viernes, 3 de junio de 2016

819. Domingo X, ciclo C – El hijo de la viuda de Naín. Jesús es el Corazón del Padre

.Homilía en el Domingo X del tiempo ordinario,
ciclo C - Lc 7,11-17



Texto evangélico
11 Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío. 12 Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. 13 Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». 14 Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». 15 El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre. 16 Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». 17 Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante.

Hermanos:
1. El viernes pasado era la solemnidad del sagrado Corazón de Jesús. Es fácil suponer que en muchas partes hoy celebrarán externamente esta fiesta que tanto ha sugerido al corazón de los cristianos. El Crucifijo, el Corazón de Jesús, y lo que hoy llamamos el Misterio Pascual han sido los tres símbolos mayores para expresar el contenido de nuestra fe cristiana: Cristo en el centro de todo como sublime expresión de amor que a todos nos convoca,
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.  Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-29). Así se expresa Jesús, como ha quedado escrito en el Evangelio de san Mateo.
Sin violentar para nada el significado de esta escena del Evangelio según san Lucas, en este domingo X del tiempo ordinario, bien podemos hablar de ese divino Corazón, fuente de todo amor.

2. ¿Qué es el Corazón de Jesús, hermanos? Nos lo explicaba hermosamente el papa Pío XII en la encíclica Haurietis acquas sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús (15 de mayo de 1956). «Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador».  Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.
El Corazón de Jesús es la confluencia de dos amores:
- el amor descendente que baja del cielo a la tierra, ese amor de Dios que está todo en Jesús,
- el amor ascendente que sube de la tierra al cielo, que está todo recogido en un corazón que ha amado perfectamente a Dios, que es el Corazón de Jesús.
Divinidad y humanidad se encuentran en ese punto que une el cielo y la tierra, y que para nosotros tiene una palabra: Jesús. Jesús es todo Dios, Jesús es todo hombre.
Nosotros encontramos a  Dios en Jesús, y encontramos al hombre en Jesús. “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?” (Jn 14,9-10).

3. Ese amor descendente de Dios al hombre es lo que celebramos al representarnos la figura del Corazón de Jesús. Tantas veces he dicho en la predicación, hermanos: Lo más importante de la vida no es amar a Dios, no es eso. Pues entonces ¿qué es? Lo más importante de la vida es ser amados por Dios. Y, en consecuencia, ser consciente de que es así: de que pase lo que pase, Dios me ama. Yo me puedo alejar de Dios; él nunca se ha de alejar de mí.
Y esto no es predicar una moral fácil, irresponsable. Bien al contrario, esto es asentar bien seguros los pilares de la vida, para saber dónde estamos y dónde nos movemos. El que de verdad se siente amado por Dios, hará lo posible e imposible para amar a Dios, porque amor con amor se paga, y el que se siente amado, se siente agradecido.

4. La escena de hoy es un ejemplo vivísimo que desciende del cielo. El primer dato que sorprende: este no es un milagro que hayan pedido a Jesús. La iniciativa ha brotado de Jesús, solo de Jesús. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores».
La primera vez que se nombra a Jesús en este Evangelio como “el Señor”. En efecto, ayer y hoy, para los cristianos que meditaron en estos acontecimientos y para nosotros, Jesús es, ante todo, el Señor. Como al Señor le damos culto en la celebración de la Eucaristía, donde el Evangelio adquiere su pleno significado, para realizarse en cada uno de nosotros.
Jesús sintió compasión de la mujer. Y, como en otras ocasiones he explicado, Jesús resucitó a la mujer. Había muerto el hijo, el hijo único, y había muerto la madre, que era viuda. De modo que hablamos correctamente cuando decimos “La resurrección del hijo de la viuda de Naín”. Pero espiritualmente podemos decir también: la resurrección de la madre de un hijo difunto.
Porque hay dos clases de resurrección. “este hijo mío estaba muerto y ha revivido” (Lc 15,24), dice Jesús en la parábola del hijo pródigo; “este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” (v. 31).
Pues esta mujer estaba muerta con la muerte de su hijo y ha revivido con la vida de su hijo. Jesús es vida y transmite vida, siempre vida y nunca muerte, y es la resurrección y la vida que quiere transmitirnos a nosotros.

5. Pero ¿de dónde ha venido la vida? Por poco que hayamos estudiado en profundidad la sagrada Escritura, sabremos qué palabra utiliza san Lucas para hablar de esta compasión de Jesús. Es una palabra que  viene del Antiguo Testamento y que es muy expresiva: “se le conmovieron las entrañas sobre ella”. Con esa palabra se habla del amor de Dios al hombre; es el amor entrañable, el amor que nace en las entrañas maternas. De este amor estamos hablando constantemente en este Año de la Misericordia. Cuando se leía la Biblia en latín, para expresar este sentimiento de Jesús hacia la mujer, se leía así: “misericordia motus”, movido a misericordia.
Cuando hablamos de misericordia no debemos pensar necesariamente en el pecado. Ningún pecado tenía la mujer de que hubiera muerto su hijo, pero es digna de misericordia, porque su corazón está en la miseria y necesita la ternura de alguien que le comprenda y le salve. Y este es Jesús; en realidad solo Jesús.
Jesús es la misericordia del Padre. Jesús es la ternura del Padre. Jesús es el corazón del Padre.
6. Al eco de estos pensamientos y reflexiones, vamos a concluir, hermanos, con una sencilla súplica dirigida a Jesús.
Jesús, ahora y en la hora de mi muerte, muéstrame que tú eres el amor entrañable del Padre. Amén.


Guadalajara, Jalisco, Sagrado Corazón de Jesús, 3 de junio de 2016.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

El pasaje evangélico de hoy gira sobre uno de los más graves problemas existentes en la sociedad en la que vivió Jesús. Se trata de la situación de extremo desamparo en que quedada la mujer casada cuando tenía la desgracia de enviudar y no tenía medios de subsistencia. Bien es cierto que la quedaba la opción de acogerse a la ley de levirato y casarse con alguno de sus cuñados, si los tuviera o estos aceptasen a esa unión, o en caso contrario depender del auxilio de algún hijo suyo en edad de trabajar. Si no fuese así, sólo la esperaba la miseria y el hambre.
El evangelista nos da solamente dos datos muy escuetos de este pasaje: que era viuda y estaba sola, y que el único hijo que tenía y podía mantenerla había fallecido. Siguiendo la costumbre, el fallecido era llevado a enterrar sobre unas parihuelas, envuelto el cuerpo en un lienzo y la cabeza en un sudario. El entierro se realizaba al atardecer del día del fallecimiento. Acompañaban el féretro su madre, parientes y gran parte de las gentes del lugar, sin faltar plañidera y algún flautista. Los rabinos tenían legislado que, al encontrarse con un cortejo fúnebre, se incorporasen las gentes a él.
Jesucristo tiene misericordia de esa viuda y resucita a su hijo, aunque previamente cometa la impureza legal de tocar el féretro. A través de los distintos relatos evangélicos Jesucristo nos demuestra que pasa por encima de toda clase de prejuicios.
Jesucristo demuestra su misericordia y nos da la alegría. Da la alegría a una viuda, y da la alegría a su hijo y familiares. En un instante todo sucede y en un instante todos alaban a Dios.
Saludos. Juan José.

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