo celebrar la misa, porque la misa comienza: Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho… Y luego el sacerdote sigue pidiendo perdón no para la asamblea que tiene delante, sino para sí y para todos los demás: El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
Comenzamos a sospechar que el pecado es algo mucho más serio que esos fallos que uno naya podido tener en la vida, y que hay que olvidarlos si queremos vivir en paz.
Tenemos, pues que pasar a la otra visión, a ver el pecado como lo ha visto Jesús.

La otra visión: cómo ha visto Jesús el pecado

Para Jesús el pecado es cosa distinta de esos fallos lamentables que pueden ocurrir en la vida, y que queremos subsanar. Con esta visión nos salimos del ámbito humano, de un antropocentrismo de la vida; el pecado toca a Dios, hiere a Dios, el pecado entra en el ámbito divino, y la importancia y la gravedad del pecado estriba precisamente en esto: que todo pecado tiene que ver con la realidad íntima y pura de Dios. El pecado hiere el corazón de Dios, el pecado es un desprecio del amor de Dios. Dios se duele del pecado de los hombres, a tal punto que ha entregado a su Hijo a la muerte por el perdón de nuestros pecados.
Así, ni más ni menos. Diciendo estas cosas, entramos de pleno en la revelación, a la cual se accede por la fe. Vamos a verlo en varios puntos. Y lo primero en el anuncio inicial de Jesús.

1. Jesús comienza su ministerio, según los santos Evangelios, recorriendo Galilea y diciendo: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).
Jesús entiende que el mundo es un proyecto de Dios, que la historia ha ido germinando, que hemos llegado  a la etapa final y que para entrar en esa etapa definitiva hay que convertirse, dejando la propia vida pasada y aceptando el Evangelio. “Convertíos y creed en el Evangelio” es una frase que podríamos traducirla también de este modo: “Convertíos aceptando el Evangelio”. Una conversión que fuera solo un repudio del pasado, pero no aceptación del Evangelio, no sería para Jesús una conversión.
Este anuncio se dirige a todos sin excluir a nadie. Todos hemos de pasar a la conversión, rechazando el pecado y acogiendo el Evangelio.

2. Este mensaje inicial de Jesús  no fue un mensaje pasajero, sino que era la palabra esencial para todo el que quisiera ser discípulo. Lo hemos visto en la liturgia de estos días. “O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera” (Lc 13,4-5).
Todos pereceréis. ¿Yo también, si no he hecho nada malo? Yo también.

3. Otro dato del Evangelio que nos puede traer mucha luz: la oración que Jesús nos entrega para todos sus discípulos, el Padrenuestro. “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Si yo no me reconozco como pecador, no puedo rezar la oración del Señor.

Resumamos estos puntos:
- Si yo no me reconozco como pecador no puedo venir a la misa; sería un espectáculo, una comedia.
- Si yo no me reconozco pecador, no puedo rezar el Padrenuestro ni en comunidad ni en privado; sería una falsedad.
- Si yo no me reconozco como pecador, no puedo pertenecer al grupo de los discípulos de Jesús.


De qué pecados se acusan los cristianos

Si realmente somos pecadores, conviene saber, ante todo, de qué pecados “importantes” se acusan habitualmente los cristianos. Estos pecados son principalmente tres:

1) Pecado de no venir a misa los domingos.
2) Pecados referentes al sexo en amplia gama. Un pecado “nuevo” en este aspecto: la pornografía por Internet. Como pecado más grave, en el sexo, la infidelidad matrimonial, o relaciones sexuales con otras personas, cosa tan frecuente en la cultura de la juventud hoy.
3) Pecados contra el prójimo, como, por ejemplo, no hablarse con un hermano o hermana.

Fácilmente podemos descubrir que también la rutina se introduce en el pecado como para no percibir la gravedad de lo que suponen las acciones humanas con respecto a todo el plan de Dios.
Puntos para meditar:
- ¿Qué es más pecado: tener una relación sexual ilegítima o no hablarse con un hermano? ¿En cuál de los dos pecados está Dios más ofendido?
- ¿Qué es más pecado: un adulterio, que en la intimidad rompe un matrimonio, consagrado por Dios y ante Dios, o no venir todo el año a misa…?  (Dejar una misa es un pecado mortal, dejar cincuenta misas son 50 pecados mortales…, matemáticas que no cuelan ante Dios…)
Preguntas que nos pueden llevar a lo hondo del misterio del pecado.
Un sacerdote, como el que les habla, puede atreverse a decir: Hermanos, por no venir a misa nadie se va a condenar…, pero no me digan que ese es un cristiano de verdad…, uno que no se relaciona, en la comunidad cristiana, con Dios, su Padre.
Entonces la pregunta es esta: ¿Qué es ser cristiano?
Ser cristiano es tener una relación vital – viva y verdadera – con Dios, nuestro Padre, que nos ha revelado Jesucristo y llevar una vida conforme a esa dinámica, una dinámica que la Iglesia, como madre, nos la presenta.

Descubrir el pecado en mí, por la revelación y la misericordia de Dios

Si yo real y verdaderamente me reconozco pecador:

1) Reconozco, ante todo, todos los errores que he cometido en mi vida, de la magnitud que sean. Y reconozco que Dios, como Padre misericordioso los ha perdonado, y al perdonarlos los ha destruido y los ha dado al olvido, haciendo de mí una creatura nueva.
2) Reconozco que, al pecar, me he asociado a la “masa del pecado” en el mundo, que es como una inmensa avalancha que ayer y hoy llena la tierra. El pecado impera en el mundo y nos aleja de Dios.
3) Reconozco que, si bien he superado, grandes fallos de mi vida anterior, hay infidelidades, que, por desgracia, me debilitan y manchan, las cuales me invitan a estar en una vigilancia continua y en un estado de humildad y continua conversión.
4) Pero hay más: advierto en el mundo de mi ser unas raíces malas, cuya existencia no sé explicar (¿por qué sentimientos de soberbia, de envidia, de vanidad, de lujuria, de odio…, si no los quiero ni me hacen feliz, y están ahí…?), que me abren al Misterio tenebroso del pecado que jamás sabré explicar, y que, por otra parte, me hacen calibrar el pecado como ofensa a Dios, mi Creador y Padre, y como causante de la pasión y Muerte de Jesús.

El misterio del pecado entonces, como vacío y absurdo, trae a mi alma el misterio infinito de la Misericordia de Dios, del amor de Dios que se ha derramado en mí y que nunca me  dejará.
Deo gratias.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Guadalajara, 7 marzo 2016

Misericordiae vultus - 6

Yo, pecador, me confieso
llamado a la conversión;
mi miseria, mi vacío
se colmarán con su amor.

Yo soy Adán en sus hombros
libre de la perdición,
por barrancos y entre espinas
me encontró y me cargó.

Trofeo soy de su gloria,
trofeo del Redentor;
por mí, ternura en su pecho,
él vino en la Encarnación.

Mi pecado es el misterio
que al Hijo de Dios mató,
a Dios mismo yo le hería
en mitad del corazón.

No lo entiendo, mas la fe
descubre mi sinrazón,
y la eterna gratitud
será mi eterna canción.

Dios es mi Dios para mí
cuando me da su perdón;
misericordia es su nombre,
que en mis palmas se grabó.

Eternamente diré:
Dios de mi fe es amor.
Dios es mi felicidad,
Dios es mi gracia y mi don.

7 marzo 2016

Rufino María Grández,
Misionero de la Misericordia 

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