domingo, 13 de marzo de 2016

788 - Domingo V de Cuaresma, ciclo C – La Iglesia santa y la mujer adúltera

La Iglesia santa y la mujer adúltera
Lc 8,1-11

Texto evangélico
8,1 Jesús se retiró al monte de los Olivos. 2 Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. 3 Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, 4 le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». 6 Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
         7 Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». 8 E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. 9 Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. 10 Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». 11 Ella contestó: «Ninguno, Señor».
     Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Hermanos:
1. La Cuaresma avanza, y hoy iniciamos la quinta etapa, quinto domingo del itinerario Cuaresmal.
Desde el primer domingo – como ya alguna vez lo he indicado - recordamos e iniciamos una historia de salvación, la historia de salvación de Dios con su pueblo, condensada en estas etapas, conforme a las lecturas que se van escogiendo: 1. Los orígenes (Adán) – 2. Abraham, nuestro padre en la fe – 3.  Moisés, mediador de la Alianza de Dios con los hombres – 4. El pueblo de Dios en la Tierra Prometida – 5. Los profetas, recordatorio y mantenedores de la Alianza.
Este es el esquema que vamos recorriendo en Cuaresma antes de llegar a la Entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, el próximo domingo, Domingo de Ramos.

2. Nos vamos a concentrar en este singular Evangelio de la mujer adúltera ante Jesús, mejor dicho, de Jesús, rostro de la Misericordia de Dios, ante la mujer adúltera, pecadora humillada por pecadores y salvada por el único Justo, Jesús, Hijo de Dios.
Para comprender el alcance de esta escena, que es guía luminosa para la Iglesia, tenemos que situarnos en contexto, y conocer qué significaba para un hijo de Israel ser miembro del Pueblo Santo de Dios. Para eso quizás necesitaríamos bastante cultura y teología.
¿Cómo poder entender hoy, a distancia de tantos siglos, lo que el capítulo 21 del Deuteronomio dice a propósito de la lapidación del hijo díscolo, recalcitrante a los consejos de sus padres, reincidente e incorregible…? Dice el texto sagrado: “Y dirán a los ancianos de su ciudad: “Este hijo nuestro es terco y rebelde; no nos obedece, es un derrochador y un borracho”. Entonces, todos los hombres de la ciudad lo lapidarán hasta que muera. Así extirparás el mal de en medio de ti, y todo Israel lo oirá y temerá” (Deut 21,20-21).
Ignoro si esto llegó a cumplirse o quedó en una especie de símbolo sagrado de lo que aspira a ser la comunidad santa de Israel.

3. Jesús quiere que la Comunidad de Israel y del verdadero Israel sea santa. Esto significa el haber tomado en sus manos el látigo para arrojar a los vendedores del templo y echar por tierra las mesas de los cambistas, cosas permitidas por las autoridades.
San Pablo, de su parte, cuando se entera de una gravísimo escándalo que existe en la Comunidad cristiana de Corinto, se pone furioso. Se trata de alguien que vive con la mujer de su padre, al parecer su madrasta. Desde lejos lo expulsa de la Comunidad, y con todo enfurecido escribe:
“En la carta que os escribí os decía que no os juntarais con los inmorales. No me refería a los inmorales de este mundo, ni tampoco a los codiciosos, a los estafadores o idólatras; para eso tendríais que salir de este mundo. Lo que de hecho os dije es que no os juntarais con uno que se llama hermano y es inmoral, codicioso, idólatra, difamador, borracho o estafador: con quien sea así, ni compartir la mesa “(1 Cor 9-11).
Y unos párrafos después: “. ¿No sabéis que ningún malhechor heredará el reino de Dios? No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero fuisteis lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6,9-11).

4. Muchas veces he explicado este Evangelio. Resumiendo:
- Mujer, ¿Dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?
Que se podría traducir, creo yo: ¿Ninguno te ha podido condenar?
- Pues yo, el único que te podría condenar, el único sin pecado, mucho menos. Yo muero por todos y que no maten a nadie.
Vete, hija mía, y no peques más.

5. Ahora, hermanos, quiero traer el comentario que de esta escena, hace el Papa Francisco. Hace poco acaba de publicarse un libro del Papa, que se titula: El Nombre de Dios es Misericordia (Editorial Planeta) y que recoge una larga conversación, dividida en capítulo del Papa con un periodista italiano, Andrea Tornielli.
Hoy 13 de marzo, hace tres años (13/III/2013) fue elegido papa el arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Bergoglio. Estábamos en Cuaresma y al domingo siguiente tocaba el Evangelio de hoy, y el Papa hizo su homilía sobre al mujer adúltera y el perdón de Jesús.
Y continúa el periodista (en las páginas del Prólogo), a quien ahora le paso la palabra para que nos diga qué dijo el Papa:

“Algo más de un año después, el 7 de abril de 2014, Francisco volvió a comentar el mismo fragmento durante la misa matutina en la capilla de la Casa Santa Marta, confesando su emoción ante esta página evangélica: «Dios perdona no con un decreto, sino con una caricia». Y, con la misericordia, «Jesús va incluso más allá de la Ley y perdona acariciando las heridas de nuestros pecados». «Las lecturas bíblicas de hoy —explicó el papa— nos hablan del adulterio», que junto a la blasfemia y a la idolatría estaba considerado «un pecado gravísimo en la Ley de Moisés», castigado «con la pena de muerte» por lapidación. En el pasaje sacado del octavo capítulo de san Juan, el papa señalaba: «Hallamos a Jesús, sentado allí, entre toda la gente, haciendo de catequista, enseñando». Después «se acercaron los escribas y los fariseos con una mujer que arrastraban, quizá con las manos atadas, como podemos imaginar. Y entonces la pusieron en el centro y la acusaron: “¡He aquí una adúltera!”». La suya es una acusación pública. El Evangelio cuenta que a Jesús le hicieron una pregunta: «¿Qué debemos hacer con esta mujer? ¡Tú nos hablas de bondad, pero Moisés nos ha dicho que debemos matarla!». «Eso decían —advirtió Francisco—, para ponerlo a prueba, para tener un motivo para acusarlo.» Y lo cierto es que si Jesús les hubiera dicho: «Sí, adelante con la lapidación», hubieran tenido la oportunidad de decirle a la gente: «¡Mirad a vuestro Maestro, con lo bueno que es, qué le ha hecho a esta pobre mujer!». Si, en cambio, Jesús hubiera dicho: «¡No, pobrecilla, hay que perdonarla!», entonces podían acusarlo «de no cumplir la Ley». Su único objetivo, explicaba también el papa Bergoglio, era «poner a prueba, tender una trampa» a Jesús. «A ellos la mujer no les importaba nada y tampoco les importaban los adúlteros.» Es más, «quizá alguno de ellos era también adúltero». Y he aquí entonces que Jesús, quien quería «quedarse a solas con la mujer y hablarle a su corazón», respondió: «Aquel de vosotros que esté libre de pecado que tire contra ella la primera piedra». Y, tras escuchar esas palabras, «el pueblo poco a poco se marchó». «El Evangelio, con cierta ironía, dice que todos se marcharon, uno por uno, empezando por los más ancianos: ¡está visto que en el banco del cielo tenían una bonita cuenta corriente de faltas!» Llega pues el momento «de Jesús confesor». Se queda «solo con la mujer», que permanece «ahí en medio». Y, mientras tanto, «Jesús estaba agachado y escribía con el dedo en el polvo del suelo.
Algunos exégetas dicen que Jesús escribía los pecados de esos escribas y fariseos», pero «quizá sea imaginación». Después «se levantó y miró» a la mujer, que estaba «llena de vergüenza, y le dijo: “¿Mujer, dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Estamos solos, tú y yo. La mujer —siguió comentando Francisco en esa homilía— no se proclama víctima de «una falsa acusación», no se defiende afirmando: «Yo no he cometido adulterio». No, «ella admite su pecado» y le contesta a Jesús: «Nadie, Señor, me ha condenado». Y a su vez Jesús le dice: «Tampoco yo te condeno, vete y de ahora en adelante no peques más». Así pues, concluía Francisco: «Jesús perdona. Pero aquí hay algo más que el perdón. Porque como confesor Jesús va más allá de la Ley». De hecho, «la Ley decía que ella tenía que ser castigada». Por otro lado, Jesús «era puro y hubiera podido ser el primero en lanzar la piedra». Pero Cristo «va más allá». «No le dice: “El adulterio no es pecado”, pero no la condena con la Ley». Precisamente, éste es «el misterio de la misericordia de Jesús».
(Y sigue comentando el Papa que por brevedad omitimos).

6. Concluyamos, hermanos, con una plegaria:
Señor Jesús, tú era la Misericordia del Padre, toda la misericordia de Dios. Cúbrenos con este manto de amor y de ternura y haz que nosotros, pecadores perdonados, sepamos tratar con la misma ternura a nuestros hermanos. Amén.

Guadalajara, Jalisco, domingo13 marzo 2016.

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