viernes, 8 de abril de 2016

804. Domingo III de Pascua. Aparición de Jesús, primado de Pedro, documento “La alegría del amor”.

Domingo III de Pascua
Jn 21,1-19


Texto evangélico
 1 Después de esto Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 3 Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. 4 Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5 Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». 6 Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. 7 Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. 8 Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. 9 Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 10 Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». 11 Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
         12 Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. 13 Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
         14 Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
         15 Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro[*]: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
         Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». 16 Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». 17 Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?», y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. 18 En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». 19 Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Hermanos:
1. Estamos en el tercer domingo de Pascua. Los tres primeros domingos de Pascua todos los años traen a nuestra consideración alguna de las apariciones de Jesús Resucitado. El cuarto siempre será una escena de Jesús Buen Pastor.
Hoy el relato evangélico nos presenta el último capítulo del santo Evangelio según san Juan: la aparición de Jesús a siete discípulos en el lago de Genesaret, con diversas secuencias. Una primera información nos dice: “Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos (es decir, Santiago y Juan) y otros dos discípulos suyos”. Este dato tan concreto da un sentido de veracidad a la escena, al mismo tiempo que la mención genérica de “otros dos discípulos suyos” da un nuevo misterio a la escena.

2. El relato nos presenta una comida que Jesús ha preparado para sus discípulos. Esto es todo un símbolo para nosotros: La vida cristiana se sustenta en la comida de Jesús con nosotros, que él mismo nos ofrece. Él está presente, y nos agarramos con firmeza a esa presencia, aunque sensitivamente las dudas surjan. “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor”
Este saber que es el saber que nos da la fe, la cual nunca jamás es una evidencia científica. Pero sí una evidencia vital de todo nuestro ser una vez que uno da el paso. Yo me lanzo a la eternidad con la seguridad plenaria de que no me he equivocado, de que todo lo que yo he creído de la Eucaristía no es una imaginación mítica.

3. La segunda parte de la escena es el primado que existe en la Iglesia frente a esas dos figuras, la del discípulo amado – el hombre que acierta en la cena y que acierta en la resurrección – y Pedro, que se ha lanzado al agua por Jesús. No hay duda de que el primado radica en Pedro y solo en Pedro. Algunos teólogos protestantes dirán que, siendo esto cierto, el primado de Pedro no pasa, por voluntad de Cristo, a los sucesores de Pedro sino a la Iglesia en cuanto tal, en quien radica, por don de Jesucristo, la verdad.
Con la milenaria tradición de la Iglesia nosotros seguimos diciendo que el primado que confiere Jesús a Pedro se transmite a todos sus sucesores, cuya referencia es la cátedra de Roma. El papa Francisco es el sucesor del primado de Pedro; de manera que sería más correcto decir no que el Papa Francisco es sucesor de Benedicto XVI, sino más bien que es sucesor de Pedro.

4. Estamos hablando en un día, hermanos, en que al Obispo de Roma, Papa Francisco, le ha tocado, en cumplimiento de su oficio, pronunciar una palabra autorizada, final, sobre el matrimonio y la familia cristiana, tema al que se ha dedicado un sínodo, que ha durado dos años seguidos, y que se terminó en octubre pasado. El Papa, con fecha del día de San José, apenas comenzado el cuarto año de su pontificado ha firmado para toda la Iglesia católica la exhortación apostólica “Amoris laetitia”, La alegría del amor, un documento amplio de 365 números, dividido en nueve capítulos. Los cristianos que por nuestro estilo de vida y trabajo apreciando lo que es la lectura leeremos el documento, íntegro, sin saltarnos lo que aparentemente no interesa; que a lo mejro allí está lo más bello y espiritual.
A los periódicos les ha interesados unos párrafos que hablan de las situaciones irregulares.

5. Escuchen, ante todo, hermanos, esta definición de qué es el matrimonio, Literalmente dice el texto en el número 292:
“El matrimonio cristiano, reflejo de la unión entre Cristo y su Iglesia, se realiza plenamente en la unión entre un varón y una mujer, que se donan recíprocamente en un amor exclusivo y en libre fidelidad, se pertenecen hasta la muerte y se abren a la comunicación de la vida, consagrados por el sacramento que les confiere la gracia para constituirse en iglesia doméstica y en fermento de vida nueva para la sociedad. Otras formas de unión contradicen radicalmente este ideal, pero algunas lo realizan al menos de modo parcial y análogo. Los Padres sinodales expresaron que la Iglesia no deja de valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que todavía no corresponden o ya no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio”.
Está claro que la unión de una pareja del mismo sexo, aunque lo aprueben como tal las leyes civiles, como ha ocurrido recientemente aquí en Guadalajara de México, donde resido.

6. El documento todo él es una maravilla de comprensión y acogida con una pastoral de cercanía y misericordia, de discernimiento y de integración, de consideración de lo que es la fragilidad humana.
¿Dice el documento que los divorciados vueltos a casar pueden ir a comulgar? No lo dice.
¿Dice lo contrario, que los divorciados unnca podrán comulgar? Tampoco lo dice.
¿Dicen que los Obispos den caso por caso su autorización? No lo dice.
¿Dice que los sacerdotes – por ejemplo, los sacerdotes confesores – den, caso por caso, su autorización? No lo dice.

7. Lo que dice el documento, basado en la tradición de la Iglesia y en la sinodalidad que se ha manifestado en el común sentir de los obispos, pues a cada paso se citan las afirmaciones del Sínodo, es que los fieles en tales condiciones no están excomulgados, ni mucho menos, que son miembros de la Iglesia y que se deben incorporar a muchas funciones de la comunidad cristiana. Son cosas que todos, sacerdotes y laicos, debemos estudiar para hablar con conocimiento de causa.

8. El documento termina con una breve oración a la Sagrada Familia, de la cual tomo las últimas palabras:

Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.


Guadalajara, viernes, 8 de abril de 2016.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado P. Rufino: Alabo sus reflexiones sobre el texto evangélico. También he leído su artículo en la revista, que me gustaría comentar brevemente.
Ciertamente la mayor gracia de un cristiano es ver a Jesucristo resucitado y glorificado, estar con él, verle tal cual es. Evidentemente ello no se conseguirá en este mundo, sino en el venidero.
Por otro lado, el otro mundo, al no ser un mundo físico, los sentidos corporales de todo ser viviente no tienen razón de ser, y de hecho no existen, lo mismo que no existe la gravedad terrestre cuando navegamos en una nave espacial. El mismo Jesucristo nos hace saber cómo seremos en el cielo: **EN LA RESURRECCIÓN NI SE CASARÁN NI SE DARÁN EN CASAMIENTO, SINO SERÁN COMO LOS ÁNGELES DE DIOS EN EL CIELO**. Si somos como ángeles, somos espíritus, y los espíritus no son humanos. Recuérdese que nadie tocó a Jesucristo después de resucitado, aunque por momentos se hizo se hizo visible. De ese lugar san Pablo nos da una visión: **Conozco a un hombre en Cristo que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras admirables que no le es lícito al hombre expresar**.
Efectivamente en el texto latino de la carta a los efesios se observan expresiones “extrañas” (convivificavit, conresucitavit) que se deben “traducir”. Pero la palabra latina “consedere” (s.e.u.o.) no parece que sea una expresión extraña, habida cuenta de que procede de la palabra “consido”, que, como se sabe, significa sentarse, posarse, acampar, apostarse, instalarse (entre otras acepciones). ***Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos por los pecados, nos dio vida con Cristo, por cuya gracia estamos salvados, y nos resucitó con Cristo y nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para que pudiera mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús***.
Con la frase “ni ojo vio ni oído oyó” san Pablo alude a Isaías. Ambos textos dicen: (san Pablo) **Como está escrito, cosas que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman**; (Isaías) **Cuando, haciendo cosas terribles, cuales nunca hubiéramos esperado, descendiste, se derritieron los montes delante de ti. Nunca nadie oyó, nunca oídos percibieron ni ojo vio un Dios fuera de ti, que hiciera algo por aquel que en él espera**.
Saludos. Juan José.

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