domingo, 8 de mayo de 2016

813. Retiro de la Ascensión

LA GRACIA DE LA ASCENSIÓN
DE JESÚS, EL SEÑOR

Contemplación para un retiro espiritual

La gracia de la Ascensión en la entrega que Jesús Resucitado hace a su Iglesia del don de su presencia en el Espíritu hasta su vuelta, garantizando al identidad de su presencia  histórica y su presencia pascual, confiándole como misión la propia misión que él recibio del Padre, y abriendo plenamente la comunión con Dios en una relación familiar de confianza y seguridad.


Impulsados a la contemplación
La vida del cristiano consiste en el hallazgo del tesoro escondido. Así explicó Jesús el don del Reino de los cielos o del Reino de Dios: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo” (Mt 13,42).
Con un pensamiento vital y personal, dígase lo mismo: que ser cristiano es haberse encontrado con Jesús. Es lo que dijo Andrés (“el primer llamado”) a su hermano Simón: “y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)» (Jn 1,41-42). Como se ve, en este encuentro estaba ya toda la vida de Simón. Simón encontró a Jesús y Jesús encontró a Simón y le constituyó en Pedro.
El encuentro es personal, y no se puede transferir experiencias. Hablando de un modo genérico, bien podemos decir que el día en que yo encontré a Jesús Resucitado, encontré la Teología, encontré la Vida espiritual, encontré el Yo oculto de mi vida. Mi vocación cristiana y la parcela personal que me cumple en la Iglesia como consagrado en celibato no es otra cosa sino el encuentro con Jesús, el Señor, Jesús Resucitado.
Con Jesús resucitado está la vivencia de la Pascua: vivencia de “la hermosa Vigilia de Pascua” [1995], vivencia de la cincuentena pascual. Litúrgicamente este ha sido el don del Concilio a la Iglesia del siglo XX. Día a día disfrutamos la Pascua, que se nos antoja un banquete espiritual de manjares y vinos exquisito. La Sagrada Escritura adquiere su plenitud en la Pascua y las lecturas de los Santos Padres nos hacen viva y presente la tradición de la Iglesia.
He aquí, pues, que la Pascua – que son 50 días – avanza, y hemos llegado al número cuadragenario: la Ascensión del Señor.
¿Qué es la Ascensión del Señor?

Misterio de contemplación igual que la Resurrección. Al decir contemplación, decimos: Misterio de intercomunión personal con el Resucitado a gloria del Padre en el Espíritu Santo; misterio de iluminación, en el cual brilla la armonía de Dios en su Hijo amado y en el mundo universo que hace su historia bajo el amparo de Dios; misterio de esperanza que centra mi vida allí donde debe estar, aquí en al tierra abierta a lo infinito.
La Ascensión sigue a la Resurrección, o, mejor, está dentro de ella.

Aclaraciones de lenguaje
De Jesús podemos hablar rectamente con dos direcciones de lenguaje, en este sentido:
Jesús fue resucitado,
Jesús resucitó.
En el primer caso el agente es el Padre; en el segundo, el agente es él mismo.
De modo paralelo podemos hablar de
la Asunción de Jesús o
de la Ascensión de Jesús.
Jesús fue subido al cielo, como dice san Lucas en el Evangelio: “Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén: Factum est autem, dum complerentur dies assumptionis eius, et ipse faciem suam firmavit, ut iret Ierusalem” (Lc 9,51), Y de modo equivalente al fianld el Evangelio: “Et factum est, dum benediceret illis, recessit ab eis et ferebatur in caelum” (24,51)., era llevado al cielo. El mismo lenguaje usa al comienzo de los hechos de los Apóstoles: “Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hech 1,9). San Marcos al final del Evangelio dirá: “Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Mc 16,19)
Jesús ascendió al cielo. San Pablo dice en la carta a los Efesios: “Por eso dice la Escritura: Subió a lo alto llevando cautivos | y dio dones a los hombres (Sal 68,19). Decir subió supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores…” (Ef 4,8-11).


Resurrección y Ascensión
La clave de la fe cristiana es el Misterio pascual, el cual está compuesto complexivamente por_ Muerte / Resurrección / Ascensión / Envío del Espíritu.
Acercándonos al misterio de la Resurrección de Jesús, este se puede compendiar en tres momentos:
1)    Murió / Fue sepultado
2)    Resucitó / Ascendió / Envió el Espíritu
3)    Vendrá en la gloria del Padre
La culminación del misterio reclama la historia precedente de este misterio:
1)    Fue concebido y nació por obra del Espíritu Santo
2)    Creció en gracia y sabiduría
3)    Fue bautizado y llevado al desierto a impulso del Espíritu
4)    Anunció el Reino de Dios que llamó Evangelio
5)    Inaugurándolo en su propia persona con obras y palabras
6)    Eligió a los Doce e hizo discípulos germen del Reino
7)    Coronó su vida con una Cena a la que dio su propio significado en vísperas de su muerte.

Misterios del Señor
Esta es la cadena de los misterios del Señor que nosotros, discípulos suyos vamos desentrañando de este modo:
1)    Lo que pasó en la vida de Jesús – sus palabras y sus hechos – los recuperamos hoy, aquí, para nosotros, para mí desde la realidad pascual definitiva que vive Jesús constituido Señor.
2)    Toda la historia de Jesús se hace contemporánea en virtud de la Pascua que la sustenta. Lo que fue un hecho histórico, con sus propios perfiles, se convierte para nosotros en un hecho sacramental que contiene y transfunde la gracia. Así, el Evangelio de san Marcos comienza: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (1,1). Todo lo que va a narrar se refiere al Hijo de Dios.
3)    El Evangelio pasa a ser el sacramento primordial de la Iglesia, abierto a toda la comunidad y a cada uno de los creyentes discípulos del Señor. El recuerdo de Jesús, aun para el estudioso cristiano que trata de comprender, ha adquirido esencialmente la categoría de sacramento.
4)    En virtud de la nueva condición de Jesús, Hijo de Dios, él puede tener una relación personal conmigo y él acepta mi relación personal con él.
En suma, el hallazgo de la persona de Jesús es el reencuentro con migo mismo, divinizado por quien es vida de mi vida.  Yo quedo amplificado por mi Señor, en cuya dignidad y señorío encuentro mis dimensiones verdaderas.

Cómo vivió Jesús su propia glorificación, para asociarnos nosotros

Yo vivo en el terreno de la “intimidad” con Jesús; por medio de Jesús abierto al Padre y al Espíritu Santo.  “Jesús le responde [a Tomás]: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?” (Jn 14,6-19)
También Jesús tuvo su “intimidad”, abierto a otro; el otro era el Padre y la relación misteriosa del Espíritu Santo.
Es el secreto de la personalidad de Jesús, cuyo fondo no podemos alcanzar por el desajuste que hay entre la vivencia de Jesús y la vuestra. Por intuición que arranca de nuestras propias vivencias podemos asegurar:
- Jesús se siente todo del Padre, hijo a lo infinito. Su filiación divina no tiene contorno humano para poder compararla con la nuestra. Al pasar de mi propia conciencia a la conciencia de Jesús, me encuentro con algo que me sobrepasa. El caso de Jesús no es sencillamente el mío. Bajó hasta el fondo ciertamente, como lo dice el Himno de Filipenses:”El cual, siendo de condición divina, | no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; | al contrario, se despojó de sí mismo | tomando la condición de esclavo, | hecho semejante a los hombres. | Y así, reconocido como hombre por su presencia, | se humilló a sí mismo, | hecho obediente hasta la muerte, | y una muerte de cruz” (Flp 2.6-8)
- Jesús siente y sabe que su misión y destino, como enviado de Dios, es a bien de todos: “Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45, palabras que volverán a resonar en la Cena).
- Jesús siente y sabe que en el día final él aparecerá glorioso con el Padre: “Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria” (Mc 13,26).

- Jesús ha visto por lógica humana y por exaltación de su espíritu que su muerte estaba sentenciada por parte de los judíos, que  carecían de autoridad para infligir la pena capital, y por lo tanto que pasaría al poder romano y condenado con el suplicio de la cruz. Pero nunca ha visto Jesús la cruz como el final de su historia, sino que él ha contado siempre con la defensa del Padre; por lo tanto, tras la cruz ha puesto la resurrección, acción inmediata de Dios configurada en “tres días”.
Esta conciencia de lo que es Jesús ha pasado a la conciencia de la comunidad cristiana, que ha meditado, ha gustado la promesa del Señor, incluso ha podido detallarlas más en virtud del dinamismo de la fe, que tiende a personalizar, a concretizar.
La conciencia de Jesús aparece en el solemne juicio, cuando es conjurado por el Sumo Sacerdote en nombre de Dios a que se pronuncie y diga quién es, es decir, qué siente de sí mismo. “De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?». Jesús contestó: «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo». El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?». Y todos lo declararon reo de muerte” (Mc 14,61-64).
Estas son las grandes afirmaciones de la Cristología, originadas en Jesús, base de toda la reflexión posterior de la Iglesia.


Cómo han entendido los Evangelios la glorificación (Resurrección / Ascensión) del Señor

Los Evangelios nacen de la Iglesia y son entregados a la Iglesia; terminan en ella cara al mundo. Es decir, la vida de Jesús termina en mí como enviado suyo. No hay Evangelio sin Resurrección; pero no hay Resurrección sin algo más allá que ella misma, porque en la Resurrección está la misma misión e la Iglesia, de la cual yo soy portador. Veámoslo en cada evangelista.

Evangelio de Mateo.
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Es la imagen final de Jesús Resucitado:
- Todo poder en el cielo y en la tierra.
- Anuncio del Evangelio a todos los pueblos.
- Seguridad de la presencia de Cristo todos lo días hasta el fin del mundo.

Evangelio de Marcos.
“Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (Mc 16,15-20).
Jesús les da el mandato de la predicación del Evangelio a toda la creación, pero de un modo tan taxativo que va unida salvación o condenación a la aceptación o rechazo del Evangelio.
Jesús es uno con su Iglesia; la misión es una; Jesús desde el cielo confirma la misión de la Iglesia, y esto se muestra con signos evidentes, y evidenciales para quien se abre con ánimo de fe, conducido por el Espíritu Santo.


Evangelio de Lucas
“Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto». Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24.46-53).
- Jesús da a su Iglesia el don de las Escrituras.
- Constituye a sus discípulos “testigos” del Mesías, predicadores de la conversión comenzando por Jerusalén y continuando con todos los pueblos.
- Les promete el envío del Espíritu.
- Y en continuidad narrativa ocurre la Ascensión con la Bendición de Jesús, manifestando la continuidad del Señor en su Iglesia y garantizando su presencia.

Evangelio de Juan
Los largos capítulos del Cenáculo (Jn 13-17) son las palabras de despedida de Jesús que se marcha y, al marcharse, estará de otro modo. Es la Iglesia la que ha entrado en el Cenáculo para recoger las últimas recomendaciones del Señor.
Las apariciones que siguen a la muerte
- son apariciones de presencia: Jesús vive,
- y de misión.
Pero he aquí que en las apariciones, al concluir el Evangelio.  Hay una perícopa especial que se refiere a dos figuras centrales en la Iglesia: Pedro y el Discípulo amado, que hablan de este enlace de Jesús ausente y la Iglesia que navega en este mundo.
“Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?». Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?». Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21,19-24).

(San Agustín tiene un bello comentario espiritual y místico de este pasaje, recogido en la liturgia de la VI semana de Pascua, que pertenece al tratado 124 del comentario del Evangelio de Juan [puede verse en Internet íntegro]).

“Así pues, la Iglesia conoce dos vidas predicadas y encomendadas a ella por voluntad divina, una de las cuales está en la fe, otra en la visión; una en el tiempo de la peregrinación, otra en la eternidad de la permanencia; una en la fatiga, otra en el descanso; una en camino, otra en la patria; una en el trabajo de la acción, otra en la paga de la contemplación; una se aleja del mal y hace el bien, otra no tiene mal alguno de que alejarse y tiene un gran bien de que disfrutar; lucha con el enemigo una, reina sin enemigo otra; una es fuerte en las adversidades, otra no siente nada adverso; una frena los antojos carnales, otra se dedica a los deleites espirituales; una está solícita por la preocupación de vencer, otra está segura por la paz de la victoria; una es ayudada en las tentaciones, otra, sin tentación alguna, se alegra en el Ayudador mismo; una socorre al indigente, otra está allí donde no halla indigente alguno; una, para que se le perdonen sus pecados, perdona los ajenos, otra no padece lo que perdone ni hace nada respecto a lo que implore que se le perdone; una es flagelada por males para que no se engría en los bienes, otra carece de todo mal con tanta plenitud de gracia, que sin ninguna tentación de soberbia se adhiere sólidamente al bien sumo; una discierne males y bienes, otra percibe bienes nada más; una, pues, es buena, pero aún desdichada; la otra, mejor y dichosa.
Aquella está significada mediante el apóstol Pedro, esta mediante Juan. Aquella está aquí en juego «hasta el final de la era» esta y ahí halla final; esta se difiere para colmarse tras el final «de la era» esta, pero en la era futura no tiene final. Por eso se dice a aquél: «Sígueme»; en cambio, acerca de éste: Quiero que él permanezca así mientras vengo; a ti ¿qué? Tú sígueme. De hecho, ¿qué significa esto? En la medida en que entiendo, en la medida en que capto, ¿qué significa esto sino: Tú, sígueme mediante la imitación de tolerar los males temporales; aquél permanezca, mientras vengo a pagar con los bienes sempiternos? Esto puede decirse más claramente así: sígame la acción perfecta, modelada por el ejemplo de mi pasión; por su parte, la contemplación incoada permanezca mientras vengo, para ser perfeccionada cuando haya venido. En efecto, puesto que aquí, en el país de los murientes, se toleran los males de este mundo, y allí, en el país de los vivientes, se verán los bienes del Señor, la piadosa plenitud de la paciencia sigue a Cristo de forma que llega hasta la muerte; en cambio, mientras viene Cristo permanece la plenitud de la ciencia para manifestarse ella entonces. Por cierto, lo que asevera: Quiero que él permanezca así mientras vengo, ha de entenderse no así, cual si hubiera dicho «que se quede» o «que perdure», sino «que aguarde», porque lo que mediante él se significa se cumplirá, evidentemente, no ahora, sino cuando Cristo haya venido. En cambio, si ahora no se realiza lo que se significa mediante este a quien está dicho: «Tú, sígueme», no se llegará a lo que se aguarda.
Tomado de http://www.augustinus.it/spagnolo/commento_vsg/omelia_124_testo.htm


Ascensión y Despedida:
Espiritualidad de la Ascensión

El Discurso de la Cena es el lugar privilegiado para aprender cuál es la Iglesia que Jesús quiere cuando él falte.
Regresando a la intuición fundamental de este retiro, podemos definir la espiritualidad de la Ascensión a partir de estas grandes afirmaciones
1.     Continuidad en dos etapas distintas: “hasta ahora”, “a partir de ahora”, con el mismo protagonista: Jesús.
2.     Seguridad de una presencia hasta el fin del mundo.
3.     Seguridad de una asistencia para toda necesidad.
4.     La espiritualidad de la “familiaridad” con Jesús y con el Padre.

Jesús, al marcharse, comienza su etapa nueva y definitiva, y esto en la Iglesia marca dos fases:
- un “hasta ahora”
- y un “a partir de ahora”, que se puede expresar por un “entonces”, “aquel día”…
Jesús dice: “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16.20). No lo han pedido, porque no lo podían pedir.
Ahora se establece la oración nueva: la oración en el nombre de Jesús. La eficacia de la petición de Jesús será total. Incluso…, en la familiaridad total en que nos establece al nueva situación, ni hará falta la recomendación del Hijo. “Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios” (Jn 14,16-17).
Por resumir todo, la nueva espiritualidad a la que somos invitados los discípulos de Jesús, los cristianos, es una espiritualidad de inmanencia, de reciprocidad y de familiaridad con el Padre, con la Trinidad.
El que acepta el don del Hijo, el que opta por la filiación divina, entra en la familiaridad con Dios, y esta familiaridad, que nos la revela y propicia Jesús, el Hijo de Dios
- Es un trato enraizado en lo profundo, en lo inmanente del ser.
- Es un trato de comunión: la comunión perfecta es recíproca: yo para ti, tú para mí.
- Es un trato de familiaridad. La familiaridad es el tipo de relación que fluye cuando hay respeto y confianza. De la confianza brota la confidencia.

Sábado de la VI semanas de Pascua, 7 mayo 2016



Para cantar la Pascua del Señor

Cuanto la lengua a proferir no alcanza
tu cuerpo nos lo dice, ¡oh Traspasado!
Tu carne santa es luz de las estrellas,
victoria de los hombres, fuego y brisa,
y fuente bautismal, ¡oh Jesucristo!

Cuanto el amor humano sueña y quiere,
en tu pecho, en tu médula, en tus llagas
vivo está, ¡oh Jesús glorificado!
En ti, Dios fuerte, Hijo primogénito,
callando, el corazón lo gusta y siente.

Lo que fue, lo que existe, lo que viene,
lo que en el Padre es vida incorruptible,
tu cuerpo lo ha heredado y nos lo entrega.
Tú nos haces presente la esperanza,
tú que eres nuestro hermano para siempre.

Contigo sube el mundo cuando subes,
y al son de tu alegría matutina
nos alzamos los muertos de las tumbas;
salvados respiramos vida pura,
bebiendo de tus labios el Espíritu.

Cautivos de tu vuelo y exaltados
contigo hasta la diestra poderosa,
al Padre y al Espíritu alabamos;
como espigas que doblan la cabeza
los hijos de la Iglesia te adoramos. Amén.
(Felicitación pascual enviada para la Pascua de 1978)


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