viernes, 1 de julio de 2016

826. Domingo XIV, C – La gran misión de Jesús por la Comunidad del Reino



Homilía para el Domingo XIV del tiempo ordinario,
Ciclo C – Lc 10,1-12.17-20
Video: oportunamente

Texto evangélico
Después de esto, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”. Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad.

Los setenta y dos volvieron con alegría, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo»

Hermanos:
1. El domingo pasado, escuchando el Evangelio de san Lucas, contemplamos a Jesús en una decisión de vida que define su futuro. “Endureció su rostro”, dice literalmente el texto sagrado para ir a Jerusalén. Jesús pide a sus seguidores decisiones tajantes – ya lo vimos. Las puede pedir, porque él también se comporta así. El texto de hoy nos da razón de qué significa ese viaje a Jerusalén, que va a terminar en rechazo y cruz.
Jesús tiene prisa – es la urgencia del Reino de Dios, como él pide en su oración, que llamamos “Padrenuestro” – y por esa prisa hace una leva de discípulos que van a prepararle el camino. Son 72, acaso como son 72 las naciones que componen el mundo, según una antigua tabla del Génesis. Los apóstoles son Doce, correspondientes a las doce tribus de Israel, y estos son 72. La obra de Jesús va a ser la culminación de la obra de la Alianza comenzada ya en los tiempos antiguos. ¡Cómo quisiéramos saber más datos y ver las acciones concretas, la crónica de aquella campaña, que es como una movilización conquistadora con todas las fuerzas disponibles!

2. ¿Qué es lo que pretende Jesús? Iniciar la Comunidad del Reino, esa que podríamos llamar la Comunidad mesiánica del Reino, de la cual él es inicio y cabeza. Un gran erudito del siglo pasado, dijo una frase que ha tenido fortuna: “Jesús predicó el Reino y nació la Iglesia”, planteando un problema grave. La Iglesia no es el Reino – ya lo sabemos – pero dudando estos investigadores si Jesús quería fundar o no la Iglesia institucional que conocemos. Es un asunto académico de muchos perfiles, y no cuadra para la explicación del santo Evangelio que queremos en la Eucaristía, explicación que movilice nuestra fe. Pero necesitamos unos datos elementales para comprender lo que podríamos designar con nuestro lenguaje “la gran movida” que Jesús ha organizado.

3. Por de pronto, Jesús dice que la mies es mucha, la mies para cosechar. Dios está haciendo algo grandioso y no hay trabajadores que puedan dar abasto. El Reino de Dios está irrumpiendo.
Hermanos, ¿qué pasaría si esta palabra del Señor de repente se iluminara para decir que es eso lo que nos está sucediendo? La palabra de Jesús tiene este sentido: que la mies es abundante, porque es la cosecha de Dios. No se trata de que queramos llenar seminarios y casas religiosas, porque en tantos lugares se están quedando vertiginosamente vacíos. No es ese el significado. Pero sí es cierto que Dios necesita cosechadores para su inmensa cosecha.

4. Jesús ve esta obra como obra divina, porque no es el caso de nuevas planificaciones pastorales, aunque haya que hacerlas.  Se trata de ponerse de rodillas y pedirle a Dios que envíe estos cosechadores a su mies. Dios está actuando en el mundo, y no nos damos cuenta. ¿Es que la situación del tiempo de Jesús era mejor que la nuestra? De ninguna manera.
Jesús nos urge que pidamos al Padre que envíe segadores a sus campos. Es una obra grandiosa y solo Dios al puede hacer.

5. Pero veamos a quién puede elegir el Señor. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. El que quiera ser segador de los campos del Dueño de la mies, ha de ser un hombre, una mujer, de ese temple. Con Dios no se puede andar con medianías. Hay que jugárselo todo por él.
En la vida del seglar se han abierto nuevos campos que antes no se conocían. Sin hacer traición a las palabras del Señor podemos escuchar el eco de su voz en esta onda: ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.

6. Y estos envidos o misioneros ¿qué han de hacer? Llevar la paz, llevar el Reino, “pisotear serpientes y escorpiones”. Son palabras de Jesús. Pero el Señor añade: Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo»
El Evangelio nos lanza a la misión, porque Dios está muy presente en el mundo y hay que despertar los corazones. Somos la Comunidad de Dios movilizada para hacer presente el Reino, que no es propiedad exclusiva de nuestra Iglesia, sino que, estando ya en la Iglesia, transciende en absoluto las fronteras de nuestra Iglesia santa y católica. Somos Comunidad de Dios, felices de que misericordiosamente nuestros nombres se hayan inscrito en los cielos.

7. Señor Jesús, al reflexionar sobre tus palabras, nos unimos a tu oración, y contigo le decimos al Padre que envíe segadores a su mies, porque el mundo está lleno de los bienes de Dios y hay que descubrirlos y recogerlos. Amén.

Jacona, Michoacán, México (Monasterio de Monjes Trapenses), viernes 1 julio 2016

1 comentarios:

Anónimo dijo...

El interesante pasaje evangélico de este domingo, con independencia del aspecto puramente religioso del mismo, nos muestra un determinado aspecto en aquellos setenta predicadores ambulantes enviados por Jesucristo, ya sean éstos esos setenta y dos o los apóstoles.
En efecto. Jesucristo los envió, pero dictó unas normas previas que nos pueden parecer en cierto sentido negativas, y también otras que, por qué no decirlo, eran evidentes privilegios.
Lo negativo fue:
1.- No debían llevar nada de dinero (bolsa). Es evidente que nadie inicia un viaje sin llevar algo de dinero para alguna necesidad urgente.
2.- No debían llevar ropa de repuesto, o enseres (alforja).
3.- No debían llevar sandalias de repuesto (calzado).
4.- Iban a pasar peligros para su integridad física (ovejas en medio de lobos).
Lo positivo fue:
El don divino de curar enfermedades. Es evidente que si en un lugar se entra haciendo curaciones, la persona que las hace demuestra al auditorio que no es un charlatán, y por ende atrae inmediatamente a las multitudes. De hecho Jesucristo fue seguido por muchedumbres que sólo lo eran por los “signos” que hacía.
Por otro lado existe un aspecto que puede pasar desapercibido. Se trata del “salario” (comida y techo) que se le debe en justicia al trabajador, y quién debe donarlo. Jesucristo, que visitó muchos lugares, sin embargo no tenía dónde reclinar la cabeza, y debía ser asistido por los recursos de mujeres que le estaban agradecidas por los “signos” que habían recibido. Todo un ejemplo.
La mies es del dueño de la mies. Es un hecho evidente que el jornalero recibe su salario del dueño de la mies. La cosecha de la mies la realiza el trabajador. Pero el beneficio de esa cosecha no la recibe el trabajador, sino el dueño de ella.
A Jesucristo, a Dios mismo, le interesa que la salvación llegue a todos los hombres de todas las épocas. Que los trabajadores logren cosechas. Pero la realidad es muy distinta, y no es por culpa del trabajador, sino tal vez porque carece de las herramientas necesarias... Hay misioneros en todos los lugares que, no obstante, siguen sin conseguir cosechar nada. ¿Cuántos años pasó la Madre Teresa de Calcuta en la India, y cuántas conversiones consiguió?.
Saludos. Juan José.

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