jueves, 10 de marzo de 2016

786 - IV. Misericordiosos como el Padre: En encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia


Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador.
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado.
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios.


IV. El encuentro con Jesús
es el verdadero encuentro con la misericordia



Para entender a Jesús hay que partir del Dios de la alianza
El Dios revelado es el Dios de la alianza, decíamos ayer. Un Dios que no pudieron alcanzar los filósofos y sabios. El Dios de los filósofos no es el Dios viviente, sino el Dios nacido como fruto necesario de nuestras consideraciones.
Recordemos los puntos centrales de nuestra meditación de ayer:
1)    El Dios de la fe es el Dios de la Biblia.
2)    El Dios viviente.
3)    Que es el Dios revelado como alianza e historia.
4)    Es el Dios que acompaña al hombre.
5)    Que se muestra como amor: sea ternura sea perdón.
6)    Que es el Dios de nuestra esperanza, el Dios de nuestro premio.
7)    Y en conclusión, la revelación de Dios están tan unida a la comprensión del hombre que la revelación de Dios es la revelación del hombre.
Esta es la síntesis de nuestra fe cristiana. La fe se ha abierto paso en medio de todos los avatares y dificultades de la evolución del hombre. Por eso la fe está mezclada con tantas dificultades, que provienen de nuestro conocimiento tan limitado. Pero, al final, por encima de todos los obstáculos la fe se levanta esplendorosa y coherente.
Y para nosotros la comunidad de Jesús, que es la Iglesia, es la Casa de la Fe. La Iglesia, en medio de todos los vericuetos de este mundo, nos conduce hasta el encuentro definitivo con Dios, nuestro Padre. Y esta es la hermosura de la Iglesia.

Cuál es el verdadero rostro de Jesús, que queremos definirlo como la misericordia de Dios
Al estudiar la persona de Jesús los intérpretes de la Escritura nos hablan de dos perspectivas:
- del Jesús histórico
- y del Cristo de la fe.
De tal forma están mutuamente implicadas estas dos visiones del Señor que tenemos que decir:
- No existe el Jesús de la historia sino en el Cristo de la fe.
- No existe el Cristo de la fe sin el Cristo de la historia.
En consecuencia. Los Evangelios ¿son libros de historia o son libros de fe? Y la respuesta es:
- Son libros de historia y simultáneamente son libros de fe.
- Para acceder a Jesús no se puede acceder a su historia sino a través de la fe (la fe de la comunidad creyente que es quien ha escrito este testimonio vivo y vivificante de Jesús), y no se puede acceder a la fe sino es por el camino de la historia. Si no admitimos las dos cosas al mismo tiempo, la figura de Jesús se volatiliza.

El testimonio histórico-creyente de los Evangelios
 Cada uno de los cuatro Evangelios es un testimonio histórico de Jesús y no se puede decir: Este es más histórico que este otro. Ni tampoco se puede decir: este es más teológico que este otro. Todos son históricos y todos son documentos de fe.
Y al mismo tiempo es verdad que los Evangelios se dividen en dos grupos:
- los tres primeros Evangelios se llaman Evangelios Sinópticos: se pueden poner los tres en líneas paralelas y se observa que van siguiendo un esquema aproximado contando los hechos y las palabras de la vida de Jesús. Al llegar a la Pasión este paralelismo es más evidente.
- el cuarto Evangelio tiene un estilo diferente, como veremos.
Vayamos, pues a los cuatro Evangelios para ver cuál es la imagen de Jesús que ofrecen y para comprobar que, efectivamente, la imagen de Jesús es la imagen del Dios de amor de la alianza, la imagen que Jesús lleva grabada en sí, Jesús el rostro de Dios. Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Y en otro lugar Jesús dirá: Yo y el Padre somos uno.


El Jesús de los Evangelios Sinópticos
He aquí la imagen de Jesús que nos presentan los Evangelios Sinópticos. San Lucas tiene un prólogo muy instructivo para nuestro propósito. “Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lc 1,1-4).

Estas son las claves:
1)    La vida de Jesús se inicia en el Bautismo, y su Bautismo es del todo singular, puesto que es el gesto de solidaridad de su persona con toda la raza humana (no solo con Israel). El Bautismo queda coronado con la manifestación del Padre y del Espíritu. Los cristianos, al leer el Evangelio podremos comprender que Jesús es el “todo Dios” para el hombre.
2)    El mismo Espíritu es el que le lleva al desierto para inaugurar su misión.
3)    La inauguración de su misión es la predicación del Reino de Dios como ningún profeta lo ha predicado, puesto que Jesús anuncia que “el tiempo ya se ha cumplido” y que el hombre entra en el final de la historia.
4)    Jesús entiende su historia como la actuación final de Dios en el mundo. Jesús es el profeta escatológico de Dios. Ningún profeta se había considerado así.
5)    La manifestación del Reino de Dios en el final de la historia la hace Jesús de tres maneras:
- obrando la salvación por medio de signos que cumplen las profecías;
- predicando este Reino con sus palabras, siendo las parábolas las palabras más características de su magisterio,
- y finalmente invitando a todos los hombres a entrar en este Reino.
La parte mayor del Evangelio de los Sinópticos está ocupada por estas tres indicaciones que acabamos de dar.
6)    Jesús es rechazado por el sector más representativo de su pueblo, y asume el rechazo, y de tal manera se mezcla en su corazón que el mismo rechazo se convierte en profecía de la Pasión y Muerte, a las cuales Jesús les da el valor absoluto de su misión: su muerte es justamente su misión, aceptación del mundo, salvación del mundo.
7)    Jesús entra como Mesías en la ciudad de Jerusalén, según las profecías.
8)    El supremo anuncio de Jesús es el anuncio de su victoria al lado del Padre, de forma que queda constituido como dueño de la historia y juez del mundo, porque Jesús tiene la misma categoría de Dios. Lo anuncia antes de la Pasión y en el momento supremo de la pasión ante Caifás.
9)    Jesús, en el anuncio de su muerte, anuncia su victoria, es decir la victoria de Dios sobre él, anuncia su resurrección.
10)           En la Cena deja su memorial para la Comunidad de sus discípulos. La cena es una novedad absoluta que nos e puede resolver con la mera comparación con la Cena Pascual judía.
11)           Hay dos evangelistas, Mateo y Lucas, que escribieron también unos episodios sobre la Infancia de Jesús. ¿Qué es la Infancia de Jesús? Es la Infancia de Jesús Resucitado. Desde esa perspectiva hay que leer estos relatos, esta es la clave.

Esta es la imagen histórica de Jesús que se desprende del estudio de los Evangelios Sinópticos.
La conclusión es patente: Jesús ha unido de tal manera su vida al Dios de la alianza y al Espirita de la promesa que el don de Dios al mundo no es otro que el don mismo de Jesús.
Realmente podemos decir que Jesús es el rostro del Padre, el rostro misericordioso del Padre; Jesús es el amor del Padre, es todo el amor del Padre, toda la vida del Padre.

La imagen de Jesús  en el Evangelio de Juan, la misma por otro camino

Nuestra sorpresa es grande. Adentrándonos en el Evangelio de Juan vemos que, al final, la imagen de Jesús asimilado a Dios es igual en el Evangelio de Juan, si bien por otro y con estilo muy diferente.

1. Ante todo san Juan nos presenta un Prólogo grandioso. Es un himno al Señor, presentando la síntesis de todo su Evangelio y diciéndonos de este modo: el Jesús del que quiero hablar es este y no es otro, desde la primera línea hasta el final.
De hecho, san Marcos, considerado como el Evangelio más primitivo, había hecho otro tanto en el título mismo de su Evangelio, al escribir: Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios (Mc 1,1).
¿Qué nos dice san Juan para introducir la historia de Jesús en la tierra?

1 En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
 2 Él estaba en el principio junto a Dios.
 3 Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
 5 Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. […]
14 Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad

Todo lo que va a escribir san Juan lo va a escribir de este Verbo de Dios, Creador del mundo. El Verbo de Dios es Jesús de Nazaret.

Al final del Evangelio se nos hace una observación que explica cómo se ha escrito este Evangelio y con qué criterio:
“Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20,30-31).
Luego sigue un epílogo, que termina con unas frases equivalentes a la conclusión primera: “Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir” (Jn 21,25).
El Evangelio según san Juan se ha escrito para nosotros, los que creemos en Jesús, para que nuestra fe se ilumine, penetre más y más en el misterio de Jesús y quede llena de admiración.

2. San Juan, para presentar la figura de Jesús, el Hijo amado del Padre hace una selección de escenas, que él llama “signos”. Esta secuencias de signos se llama Libro de los Signos. Escuchemos, mezclando lo que es en rigor “signo” y lo que es otro tipo de escena:

ü Primera escena: La elección de los discípulos.
ü Segunda escena: Jesús manifiesta su gloria en las Bodas de Caná, signo de las bodas mesiánicas.
ü Tercera escena: Jesús realiza el signo de la purificación del Templo.
ü Cuarta escena: Jesús y Nicodemo, maestro de Israel.
ü Quinta escena: Jesús y la Samaritana.
ü Sexta escena: Jesús cura al hijo de un oficial real.
ü Séptima escena: Jesús cura al paralítico de la piscina de Betesdá, que quiere decir Misericordia.
ü Octava escena: Jesús, pan de vida, da de comer a la comunidad de Israel, principio de la comunidad mesiánica
ü Novena escena: Jesús, luz del mundo cura a un ciego de Nacimiento, signo de la iluminación en el Bautismo.
ü Décima escena: Jesús, la resurrección y la vida, resucita a Lázaro, muerto de cuatro días, signo de la resurrección final.
ü Última escena: Jesús entra como Mesías en la ciudad santa de Jerusalén celebrar su Pascua  y para ir voluntariamente a la Pasión y muerte.
Junto a esto, hay diálogos de Jesús con las autoridades judías, que manifiestan su enfrentamiento y rechazo.

Pero ahora viene la  segunda parte del Evangelio de san Juan – El Libro de la Gloria -  que le da el tono a todo su mensaje. Son los diálogos de Jesús con los suyos en la Cena, largos capítulos que los intérpretes los han explicado así: Jesús en la tierra, que no deja de ser el Jesús celeste, entra con su Iglesia en el Cenáculo e instruye a la Iglesia, es decir, a nosotros sobre nuestra presencia en el mundo, tras su partida, auxiliados por el Espíritu Santo.
Este Jesús nos habla palabras divinas con la categoría de Hijo de Dios, porque él mismo es la última palabra de Dios, la revelación plenaria a la humanidad.

Este Jesús que nos presentan los Evangelios es el Hijo de Dios en el cual reside corporalmente la divinidad, como dirá san Pablo.

Jesús presente hoy en la comunidad cristiana

Todos estos puntos, que pueden semejar a unos puntos de una lección de Biblia, en el fondo lo que pretenden es llevar nuestro corazón a la misma presencia de Jesús, a la intimidad con él.
El Jesús de nuestra intimidad es el Jesús viviente con el que vive la Iglesia.
He aquí esta página que hemos leído hoy en el oficio divino, una página que se escribió en el siglo V del Papa san León Magno (390-461). Nuestra carne está del todo unida a la carne de Jesús; este es el misterio.

De los Sermones de san León Magno, papa
(Sermón 15 Sobre la pasión del Señor, 3-4: PL 54, 366-367)

MEDITACIÓN SOBRE LA PASIÓN DEL SEÑOR

“El que quiera venerar de verdad la pasión del Señor debe contemplar de tal manera, con los ojos de su corazón, a Jesús crucificado, que reconozca su propia carne en la carne de Jesús.
Que tiemble la tierra por el suplicio de su Redentor, que se hiendan las rocas que son los corazones de los infieles y que salgan fuera, venciendo la mole que los abruma, los que se hallaban bajo el peso mortal del sepulcro. Que se aparezcan ahora también en la ciudad santa, es decir, en la Iglesia de Dios, como anuncio de la resurrección futura, y que lo que ha de tener lugar en los cuerpos se realice ya en los corazones.
No hay enfermo a quien le sea negada la victoria de la cruz, ni hay nadie a quien no ayude la oración de Cristo. Pues si ésta fue de provecho para los que tanto se ensañaban con él, ¿cuánto más no lo será para los que se convierten a él?
La ignorancia ha sido eliminada, la dificultad atemperada, y la sangre sagrada de Cristo ha apagado aquella espada de fuego que guardaba las fronteras de la vida. La oscuridad de la antigua noche ha cedido el lugar a la luz verdadera.
El pueblo cristiano es invitado a gozar de las riquezas del paraíso, y a todos los regenerados les ha quedado abierto el regreso a la patria perdida, a no ser que ellos mismos se cierren aquel camino que pudo ser abierto por la fe de un ladrón.
Procuremos ahora que la ansiedad y la soberbia de las cosas de esta vida presente no nos sean obstáculo para conformarnos de todo corazón a nuestro Redentor, siguiendo sus ejemplos. Nada hizo él ni padeció que no fuera por nuestra salvación, para que todo lo que de bueno hay en la cabeza lo posea también el cuerpo.
En primer lugar, aquella asunción de nuestra substancia en la Divinidad, por la cual la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, ¿a quién dejó excluido de su misericordia sino al que se resista a creer? ¿Y quién hay que no tenga una naturaleza común con la de Cristo, con tal de que reciba al que asumió la suya? ¿Y quién hay que no sea regenerado por el mismo Espíritu por el que él fue engendrado? Finalmente, ¿quién no reconoce en él su propia debilidad? ¿Quién no se da cuenta de que el hecho de tomar alimento, de entregarse al descanso del sueño, de haber experimentado la angustia y la tristeza, de haber derramado lágrimas de piedad es todo ello consecuencia de haber tomado la condición de siervo?

Es que esta condición tenía que ser curada de sus antiguas heridas, purificada de la inmundicia del pecado; por eso el Hijo único de Dios se hizo también hijo del hombre, de modo que poseyó la condición humana en toda su realidad y la condición divina en toda su plenitud.
Es, por tanto, algo nuestro aquel que yació exánime en el sepulcro, que resucitó al tercer día y que subió a la derecha del Padre en lo más alto de los cielos; de manera que, si avanzamos por el camino de sus mandamientos, si no nos avergonzamos de confesar todo lo que hizo por nuestra salvación en la humildad de su cuerpo, también nosotros tendremos parte en su gloria, ya que no puede dejar de cumplirse lo que prometió: A todo aquel que me reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre que está en los cielos”.

Guadalajara, Jalisco, 10 marzo 2016.

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