martes, 8 de marzo de 2016

784 - II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado


Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador (30 minutos, 26 segundos).
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado (30 minutos, 46 segundos).
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios.


II. Por la misericordia de Dios yo he sido santificado

Enlace con la plática de ayer

Al iniciar nuestras Pláticas Cuaresmales ayer noche en este Año de la Misericordia, tomábamos como punto de arranque esta verdad cimiento de nuestra vida: Yo soy pecador. Si yo no sigo adelante esta verdad resulta ser deprimente. Es como si a un preso en la cárcel le dijéramos: Tú eres un criminal; tú estás aquí porque te lo has ganado, te lo has merecido. Tú eres un indeseable, y mejor que sigas donde estás, porque eres un peligro para la sociedad.
Este lenguaje, aparte de ser brutal e inútil, es injusto y desesperanzador. La cárcel es castigo, ciertamente, castigo regenerador, porque todo ser humano ha nacido para ser libre y no vivir entre barrotes y cámaras de vigilancia; la cárcel tiene que ser un castigo redentor, regenerador, y está destinada a reincorporar a los delincuentes a la sociedad, a la comunidad humana.
Tú estás aquí porque tuviste un mal paso en tu vida, pero tú estás para que en tu salida seas una persona nueva. Tú no eres el que estás; eres otro. Dentro de nosotros todos llevamos un criminal y un santo; te dejaste seducir por el criminal, pero ese, aun siendo tú, no eres tú: tú eres el otro. Todo ser humano tiene una capacidad de cambiar y comenzar a ser otro. Por eso, la pena de muerte es del todo inhumana, porque le privan a uno de poder recuperarse y resituarse en la vida.

Yo soy un pecador, decíamos ayer, y ahora decimos: Yo soy un santo. ¿Cómo es verdad esto? Porque no podemos jugar con el lenguaje, diciendo cosas contrarias que se repelen.
La más elemental filosofía te dice que uno no puede al mismo tiempo ser y no ser: ser una cosa y ser la contraria simultáneamente. O eres santo o eres pecador. Ni tampoco se resuelve diciendo: la mitad santo y la mitad pecador.
No es correcto decir de un modo rotundo y total: la Iglesia es santa y es pecadora, y al mismo tiempo es una cosa y es la otra. El lenguaje correcto del Concilio es otro: la Iglesia es santa, con necesidad continua de conversión, de reforma.
Pues del mismo modo, si nos vamos a tener el rigor del lenguaje, no puedo decir. Que soy pecador y santo a la vez, no. Yo soy un santo, mejor, un santificado, necesitado continuamente de nueva purificación, de conversión. Escuchen, hermanos, el lenguaje del Concilio, en la constitución sobre la Iglesia:
“Pues mientras Cristo, «santo, inocente, inmaculado» (Hb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación” (Lumen Gentium, 8).

Hermanos amados de Dios

Esta tarde queremos centrarnos en este punto: nosotros somos santos. ¿Cómo?, ¿Por qué? ¿Hasta dónde?
Ayer decíamos que para saber que somos pecadores teníamos dos posibilidades: una, examinando con la experiencia natural que no todo ha sido correcto, y que todos tenemos fallos, errores, cosas de que arrepentirnos.
Otra, ir por el camino de la fe y llegar hasta el fondo, llegando a entender por esta luz sobrenatural, que nosotros, yo en concreto, somos y soy pecador porque yo soy el causante de la muerte de Jesucristo, Hijo de Dios.
Pues, de modo semejante, podría emplear dos caminos:
El primero, examinar mi vida, lo bueno que he ido haciendo, con no poco sacrificio, el cúmulo de méritos que he ido almacenando. Si me tendrían que calificar de 1 a 10, me tendrían que dar una nota alta, un notable, por ejemplo, o quizás hasta un sobresaliente.
Es que parece que lo dice hasta el mismo Evangelio: “Es como un hombre que, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor” (Mt 25,14-18).
Mucho cuidado al interpretar las palabras de Jesús, no sea que nos confundamos.
Si yo quiero considerar la santidad, es decir, mi santidad como un capital que yo me he ido ganando, yo diré que yo soy santo, porque me lo he sudado, me lo he ganado, me lo he ido trabajando, como el que se empeña en sacar una carrera, y con mucho esfuerzo y muchas privaciones se lo consigue. Yo soy santo porque yo soy el artífice de mi propia santidad.
Y la Iglesia es santa porque los cristianos se han esforzado terriblemente en serlo.
Hermanos, esto es un error fatal, de lo peor que nos puede ocurrir en el camino de nuestra vida espiritual.
Santa Teresita de Jesús fue desde niña fiel para cumplir en todo lo que ella entendió que era la voluntad de Dios, había acumulado un capital inmenso de pequeños detalles de amor. Y con todo eso, en la oración más famosa que ella escribió en la “Ofrenda de amor al Amor Misericordioso” se expresaba así:
“A la tarde de esta vida, me presentaré delante de vos con las manos vacías, pues no os pido, Señor, que tengáis en cuenta mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas ante vuestros ojos. Quiero, por tanto, revestirme de vuestra propia Justicia, y recibir de vuestro amor la posesión eterna de vos mismo. No quiero otro trono y otra corona que a Vos, ¡oh Amado mío!”
Su pensamiento, tan claro e iluminado era este:
 “Ya que me habéis amado hasta darme a vuestro Hijo único para que fuese mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de su méritos son míos; os los ofrezco gustosa, y os suplico que no me miréis sino a través de la Faz de Jesús y en su Corazón abrasado de amor”.
Con este pensamiento sí que podemos leer las santas Escrituras.

He aquí la primera definición del cristiano: “hermano amado de Dios”.
El Nuevo Testamento es el conjunto de 27 escritos, sumando los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de San Pablo y las demás cartas y el libro final, que es el Apocalipsis. Estos libros no se escribieron en este orden. Si los vamos a poner en el orden en que fueron escritos – cosa que tampoco sabemos con exactitud – el primer escrito es una carta de san Pablo a los fieles de Tesalónica, a los Tesalonicenses, donde él había evangelizado. Escuchen, pues las primeras palabras del Nuevo Testamento, de esta carta que se escribió sobre el año 50. Después de saludar a la comunidad, san Pablo empieza así:
“Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido, pues cuando os anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción. Sabéis cómo nos comportamos entre vosotros para vuestro bien” (1Tes 4-5).
Fíjense con mucha atención en esta expresión: hermanos amados de Dios.
¿Quién es un cristiano? He aquí la respuesta correcta. Un cristiano es un hermano amado de Dios. Dos palabras que  no tienen fondo: hermanos y amados. Luego les dice que son “elegidos”.
En la carta a los Hebreos se dirá: “Por tanto, hermanos santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús, fiel al que lo nombró, como lo fue Moisés en toda la familia de Dios” (Heb 3,1-2).
¡Qué palabras que tenemos que recuperar en su verdadero e insondable sentido para saber qué decimos cuando afirmamos que “somos santos, porque en Cristo hemos sido santificados”, porque somos dignos – como dice una Plegaria Eucarística – de estar en su presencia celebrando estos misterios. Somos dignos de estar ante Dios, cantando su alabanza; somos dignos: ¿cabe mayor santidad que esta, el estar en la presencia de Dios, como están los ángeles ante Él?

Sentirse amado y sentirse hermano

1. Sentirse amado por Dios es la mayor gracia que nos puede ocurrir en la vida. Sentirse amado por Dios es una expresión que la podemos mirar desde muchos lados:
- Dios está a mi favor.
- Si Dios me ama es porque me considera digno de su amor, como si dijéramos digno de su categoría infinita.
- Si Dios me ama es porque me considera de su propia familia, es decir, porque yo soy hijo de Dios, hija de Dios.
- Si Dios me ama es porque me abre su amistad, y la amistad es diálogo, confidencia, regalo.
- Si Dios me ama y el amor está pidiendo fidelidad esto quiere decir que Dios va a serme fiel hasta el fin.
- Si Dios me ama y lo propio del amor es amar siempre más, esto significa que me ha de amar hasta el último suspiro.
- Si Dios me ama esto quiere decir que mi vocación va a ser corresponder a su amor; pero esto es otro punto del que hablaremos luego.
Y así uno puede ir escribiendo frases y frases sin acabar, porque ha visto que el amor de Dios es el cielo en la tierra. El día que yo lo comprenda tendré que decir: Dios mío, me basta; no quiero nada más, porque no me puedes dar cosa más grande que la que me has dado, nada menos que tu amor, el amor que le tienes a tu Hijo. Con ese mismo amor me amas a mí y me envuelves a mí. A lo mejor no he descubierto todavía que mi suprema vocación es esta: ser amado por ti. Aquí termina el mundo, sí: Yo soy amado pro Dios.
Hermanos amados de Dios: esta es la definición de los cristianos.
Veamos qué significa hermano.

2. Hermano, por definición, es aquel que es partícipe de la misma sangre, engendrado de la misma sangre, del mismo semen. En una palabra: somos hermanos, porque procedemos del mismo Padre, porque somos hijos del mismo Dios.
La comunidad cristiana es una comunidad de hermanos. Y aquí viene bien la comparación con una familia. Sucede que con el paso de los años uno se ha hecho famoso en la política, otro se ha hecho rico con una empresa, otro se ha quedado trabajando en el campo y ha hecho lo que ha podido y una hermana lleva años enferma sin poder hacer nada. Se juntan a comer, porque es la fiesta de la madre, y ¿quién es el más importante de los hermanos?, ¿quién merece más honor? Si son hermanos, son iguales. Y si hubiese que dar una preferencia, no hay que dársela al que aparece en los periódicos y en la televisión, sino a la hermana enferma, que en la vida, por sus limitaciones, no ha podido hacer aparentemente nada.
Hermanos, esto es la Iglesia. ¿Quién es el más importante en la Iglesia? ¿Qué lenguaje es este? ¿Qué nos dice Jesús?  “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos” (San Mateo, capítulo 23, versículo 8). Nos os dejéis llamar “rabbí”: no importa la palabrita. Todos vosotros sois hermanos.
Hermanos amados de Dios. Somos, pues, hermanos, porque somos amados de Dios.

3. Una tercera palabra que aparece en las primeras líneas de este primer escrito del Nuevo Testamento es esta: “elegidos”. En otros lugares se nos explicará qué quiere decir “elegidos”. Quizás el texto más famosos sea el comienzo de la Carta a los Efesios:
“3 Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, | que nos ha bendecido en Cristo | con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
4 Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo | para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
5 Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos,
6 para alabanza de la gloria de su gracia, | que tan generosamente nos ha concedido en el Amado” (Ef 1,3-6).

Yo he sido elegido desde antes de la creación del mundo para formar parte de un proyecto concreto de Dios: pertenecer al pueblo de su Alianza, que ay existía en el Antiguo testamento y que ahora Dios lo quiere llevar a la plenitud.
¿Cuáles son los planes de Dios?: Que seamos santos e intachables ante él por el amor
Y esto ¿cómo? Siendo sus hijos: “Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos”.
Ya veis, hermanos, hemos llegado a la cumbre: No hay cosa más grande en el mundo que vivir como hijos de Dios. El oficio que en él desempeñemos es indiferente, porque la misión es una: siendo hijos de Dios, vivir como hijos de Dios.
Vamos ahora con una cuarta expresión que he citado: “hermanos santos”

Hermanos santos

Recordemos: Por tanto, hermanos santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús…”
Palabras que, si no nos diera vergüenza, las podríamos emplear en nuestros saludo: hermano santo, hermana santa. Una palabras que san Pablo la ha empleado y los escritos del Nuevo Testamento. Voy a citar tres saludos de Pablo.
A los Romanos: “A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados santos, gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rom 1,17).
En la primera a los Corintios: “Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Cor 1,1-3).
En la segunda a los Corintios: “Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que residen en Acaya: gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (2Cor 1,1-2).
Ya veis, por estas muestras: los cristianos en las primeras comunidades se calificaban de santos; santos que quiere decir “consagrados” por Jesucristo desde el momento del bautismo.

Consecuencias: un pensamiento, una psicología, unos compromisos

Después de estas reflexiones vienen las derivaciones que espontáneamente brotan para la vida.
Si yo he grabado bien en mi corazón el pensamiento de que yo soy un pecador, al punto se crea en mí una actitud de vida que tiene sus inmediatas consecuencias: seré humilde, seré incapaz de juzgar, de criticar, de rechazar… Todo esto es benéfico, evitando que tales pensamientos no me generen una extraña conciencia de culpabilidad que me lleve a la depresión.
¿Qué diremos de lo que se va a producir en mí, si me llega a traspasar mi cuerpo y mi alma la conciencia viva y continua de que yo soy santo, porque he sido santificado por Jesús, que me llama a la santidad y a una vocación celestial, como me ha dicho la Carta a los Hebreos.

1) Si yo soy santo porque he sido santificado por Jesucristo, porque él me ha revestido de su propia santidad, se crea en mí una conciencia nueva de mi propia dignidad. No soy santo porque sea un héroe, sino porque Jesús me ha revestido de su santidad. Esa es mi vocación sublime, que no envidio a ninguna otra ni la cambio por ninguna otra.

2) Trataré de caminar en santidad todos los días de mi vida. Caminar en santidad significa caminar en diálogo con Dios, que es el verdadero interlocutor de mi vida. No haré ante sus ojos nada que ofenda su divina mirada.

3) Pensaré que tengo una gran misión en la vida que cumplir, y, con su gracia la cumpliré, del modo que Él me indique. Ser santo significa proyectar la santidad de Dios en el mundo, la bondad de Dios, la misericordia de Dios.

Hermanos, hemos sido llamados a ser santos, y nadie podrá arrebatarnos esta alegría.


Guadalajara, Jalisco, 8 marzo 2016

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