jueves, 14 de julio de 2016

829. Domingo XVI, C – Hospedar a Dios en nuestra casa



Homilía para el Domingo XVI del tiempo ordinario,
Ciclo C – Lc 10,38-42


Texto evangélico
Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Hermanos:
1. En cualquier Biblia que tomemos en nuestras manos, seguramente que la escena que acabamos de escuchar y de representarnos con la imaginación, llevará un título escueto: Marta y María. Es correcto, alusión a dos personas que representan dos actitudes diferentes. Claro que el personaje principal ya sabemos quién es: Jesús.
Estamos en Betania, una pequeña aldea a las afueras de Jerusalén. Conocemos este pueblo, esta casa, esta familia por otro Evangelio, por san Juan, cuando dice: “Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana” (Jn 11,1). Está bien saber este dato, pero, en general, es mejor no mezclar Evangelios, porque cada uno de los cuatro tienen sentido por sí mismo. Estamos, pues, en casa de Marta y María, como dice san Lucas, más bien que en casa de María y Marta, como apunta san Juan.
La escena es una escena de hospedaje. Todo sugiere que se trata no de un hospedaje de honor y cortesía, de una invitación, sino de un hospedaje de amigos muy amigos. En esta casa Jesús se siente en su casa. Lo que hace una casa no son tanto los muros que la sostienen, sino el cariño que allí se vive.
Aquí no aparecen los discípulos de Jesús. ¿Están o no están? No lo sabemos. No son necesarios para el sentido de la revelación que vamos a recibir; hasta diríamos que estorban: Jesús, Marta y María.

2. Marta, la dueña hacendosa que desvive para que Jesús se sienta a gusto, agasajado con todo amor: María, la mujer amorosa, que está a los pies de Jesús, en el suelo, embebida en sus palabras. La escena tiene unos tintes de idilio y comienza a parecerse al Cantar de los cantares…
El intérprete inteligente se pone pensativo y comienza a preguntarse: Pero aquí ¿de qué se trata?
Efectivamente, hermanos, aquí ¿de qué se trata? Hemos titulado nuestra homilía: Hospedar a Dios en nuestra casa.

3. Para entrar en el sentido último y total de la escena la Misa de hoy nos lleva a los tiempos de Abraham, capítulo 18 del Génesis, cuando Dios quiso comer en la Tienda del beduino Abraham, que entonces estaba en Mambré al sur de Jerusalén. Recordemos:

1 El Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, en lo más caluroso del día. 2 Alzó la vista y vio tres hombres frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda, se postró en tierra 3 y dijo: «Señor mío, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. 4 Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. 5 Mientras, traeré un bocado de pan para que recobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a la casa de vuestro siervo». Contestaron: «Bien, haz lo que dices»”.

Es la única vez en el Antiguo Nuevo Testamento en que se dice no solo que Dios se apareciese al hombre, sino que Dios entrara a comer en casa del hombre y se sentara a comer la comida que el hombre le ha preparado. Escena misteriosa o mística, tanto para judíos como para cristianos. Son tres los peregrinos que han aceptado el hospedaje, tres que hablan como uno. El Uno que habla tiene poder divino, pues le promete a Sara, anciana y estéril, que será madre dentro de un año. Es Dios el que habla.
Nosotros, cristianos, hemos tomado el episodio de la encina de Mambré, para representarnos el misterio insondable de la Santísima Trinidad. Nuestros hermanos ortodoxos han hecho de este icono, pintado en el siglo XV por Andrés Roublev (San Andrés Roublev desde 1988) la representación pura y simbólica del misterio de la Trinidad. Dios, el todo Santo, ha ido a hospedarse en la Tienda de Abraham y de Sara, y ha venido con la buena noticia de la maternidad de Sara.

4. Cuando san Lucas describe el hospedaje que brindan a Jesús Marta y María ¿está pensando en esta escena arcaica del libro del Génesis? Ni lo sabemos ni lo podemos saber. Pero la Iglesia está en lo correcto cuando lee hoy este pasaje para introducirnos en aquella humilde casa de Betania. Dios en persona ha entrado en ella.
Y ahí está Jesús, y Marta y María, acogedoras las dos, están acogiendo a Jesús, acogiéndolo con amor, si bien en forma diferente. Marta trabaja, María, embebida, escucha y contempla.
María escucha. Nosotros, desmenuzando el texto, nos preguntamos: ¿Qué está escuchando María? La palabra del Señor. No son las palabras, sino “la palabra”. Y aquí el nombre de Jesús se ha cambiado por el del Señor. Dice literalmente el texto sagrado: sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Se trata, por lo tanto, de escuchar la palabra del Señor.
En un texto tan corto aparece tres veces la palabra “Señor”, una sola vez el nombre de Jesús.
Marta se atreve a decir con confianza: Señor, ¿no te importa…? Continúa el texto sagrado: Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta…».
De María en esta ocasión no se nos transmite una sola palabra.

5. El texto evangélico es una invitación a un deber que tenemos todos los cristianos: escuchar al Señor, que bien puede definirse como la mejor parte.
En la vida todos tenemos muchas cosas que cumplir, y son necesarias, pero no todas tienen la misma importancia. La principal de todas para un cristiano es escuchar al Señor.
Escuchar al Señor, al Señor Jesús; que podemos traducir por otras expresiones equivalentes: contemplar a Dios, dejarse mirar por Dios, dejarse amar por Dios. ¡Cuántas veces hemos dicho en la predicación que lo más importante de la vida no es amar a Dios, sino ser amados por Dios! Y para ello tenemos que pararnos, entrar en nosotros mismos: Dios me ama, y nada malo me puede pasar. Y entonces comienza a nacer en tu corazón la contemplación.
                                            
6. Cuando vino el Papa a México en febrero, la primera visita fue para el Presidente de la nación, y comenzó su discurso institucional de este modo sorprendente:
“Le agradezco, señor Presidente, las palabras de bienvenida que me ha dirigido.
Es motivo de alegría poder pisar esta tierra mexicana, que ocupa un lugar especial en el corazón de las Américas.
Y hoy vengo como misionero de misericordia y paz. Pero, también, como hijo, que quiere rendir homenaje a su madre, la Virgen de Guadalupe, y dejarse mirar por ella”.
Dejarse mirar por la Virgen lo repitió varias veces en su viaje.
Hermanos, dejarse mirar por el Señor, escuchar las palabras del Señor… Ahí está la solución. Dios nos ama, dejarse amar por Dios, porque, pase lo que pase, Dios nos ha de amar siempre.

7. Señor Jesús, queremos aprender la lección que nos has dado en Betania, en la casa de Marta y María: estar a tus pies y escuchar tu palabra. Amén.

Guadalajara, jueves, 14 de julio de 2016

Para el final de la audición



1 comentarios:

Anónimo dijo...

Después de leer su artículo de la revista de este mes, se me ocurre una pequeña reflexión.
Es comúnmente admitido que el apóstol San Pablo era una persona culta y políglota, notable autor de epístolas dirigidas a las distintas iglesias que fundó. Sin embargo es también comúnmente admitido que algunas de esas cartas no fueron escritas personalmente por el apóstol “de su puño y letra”, sino que fueron escritas por un amanuense.
Es comúnmente admitido que el rey David, como pastor de rebaños de ganado que fue en su juventud, y luego un notable guerrero (jefe de un pequeño ejército primero dedicado a la rapiña y que luego puso, como mercenarios, a disposición de los filisteos), distaría mucho del estudio y aprendizaje propios de jóvenes dedicados al estudio de la difícil escritura hebrea. En el mismo orden de cosas podemos decir que, aunque se nos dice que tocaba el arpa, no sabemos qué clase de arpa tocaba (las que había eran de cuatro a siete cuerdas), ni qué partitura reproducía (si es que reproducía alguna en concreto).
Por todo ello, y con esto termino, que aunque se nos dice que el rey David fue “autor” de algunos escritos de los Salmos, es lógico pensar que no serían escritos “de su puño y letra”, sino, como mucho, o bien serían “al dictado”, o bien escritos por terceros “durante el reinado del rey David”.
Saludos. Juan José.

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