viernes, 22 de abril de 2016

809. Domingo V de Pascua, ciclo C – Como yo os he amado


Homilía en el domingo V de Pascua, ciclo c
Jn 13,31-35


Texto evangélico:
31 Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. 32 Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. 33 Hijitos, me queda poco de estar con vosotros.
[Se omite: Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”].
34 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. 35 En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Hermanos:
1. A mitad de esta semana atravesamos esa raya imagina que marca la mitad de la cincuentena pascual. Este año la Pascua se inició el 27 de marzo y concluirá el 15 de mayo con la fiesta culminante de Pentecostés. En los domingos pascuales estamos escuchando la proclamación de la Palabra de Dios en los libros de los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis antes de dar paso al Evangelio.
El amante de la liturgia se puede preguntar: ¿Por qué se escoge este pasaje? Y hay una respuesta para ello, que requiere una información, una catequesis de por qué la Iglesia va seleccionando este y este texto de la Escritura.
Con respecto a los Evangelios ya dijimos que los tres primeros domingos se escoge una de las apariciones de Jesús; el cuarto domingo una sección del Buen Pastor: y los tres siguientes palabras de despedida de Jesús en la Cena. Hoy hemos escuchado el Mandamiento nuevo del amor y en esto nos centramos.
2. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”.
Estas palabras de Jesús nos están diciendo dos cosas que vamos a grabar en el corazón:
- Que el amor, como mandamiento nuevo, es lo más característico del legado de Jesús a sus discípulos.
- y que por ser lo más característico va a ser el distintivo inconfundible de los discípulos de Jesús.
Palabras sagradas del Maestro que, si nos descuidamos, pueden ser diluidas hasta el punto de quedar anuladas y no diferenciarse un cristiano del discípulo de cualquier otra religión.
Todos los seres humanos hablamos del amor, y todos algo de amor habremos conocido, algo o muchísimo hasta poder decir: El amor ha sido y es el sentido de la vida. Pero, a lo mejor, un adúltero público, también proclama: Ahora he conocido el amor. Y el que escucha, pregunta: Y ¿es que el matrimonio anterior, de treinta, de cuarenta años…, del que tú te gloriabas, era un farsa de amor?

3. “Mandamiento nuevo” dice el Señor. El mandamiento nuevo es central en el Antiguo Testamento. Porque el Dios del Antiguo Testamento, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de nuestros Padres es un Dios de amor. Y los Profetas nos lo van recordando con frases estremecedoras de ternura. Y el “amarás a tu prójimo como a ti mismo” es el mandamiento central acerca de lo que debemos hacer. “No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”. Así lo dice el libro del Levítico, capítulo 19, versículo 18.
Quien estudie a fondo el Antiguo Testamento bien pronto quitará de su mente la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios justiciero mientras que el Dios del Nuevo Testamento es el Dios del perdón. El Dios de los patriarcas y profetas es el Dios de la ternura, Dios de ternura y perdón.

4. ¿Dónde está la novedad del mandamiento del amor de Jesús? En el hecho de que Jesús nos ha revelado una historia que nuestros antiguos Padres en la fe no la conocían. En Jesús hemos descubierto que Dios es Trinidad, y que por entrañas de amor el Padre envió a su Hijo al mundo. Y este Hijo dio su vida voluntariamente por nosotros.
A partir de ahora debemos amarnos como el Padre ha amado a su Hijo y como el Hijo ha amado al Padre; lo repite Jesús de diversas maneras en la Cena. Ese es nuestro único y verdadero modelo de amor: Jesús. En él se descubre todo el secreto divino e infinito de amor. Debemos amarnos así: a ese grado de dar la vida unos por otros, y con ese estilo que solo puede conocer aquel a quien se ha revelado la historia de amor de Dios con sus hijos, los hombres.
Ninguna religión se ha atrevido jamás a dar este modelo de amor: amor de Encarnación, de Cruz, de Eucaristía. Amor gratuito, total y único; amor que mirado desde el hombre es totalmente humano, y amor que mirado desde Dios es entrañablemente divino.
Ese es el amor cristiano al que todos como discípulos de Jesús estamos invitados. Mensaje de amor que llega a nuestros corazones en el Año del Jubileo de la Misericordia, Mensaje de amor de amor que recogemos cuando hace unos días se hizo pública la exhortación del papa Francisco “Amoris laetitia”, La alegría del amor, que tiene como título: La alegría del amor en la familia.

5. Jesús nos habla del amor entre los hermanos, es decir, entre sus discípulos, más allá de los lazos de la sangre. Pero nada impide que el ideal de amor que Jesús propone a sus discípulos podamos aplicarlo lo primero a la familia, y más si tratamos de una familia cristiana.
La familia es la sede primera y natural del amor. Cuando el Papa entra en tema en el primer capítulo de su exhortación, que tiene nueve capítulos, comienza así: “La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva con su peso de violencia pero también con la fuerza de la vida que continúa (cf. Gn 4), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero (cf. Ap 21,2.9)”.
Esta preciosa exhortación, donde hemos de encontrar tanta sabiduría, debemos leerla en todo momento desde la óptica del título: La alegría del amor en la familia.
¿Cómo se ha de manifestar la presencia de Jesús en la familia? No hay más que un conducto: el amor. Lo irá explicando el Papa muy detalladamente, en particular cuando analiza, palabra por palabra, el Himno del amor del capítulo 13 de la primera a los Corintios en unos versículos.

6. Concluimos, hermanos, con una súplica de amor.
Señor Jesús, tú eres el amor del Padre, el único amor pleno y verdadero, y nos lo has revelado con tus obras y palabras,
concédenos aprender y vivir ese amor
y hacerlo realidad en nuestra familia, allí donde estemos, todos los días de nuestra vida. Amén.


Guadalajara, Jalisco, viernes 22 abril 2016.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Solo hubo un cristiano y ese murió en la cruz.
N.

Carlos dijo...

Querido amigo, feliz día del servicio sacerdotal. Bendiciones hoy y siempre

Anónimo dijo...

Estimado anónimo "N":
Lamento la errónea afirmación de que "sólo hubo un cristiano y ese murió en la cruz".
Acepto que se diga que el primer cristiano fue CRISTO,pero no que fue el único que murió en la cruz. Veamos algún ejemplo:
El suplicio de la cruz, considerado por los romanos como infamante y santificado por Nuestro Señor, fue aplicado con gran frecuencia a los cristianos. Después de la crucifixión del Salvador, la más famosa es la del apóstol San Pedro.
En los siglos I y II, Clemente Romano (Corintios 5,6) y Dionisio Alejandrino (Eusebio, Hist. eccl. II,25) hablan del martirio del apóstol en Roma, pero no indican cómo murió. Tertuliano dice que San Pedro «sufrió una pasión semejante a la del Salvador», pues «fue crucificado» (De præscr. 36; Scorpiac. 15). Orígenes precisa que fue crucificado «con la cabeza hacia abajo», porque el mismo «Pedro pidió por humildad que se le pusiera así en la cruz» (Eusebio, Hist. eccl. III,1), crueldad que no era extraña en tiempos de Nerón, según escribe Séneca: «Yo veo cruces de diversos modos; a algunos se les suspende en ellas con la cabeza hacia abajo» (Consol. ad Marciam 20).
En el siglo I otros mártires fueron también crucificados. Muchos cristianos murieron así en los jardines de Nerón, según refiere Tácito (Annal. XV, 44). En la cruz murió San Simeón, obispo de Jerusalén, en tiempos de Trajano (Eusebio, Hist. eccl. III,32). Cien años más tarde, un pagano le dice con aire de triunfo al apologista cristiano Minucio Félix: «no es ahora tiempo de adorar la cruz, sino de padecerla» (Octavius 12).
San Justino, Tertuliano, Clemente de Alejandría, hablan de cristianos crucificados, y conocemos los nombres: Claudio, Asterio y Neón; Calíope; Teódulo; Agrícola; Timoteo y Maura. Eusebio habla de muchos cristianos anónimos que murieron en Egipto crucificados: «fueron crucificados como suele hacerse con los malhechores; pero hubo algunos a quienes, con particular crueldad, se los clavó en la cruz cabeza abajo». Y añade: «así permanecieron vivos hasta que murieron de hambre en sus patíbulos» (Hist. eccl. VIII, 8).
Lo ordinario era que los romanos no rematasen a los crucificados. El crurifragium, como el de Jesús, era completamente excepcional (Jn 19,31-33; Cicerón, Philipp. XIII,12). En una Pasión se nos dice de dos esposos cristianos que permanecieron crucificados frente a frente, y que vivieron nueve días, padeciendo al mismo tiempo el tormento de una sed ardentísima (Passio Timothei et Maurae).
Saludos.
Juan José.

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