sábado, 12 de marzo de 2016

787 - V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios

787 -  V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios

Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador.
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado.
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios.


V. Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios



El fruto del árbol bueno

En este plan de cinco pláticas cuaresmales hemos estando compartiendo una doctrina de fe, de la cual ahora queremos extraer su fruto. Recuerden: yo soy pecador – Yo soy santo – Dios es mi Padre – Jesús es mi hermano como Hijo de Dios. Y ahora, en conformidad con todo esto, nos toca sacar las conseceucnias. Si este es el mensaje que nos viene de la palabra viviente de Dios, ¿cuál ha de ser mi comportamiento en la vida? Dicho de otra manera: ¿Quién soy ante Dios, ante mí mismo, ante la sociedad que me rodea? ¿Qué misión tengo en este mundo? ¿Cómo debo realizarla?
Recordad una palabra de Jesús:
“Plantad un árbol bueno y el fruto será bueno; plantad un árbol malo y el fruto será malo; porque el árbol se conoce por su fruto” (Mt 12,33). Esto es de san Mateo.
Y en el Evangelio de san Lucas leemos así: “Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos” (Lc 6,43-44).
Seguramente que Jesús está recogiendo de la sabiduría popular, de los efranes que ha ido creando el pueblo.
El árbol bueno produce frutos buenos, no puedo sino producir frutos buenos. Y el árbol malo contrario.
El árbol bueno puedo ser yo mismo; el árbol bueno puede ser Jesucristo. Pensemos que Jesús, el Señor de nuestra fe de nuestro amor, de nuestro anhelo, es el árbol bueno, y por nuestra unión con él nosotros vamos a producir frutos buenos”.
San Pablo nos da esta consigna: “Ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded unidos a él, arraigados y edificados en él, afianzados en la fe que os enseñaron, y rebosando agradecimiento” (Col 2,8).
Si nosotros somos un árbol, Cristo es nuestra raíz: estamos arraigados en él.
Si nosotros somos un hermoso edificio, Cristo es nuestro cimiento: cimentados en él.
A veces, cuando me toca bautizar a un niño o una niña aquí en esta iglesia, en la pequeña homilía que sigue a la lectura del Evangelio o de otro texto, según vea los rostros, les digo familiarmente:
- Seguramente que ustedes han notado que yo no son mexicano.
Y con la cabeza me están diciendo que sí, que no soy mexicano. Y entonces yo sigo:
- Si yo no les he dicho nada. ¿Por qué saben ustedes que no soy mexicano? Porque se nota… ¿verdad?
Pues bien, esto es un ejemplo.  Un día este niño, esta niña se hará un día mayor; irá al trabajo. Y allí sabrán si es cristiano o no es cristiano, si es discípulo de Jesús o no lo es. ¿Por qué? Porque se nota, se debe notar. No porque yo lleve una cruz en el pecho o una medalla de la Virgen de Guadalupe. Se nota por mi testimonio, porque yo me comporto cono cristiano: hablo lo que tengo que hablar y no participo en conversaciones que son sencillamente pecaminosas; se nota, porque a la hora de ayudar al que lo necesita, allí estoy yo, con generosidad y gratis. Se debe notar que somos cristianos.

La vida cristiana comienza con un encuentro con Jesucristo

De niño aprendí en el catecismo una definición de la fe. ¿Qué es la fe? Creer lo que no vimos. La fe se ha estudiado más bien desde el aspecto intelectual que desde una vivencia personal afectiva e integradora. El que cree aceptas las verdades que Dios ha revelado, que superan la razón, aunque no  vayan en contra de la razón ni la destruyan. Y la acepta basado en la autoridad divina. Esto es, pues, la fe: entrar en el conocimiento de realidades divinas.
En el primer número de la encíclica Dios es amor (Deus caritas est) del Papa Benedicto XVI se nos habla de la fe de otra manera.
He aquí estas bellas palabras de Benedicto XVI que ha tenido mucha resonancia:
Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna » (cf. 3, 16) (Deus caritas est, 1).

Son pensamientos que llevaba el Papa muy grabados en el fondo de su corazón. Nunca olvidaré lo que dijo en la homilía de la inauguración de su pontificado:

“No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo”.

Al final de esta célebre homilía se dirigía en particular a los jóvenes y se expresaba con este tono:

“Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén” (Aquí terminaba esta homilía)

Esta forma de concebir la vida cristiana ha sido asumida completamente por el Documento de Aparecida, que es el documento fruto de la reunión de los Obispos reunidos en Brasil, en mayo de 2007. Uno de los que trabajarone este documento fue el Cardenal de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, hoy Para Francisco.
Aquí se nos dice en el número en el número 29, hablando de “La alegría de ser discípulo y misionero de Jesucristo”:

“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (Aparecida, 29)-

El encuentro con Jesucristo se presenta de diversas maneras. Se da el caso, antes frecuentísimo, de quien había nacido en una familia profundamente cristiana, que había mamado la fe con la leche de su madre, y que había crecido con el buen ejemplo de sus padres y apoyado por el buen ambiente que le rodeaba. Poco a poco iba madurando, y en un determinado momento de su vida, ya de una manera adulta, consciente y libre, tenía que formular su opción por Jesucristo, quitando todo lo que fuera rutina.

En otras ocasiones el encuentro con Jesucristo se producía por una conversión, por un cambio de vida que abría una ruta nueva.

El encuentro con Jesucristo y la renuncia al pecado

El que se encuentra con Jesús, el Señor, renuncia absolutamente al pecado e inicia una vida nueva.
Si leemos con atención el Nuevo Testamento, esta era la condición de tanto que, habiendo vivido en el paganismo, habían vivido en medio de muchos desórdenes.
Hablando a los cristianos de Éfeso y diciéndoles qué es el hombre viejo, con sus vicios y pecados, y que es el hombre nuevo, presenta los dos tipos de conducta contrapuestos.
Y con este realismo, les dice a los Corintios:

“No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero fuisteis lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 7,10-11).

Así úes, hermanos, si queremos participar de los discípulos de Jesús tenemos que romper absolutamente con todo lo que sea pecado. Jesús es tajante, sin contemplaciones.
Recordemos aquellas frases tan gráficas de Jesús:
“Si tu mano o tu pie te induce a pecar, córtatelo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida manco o cojo que con las dos manos o los dos pies ser arrojado al fuego eterno. Y si tu ojo te induce a pecar, sácalo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida con un solo ojo que con los dos ser arrojado a la gehenna del fuego” (Mt 18,8-9).

Partimos de aquí: En esta vida nueva que nosotros queremos seguir, con la gracia del Señor, rompemos absolutamente con el pecado. Y nos hacemos este planteamiento:
Señor, yo quiero ser un cristiano de verdad: Ya sé que tú no me engañas ni me puedes engañare. Pues yo, ni me quiero engañar, ni te quiero engañar.
Vamos a describir, pues, cómo ha de ser el iedal de nuestra vida cristiana.

El Documento de Aparecida quiere presentarse a los cristianos de América latina como un programa total, vibrante, para vivir la fe con gozo inmenso, como discípulos y misioneros. Todo discípulo es discípulo misionero. La fuerza de la misión y la llamada a al misión arranca desde el bautismo.
Ahí queda ese documento, que no puede ser un documento de anaquel de biblioteca, sino como un documento extraordinario de lectura de formación cristiana, como un documento que me está diciendo: Este es el programa de vida cristiana hoy en América. Un documento de más de 500 números (554 en concreto), un libro para tomar conciencia de cómo está hoy la vida cristiana en América Latina y relanzarnos a la misión.
En determinado momento dice el documento que en 40 años, “mientras en el período de 1974 a 2004, la población latinoamericana creció casi el 80%, los sacerdotes crecieron 44.1%, y las religiosas solo el 8%” (número 100, nota 41). No queremos ser los conquistadores del mundo, sí los testigos de Jesucristo con el deseo de irradiar la fe y comunicar con nuestro testimonio y palabra el mayor don que hemos recibido.
En este documento de Aparecida, hay una palabra que resuena fuerte e insistente, la palabra alegría. El verdadero discípulo de Jesús debe vibrar de alegría, de pasión; esa es nuestra fortaleza que nos viene de Jesús.
En resumen de todo lo que hemos reflexionado, he aquí un programa de vida en cuatro direcciones:

1.     Ser cristiano auténtico y coherente.
2.     Ser cristiano generoso con Jesús y siempre fiel.
3.     Ser cristiano abierto a las necesidades de los hermanos.
4.     Y ser cristiano dispuesto a anunciar y proclamar mi fe: discípulo misionero.

Auténtico y coherente

 A nada que nos descuidemos la fe deriva en rutina y el ser cristiano pasa a una especie de convencionalismo de cultura. Soy cristiano porque algo hay que ser, porque eso pertenece a mi tradición, e incluso porque es – puede ser – una forma de prestigio social.
Muy fácilmente, si perdemos una profunda sensibilidad religiosa, nuestra fe cristiana, que por su propia naturaleza debe ser fragante, novedosa y atrayente de por sí, pasa a ser algo rutinario, algo legal.
En el ejercicio del ministerio sagrado aparece tantos veces.
 Me acuso de que el domingo pasado no fui a misa. Por el modo de hablar un intuye que es una persona piadosa, y con prudencia se atreve a pregunta:
- Estaba usted enferma.
- Sí.
- Pues entonces no tenía obligación de venir a misa.
- Ya lo sé; pero por si acaso…
¿Qué Dios está presente detrás de nuestra confesión?
Otro caso:
- ¿Me puede bendecir la casa?
- Claro que sí, pero fíjese: No hay ninguna oración para bendecir las paredes, los muebles… No se bendice eso; se bendice “el hogar”, la familia que va a habitar en esta casa. Eso es lo importante. Se bendice a la familia, para que haya unidad, para que al entrar y salir de casa reine la presencia de Dios; se bendice el hogar para que sea hogar acogedor y hospitalario.
Y lo mismo ocurre cuando se bendice un coche. Se bendice todo el conjunto de esa acción humana: que cuantos usen el vehículo por trabajo o por placer vayan acompañado de la presencia del Señor.
Nuestra fe, hermanos, tiene que ser una fe iluminada, verdadera, transparente, gozosa, sin miedo ni tabúes. Una fe que por sí misma irradia su hermosura.
 Un cristiano, pues, auténtico y coherente, que cumple no por cumplir, sino porque le sale del alma.
Una fe hermosa, una virtud atrayente, que se predica pro sí misma.

Ser cristiano generoso con Jesús y siempre fiel

Cuando confieso a un niño delante de un crucifijo hermoso que he puesto en sus manos, le digo:
Jesús nos ha amado tanto que ha muerto en la cruz por mí y por ti. Jesús nos ha dado todo lo que tenía, ya lo ves. ¿Qué le debemos nosotros a Jesús? Todo, todo nuestro amor. Jesús nos habla al corazón, y allí sentimos cómo nos pide tantas cosas, porque nos pone muy buenos pensamientos. Eso es lo que debemos dar a Jesús.
Así es. Y ante ustedes, adultos, mi reflexión es: La medida del amor es amar sin medida.
Nuestra generosidad con Dios ha de ser total. Ya nos lo dijo él cuando nos dio los mandamientos, que es el código de nuestra alianza. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas.
A Dios no se le ama con la mitad ni con tres cuartas partes; a Dios se el ama al cien por cien, con todo nuestro ser.

Ser cristiano abierto a las necesidades de los hermanos

Qué bien viene recordar que no hay mayor felicidad que hacer felices a los demás.
¡Qué inmensa satisfacción siente uno cuando ha aportado algo para hacer felices a los otros, especialmente a los más débiles y necesitados!
¿Y cuántas gracias tenemos que dar a Dios cuando un necesitado tiene confianza para que yo le preste un servicio!
La lógica de la fe verdadera es esta, no otra.

Y, en fin, hermanos, ser cristiano dispuesto a anunciar y proclamar mi fe: discípulo misionero

Este es el constante mensaje de Aparecida. Somos discípulos misioneros. La fe crece al darla. La fe se expande no por propaganda, no por marketing. La fe que se me ha dado es para compartirla. Nuestro apostolado primordial es este: el esplendor de nuestra vida, que se hace resplandor de nuestra vida.

Hermanos, hemos llegado al final.
Les habla un Misionero de la Misericordia. El amor de Dios se ha derramado en el mundo. Ese amor misericordioso brilla íntegro en el rostro de Jesús.
Ese amor, que hermosea nuestra vida, es el que nosotros brindamos a los demás.
El Señor Jesús nos conceda esta inmensa felicidad.


Guadalajara, 11 marzo 2016.

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