jueves, 16 de junio de 2016

822. Domingo XII, ciclo C – ¿Quién decís que soy yo?


 Homilía en el Domingo XII del tiempo ordinario,
ciclo C – Lc 9.18-24



Texto evangélico
18 Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 19 Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas». 20 Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro respondió: «El Mesías de Dios».
21 Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, 22 porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
23 Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. 24 Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.

Hermanos:
1. Tratemos siempre de comprender el Evangelio con toda esa fuerza vital, dramática, comprometedora que lleva dentro.
El breve texto de san Lucas que acabamos de escuchar, quizás lo puedan ver en sus Biblias – así en la Biblia oficial de la conferencia episcopal española – seccionado en tres fragmentos, que en la Biblia solemos llamar perícopas. Una cosa es la pregunta de Jesús y la confesión de Pedro; otra el primer anuncio de la pasión y resurrección, y una tercera, la llamada al seguimiento con la cruz de cada día.
Son tres temas y son uno solo: Cuál es la verdadera identidad de Jesús, cuál es la identidad del destino de Jesús, cuál es la identidad y destino del cristiano. La Cruz, la Cruz, la Cruz, y tras la cruz la Resurrección.

2. Y hay un detalle particular de san Lucas: que la escena ocurre como fruto de la oración de Jesús:¿Qué había orado Jesús? ¿Qué había hablado con Dios Padre suyo y Padre nuestro?  Una vez que Jesús estaba orando solo… Obviamente la pregunta que hace Jesús brota de la pregunta que hace al Padre: ¿Quién eres tú, Padre mío, y quién soy yo aquí en el mundo? Mi identidad es mi misión, como tu propio ser es tu revelación al mundo; tu amor y tu soberanía son tu esencia y tu acción en el mundo, y yo predico tu reino y tu reinado.
De alguna manera tenemos que asomarnos, hermanos, a la oración sin fondo de Jesús al Padre, oración que hace solo, si bien con la cercana compañía de los suyos.

3. Seríamos malos intérpretes del Evangelio si comenzáramos explicando, si quisiéramos reconvertir este pasaje en una clase de teología expositiva.
Aparentemente Jesús está pidiendo informaciones para dar luego una lección, una catequesis. Creo que si vamos por este camino le quitamos a la escena su dramatismo, su fuerza interpoladora, que llega a nosotros. Se trata de una pregunta que nos está haciendo Jesús a nosotros, mejor dicho, a mí, hoy y aquí. ¿Qué dices tú de mí?
El punto de arranque es este: ¿Quién dice la gente que soy yo?
La gente no conoce a Jesús, misterio de Dios y todas las respuestas son incorrectas – en el fondo falsas – porque no enlazan con el misterio absoluto. Juan el Bautista, Elías, un profeta que ha resucitado… Todas son falsas, pero todas coinciden en algo importante y válido: todas apuntan a una apertura hacia el misterio. En el fondo, Jesús es el misterio de Dios, que el hombre vislumbra.
La respuesta certera de Pedro proclama: «El Mesías de Dios».
Pedro, pues, relaciona directa y personalmente a Jesús con Dios. Jesús, sin esta vinculación única con Dios, no es nadie.

4. Quizás el teólogo especulativo precise: Pedro confiesa la mesianidad, pero todavía no se le ha revelado la divinidad. La divinidad se revelará en la resurrección.
Hermanos, esta racionalización del Evangelio no da razón del texto sagrado, que no se puede leer con tales categorías. Pedro, la Iglesia entera presente en sus palabras proclama la totalidad de Jesús, que viene del Padre. Sin esa totalidad no tienen sentido las palabras que a continuación va a pronunciar Jesús, el Señor.
Lo que Pedro y la Iglesia acaban de confesar es total y sublime. Por eso el texto sagrado puntualiza: Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
He aquí un versículo que nos inquieta: que no se lo digan a nadie. ¿Por qué? Porque no lo comprenderían. No es una prohibición táctica para salvar tiempos y aguardar a más tarde; es mucho más.

5. Pero sigamos con lo que a continuación dice Jesús: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». He aquí la “auto-identidad” de Jesús. Yo soy el rechazado por mi pueblo, yo soy el resucitado al tercer día.
La primera lectura de hoy está tomada de la profecía de Zacarías (último libro en el orden del Antiguo Testamento): “Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito” (Zac 12,10).
Texto misterioso. San Juan lo ha aplicado a Jesús alzado en la cruz para darnos su verdadera efigie: “Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,36-37). Y san Lucas nos presenta una escena en el Calvario que nos evoca el duelo por el hijo único: “Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho” (Lc 23,48).
La identidad histórica de Jesús lleva estos dos extremos: desechado hasta ser condenado a muerte, amado por Dios hasta ser resucitado.

6. La última revelación es que esta identidad personal de Jesús él la transporta para que sea la verdadera identidad de todos los que quieran ser sus discípulos. Jesús decía a todos, no a los apóstoles, o un grupo selecto, sino a todos, por lo mismo a mí también: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.
¿Cuál es nuestra verdadera efigie, nuestra identidad cristiana? La que acabamos de decir; la cruz de cada día, la pérdida de la vida, para alcanzar la gloria y la vida.

7. Estamos hablando de misterios, de misterios absolutamente concretos. He aquí cómo describe san Pablo nuestra identidad bautismal cristiana con estas palabras revolucionarias que suenan en el Nuevo Testamento: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa” (Gal 3,27-29).
En la comunidad cristiana, hermanos, ante el supremo valor de nuestra filiación divina, se borran todas las diferencias: sociales y culturales, y ese carácter último de ser varón o mujer. No es más digna una condición que otra, porque todos somos hijos de Dios santificados en Cristo.

8. Concluyamos, hermanos, con una plegaria a Jesús, arrancada, si fuera posible, de su propio corazón:
Enséñame, Jesús, quién eres tú, para que yo sea igual que tú, y en esta identidad divina halle mi misión en tanto que voy caminando en esta tierra. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves 16 junio 2016. 


Oración de pensamiento
de corazón y de abandono
(Al eco de la homilía)

1. Quisiera yo saber el ser de Dios
y poseer su vida al conocerlo,
y abandonarme entero en su regazo
entrándome en su voz y en su silencio.

2. Quisiera yo saberme en mis esencias
naciendo en Dios y en él feliz viviendo,
estar en su pensar cuando Él pensaba
crearme todo entero en alma y cuerpo.

3. Y ser su confidente, intimidad,
y ser adentro, muy adentro, adentro,
en donde todo es uno y armonía
y mal no es ni mero pensamiento.

4. El mal piensan los malos, solo ellos,
mas Dios Amor es Bueno, solo Bueno;
si mal pensara, fuera él mismo Malo,
con virus de maldad en pensamiento.

5. Mas ¿quién soy yo, creada criatura,
para pensar así con mi cerebro,
que casi me parece dar lecciones
como las doy aquí, por ser maestro?

6. Perdóname, mi Dios y mi Infinito,
si por pensar así acaso ofendo,
mas era por amor que lo decía,
y tú comprendes bien lo que yo pienso.

7. Dos cosas yo te pido antes que muera,
de corazón a corazón abierto,
que el Hijo me ha enseñado que eres Padre
y un Padre bueno cumple los deseos.

8. La primera es sentir en mi conciencia
que estoy en paz, sin dudas, sin recelo,
que  no hay mentira en mí cuando te hablo,
que todo es puro, llano y verdadero.

9. La otra es más audaz que la primera:
quisiera yo sentir tu eterno beso;
que aquí en la tierra me amas de verdad
igual que un día allá será en el cielo. Amén.

18 junio 2016

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