jueves, 7 de julio de 2016

828. Domingo XV, C – Jesús, el Buen Samaritano



Homilía para el Domingo XV del tiempo ordinario,
Ciclo C – Lc 10,25-37



Texto evangélico
En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». Él respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo». Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». Respondió Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».

Hermanos:
1. Este año estamos metidos de lleno en la lectura del Evangelio de San Lucas, este año que es el Año jubilar de la misericordia, bajo el eslogan tomado del mismo evangelista: Sed misericordioso como vuestro Padre es misericordioso (Lc 6,36).
Veíamos el domingo pasado la gran misión que ha promovido Jesús en sus días, la misión de los 72 discípulos, para poner en marcha la Comunidad del Reino, que la estamos continuando ahora nosotros en la Iglesia, pequeño rebaño de Jesús. Los enviados volvieron radiantes de gozo. Jesús acogió aquella alegría; él mismo veía la derrota de Satanás.

2. Viene a continuación una explosión de gozo en el corazón de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Lc 10,21).
En este encuadre de escenas está el Evangelio de hoy, el Evangelio del Buen Samaritano, un pasaje singular para conocer la verdadera religión de Jesús, transmitida no solo por Lucas, sino por cada uno de los cuatro evangelistas y por los autores del Nuevo Testamento.
Salta a la vista que el Evangelio proclamado tiene dos partes:
- ¿Cuál es el principal mandamiento? El mandamiento del amor.
- Y ¿quién es mi prójimo para cumplir este mandamiento?

3. En el mensaje de Jesús el principal mandamiento, el único mandamiento, es el amor; y del amor dimana todo lo demás, el amor que tiene dos canales, Dios y el prójimo, que no se pueden separar. Lo dice Jesús, lo repite san Pablo y san Juan y Santiago. Y lo seguimos diciendo nosotros: no hay una religión doble, vertical y horizontal; hay una sola religión que abarca a Dios y a los hombres. Y todo nace del corazón.
El verdadero judío se estremecía cuando oía hablar de los mandamientos de Dios. Y aquellos textos venerables, que sin duda emocionaban a Jesús, nos estremecen también a nosotros, como hemos escuchado en la primera lectura de hoy del Deuteronomio: “Porque este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo, para poder decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”. Ni está más allá del mar, para poder decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”. El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas” (Deut 30,11-14).

4. La verdadera religión está en el corazón. Ya lo había dicho Israel; Jesús lo confirma y lo aclara.
Y ¿quién es mi prójimo?, le dice aquel doctor a la Ley, con ánimo inquisidor para ver por qué terreno se mueve. La respuesta de Jesús es contundente: el que tiene necesidad de ti, ese es tu próximo.
¿Quién es mi prójimo? No se trata de una cuestión jurídico-teológica, que admite muchas sutilezas. Mi prójimo es aquel que tiene necesidad de mí y yo le puedo ayudar, sea de la religión que sea, de la raza que sea, de la cultura que sea, sea rico o sea pobre, sea pecador o sea santo.
A lo mejor no tengo que salir a la calle para saber quién es mi próximo. Y ciertamente que a mi prójimo lo tengo en mi calle, aunque quizás no me dé cuenta; lo tengo en mi barrio, y, si voy de viaje en el autobús, lo tengo en el autobús. Toda persona que me necesite y a quien yo pueda hacer un favor ese es mi prójimo. Lo demás son disquisiciones teológicas estériles.

5. Ese es el Buen Samaritano. Jesús ha inventado una parábola durísima, que deja en muy mal lugar a los funcionarios del culto, se llamen sacerdotes o levitas. Hoy se habla de la Iglesia Samaritana, que es la Iglesia inclinada a toda necesidad humana. Y esto viene del discurso final del Concilio que pronunció Pablo VI, hoy Beato Pablo VI. Decía:
«Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad … La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio … Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas … Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades» (Pablo VI, Alocución en la última sesión pública, 7 de diciembre de 1965, citado por el Papa Francisco en la bula Misericordiae vultus, 4).

6. Hermanos, Jesús es el Buen Samaritano y a él se dirige nuestra oración. Jesús, que nos has enseñado el corazón de Dios, mostrándote a ti mismo como el Buen Samaritano de todo ser humano, danos un corazón semejante al tuyo, para que donde haya una necesidad y yo pueda socorrerla, allí esté yo con todo mi corazón. Amén.

Tlalpan, Religiosas del Verbo Encarnado, jueves 7 de julio de 2016.

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