miércoles, 10 de agosto de 2016

835. Clara de Asís – Amor, belleza y poesía



Meditación y coloquio con una hermana clarisa
en el día de santa Clara


Mañana es santa Clara.
Mis ojos y mi corazón vuelven a Asís, venero y ensoñación de muchos amores.
Mañana es santa Clara. En realidad es san Rufino,Contrariamente a lo que piensan los que no son de Asís, el patrono principal de la diócesis no es san Francisco sino san Rufino, venerado como primer obispo de la ciudad; la catedral le está dedicada desde la primera mitad del siglo XI”. (Para detalles de este santo obispo y mártir del siglo IV, véase en Internet: eltestigofiel.org/lectura/santoral). No nos sorprende que uno de los primeros compañeros de san Francisco fuere el hermano Rufino de Asís.
Santa Clara murió, pues, en el día del patrono de la ciudad, cuando las campanas del amanecer, lanzaban al aire alegremente los primeros sonidos de esta fiesta. En Asís se ha respetado esta primacía, y la fiesta de santa Clara – como antes entre nosotros – no es el 11 de agosto, sino el día 12.

Al honor de nuestra hermana Clara quiero entregar a los lectores un recital de amor, belleza y poesía, cuyo texto lo pueden encontrar en este mismo blog, abriendo el número que a continuación se expresa.

Índice del Poemario de Santa Clara “Pianticella”
1. Nada posee Clara
2. Es la esposa del Rey la virgen Clara
3. Clara, pequeña planta
4. Con pleno corazón te bendecimos
5. Encuentro matutino del amor
6. La verde palma alzada con tu diestra
7. Del Padre, Dios Altísimo, eres hija
8. Secuencia de santa Clara
9. Lloraba la virgen Clara
10. Fui de la nada a la vida
11. Es Pascua en esta celdilla
12. ¡Vete, alma mía, segura!
13. Clávame tus ojos bellos
14.  Amor a ti cuerpo a cuerpo
15. Te llamaré hermana mía
16. La savia y gracia de los orígenes
17. Tanta belleza en los ojos
18. Con verde y fragante palma
19. Encuentro matutino del amor
20. Francisco y Clara  juntos, alma y alma
21. Su santidad fue sencilla
22. De esencias del Evangelio
23. Clara, cristiana y hermana
24. Clara, penúltima azucena
25. Amor de Clara, amor santificante

Bajo el signo de “Clara de Asís – Amor, belleza y poesía” he aquí algunas ráfagas para el goce espiritual de su fiesta.

Clara, reencuentro con lo íntimo de mí mismo

Clara es esa soñada amistad del varón que en la senda franciscana ha entregado su corazón al Señor quisiera encontrar. Quien haya leído las cartas de Clara a Inés de Praga lo podrá entender sin escándalo, sin torcidas interpretaciones. Clara – esa idealizada Clara de mis ensueños – es “sueño adámico” que el varón lleva consigo.
Muchas veces, en clase, he dicho: Lo más masculino del varón, lo más específicamente masculino que lo contradistingue de lo femenino – es justamente el anhelo divino de la mujer. Correspondientemente, lo más específicamente femenino es el anhelo del varón.
Esa unidad de fusión del amor que los griegos ya habían descubierto (El banquete de Platón) aparece en los primeros capítulos de la Biblia. Adán era dueño y señor del universo por mandato y comisión de Dios. Pero, teniéndolo todo se encontraba en una soledad sustantiva. Cuando el Padre Dios le presentó a la Mujer, entonces exclamó en el primer éxtasis de amor en el mundo: “«¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer” [literalmente: Varona. Ischá), porque ha salido del varón (Varón: isch]» (Gen 2,23).
El varón consagrado – o la mujer consagrada, en correspondencia – anhela encontrar a “alguien como él” (Gen 2,18), que más allá de sí mismo los unifique. Es el milagro del cuerpo del Señor crucificado y resucitado que unifica transcendiendo la apetencia inmediata de la carne y de la sangre.
El amor tiende a la unidad. Y la unidad en este caso es mirar junto a Aquel por quien juntos han sido convocados. Es obvio que el ser humano, en su versión masculina o femenina, ha sido llamado a la unidad, que es la perfección en el amor y que se cumplirá satisfactoriamente cuando ya no haya ni hombre ni mujer y Dios sea todo en todos, sin anular la individualidad de nadie.
El Dios revelado, inmanente en la Historia, no es el Dios que “panteiza” el mundo, sino el Dios de amor que nos individua y nos plenifica en el amor.
Si paseamos por las honduras de nuestro corazón, pronto advertimos que nadie puede aplastar esa vocación de amor infinito a la que hemos sido llamados, y que se inicia ya en este mundo. Es el sentido de la virginidad y celibato para quien lo percibe como es revelado. Ser célibe o virgen por el Reino no es una opción entre muchas posibles – triste sería – sino que ser célibe o virgen es una revelación que solamente en gracia y oblación total se puede acoger.

Pobreza, virginidad y contemplación son el mismo acto amoroso

La mística de san Francisco es una “mística de interioridad” cuando, abriendo su corazón a todo el pueblo fiel, nos invita a entrar en íntimo parentesco de con Jesús. Así en la Carta a todos los fieles.

48Y sobre todos ellos y ellas, mientras hagan tales cosas y perseveren hasta el fin, descansará el espíritu del Señor (Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf. Jn 14,23). 49Y serán hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen. 50Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). 51Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo. 52Somos ciertamente hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo (cf. Mt 12,50); 53madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16).

Puede haber una verdadera mística de la acción, pero puede haber esta otra mística que en Francisco está expresada con fórmulas de interioridad.

Francisco había invocado a la Virgen María como “esposa del Espíritu Santo” (Antífona del Oficio de la Pasión), título que nadie había usado hasta ahora.
El mismo título de “esposas del Espíritu Santo” da Francisco a Clara y a sus hermanas: “Ya que por divina inspiración os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, quiero y prometo tener siempre, por mí mismo y por mis hermanos, un cuidado amoroso y una solicitud especial de vosotras como de ellos” (Forma de vida dada a santa Clara).
Desde esta última interioridad del ser Clara se atreve a decir a Inés de Praga:
Cuando lo amáis, sois casta;
cuando lo tocáis, os volvéis más pura;
cuando lo aceptáis, sois virgen.
Su poder es más fuerte,
su generosidad más excelsa,
su aspecto más hermoso,
su amor más suave
y toda su gracia más elegante.
Ya estáis vos estrechamente abrazada
a Aquel que ha ornado vuestro pecho con piedras preciosas
y ha colgado de vuestras orejas margaritas inestimables,
y os ha envuelto toda de perlas brillantes y resplandecientes,
y ha puesto sobre vuestra cabeza una corona de oro marcada con el signo de la santidad.
Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora sumamente venerable,
porque sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo, tan esplendorosamente distinguida por el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza,
confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre Crucificado,
el cual soportó la pasión de la cruz por todos nosotros,
librándonos del poder del príncipe de las tinieblas,
poder al que estábamos encadenados por la transgresión del primer hombre,
y reconciliándonos con Dios Padre (Carta I a Inés de Praga, 8-14).

Ser pobre es no tener en el corazón nada, absolutamente nada más que a Jesús. Por eso la virginidad es la suprema pobreza, porque es la suprema privación. En efecto, la mujer para el varón es la suprema riqueza y el varón para la mujer es igualmente la suprema riqueza. Despojarse de ello es quedarse en el vacío.
Ahora bien, el vacío es nada, si no está colmado por el don o la entrega, por la generosidad.
Jesucristo es pobre, el Pobre, el único Pobre, porque se ha despojado de todo y se nos ha dado entero, sin reservarse nada.
Telogizada así la Pobreza se puede contemplar hasta en el seno de la Trinidad, cuya esencia es la autodonación divina.
Santa Clara puede decir:
Abrázate a Cristo pobre
como virgen pobre.
(2 carta a Inés 18)

He aquí la esencia de la espiritualidad clariana. Ser virgen es ser pobre, ser pobre es abrazar como esposa a Cristo pobre, y en ningún sitio es más pobre Jesús que en la Cruz.
En consecuencia, contemplar es vivir esponsalmente con Cristo Crucificado.


Amor de Clara, amor santificante,
tal fue mi guía, anhelo peregrino,
hallar un corazón así de hermoso,
hogar de paz, ternura, y compasivo.

Y vi que Clara estaba y me buscaba,
que había un corazón igual que el mío;
que amor de comunión es el amor
que vive en los discípulos de Cristo.

Amor de pobre a pobre entrelazado,
amor entre azucenas florecido,
enamoradamente limpio, humano,
amor en humildad a cruz asido.

Que huya y quede lejos todo fraude,
y aliente el corazón, cual es, sencillo,
y siempre Cristo vivo me acompañe,
y sea luz y gozo y sacrificio.

Amada Clara, torna a mí y enséñame
a contemplar viviente a Jesucristo,
y nada más me enseñes ni regales
que solo él, Jesús, es mi latido.

¡A ti, Jesús bendito, yo te adoro
y mi amor en tu pecho yo cobijo,
que sea tuyo, tuyo consagrado,
y amor humano sea bendecido! Amén.


Guadalajara, en la víspera de la fiesta de Santa Clara, 10 de agosto de 2016.

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