viernes, 13 de mayo de 2016

815. Domingo de Pentecostés 2016 – El Espíritu de Dios, huracán de Dios, intimidad de Dios.


 Homilía en el Domingo de Pentecostés
Jn 14c 24,15-16. 23-26


Texto evangélico
15Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16 Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros
23 El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. 24 El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. 25 Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.


Hermanos:
1. Estamos en Pentecostés, la gran solemnidad que corona la Pascua del Señor. Ante las palabras de Jesús, nuestros corazones se llenan de sentimientos de gozo de fortaleza, de paz, de consuelo…, de todos los dones del Espíritu Santo. El Espíritu de amor vino sobre aquella pequeña Iglesia reunida en el Cenáculo, la llenó de sus dones y comenzó la Iglesia su camino en este mundo, y aquí nos encontramos bajo esa fuerza, bajo esa alegría, que trajo Pentecostés y que dura hasta el final de los siglos.

2. ¿Celebramos hoy la Fiesta del Espíritu Santo? No es exactamente eso; no es correcta la pregunta. No hay en la Iglesia una fiesta dedicada al Padre, otra dedicada al Hijo, otra dedicada al Espíritu Santo.
Desde siempre nos ha explicado la Teología, cuando Dios actúa no puede actuar en solitario. Donde está el Padre está el Hijo y está el Espíritu. La obra de Dios de cara al mundo, es siempre una obra en unidad, en armonía, en comunión del Infinito Misterio.

3. La Resurrección de Jesús es la obra soberana de Dios. Allí estaba el Padre, allí estaba el Espíritu Santo.
Para hablar del Espíritu, bueno es comenzar de aquella tronada del Cenáculo a los cincuenta días de la Pascua. Jesús, el muerto ignominiosamente por la envidia de las autoridades judías, no era un fracasado, sino que ahora, de pronto, surgía una comunidad impetuosa que revolvió la ciudad de Jerusalén, precisamente en aquella ocasión en que la capital estaba llena de extranjeros. “cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengu” (Hech 2,11).
El mundo recobraba aquella unidad rota en Babel. Ese fue el milagro estruendoso del Espíritu, al inicio de la Iglesia, que echaba a andar sin ningún poder humano, pobre, absolutamente pobre, pero toda la potencia de Dios Creador y Redentor.
¿Quién es el Espíritu?, nos preguntamos, y una primera respuesta la encontramos en esta escena de Jerusalén, que nunca se había conocido.

4. Pero podemos seguir preguntándonos: ¿Quién es el Espíritu? , y escuchar otras respuestas, que llenan nuestro corazón de vivencias nunca antes conocidas. En este caso acudimos a Jesús mismo, y tomamos de sus labios las palabras. Jesús habla del Espíritu interior que tiene su morada en nosotros.
En esa zona última de mi persona, en la que nadie puede entrar si yo no le doy la llave, va a morar Dios. Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros.
Lo llevamos dentro, no se aparta de nosotros. Es una presencia de alta sensibilidad, y a lo mejor hace falta unos oídos de alta fidelidad, para hacer la conexión.
Esta imagen de la morada interior la aplica Jesús al Padre y a él mismo. Y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él, ha dicho el Señor en este pasaje de la Cena que estamos comentando. Es una cosa insospechada, que por nosotros jamás nos habríamos atrevido a imaginarla.
Dios tiene su trono en el cielo, o en los cielos de los cielos, y es servido por miríadas de seres celestiales. Él es el creador, el rector de la historia, el dueño del universo.
Pero, ¡atención, hermanos!: No menos cierto que esto es lo que anuncia el Evangelio: Dios tiene su sede en el corazón humano: allí se revela, allí actúa, allí está operando de continuo.
El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
Esta frase es importantísima, porque nos está diciendo que desde la cátedra del corazón el Espíritu está gobernando la Iglesia.

5. San Francisco dejó escrito en la Regla que los hermanos sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación (Regla de San Francisco, cap. X). Por eso, el hermano menor debe dejarse gobernar en todo momento por este suave oleaje del Espíritu, que está actuando. San Francisco nos exhorta, pues, a vivir en oración constante, en un trato amoroso con el Señor que nos lleve a afrontar toda nuestra vida con sencillez y grandeza.

6. Si tenemos esto presente, nos seguimos preguntando: ¿Quién es, pues, realmente el Espíritu de Dios?
El Espíritu de Dios es Dios mismo que quiere poner el sello divino en todas las cosas, que quiere divinizar el mundo en todos sus perfiles. Si pudiésemos hablar de las cosas divinas como hablamos de las humanas, diríamos:
El Espíritu de Dios es el remate de Dios, la perfección final de Dios, la ultimidad de Dios.
El Espíritu de Dios es la belleza de Dios, aquello – o mejor Aquel – por el cual Dios es Dios, el infinito.
El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, es el toque final de Dios.
El Espíritu de Dios es el dinamismo de Dios que llega a nuestro alcance.
El Espíritu de Dios son los siete dones del Espíritu Santo, que según Isaías, reposarán sobre el Mesías. El Espíritu de Dios son los doce frutos de la presencia y las transformaciones que opera Dios, según dice San Pablo…
El Espíritu de Dios es lo Infinito hecho finito a mi medida, sin dejar de ser lo que es.
El Espíritu de Dios es lo que hace posible que el pan sea Cuerpo de Cristo y el vino Sangre de Cristo.
El Espíritu de Dios es lo que hizo posible la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de una mujer de esta tierra, haciéndola virgen.
En fin, ese mismo Espíritu que ahora hace posible que yo piense, que yo escriba, que yo pronuncie estas cosas.
El Espíritu de Dios nos penetra, nos envuelve, nos transformo; Él es el alma de todas las virtudes, lo más bello del fututo que anhelamos.
Humildemente… el Espíritu de Dios es Dios mismo que nos abraza.

6. Permitan que concluya estas reflexiones expresando los mismos sentimientos en versos con un poema de oración para la liturgia.

Se sacie el alma toda de lo bello,
y goce a lo infinito a Dios amando,
que sepa que es el signo de la Pascua,
presencia del Espíritu donado.

Que toda fuerza sea en mis entrañas
y rompa toda luz iluminando,
un río manantial de pura vida
ahí está el Espíritu abrasando.

Que irrumpa toda vida en plenitud
y sea toda paz quieto remanso,
el santo y dulce Espíritu me habita,
pues Dios es Dios amando y consolando.

Ultimidad de Dios, infinitud,
mi Dios concreto adentro navegando:
mi Dios amor, Espíritu fecundo,
mi Dios a quien adoro y beso y canto.

Me quedo en este Dios de intimidades,
presente y porvenir en quien me hallo:
mi Dios Pentecostés y santo Espíritu,
festín de amor y gozo regalado.

De Dios eres el Beso, a ti la gloria,
de Dios la unión, estrecho y firme lazo:
amor de todo amor, pureza ardiente,
a ti la adoración, oh todo Santo. Amén.


Guadalajara, Jalisco, viernes 13 de mayo de 2016.

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