viernes, 20 de mayo de 2016

816. Domingo de la Santísima Trinidad 2016 – Gloria y amor de Dios Uno y Trino


Homilía en el Domingo de la Santísima Trinidad
Jn 16,12-15

En la Casa de Oración Padre Pío de los hermanos menores capuchinos
en San Juan Tlale, estado de Puebla, junto a San Martín Texmelucan

Texto evangélico
12 Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; 13 cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. 14 Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará.

Hermanos:
1. Con Pentecostés cerramos las fiestas pascuales y estamos en el tiempo llamado “Tiempo ordinario”, llamado así no porque sea un tiempo de segunda categoría – todo tiempo es tiempo de Dios y donde está Dios está la plenitud – sino porque en este tiempo vamos ahondando en la totalidad del misterio cristiano, siguiendo los Evangelios, o acaso celebrando una fiesta de nuestra devoción. (En otros tiempos “específicos” del año – Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua – sin perder el panorama total del Misterio centramos nuestra atención en la Encarnación y la Parusía, en la  Cruz y en la Resurrección).
El domingo que sigue a Pentecostés es un domingo que invita a los cristianos a hacerse una pregunta: ¿Quién es Dios? La respuesta es. Dios, plenitud de amor, es la Trinidad. Con el auxilio de Dios vamos a meditar, a contemplar, a gozarnos en el misterio de nuestra fe que, ya de niños, aprendimos en el catecismo.

2. El acontecimiento supremo de la vida para todo ser humano es el haberse encontrado con Dios, con el Dios vivo y verdadero, con el Dios viviente, no con el Dios fruto del más sublime pensamiento. Dios es  vida, Dios es persona, Dios es el que me creó, y para ello, el que me pensó desde toda la eternidad. Dios es el sentido de mi vida y el sentido último de mi existencia. Dios es mi pasado, mi presente, mi futuro. Ese es el Dios viviente.
Y si esto es así, encontrarse con Dios es encontrarse con la religión del amor, con el diálogo con Dios, con la oración a Dios ejercitada de mil formas diferentes.
Si ese Dios me falta, mi vida estará llena de muchas cosas, que me ocupan y me dan una cierta felicidad, pero en el fondo mi vida estará vacía, porque al final, tendré que afrontar la muerte y tras la muerte el destino eterno.

3. Todos los seres humanos, todos, absolutamente todos, necesitamos encontrarnos con Dios, si anhelamos una vida con dirección y felicidad. Ahora bien, las estadísticas nos dicen que muchos no creen en Dios, como si Dios fuera un sinsentido, o acaso un estorbo en su vida, una amenaza de su felicidad, y por eso lo rechazan. Otros – y estos son muchos y muchísimos – se dicen agnósticos. Sea lo que sea de Dios, no podemos conocerlo – dicen – y por eso, prescinden de él.

4. Ante este planteamiento, cuando los cristianos decimos Trinidad, ¿qué decimos?
Decimos, ante todo, que Dios se ha revelado, y que, por lo tanto, no es el hallazgo de un descubrimiento humano, sino el don de alguien que ha salido a nuestro encuentro.
Decimos, por lo tanto, que Dios ha venido a encontrarnos, y lo ha hecho progresivamente, hasta descubrirnos enteramente su faz en su Hijo amado Jesucristo.
Decimos, finalmente, que en Jesús se  nos ha descubierto el misterio de la Trinidad, no antes. Dios estaba presente como misterio divino integral, como Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero el hombre no lo había podio percibir en esta plenitud.

5. El texto evangélico de hoy, que recoge palabras de Jesús en la Cena, es una de estas manifestaciones del misterio que brotan del corazón de Jesús. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”. Ya tenemos a Jesús y al Espíritu. El Espíritu ha acompañado a Jesús en todo momento de su vida, desde su concepción hasta su resurrección a los cielos. Pero en este mismo pasaje Jesús habla de su Padre: Todo lo que tiene el Padre es mío. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu.
Ya dijimos, hace dos domingos, al hablar de la Ascensión y de las palabras de despedida de Jesús, que él nos revela un Dios con el cual, por la condescendencia divina que ha tenido con nosotros, nos invita a una relación familiar. Estábamos evidentemente en el misterio santísimo de la Trinidad.
Todo esto nos abre un panorama infinito para entender nuestra religión
- como la historia de Dios con nosotros,
- historia real y cotidiana,
- historia de amor y de llamada a la felicidad.
La Santísima Trinidad es nuestra felicidad. El Dios infinito que se vuelca hacia nosotros y nos eleva consigo hasta su propio seno.

6. Seguramente que alguna vez hemos dicho y explicado en qué consiste la verdadera experiencia de Dios. La experiencia de Dios es ese trance en el que uno percibe que Dios es el infinitamente grande y majestuoso, ante el cual el ser humano queda anonadado, como con el deseo de desaparecer y volver a la nada; y al mismo tiempo Dios es la infinita cercanía y ternura, lo más mío de mí mismo.  Esa concordancia de dos cosas opuestas ese es Dios en el hombre; por lo cual la llegada de Dios a nosotros  nos produce simultáneamente el respeto a la Majestad divina y la atracción irresistible, llena de dulzura, a su intimidad.
Este es el Dios de la Sagrada Escritura, el Dios que ha ido tejiendo una historia de amor desde el paraíso, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de Moisés, el Dios de los profetas, el Dios de Jesús.
Jesús quiso darle el toque definitivo, y al llamar a Dios Padre, y enseñarnos a rezar al Padre, quiso que la paternidad divina, con lo que esto supone de confianza, fuese la nota predominante de Dios para nosotros, criaturas de la Santísima Trinidad.

7. Dulce misterio de amor de la Trinidad, misterio para creer, para adorar, para perderse en él, alabando al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo,  misterio divino de nuestra fe, que llena el corazón de infinita paz.
Cada vez que hacemos la señal de la cruz, signando con la mano la frente, el pecho, y el hombro en sus dos extremos, estamos honrando con devoción el misterio divino de nuestra fe. Sea bendito en el cielo y en la tierra el misterio infinito de Dios uno y trino.
¡Señor Jesús!, que de tus labios hemos recibido esta revelación celestial, haz que en la tierra nos llenemos de supremo gozo y que por toda la eternidad vivamos y cantemos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

Jueves de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, 19 mayo 2016.

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