jueves, 5 de mayo de 2016

812. Domingo VII de Pascua. Ciclo C – Ascensión del Señor – Cristo Jesús, nuestro Señor y nuestro Hermano


Homilía en el Domingo de la Ascensión del Señor
Lc 24,46-53


Texto evangélico
46 Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día 47 y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. 48 Vosotros sois testigos de esto. 49 Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
 50 Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. 51 Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. 52 Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; 53 y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Hermanos:
1. ¡Ascensión del Señor! Una palabra muy bella, que suscita en el alma sentimientos encontrados: Qué hermosa es la Pascua de Jesús, muy especialmente para los que seguimos días a día la sagrada liturgia, con la variedad de sus textos tan consoladores, y qué rápida corre la cincuentena pascual para llegar al final… Nos falta todavía un pequeño tiempo, porque el domingo que viene será Pentecostés, que es la culminación del misterio.
Los tres textos de la Eucaristía de este domingo nos hablan de la Ascensión del Señor.  El de los Hechos de los Apóstoles, el más conocido; y el pasaje que acabamos de escuchar.
La segunda lectura es libre: o de la carta a los Efesios (1,17-23) o de la Carta a los Hebreos 9,24-28; 10,19-23).
Dice san Pablo: “que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo” (1, 17-20).
Ese es el Cristo de nuestra fe, el Jesús de la tierra, nuestro hermano, es el que está sentado a la derecha de Dios. El Padre Dios ha desplegado en Jesús toda su fuerza, resucitándolo de entre los muertos y llevándolo consigo, como hará con nosotros un día.

2. Y la Carta a los Hebreos nos describe la entrada de nuestro único Sumo Sacerdote, entrando en el cielo: “Cristo entró no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros” (Heb 9,24).
Y luego nos da este mensaje que dilata el corazón a lo infinito: “Así pues, teniendo libertad para entrar en el santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne,  y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios,  acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura.  Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa” (Heb 10,19-23).
Este es el misterio de la Ascensión del Señor, expuesto de dos maneras: o de forma narrativa, o sencillamente como confesión, como verdad en la que creemos.

3. A medida que uno avanza en el conocimiento de las Escrituras se le van presentando preguntas y dudas que tiene que resolver con el conocimiento apropiado. He aquí algunas de estas preguntas para nuestra instrucción.
Jesús resucitó y durante cuarenta días se apareció a sus discípulos. La pregunta es esta: ¿Dónde estuvo y qué hizo?
¿Cómo podremos hablar de estos misterios? ¡Cuánta humildad y discreción necesitamos! Para comenzar a explicar necesitamos el conocimiento de la Teología, ciencia que trata de dar sentido a los datos de la fe.
Dice la teología que entre la muerte y la posesión de Dios no hay un tiempo intermedio, un espacio que divida la mansión terrena y la mansión celestial. En el instante en que Jesús muere pasa al Padre y entra en el gozo de Dios. Eso es el cielo, que no lo podemos describir, aunque usemos comparaciones de esta tierra que es lo que conocemos. Jesús no anda vagando por espacios siderales donde no hay nadie.
Pero Jesús se aparece a sus discípulos, a su Iglesia. De modo que los textos sagrados establecen, para nuestra comprensión pedagógica, tres tiempos diferentes:
El primero es el día de su resurrección.
El segundo el tiempo de las apariciones por las cuales él nos da la evidencia de que vive y que nos va a asistir hasta el final.
El tercer momento es la aparición final, con la cual se cierra esta forma de presencia de Jesús para asegurarnos que él es el mismo y que, al marcharse, queda con nosotros de una manera real, espiritual, indestructible, hasta el fin de los siglos.

4. Desde esta perspectiva veamos qué es el misterio de la Ascensión del Señor, misterio de consolación, de seguridad y de esperanza.
La Ascensión del Señor es un misterio de despedida.
Este misterio reviste a Jesús de una nueva familiaridad con los suyos, con su Iglesia, con nosotros, conmigo. Nos dice, por de pronto, que el Jesús que vivió y el que vive y reina son uno, son el mismo; no hay dos Jesús, solo hay uno. La resurrección es la marcha hacia adelante del ser humano para alcanzar esa plenitud a la que Dios le ha destinado y que solo Dios conoce. La resurrección no es una reviviscencia, es decir, una marcha hacia atrás para recuperar lo que uno había perdido. La muerte, que es el despojo de todo, no es pérdida, sino que es ganancia. La muerte es un lanzamiento hacia adelante. En la muerte de Jesús estaba escondida su resurrección.
Ahora Jesús puede lo que antes no podía. Ahora puede ayudarnos como antes no podía. Por eso tenía que morir caminando hacia su plenitud, como nos ha de ocurrir también un día a nosotros. La muerte es siempre una marcha hacia Dios. La muerte es para Jesús la vida nueva y definitiva y el paso a su verdadero reinado a la derecha de Dios.
Jesús en su Ascensión nos está diciendo: Me voy, pero ahora sí que puedo estar más cerca de vosotros. Podéis contar con todo mi poder; ahora sí soy vuestro Dios yo que soy vuestro hermano.

5. Aquí nos detenemos, hermanos, y le decimos a Jesús, el Señor:
Gracias, Jesús, por el misterio santo de tu Ascensión. Te confesamos como nuestro Dios, como el Padre y el Espíritu Santo. Haz que, estando tú en el cielo, y nosotros en la tierra vivamos de verdad una vida familiar contigo. Te necesitamos. Amén.

Guadalajara, (Jueves de la Ascensión), 6 mayo 2016

El contenido de la presente homilía se prolonga en la entrega siguiente:
813. Retiro de la Ascensión LA GRACIA DE LA ASCENSIÓN

DE JESÚS, EL SEÑOR: Contemplación para un retiro espiritual

2 comentarios:

Loring Tomas dijo...

Gracias padre, recién empiezo a seguirlo y me gustan sus homilías. Me sirven para mis catequesis.

Anónimo dijo...

Los cristianos celebramos este domingo el día de la ascensión de Jesucristo a los cielos. Jesucristo, después de resucitar de entre los muertos, estuvo apareciéndose a sus discípulos en el espacio de tiempo de cuarenta días, dándolos pruebas de que vivía.
Cuarenta días en el desierto. Cuarenta días apareciéndose a sus discípulos. En la Biblia el número cuarenta tiene una simbología perfectamente conocida. Los evangelistas nos dicen que Jesucristo estuvo ayunando cuarenta “cuarenta días” (completos), lo que pone en evidencia que fisiológicamente eso no es posible, pues ningún ser humano puede estar sin beber ni comer tanto tiempo. No se trata, pues, de un tiempo matemático, sino simbólico. Ciertamente se trata de un periodo de prueba más o menos largo, pero, como se ha dicho antes, no se puede tomar al pie de la letra. Los aztecas acostumbraban asignar a cada número fundamental un dios, un color y una cualidad. Los judíos cabalistas asignaron valores numéricos a cada letra del alfabeto hebreo y entonces reinterpretaron el Antiguo Testamento. En Grecia y China los números eran masculinos o femeninos dependiendo de si eran pares o nones y dependiendo de esto era su poder e influencia en el universo. Las grandes mentes del pensamiento filosófico, sean egipcios, griegos, hindúes o babilonios, creían que los números podían explicar la creación, para ellos los números constituían la base de nuestro universo material.
¿Dónde estuvo Jesucristo después de su resurrección y que hizo durante ese tiempo?. La pregunta no es trivial. La muerte, para los mortales, supone devolver a Dios el alma, el espíritu que nos prestó cuando nacimos. Jesucristo, al morir como hombre, entregó (en voz alta) su espíritu al Padre. Su cadáver ya no tenía vida (ánima)pues estaba con el Padre. Después de ser resucitado por el Padre, ya glorificado, sí. Y así se aparecía a sus discípulos durante un rato de tiempo, y luego desaparecía súbitamente. Cuando se aparecía le vieron, pero nadie le tocó… “NOLI ME TANGERE NONDUM ENIM AD ASCENDI PATREM MEUM”. NO ME TOQUES PORQUE AÚN NO HE SUBIDO A MI PADRE. María de Magdalena no logró abrazar los pies de Jesucristo. Y Jesucristo le dijo el motivo de no permitir que le tocara, que por cierto no creo que ella lograra entender. Santo Tomás tampoco logró tocarle las llagas. Jesucristo se aparecería y desaparecía con la misma rapidez (permítase la licencia) con la que se enciende o apaga una bombilla. Su cuerpo resucitado y glorificado, al no estar sujeto a la materia, al ser espíritu, podía estar en cualquier lugar del ancho mundo sin ser percibido por ningún sentido humano.
La ascensión de Jesucristo a los cielos no fue una despedida, pues él mismo advirtió a sus apenados discípulos que estaría con ellos, con nosotros, hasta el fin de los tiempos. No fue un “hasta nunca”. Ni tampoco un “hasta luego”. Él mismo nos lo dijo de forma clara: ME VOY PERO ME QUEDO. Y es lógico pues, ¿acaso un buen pastor abandona a sus ovejas?.
Saludos.
Juan José.

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