sábado, 26 de marzo de 2016

797. La fe de Pedro y Juan, el encuentro con Jesús Resucitado


Homilía para la Misa de Pascua
Jn 20,1-9



Texto evangélico de la Misa del Día
El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Hermanos:
¡Feliz Pascua del Señor!
¡Felicidades a Cristo, Vencedor de la muerte, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo pro los siglos de los siglos!
¡Felicidades a todos los cristianos que en la celebración de estos misterios han llegado a creer por la fe – incluso misteriosamente a sentir – que Jesús es el Viviente en su corazones!

1. Todos los cristianos debemos saber que la Vigilia Pascual es la celebración más importante de todo el año – la Madre de todas las Vigilias, dijeron los santos Padres – y que es una gracia inmensa del Señor poder vivirla largamente como Vigilia nocturna, por ejemplo de tres horas seguidas por la noche. ¿No son así tantas fiestas y veladas que se hacen? Esta posibilidad nos la ofrece la liturgia de hoy en la Vigilia Pascual, si queremos seguir, detalle a detalle todas sus lecturas, salmos y ritos, cuidadosamente preparados con tiempo, y cantando las partes convenientes. Allí explota la alegría cristiana y el amor de los hermanos que nos une en una misma Iglesia de Jesús, tesoros que nunca podremos agradecer bastante. Allí se canta gozosamente el Aleluya, júbilo y triunfo que se prolonga cincuenta días continuos hasta Pentecostés.

2. Pero esta homilía no es la homilía de la Vigilia Pascual, sino la homilía de la Misa del día, sobre el texto del Evangelio de san Juan que todos los años se proclama. Pedro y el discípulo amado corren al sepulcro, cuando María Magdalena se ha apresurado, desolada, a anunciar a los apóstoles que el sepulcro estaba vacío.
Estos dos apóstoles, que son los dos núcleos de la Iglesia primitiva, los hemos visto junto en la Cena, cuando Pedro hizo señas al discípulo amado: Pregunta quién es. El discípulo se recostó sobre el pecho del Señor y supo quién era y pasó la seña al que era y había de ser el primero en el grupo.
Ahora salen exhalados y corren a la par, pero aquel discípulo a quien Jesús quería corre más… No se nos dice que corría más porque fuera más joven, se nos dice que corría más… Llegó el primero, y, al asomarse, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
En el estilo narrativo de san Juan, ¡cuántas sugerencias!, ¡cuántas delicadas evocaciones o insinuaciones! Juan respeta que Simón Pedro sea el primero; y en este momento supremo de la fe de la Iglesia, Pedro tiene la preferencia.

2. Y ahora viene nuestra gran sorpresa. Dice el texto sagrado, no que Jesús se apareciese – de momento – ni a Pedro ni a Juan. Juntando lo que aconteció en Pedro y lo que aconteció en Juan, dice el texto sagrado: Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura. Primero en singular refiriéndose a él; luego en plural por los dos.
Esta es la frase que queremos desentrañar, para saber, hermanos, cuál fue la experiencia de aquellos dos apóstoles testigos, y cuál ha de ser el camino de la nuestra.

3. Hay tres palabras en el texto evangélico que nos dan la clave para nuestra fe: ver, creer, entender.

1) Lo primero es ver. Y este ver se refiere a una experiencia histórica que está en la raíz de la fe. Somos cristianos apoyados en unos hechos que se dieron, que no fueron mitos sagrados. Fueron realidades expresadas, ciertamente, con lenguaje múltiple en los relatos evangélicos.
Nuestra fe tiene carácter histórico, es decir, se apoya en hecho que se dieron, que pertenecen a la experiencia de los hombres abiertos a la transcendencia.

2) Del ver se pasar al creer. Sin creer no hay resurrección. O más exactamente: La resurrección existe porque Dios la introduce en el mundo con su infinita omnipotencia, pero la fe es necesaria para llegar a ella. Sin esa fe, depositada en el corazón del hombre, la resurrección es inexistente para el hombre. No son sutilezas de lenguaje, hermanos, sino profundas realidades que cimientan el edificio de nuestro cristianismo. La resurrección no es evidencia, sino Misterio de Fe, como la Eucaristía. La Virgen misma accede al misterio de la resurrección de su Hijo por la fe, solo mediante la fe. En la fe avanzó hasta el Calvario, y fue misterio de fe la resurrección de su hijo y Pentecostés.

3) Pero hay una tercera referencia imprescindible: la fe se alcanza en la armonía íntima de la Escritura. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Este es el contenido de la Escritura: que Cristo, el Mesías de Dios, había de ser el triunfador bajo el amparo de Dios. Dios iba haciendo una historia ordenada, que hoy llamamos “historia de salvación”, y el remate de esa historia es lo que hoy alcanzamos: Cristo, proyecto de Dios, clave de todo el proyecto humano, clave de la creación.

4. Estando en el Año de la Misericordia, cuanto acabamos de decir, lo podemos condensar en una palabra: Cristo, vencedor del pecado, Cristo que surge del sepulcro, es la Misericordia del Padre. Él, por cuya sangre hemos sido salvados de los pecados, es nuestro futuro.
Más aún, hermanos, Cristo Resucitado es el Viviente en nuestros corazones. Cristo Resucitado resucita y vive en mí, y me llama a la intimidad total con él.

Jesús, con toda la Iglesia te proclamamos como Señor, señor de la vida, Señor de mi vida, de la vida de todos los hombres. A ti la gratitud, la gloria y la alabanza, por los siglos de los siglos. Amén.


Guadalajara, Jalisco, Sábado Santo, a la espera, 26 marzo 2016

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